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miércoles, 24 de octubre de 2012

LA ORACIÓN II. 7. SIGLO XXI, UN RETO DE ORACIÓN. 7.1 LA LOCURA DEL MUNDO


7. Siglo XXI, un reto de oración.

7.1 La locura del mundo

En el momento en el que doy forma a este punto de la clase, tengo en mi cabeza el evangelio de Juan en su primer capítulo, que como evangelio dominical del segundo Domingo de Navidad, nos propone la liturgia. “La Palabra se hizo Carne”.
 
Desde el punto de vista orante, podemos interpretar el profundo deseo de Dios, de que sea el hombre –y Jesús como la plenitud de este-, el que haga vida su propia palabra, preparando así las bases para la instauración de su reino. Dios desea que la palabra se haga carne, se haga persona.
 
Pero, ¿qué clase de persona en carne humana, habita hoy nuestro mundo?. Casi sesenta mujeres muertas en nuestro país por causa de la violencia. Y es nuestro país, donde están tienen los mismos derechos que los hombres. No extrapolemos la violencia de genero a países, donde la mujer es igual o un poco más que una palangana -si me permitís el exceso comparativo-.
 
Conflictos enconados que causan muertos inocentes, y cuyas causas es beneficio económico para terceras personas o países. Violación de los derechos humanos y explotación infantil. Falta de lo mas necesario para vivir, como el agua y el sustento básico. El conflicto del Sahara. El terrorismo que encuentra en la matanza, el mayor de sus objetivos. Las falsas solidaridades…etc.
 
Y ya me estoy poniendo demasiado catastrofista. Sobre todo porque sin salir casi de nuestra ciudad, podemos observar pequeños núcleos de violencia, injusticia e infelicidad, que no salen en los periódicos pero que afectan a nuestros semejantes.

Carlos Amigo, dijo en una eucaristía de inicio de curso: “no debemos de caer en el excesivo catastrofismo que nos hunde en la desesperanza. Lejos de esto, el cristiano tiene que ser realista y dejarse de evaluar si el ayer fue mejor que el hoy, o el hoy peor que el mañana. En el momento en el que estamos y en el lugar en el que vivimos, el cristiano tiene que ser luz. Luz que alumbre y ejemplarice.”

Por ello el siglo XXI en el que estamos es un reto que tenemos que afrontar con las armas que Dios nos da. Sintiéndonos miembros de nuestra comunidad eclesial y social, e intentando no tener repercusión mundial de nuestros actos, pero si siendo efectivos en el espacio que ocupamos en nuestra ciudad junto a las personas.

Mt 10,42 "el que dé de beber a uno de estos pequeñuelos tan sólo un vaso de agua fresca porque es mi discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa".

Para ello el ejemplo de vida cristiana, del que evangeliza, ora y trabaja “ora et labora”, es la mejor baza que tenemos. Para, en primer lugar dar un testimonio de fe, adaptado a la situación concreta del sector al que nos acercamos, y en segundo lugar compaginarlo con una vida interior que nos haga crecer en la fe y en la observancia de la palabra.

Aun así, para comenzar toda obra debemos de revestirnos de una buena dosis de fortaleza e integridad, para no caer en el desánimo; ya que entre los gobiernos que en términos generales hacen pagar el desastre económico y humano a los más pobres, y entre los jerarcas eclesiásticos que parecen que no están en el mundo, quizás lo que nos hace falta a cada uno es una dosis proporcionada de locura, para mostrarnos sin miedo alguno.

Juan XXIII dijo: “sin un poco de santa locura la Iglesia no podrá extender sus pabellones” ni hacer nada positivo para los hombres, ya que parece que solo estuviera interesada en encerrarse incontaminada en sus bastiones.
Una santa locura que se compromete, a resultas de equivocarse muchas veces, pero que sabe seguir adelante difundiendo su comprensión y apoyo al que sufre abandono humano espiritual y material, haciendo nuevos ensayos para remediar las preocupaciones humanas, sin pensar ni en el derecho canónico ni en las teologías romanas que paralizan cuanto tocan. Seamos locos y no estilistas, y dejemos de lado tantos comportamientos, que nos acercan al ejemplo del levita en la parábola del samaritano:

           Lc 10,32 […] "al verlo, dio un rodeo y pasó de largo."

 

Hablemos, confortemos, vivamos de un modo ejemplarizante y tengamos en cuenta que este es el verdadero reflejo de nuestra vida de oración, en cuanto a su consecución en el mundo y en la sociedad en la que vivimos.

