CARTUJO CON LICENCIA PROPIA
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jueves, 9 de agosto de 2012

LA ORACIÓN I. 8. ORACIÓN DE CONCLUSIÓN


8. Oración de conclusión.

“LA HUMILDAD, CAMINO DE ADVIENTO ”

Ayúdame, hermano, a ser humilde.

Ten misericordia de mí y muéstrame

lo que Dios va haciendo con tu vida.



Te prometo acoger y escuchar

tus pasos y tus caídas,

tus ternuras y tus rechazos,

tu alegría y tu dolor.



Quiero ser menos yo y más hermano,

porque quiero descender hasta donde

se encuentra lo más humano,

lo profundamente humano.

Me han dicho que allí se encuentra Dios.



Búscame cuando me pierda

y volveré a casa de tu mano,

a casa para servirte más

y compartir juntos el pan.



Cuando veas brillar en mis ojos

la soberbia y la altanería

y mi boca se llene de palabras vacías,

no apartes de mí tu mirada tierna pero vigorosa,

no dejes de comunicarme la esperanza.



Confía en mi que aprenderé de ti

Y suplicaré también por ti al Padre.

Te pido hermano que me ayudes

a ser humilde con tu ejemplo.

Yo también te lo ofrezco.



Señor Jesús, maestro de humildad,

haznos reconocer nuestra pequeñez,

nuestras vidas, su desnudez

y reconocer tu gratuidad



Padre de misericordia,

concédenos caminar en la humildad

para llegar a la eternidad.

Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.

LAUS DEO

sábado, 4 de agosto de 2012

LA ORACIÓN I. 7.3 LA RESPONSABILIDAD DE ORAR

7. ¿Cómo reza usted?

7.3 La responsabilidad de orar.

De esta manera al poner en nuestra boca el nombre de Jesús, debemos ser responsables de lo que le pedimos. Nos llegaremos al desengaño si esperamos de Dios una respuesta inmediata a nuestros ruegos.

Esta respuesta si fuera dada por Dios de esta manera seria paternalismo puro, y Dios es un padre que enseña pero deja vía libre al hombre para que camine (no somos hijos de papa, ni siquiera de papa Dios). Él nos ayudará, en cambio, dándonos su Espíritu, que, como ya experimentamos en la vida diaria es la fuerza de nuestra fuerza”.

No debemos de caer en la tentación romana de “FATIGARE DEOS”/cansar a los dioses para conseguir los logros necesarios. Esto nos llevaría a realizar un trueque con Dios, algo inaceptable en una persona de fundada fe.

“la voluntad divina tampoco se determina a querer, por las palabras del hombre, lo que antes no quería […] La oración dirigida a Dios es necesaria por causa del mismo hombre que ora, a fin […] de que se haga idóneo para recibir” (S. Tomás de Aquino)

En Génesis 18,23-32, tenemos el reflejo de lo que nos explica antes santo Tomás, según el episodio cuenta la intercesión de Abraham ante Sodoma y Gomorra. El patriarca entiende que Dios esta equivocado y considera que en su regateo le ayuda a este, a Dios a recapacitar y considerar la salvación de cada vez, menos justos:

“Se le acercó y le dijo: "¿Vas a destruir al justo juntamente con el pecador? Quizá haya cincuenta justos en la ciudad. ¿Vas a destruir la ciudad? ¿No la perdonarás en consideración a los cincuenta justos que hay en ella? […]  Abrahán volvió a decir: "No se irrite mi Señor. Voy a hablar por última vez. A lo mejor sólo hay diez". Y el Señor respondió: "No la destruiré en consideración a esos diez".

El final de la historia es claro, desde el principio sabía Dios cuales eran los justos y cual era el destino de las ciudades, y nos preguntamos por ello: ¿no sirvió para nada la oración de intercesión de Abraham?. Sí, para mucho. Para que cuandos e cumpliera la voluntad de bDios, comprendiera que esta era justa y pudiera aceptarla y aprender de lo sucedido. La oración no es para cambiar a Dios, sino a nosotros que somos los capaces –con su ayuda- de cambiar el mundo. La oración no es para adaptar la voluntad de Dios a la nuestra, sino la nuestra a la voluntad de Dios:

“padre mío, si es posible, que pase de mí este trago; pero que no sea como yo quiero, sino como quieras tú” (Mt26,39)

Ninguna oración muestra mejor este fin que la del Hermano Carlos de Foucauld que dicen los jesuitas al terminar el día y reposar:

         Padre,

me pongo en tus manos.