Nos puede costar trabajo, pero seamos conscientes de que permanecer en el inmovilismo solo nos reportará la carga de nuestra conciencia.
Seamos locos como san Francisco, aquel que dio en beso al leproso en su locura por alcanzar la pobreza. Oh, aquella locura que le hizo al cardenal Billot, ser perseguido por Pío XI y el cual argumento algunas curiosas persecuciones en la iglesia, recordando que san Basilio fue acusado de hereje; san Cirilo, depuesto por un concilio de 40 obispos; inculpado de brujería san Juan Crisástomo; condenado solemnemente por el Santo Oficio san José de Calasanz.
 
San Ignacio de Loyola sufrió la iras del, santo tribunal,. y lo mismo san José de Cupertino; san Juan de la Cruz fue encerrado en una inmunda cárcel por sus compañeros y superiores; santa Liduina, atacada por su párroco, tronando públicamente contra ella, y, dados por locos la beata Columba o san Juan Bosco.
 
Me siento a gusto también con los que, desde fuera del cristianismo, supieron orientar a los humanos en sus deseos de algo mejor, y se entregaron a luchar por ello, como Martin luther king en su lucha por los derechos de los negros, y una Gandhi que utilizo la paz como oposición y bandera, y una Teresa que mitifico la caridad como única norma de su vida, y un Oscar Romero al que le encajaron una bala en la corazón mientras levantaba el cáliz, solo por ponerse junto a los desfavorecidos.
 
Autor: Florencio Salvador Díaz Fernández.
Estudiante de Teología Cristiana.
(Este material puede ser difundido o utilizado, indicando su autoría y procedencia)

lunes, 22 de octubre de 2012

LA ORACIÓN II. 5.3 LA RESPONSABILIDAD DE ORAR


5.3 La responsabilidad de orar

¿Somos conscientes de la responsabilidad de ponernos ante el Señor?
Al poner en nuestra boca el nombre de Jesús, debemos ser responsables de lo que le pedimos. Nos llegaremos al desengaño si esperamos de Dios una respuesta inmediata a nuestros ruegos. 

Esta respuesta, si fuera dada por Dios de esta manera seria paternalismo puro, y Dios es un padre que enseña pero deja vía libre al hombre para que camine (no somos hijos de papa, ni siquiera de papa Dios). 

Él nos ayudará, en cambio, dándonos su Espíritu, que, como ya experimentamos en la vida diaria es la fuerza de nuestra fuerza”.

No debemos de caer en la tentación romana de “FATIGARE DEOS”/cansar a los dioses para conseguir los logros necesarios. Esto nos llevaría a realizar un trueque con Dios, algo inaceptable en una persona de fundada fe.

“la voluntad divina tampoco se determina a querer, por las palabras del hombre, lo que antes no quería […] La oración dirigida a Dios es necesaria por causa del mismo hombre que ora, a fin […] de que se haga idóneo para recibir” (S. Tomás de Aquino)

En Génesis 18,23-32, tenemos el reflejo de lo que nos explica antes santo Tomás, según el episodio cuenta la intercesión de Abraham ante Sodoma y Gomorra. El patriarca entiende que Dios esta equivocado y considera que en su regateo le ayuda a este, a Dios a recapacitar y considerar la salvación de cada vez, menos justos:

“Se le acercó y le dijo: "¿Vas a destruir al justo juntamente con el pecador? Quizá haya cincuenta justos en la ciudad. ¿Vas a destruir la ciudad? ¿No la perdonarás en consideración a los cincuenta justos que hay en ella? […]  Abrahán volvió a decir: "No se irrite mi Señor. Voy a hablar por última vez. A lo mejor sólo hay diez". Y el Señor respondió: "No la destruiré en consideración a esos diez".

El final de la historia es claro, desde el principio sabía Dios cuales eran los justos y cual era el destino de las ciudades, y nos preguntamos por ello: ¿no sirvió para nada la oración de intercesión de Abraham? 
Sí, para mucho. Para que cuando se cumpliera la voluntad de Dios, comprendieran que esta era justa y pudiera aceptarla y aprender de lo sucedido. 

La oración no es para cambiar a Dios, sino a nosotros que somos los capaces –con su ayuda- de cambiar el mundo. La oración no es para adaptar la voluntad de Dios a la nuestra, sino la nuestra a la voluntad de Dios:

“padre mío, si es posible, que pase de mí este trago; pero que no sea como yo quiero, sino como quieras tú” (Mt26,39)

Ninguna oración muestra mejor este fin que la del Hermano Carlos de Foucauld que dicen los jesuitas al terminar el día y reposar:

         Padre,
me pongo en tus manos.
Haz de mí lo que quieras.
Sea lo que sea, te doy gracias.

Estoy dispuesto a todo;
lo acepto todo
con tal de que tu voluntad
se cumpla en mí
y en todas tus criaturas.
No deseo ninguna otra cosa, Padre.

Te ofrezco mi vida.
Te la doy con todo el amor
de que soy capaz.
Porque te amo
y necesito darme:
ponerme en tus manos,
sin medida,
con una infinita confianza.
Porque Tú eres mi Padre.

Por ello, al considerar lo dicho, debemos tener en cuenta que para que nuestra voluntad se ponga de acuerdo con la de Dios, mas que hablarle será apropiado escucharle. Así invitaba Unamuno a la oración: “¡silencio, silencio, para oír al Señor!”.

En este silencio encontraremos el equilibrio, el susurro, la palabra oportuna, el acontecimiento clave para interpretar… silencio.

Así hacia Samuel cuando comprendió y se puso en sus manos.

         “habla Señor, que tu siervo escucha”(1Sam3,1-20)


Autor: Florencio Salvador Díaz Fernández.
Estudiante de Teología Cristiana.
(Este material puede ser difundido o utilizado, indicando su autoría y procedencia)

martes, 2 de octubre de 2012

LA ORACIÓN II. 4.3 LA ESENCIA DE LA EUCARISTÍA, SACRAMENTO DE FRATERNIDAD


4.3 La esencia de la Eucaristía, Sacramento de Fraternidad.

Tal y como suele celebrarse en ocasiones la eucaristía, es evidente que, para muchos cristianos, es difícil comprender y vivir correctamente lo que según los relatos evangélicos, nos dejo dicho Jesús.

Es decir: “haced esto para que os acordéis de mí, para que actualicéis mi presencia y mi memoria entre vosotros”. Pero, ¿podemos estar seguros de que una misa de pontifical solemne, celebrada en un contexto grandioso, con un estricto protocolo y la pompa de las catedrales, puede evocar espontáneamente el recuerdo y la presencia viva del Jesús del evangelio?.
 
Mi intención aquí no es la de tirar por tierra esas ceremonias, ni mucho menos excluirlas de sentido sacramental. Pero estando de acuerdo en que el ser humano se siente bien donde se le estimulan lo sentidos, la vista por medio de magníficos edificios ricamente decorados, el oído por medio de cánticos, órganos o diversas melodías, el olfato al quemar inciensos en los turiferarios…etc, -digo que- todo ello contribuye a que la persona se sienta a gusto en un lugar en el que está además entretenida.
 
Pero, ¿en que grado del uno al diez, queda el sentido de fraternidad que crea la unidad de la comunidad?. La evolución histórica en el modo de celebrar la eucaristía, ha orientado las cosas de tal modo que ha prevalecido lo sagrado sobre lo comunitario, y Jesús no nos pidió que celebráramos y durmiéramos la siesta –entiéndaseme-:

Lucas 12,49 "He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo ya que arda!”

 

Indudablemente Jesús no desea nuestra destrucción por medio del fuego. Pero sí desea, que despertemos de nuestro inmovilismo y de esta manera realiza la comparación del fuego como elemento ante cuyo contacto, el sujeto reacciona inmediatamente.
¿Qué sucede cuando celebramos por un carácter meramente cultual?, ¿en que lugar dejamos la eucaristía cuando asistimos a ella, solo para hacer presencia y no compartir, sin salir de nuestro yo y nuestro inmovilismo?.

La eucaristía, se celebre donde se celebre tiene unas exigencias sociales que están afirmadas y confirmadas con fuerza en algunos testos del NT:

1Cor 11,17”Al daros estos consejos, no puedo felicitaros, pues, al parecer, vuestras reuniones, en lugar de haceros bien, os hacen daño. 11,18 En primer lugar, he oído decir que, cuando os reunís, hay divisiones entre vosotros, y en parte lo creo; 11,19 y hasta es conveniente que haya divisiones entre vosotros para que se sepa quiénes son de virtud probada. 11,20 Cuando os reunís en común, ya no es eso comer la cena del Señor. 11,21 Porque cada cual se adelanta a comer su propia cena; y mientras uno pasa hambre, otro se emborracha. 11,22 ¿Es que no tenéis vuestra casa para comer y beber? ¿O es que despreciáis a la Iglesia de Dios y queréis dejar en vergüenza a los que no tienen? ¿Qué os voy a decir? ¿He de felicitaros? En esto no os puedo felicitar.”