Haz de mí lo que quieras.

Sea lo que sea, te doy gracias.



Estoy dispuesto a todo;

lo acepto todo

con tal de que tu voluntad

se cumpla en mí

y en todas tus criaturas.

No deseo ninguna otra cosa, Padre.



Te ofrezco mi vida.

Te la doy con todo el amor

de que soy capaz.

Porque te amo

y necesito darme:

ponerme en tus manos,

sin medida,

con una infinita confianza.

Porque Tú eres mi Padre.



Por ello, al considerar lo dicho, debemos tener en cuenta que para que nuestra voluntad se ponga de acuerdo con la de Dios, mas que hablarle será apropiado escucharle. Así invitaba Unamuno a la oración: “¡silencio, silencio, para oír al Señor!”.

En este silencio encontraremos el equilibrio, el susurro, la palabra oportuna, el acontecimiento clave para interpretar… silencio.

Así hacia Samuel cuando comprendió y se puso en sus manos.

         “habla Señor, que tu siervo escucha” (1Sam3,1-20)


Autor: Florencio Salvador Díaz Fernández.
Estudiante de Teología Cristiana.
(Este material puede ser difundido o utilizado, indicando su autoría y procedencia)

LA ORACIÓN I. 7.2 ¿QUÉ ESPERAR DE LA ORACIÓN?

7. ¿Cómo reza usted?

7.2 ¿Qué esperar de la oración?

Los que hemos tenido oportunidad de catequizar durante décadas, observamos la ingenuidad de los críos al rezar a Dios. Estos en su corta edad siempre se colocan desde el papel de necesitados, pidiendo cosas curiosísimas:

         -señor, que sea alta que de los bajos todos se ríen.

-señor, que no me toquen mi amigo otra vez la espalda que la tengo quemada, te lo pedí ayer y hoy me la ha vuelto a tocar y me duele.

Y es que cada persona pide a Dios, según la imagen que de Dios se tenga. El Dios de la infancia es el “Deux ex machina”, pero nosotros en nuestra madurez tenemos que tener en cuenta aquello de Tomás de Aquino; “no hay que esperar de Dios algo menor que Él mismo”.

En contraste con la oración de los niños podemos observar la oración de una adolescente de 15 años que admite que; “antes pedía a Dios para salir bien de los exámenes; hasta que me propuse adelgazar por mis medios y lo logré. No se lo pedí a Dios, lo logré con mi fuerza de voluntad. Entonces comprendí que con los exámenes pasaba igual, así que poco a poco deje de rezar pues no le encontré sentido”.

Esta actitud parece adulta e incluso nos puede parecer responsable, pero, ¿no nos llevaría a prescindir de Dios?. Y por otra parte no nos dice Jesús:

Mateo 7,7

"Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá. 7,8 Porque todo el que pide recibe, y el que busca encuentra y al que llama se le abre. 7,9 ¿O quién de vosotros si su hijo le pide pan le dará una piedra? 7,10 O si le pide un pez, ¿le dará una serpiente? 7,11 Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¡cuánto más vuestro Padre celestial dará cosas buenas a quien se las pida!"
Podría dar la impresión de que Jesús nos ofrece aquí, en este pasaje un cheque en blanco para que pidamos sin desfallecer y con convicción de recibir, y más aun cuando dice; “Todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré” (Jn14,13). Pero reconozcamos que esto puede resultar contradictorio con la experiencia diaria.

No podemos interpretar correctamente este pasaje sin compararlo con la versión mucho mas teológica de Lucas, que nos dice cuáles son esas “cosas buenas” que podemos esperar de Dios. He aquí el final de Lucas: “…¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!” (Lc11,13).