Esta comunidad de Corinto celebra mal la eucaristía y Pablo les reprende. El fallo no estaba en que se dejasen de cumplir determinadas normas litúrgicas, ni siquiera en que el ministro estuviera debidamente ordenado. O que los corintios tuviesen ideas equivocadas en cuanto a la presencia de Cristo en el pan y en el vino.
 
Nada de lo que ahora preocupa a los teólogos, en relación a la eucaristía, era allí motivo de preocupación. Todo consistía en que cada uno iba por su lado, la comunidad estaba dividida. Porque entre ellos había ricos y pobres y los ricos se atiborraban mientras los otros pasaban hambre y necesidad, estableciendo así unas duras diferencias sociales, situación impropia de una comunidad fraterna en común-unión.

Por ello, de lo dicho se desprende que la significación fundamental de la eucaristía se ha de interpretar a partir del símbolo de la comida compartida. Compartir la misma mesa es compartir la misma vida.
Y como en la eucaristía la comida es Jesús mismo en cada una de sus variantes, alimentos, palabra, personas…etc; de ahí se sigue que la eucaristía es el sacramento en el que los creyentes se comprometen a compartir la misma vida que llevó Jesús y la misma vida entre ellos, en el amor y la solidaridad.
 
Esto es lo que expresa el evangelio de Juan. Este evangelio, que habla ampliamente de la eucaristía en el capitulo sexto, no recoge el relato de la institución eucarística. De manera que justamente donde otros evangelios cuentan esta institución, entre el anuncio de la traición de Judas (Mt26,21-25) y el anuncio de la negación de Pedro (Mt 26,31-35), Juan coloca el mandamiento del amor:

Juan 13,34 Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. Que como yo os he amado, así también os améis unos a otros. 13,35 En esto reconocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros".

El cuarto evangelio expresa así dónde está el significado profundo de la eucaristía. Lo fundamental en ella, no está en repetir miméticamente el relato de la institución. Ni siquiera en comer ni beber el pan y el vino consagrados. Lo determinante es la experiencia profunda que se expresa en el ritual eucarístico. Y esa experiencia no es otra que la unión de las personas en el amor. Por ello debemos esforzarnos en ver, en comprender la Eucaristía como Sacramento de Fraternidad.

 
Autor: Florencio Salvador Díaz Fernández.

Estudiante de Teología Cristiana.


(Este material puede ser difundido o utilizado, indicando su autoría y procedencia)

domingo, 30 de septiembre de 2012

LA ORACIÓN II. 4.2 LA COMIDA EUCARISTICA


 
4.2 La comida Eucarística

Esta comida es para muchos cristianos la oración suprema, pues hay en su fondo aspectos universales como el pan y el vino de la tierra, hay elementos de interioridad o encuentro personal con lo divino –la Palabra Sagrada-, y sobre todo una intensa evocación de historia; ya que en el mismo centro de su plegaria, los cristianos recordamos a Jesús y rememoramos y actualizamos el sacramento de su amor.
 
Aquel sacramento por medio del cual dio su muerte a favor de los demás, anticipando su venida salvadora. Igualmente, en su mismo centro, esta plegaria es comunión interhumana, descubrimiento y cultivo de la más honda comunicación creyente.

1Cor 11,23 Yo recibí del Señor lo que os he transmitido: Que Jesús, el Señor, en la noche que fue entregado, tomó pan, 11,24 dio gracias, lo partió y dijo: "Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía". 11,25 Después de cenar, hizo lo mismo con el cáliz, diciendo: "Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; cada vez que la bebáis, hacedlo en memoria mía". 11,26 Pues siempre que coméis este pan y bebéis este cáliz anunciáis la muerte del Señor hasta que vuelva.

La eucaristía, considerada por muchos una comida espiritual a través de los siglos, en su origen no fue instituida como unida a la comida social de las personas.
En la religión hebrea la comida tiene un carácter muy relevante en cuanto a la relación del sujeto con Dios. Existían comidas sagradas, por ejemplo aquella en la cual se ratifico la alianza con Dios.
 