Autor: Florencio Salvador Díaz Fernández.
Estudiante de Teología Cristiana.
(Este material puede ser difundido o utilizado, indicando su autoría y procedencia)

lunes, 30 de julio de 2012

LA ORACIÓN I. 7. ¿COMO REZA USTED? 7.1 OH, ¿ACASO NO REZA USTED?

7. ¿Cómo reza usted?

“Dime como rezas y te diré como es tu Dios”

(refranero popular)
7.1 Oh, ¿acaso no reza usted?

Puede ser comprensible, he incluso fácil el determinar que no hay vida cristiana son oración, sin embargo a la vez que podemos determinar la necesidad de que la oración es imprescindible para el cristiano, podemos advertí que todas las oraciones son relativas y nadie tiene derecho a juzgar a ningún hermano porque haya excluido tal o cual practica oracional, por muy querida que ésta sea para la Iglesia. Escrito nos dejo Teresa de Lisieux, su desapego por el rosario en su piedad privada:

“más que un elemento de penitencia, me cuesta rezar el rosario (me da vergüenza confesarlo) cuando estoy sola […] no consigo fijar mi atención en los misterios. Algunas veces rezo muy despacio un padre nuestro y la salutación angelica. Estas oraciones así rezadas, alimentan mi alma mucho más que si las recitara precipitadamente un centenar de veces”.

(Hist. De un alma, cap 1.edit.Mte Carm)



De esta manera y alejándonos del característico impulso de juzgar, admitamos que “entre los pucheros anda el Señor”,  y aprendamos de tantos y tantas que encontraron a Dios en el lugar donde menos se le esperaba.
Autor: Florencio Salvador Díaz Fernández.

Estudiante de Teología Cristiana.


(Este material puede ser difundido o utilizado, indicando su autoría y procedencia)

sábado, 28 de julio de 2012

LA ORACIÓN I. 6 LA ORACIÓN COMO CENTRO DE LA VIDA

6. La oración como centro de la vida.

El centro de algo es lo íntimo o lo esencial del cuerpo de una cosa o un asunto. Pues, si lo específico de la oración cristiana se deduce de la esencia misma de la fe, es claro que lo más íntimo o esencial de la oración está relacionado con lo más íntimo o esencial de la fe.


Por lo tanto la autenticidad de la oración está vinculada, por su ser mismo, a la autenticidad de la fe. Por esto se comprende la importancia que tuvo la oración en la vida de Jesús, que nos dijo que:

"es necesario orar siempre y no desfallecer" (Lc 18,1);

"estad en vela, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza" (21,36).

Y lo mismo nos mandaron los Apóstoles:

"Aplicáos asiduamente a la oración" (Rm 12,12)

"perseverad constantemente en la oración" (Col 3,2)

"noche y día" (1Tes 3,10).



La carta a los Hebreos dice que Jesús es (literalmente), “el jefe de fila de la fe / archegos tes pisteos” (Heb 12,2). Esta expresión rara y atrevida nos viene a decir que Jesús fue el primero de los creyentes. Más aun, el texto añade que también fue el “consumador / teleiotés” de esa fe, es decir, no solo el que dio comienzo y fundamentó la fe, sino que además la llevó hasta el culmen de su perfección. Dicho de otro modo, Jesús fue el modelo cabal y perfecto de creyente en Dios, el hombre de fe ideal. Por ello según el texto de Hebreos 12,3:

“Pensad, pues, continuamente en aquel que soportó tan grande contradicción de parte de los pecadores, para que no desfallezcáis perdiendo el ánimo.”

Ahora bien, una fe que empuja a hacer eso, o es una fuerza que trastorna a las personas o es el impulsó que brota de una mística cuya expresión más característica es precisamente la oración.

Si el Jesús nos manda orar siempre, ello significa que quiere orar en nosotros siempre, por la acción de su Espíritu. Por tanto, en la medida en que no oramos y que vivimos olvidados de Dios, en esa medida estamos resistiendo al Espíritu de Jesús, porque descuidamos la fe que se nos ha dado.