El texto del Éxodo nos refiere una doble tradición: una, que describe el sacrificio como rito esencial de la alianza, y otra que muestra la expresión de la alianza en la comida. Respecto a esta última tradición se nos dice que los setenta ancianos de Israel, que habían subido con Moisés al monte, contemplaron a Dios:

Éxodo 24,9 Moisés, Aarón, Nadab, Abihú y setenta ancianos de Israel subieron 24,10 y vieron al Dios de Israel. Bajo sus pies había como un pavimento de zafiro, semejante en claridad al mismo cielo. 24,11 No extendió su mano contra aquellos elegidos de Israel; y ellos vieron a Dios, comieron y bebieron.

Aquí, como en nuestra actual celebración eucarística, se interpreta la comida como comensalía en la cual participa Dios, como manjar y como comensal; haciendo participes a los asistentes de toda su esencia.
 
Si miramos estas comidas sagradas desde el punto de vista histórico, en ellas advertimos, estrictos rituales, un Dios implacable y temeroso y una comunidad a la cual en muchos casos le es imposible hacer comunidad, ya que están continuamente siendo objeto del cumplimiento de la ley, que es la que salva.
 
Cuando miramos estas celebraciones desde la perspectiva instaurada por Jesús, vemos que desaparecen las estrictas rescisiones y se da paso a una comida de amigos, sin otro particular que la unidad como elemento que cohesiona entre Dios, Jesús y sus hijos, por medio del compartir de su Espíritu Santo.
 
Aunque Jesús nunca mencionara la expresión “eucaristos/eucaristía”, como acción de gracias, lo deja implícito ya que la unión de los que se aman es siempre motivo de grandeza para el Señor, pues considera cumplido su objetivo. Si aquella unión de doce amigos fue efectivamente fraternal, Jesús nos deja dicho que espera de nosotros, la repetición de ese “ZIKKARON”=MEMORIAL:

1Cor 11,24 “dio gracias, lo partió y dijo: "Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía".

La memoria en la concepción de los judíos –y Jesús lo era-, es la celebración conmemorativa de un acontecimiento del pasado que se hace presente en la comunidad celebrante, la cual toma parte en el acontecimiento y en la salvación que el acontecimiento anuncia.
 
Por tanto, el “memorial” no es un mero recuerdo de lo que pasó, sino que es la actualización del hecho que se recuerda. Y, ¿cuál era el recuerdo de los amigos más cercanos de Jesús?. ¿Qué era aquello que mantenían con más frescura en su retina?.
 
Sin lugar a dudas no podemos estar en la mente de ellos, pero por sus enseñanzas advertimos que el acontecimiento de la nueva economía de la salvación –te salvas porque amas y no porque cumples la ley-, y la contemplación de un Dios que es amor de padre, fueron sin lugar a dudas aquello con lo que quedaron marcados, ya que como judíos, no tenían esa concepción de Dios.

Mc 12,28 Un maestro de la ley que había oído la discusión, viendo que les había contestado bien, se le acercó y le preguntó: "¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?". 12,29 Jesús respondió: "El primero es: Escucha, Israel: el Señor, Dios nuestro, es el único Señor; 12,30 y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. 12,31 El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos". 12,32 El escriba le dijo: "Muy bien, maestro; con razón has dicho que él es uno solo y que no hay otro fuera de él, 12,33 y amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale mucho más que todos los holocaustos y sacrificios".

Por medio de esta inapelable enseñanza, se vinculan los dos rasgos principales de la confesión cristiana: amar a Dios y amar al prójimo.
Ellos definen la oración eucarística, que es un diálogo con Dios siendo diálogo de amor y comunicación entre la comunidad. Por ello, al unirse con Dios, el orante se vincula con el único proyecto de este –Dios-, en plegaria compartida.
 
Por ello toda oración es, de algún modo, comunión fraterna, ya que al formar parte activamente de la comunidad eclesial, se llevan los deseos y anhelos de esta, allá donde estemos y aunque estemos momentáneamente solos.

Pero no debemos de olvidar el sentido de gratuidad de la celebración eucarística, en cuanto a unión común de los que amándose, conforman el pueblo de Dios, y ven en el compartir de los alimentos, en la escucha de la palabra y en el abrazo de la paz –como signo de amor-, los signos visibles de la presencia del sacramento de la fraternidad.
 
Tengamos en cuenta que, bien por cultura, o por un excesivo afán de preservación del misterio eucarístico, hemos envuelto a Dios en demasiadas capas, como para que ahora en esta etapa concreta a muchas personas les resulte difícil romper ciertos arquetipos, para llegar al centro de Dios, que en realidad son ellos mismos.

 

 
Autor: Florencio Salvador Díaz Fernández.

Estudiante de Teología Cristiana.


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martes, 25 de septiembre de 2012

LA ORACIÓN II. 4. ORACIÓN COMUNITARIA 4.1 KOINONÍA


4. Oración comunitaria.

4.1 Koinonía (comunidad)

Como personas adultas que somos, no vamos a sentar cátedra sobre este tema, ni vamos a asegurar cual es el mejor modo de oración.
 
Esto no es posible, pues maneras de orar hay tantas, como vidas humanas contiene el mundo. Sin lugar a dudas, encontramos en el misticismo –o en el camino hacia él (Dios)- un claro ejemplo de contemplación de la realidad de Dios en cada elemento de la vida.
 
Aun así y admirando todos los posibles ejemplos de oración en soledad o desierto, aquí veremos la oración comunitaria como esencia de la iglesia de Jesús. Esta misma comunidad es encontrada por el orante en el propio camino de la vida.
 
No es posible caminar sin encontrar a alguien por el camino y compartir o departir con él. Por ello desde las perspectivas anteriores –llamada, disposición, camino-, la oración se vuelve, por sí misma, comunitaria en cuanto a ejercicio de encuentro sagrado con los otros, por lo menos con los miembros de la propia iglesia. 

La misma oración compartida, funda y delimita un grupo de personas que descubren juntas a Dios y cultivan en plegaria su presencia.
De esa forma se vinculan con Dios, que es el misterio y presencia creadora; estableciendo con él un compromiso de acción en el mundo en el que vivimos, por medio de la vinculación comunitaria y la filiación divina que nos cohesiona.
 
Los orantes descubren que no viven simplemente en el mundo, ya que degustan una realidad espiritual y activa, que les hace secundar lo mundano.
Por ello tampoco habitan sin más en el misterio escondido de Dios, sino que son sabedores de que como eslabones de una cadena, forman parte de una historia que les llevará al más allá de la libertad final. Habitando en la comunidad de una manera consciente, en dimensión de gracia compartida –don de Dios- y en diálogo de pan y de la palabra.

Se ha dicho a veces que la verdadera patria de los seres humanos es su idioma y la capacidad de vincularse con él, con otras personas compartiendo una cultura.
 
Pues la patria de muchos cristianos –y de otros grupos religiosos- es  su oración comunitaria, como expresión de diálogo personal que se condensa en los símbolos del pan de la eucaristía.

 
 
Autor: Florencio Salvador Díaz Fernández.
Estudiante de Teología Cristiana.


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jueves, 20 de septiembre de 2012

LA ORACIÓN II. 3.DISPOSICIONES PARA ORAR 3.3 CAMINO


3. Disposiciones para orar
3.3 Camino
Es una de las palabras más utilizadas en la Biblia de Jerusalén ya que se encuentra en 682 ocasiones a lo largo de todos los setenta. En sentido propio, camino indica la dirección hacia un punto determinado o el espacio que hay que recorrer para llegar a él.
 
No podemos esperar de la Biblia una descripción de camino en cuanto a determinadas vías de comunicación, pero si advertimos como camino, el sentido según el cual se denota el modo de obrar, o el plan de Dios y también la conducta moral del hombre.
 
En el AT la vida del hombre se presenta como una marcha, un camino hacia Dios y con Dios. Como hemos dicho en varias ocasiones, la Biblia, como historia de salvación del hombre, es un continuo caminar de este hacia Dios. Hacia delante o hacia atrás, ya que no siempre estamos de Dios, todo lo cerca que este quisiera.
 
Por ello en Abraham tenemos el mejor ejemplo de los que se ponen en camino. Si el carácter nómada de esta gran familia encarnada en la persona del patriarca, se caracteriza por el camino constante que hacen en busca de pastos para el ganado (o sea, por el sustento como única orientación); luego será Dios el que les invite a ponerse en camino, pero en camino hacia Él.
 
Realizando un recorrido que les llevará hasta la tierra prometida, no sin pasar antes por un sinfín de experiencias muy variadas.
Génesis 12,1 El Señor dijo a Abrán: "Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre, y vete al país que yo te indicaré. 12,2 Yo haré de ti un gran pueblo; te bendeciré y engrandeceré tu nombre. Tú serás una bendición: 12,3 Yo bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan. Por ti serán bendecidas todas las comunidades de la tierra".
 