Pues bien ¿cómo podremos orar siempre?
Muchas prácticas privadas de tradición o no, nos ayudarán a ello: la escucha detenida de la Palabra, la atención a la presencia de Dios, la ofrenda reiterada de nuestras obras, las súplicas frecuentes ocasionadas por las mismas circunstancias de la vida, la petición de perdón con ocasión de las muchas ocasiones en que nos apartamos de su mirada, las alabanzas y acciones de gracias "siempre y en todo lugar"... Siempre y en todo lugar tenemos que avivar la llama de la oración continua.




Autor: Florencio Salvador Díaz Fernández.

Estudiante de Teología Cristiana.


(Este material puede ser difundido o utilizado, indicando su autoría y procedencia)

jueves, 26 de julio de 2012

LA ORACIÓN I. 5.4.3 DIMENSIÓN ESCATOLÓGICA DE LA LITURGIA DE LAS HORAS


5.4 La Liturgia de las Horas. Oficio Divino

5.4.3 Dimensión escatológica de la Liturgia de las Horas.

En toda "liturgia terrena pregustamos y tomamos parte en aquella liturgia celestial que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos, y donde Cristo está sentado a la diestra de Dios, como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero (Ap 21,2; Col 3,1; Heb 8,2)" (SC 8). Ahora bien, en el cielo, Cristo vive siempre para interceder por nosotros ante el Padre (+Heb 7,25; 1Jn 2,1).

Según esto, podemos estar ciertos de la presencia de Cristo glorioso en las Horas litúrgicas, y de que éstas no son sino "la voz de Cristo, con su Cuerpo, que ora al Padre" (SC 84; OGLH 15). De él, pues, reciben las Horas toda su fuerza cultual y suplicante. De él, de la Virgen María y de los Apóstoles, de los bienaventurados y de los ángeles, reciben la Liturgia de las Horas toda su dignidad, santidad y belleza.

"Con la alabanza que a Dios se ofrece en las Horas, la Iglesia canta asociándose al himno de alabanza que perpetuamente resuena en las moradas celestiales; y siente ya el saber de aquella alabanza celestial que resuena de continuo ante el trono de Dios y del Cordero, como Juan describe en el Apocalipsis" (OGLH 16).

Por otra parte, en esta dimensión escatológica de la liturgia en general, y de las Horas en particular, no hay ningún escapismo angelista, ni olvido alguno de los compromisos temporales. Al contrario, la esperanza del Reino, avivada en la Liturgia de las Horas, potencia a los cristianos en orden a la transformación del mundo presente.

"Hasta nosotros ha llegado la plenitud de los tiempos (+1Cor 10,11), y la renovación del mundo está irrevocablemente decretada y empieza a realizarse en cierto modo en el siglo presente (LG 48). De este modo la fe nos enseña también el sentido de nuestra vida temporal, a fin de que unidos con todas las criaturas anhelemos la manifestación de los hijos de Dios (Rm 8,15). En la Liturgia de las Horas proclamamos esta fe, expresamos y alimentamos esta esperanza, participamos en cierto modo del gozo de la perpetua alabanza y del día que no conoce ocaso" (OGLH 16).

La Iglesia, cuando ora y canta salmos, santificando el curso del tiempo humano, está haciendo presente en este mundo visible el misterio de la salvación y está haciendo eficaz su llegada a los hombres.


Autor: Florencio Salvador Díaz Fernández.
Estudiante de Teología Cristiana.
(Este material puede ser difundido o utilizado, indicando su autoría y procedencia)

LA ORACIÓN I. 5.4.2 EFICACIA SANTIFICANTE DEL OFICIO DIVINO PARA LOS QUE ORAN


5.4 La Liturgia de las Horas. Oficio Divino


5.4.2 Eficacia santificante del Oficio Divino para los que oran.

a) El diálogo con Dios. "La santificación humana y el culto a Dios se dan en la Liturgia de las Horas de forma tal que se establece aquí aquella especie de diálogo entre Dios en los hombres, en el que "Dios habla a su pueblo... y el pueblo responde a Dios con el canto y la oración"(SC 33)" (OGLH 14). 