Dios le deja entrever a la comunidad Abrahámica, que la meta de su andar continuo es Dios y no el mero sustento. De sustentarlos se encargará él, ya que en su revelación, le advierte de su permanente asistencia. “Te bendeciré, yo te indicaré, haré de ti, maldeciré a quien te maldiga…etc”.
 
Dios anima a caminar pero garantiza su presencia en el camino de la vida del hombre. Ese camino de vida que es nuestra vida y la vida de cada humano.

Por ello si admitimos que para estar atentos a la llamada de Dios, o a los cambios experimentados, hay que estar expectantes para saber que quiere Dios de nosotros ante nuestra disponibilidad; -digo que- si para todo esto es preciso –aunque no necesario- el silencio; la misma oración de escucha que contemplamos en los dos puntos anteriores, en esta ocasión suscita una respuesta continuada, de manera que se expresa y ratifica en una acción personal.
 
El orante ya no se introduce en el silencio sin palabras, en el vacío sin figuras (donde orar es no-hacer y dejarse en lo divino), sino que escucha la voz del Dios que le envía para que cumpla su mandato en la vida del mundo, asumiendo desde la convicción de creyente, la vocación a la que Dios le llama y sea la que sea. Por eso, el diálogo religioso se vuelve compromiso histórico en cuanto que ese diálogo de aquel día es punto de partida para caminar, no durante ciertos días, sino durante una vida entera.
 
Con la ayuda de Dios, en la guerra del mundo, el orante se pone al servicio de la paz y del evangelio. No penetra en sí para perderse en Dios, sino para escuchar su voz y ponerse en movimiento, volviéndose profeta o mensajero.
 
Teniendo siempre presente como principio inviolable el evangelio.
¡Evangelio, evangelio, evangelio!. Todo lo demás en inventado por el hombre.
Autor: Florencio Salvador Díaz Fernández. Estudiante de Teología Cristiana.

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martes, 4 de septiembre de 2012

LA ORACION II. 3.2 DISPOSICIÓN


3. Disposiciones para orar
 
3.2 Disposición

¿Cómo sale usted de casa para asistir a una boda familiar?. Esta pregunta nos servirá de punto de partida de este segundo punto en las disposiciones del orante.
Sin lugar a dudas cada uno sale de casa con lo mejor que tiene, e incluso puede que con su mejor sonrisa.
 
Pero admitamos que como el refranero popular nos advierte: “la procesión va por dentro”. El estado de ánimo que se atesora en el interior puede ser incluso mas emotivo o festivo que la propia indumentaria, o por el contrario se puede sobre actuar porque no se tiene disposición interior ni ánimo para asistir al evento, lo cual le reportará una lección magistral de hipocresía.
 
Trasponemos esto al evangelio y lo iluminamos con un pasaje concreto del evangelio de Mateo:

Mateo 21,28 "¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos; se acercó al primero y le dijo: Hijo, vete a trabajar hoy a la viña. 21,29 Y él respondió: No quiero. Pero después se arrepintió y fue. 21,30 Se acercó al otro hijo y le dijo lo mismo, y éste respondió: Voy, señor; pero no fue. 21,31 ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?". Le contestaron: "El primero". Jesús dijo: "Os aseguro que los publicanos y las prostitutas entrarán en el reino de Dios antes que vosotros.
 
Por ello debemos considerar que la disposición a la llamada, conlleva un compromiso de fidelidad al voto recibido por Dios. Él, nos ve y valora nuestra integridad y profundidad en la fe (actuación/examen de nuestra conciencia), de manera que considerándonos aptos, nos ofrece la oportunidad de confiar en él y seguir su disposición.
 
Por ello no debemos dar un solo paso en este sentido, cuando no estemos seguros de cumplir responsablemente con lo que Dios nos pide en la comunidad. Se espera de nosotros una respuesta y una respuesta efectiva. Sentir la llamada es relativamente fácil, pero la disposición conlleva una actitud interior de asimilar que como cristiano y como hijo, en el lugar en el que me encuentre, me ofrezco a ser, ojo, mano y boca de Dios.

El término del texto de Mateo es claro, podemos orar con música, en grupo o de mil maneras; pero si nos quedamos en la forma y no nos adentramos en el modo, otros serán los que nos lleven la delantera por muy exclusivos que podamos sentirnos en las manos de Dios.
 
Ahora bien, no olvidemos que al ponernos en disposición ante Dios, al dejarle obrar en nosotros, nos unimos junto a María en “haced lo que el os diga”. Y por ello entramos a formar parte de los que desean ser fieles a Dios.

Dios premia la fidelidad:

Josué 24,14 Respetad al Señor y servidle con perfección y fidelidad, alejad los dioses a los que sirvieron vuestros padres al otro lado del río y en Egipto, y servid al Señor.

Nehemías 9,8 Tú comprobaste que era un hombre fiel e hiciste con él un pacto, según el cual le darías a él y a su descendencia la tierra […] (respecto de Abrahám)

Sirácida 45,4 En fidelidad y en mansedumbre lo santificó, lo escogió de entre todos los vivientes. (respecto de Moisés)

Y donde no se es fiel a Dios, desaparece la fidelidad para con los hombres; llegados a ese punto no se puede contar con nadie:

           Jeremías 9,2 Tensan su lengua como un arco; la mentira, y no la verdad, prevalece en este país; sí, caminan de delito en delito y no me conocen a mí, dice el Señor.
 
Autor: Florencio Salvador Díaz Fernández.
Estudiante de Teología Cristiana.
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miércoles, 29 de agosto de 2012

LA ORACIÓN II. 3. DISPOSICIONES PARA ORAR 3.1 LLAMADA


3. Disposiciones para orar

El camino de la oración está determinado por tres acciones concretas que son parte de un proceso, por medio del cual la persona se adentra en la dinámica orante, y crece ante los ojos de Dios y de las personas, asentando a cada paso el fundamento de su vivencia de Dios en el mundo.
 
Aunque cada persona en función de sus características propias, afronte el camino orante de una perspectiva determinada, no cabe la menor duda de que en cada caso se pueden diferenciar estos tres aspectos fundamentales y básicos: la llamada, la disposición y el deseo de caminar.
Disgregamos estos tres puntos para profundizar un poco sobre ellos.

 

3.1 Llamada

Como el pequeño niño que a base de trompicones aprende a andar, poco a poco. El cristiano igualmente de una manera torpe e infantil, comienza su proceso de inmersión en el cristianismo, llevando de la mano –como indispensable-, o desarrollando una actitud orante.
 
Imprecisa, inmadura, pero no carente de sensibilidad a los ojos de Dios -pues cada acción brota desde un corazón que late-, todos aprendimos nociones básicas para orar y de esta manera nuestros mayores nos enseñaron a crear un hábito para rezar.
 
Pero llegados a la plenitud de nuestra vida y quizás por una causa determinante o consecución de un profundo proceso de fe, el cristiano siente la necesidad de adentrarse en una oración adulta, responsable y llena de significado tanto en su contenido como en su forma desarrollada.
 
En ocasiones este punto de partida esta causado por un efecto sobre nosotros, sea de la naturaleza que sea, y al cual podemos denominar llamada.

Indudablemente Dios no nos va a llamar ni nos llamará, en cuanto a que no oiremos un “rrrrring” en el teléfono de casa y Dios nos dirá, ¡venga!.
Como llamada interpretamos el punto de partida o el momento en el que consideramos que nos adentramos de una manera responsable en el camino de la oración.
 
Un camino que si bien en primer, lugar esta lleno de elementos de mediación o devociones particulares, se vuelve poco a poco encuentro personal con el absoluto donde se escucha la voz de Dios.
Ciertamente, el orante procura adentrarse en su interior, pero el centro de su vida no es ya su esfuerzo humano, ni el vacío divino, sino el Dios personal que se revela, llamándole a la vida, abriéndole un camino, pidiéndole una respuesta.
 
Así aparece en los grandes testimonios de oración profética: la llamada de Moisés, Isaías o Jeremías:

Exodo 3,2 "Allí se le apareció el ángel del Señor en llama de fuego, en medio de una zarza. Miró, y vio que la zarza ardía sin consumirse. 3,4 El Señor vio que se acercaba para mirar y lo llamó desde la zarza: "¡Moisés! ¡Moisés!". Y él respondió: "Aquí estoy". 3,5 Dios le dijo: "No te acerques. Descálzate, porque el lugar en que estás es tierra santa". 3,6 Y añadió: "Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob". Moisés se tapó la cara, porque temía ver a Dios. 3,14 Dios dijo a Moisés: "Yo soy el que soy. Así responderás a los israelitas: Yo soy me ha enviado a vosotros".



Autor: Florencio Salvador Díaz Fernández.
Estudiante de Teología Cristiana.
Índice y Bibliografía: http://cartujoconlicencia.blogspot.com.es/2012/08/la-oracion-ii-indice-y-bibliografia.html
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