De este modo, la santificación de los orantes viene obrada por el Espíritu Santo, cuya presencia en la oración litúrgica de la Iglesia es infalible y segura, precisamente por su carácter sacramental.

b) La Palabra divina vivificante. El Oficio Divino guarda y acrecienta continuamente en los fieles el sensus fidei, como todas las acciones sacramentales de la Iglesia (+SC 59), pues "los que participan en la Liturgia de las Horas pueden hallar una fuente abundantísima de santificación en la Palabra de Dios, que tiene aquí principal importancia. En efecto, tanto las lecturas como los salmos que se cantan en su presencia están tomados de la Sagrada Escritura, y las demás preces, oraciones e himnos están penetrados de su espíritu" (OGLH 14).

c) La intercesión suplicante. La Oración litúrgica es impetración poderosísima, pues "no es sólo la voz de la Iglesia, sino también la misma voz de Cristo, ya que las súplicas se profieren en el nombre de Cristo, es decir "por nuestro Señor Jesucristo", y la Iglesia continúa así las plegarias y súplicas que brotaron de Cristo durante su vida mortal, por lo que poseen singular eficacia" (OGLH 17). Y esta eficacia suplicante, que es en favor de todos los hombres, es sin duda en favor primeramente de los mismos orantes.


Autor: Florencio Salvador Díaz Fernández.
Estudiante de Teología Cristiana.
(Este material puede ser difundido o utilizado, indicando su autoría y procedencia)

miércoles, 25 de julio de 2012

LA ORACIÓN I. 5.4.1 LA ORACIÓN DE LAS HORAS


5.4 La Liturgia de las Horas. Oficio Divino

"La Liturgia de las Horas es santificación de la jornada"

(Pablo VI, Laudis canticum 2)
5.4.1 La Oración de las Horas

Pero la Iglesia, enseñada por Cristo y los Apóstoles, nos ha enseñado para alcanzar la permanencia en la plegaria un medio sumamente precioso: la Oración de las Horas.

Por éstas, van siendo santificadas todas las horas de nuestras jornadas, y todo el tiempo de nuestra existencia va quedando impregnado de oración, de alabanza, de súplica, de intercesión y de acción de gracias. Así nuestra vida, haciéndose una "ofrenda permanente", se hace toda ella preparación y extensión de la eucaristía.

La Oración de las Horas centra en Dios la vida de los fieles, y ajustándose al ritmo biológico y secular de la naturaleza -día y noche, trabajo y descanso, vigilia y sueño-, asegura al Pueblo de Dios una armonía permanente entre la acción y la contemplación, entre el tiempo laborioso y el festivo, entre la atención a este mundo y la expectación del cielo. En una palabra, hace que los fieles participen de la armonía de la vida de Cristo:


"Su actividad diaria estaba tan unida a la oración que incluso aparece fluyendo de la misma, como cuando se retiraba al desierto o al monte para orar, levantándose muy de mañana, o al anochecer, permaneciendo en oración hasta la cuarta vigilia de la noche" (OGLH 4).


¿Pero esta armonía, siempre mantenida, entre orar y laborar, realizable sin duda en la vida monástica, no será un ideal imposible para los sacerdotes, religiosos y laicos que viven en el mundo? El Vaticano II pedía expresamente que en la ordenación de la plegaria eclesial se tuvieran en cuenta las condiciones de la vida actual (SC 88).

En estas condiciones de la vida moderna se presentan sin duda dificultades peculiares para un ritmo habitual de la oración, como pueden ser a veces jornadas laborales prolongadas, seguidas de largos descansos, tiempos empleados en viajar al trabajo, horarios cambiantes, difícilmente previsibles, etc.

Pero también se dan facilidades considerables, al menos en relación a épocas pasadas: limitación acentuada del horario laboral, racionalización ordenada de los tiempos de trabajo, horarios fijos, fines de semana y vacaciones mucho más amplios, etc. No exageremos las dificultades.

De hecho, la gran mayoría de los ciudadanos modernos viven un horario sumamente rutinario, y cada día -según nos informan las estadísticas- dedican a la lectura de los diarios media o una hora, y a la contemplación de la televisión dos o tres horas. Y todo ello con una considerable regularidad, aunque haya días en que no puedan hacerlo...
Imitando a Jesús, nosotros debemos abrir espacio en nuestra vida para la oración, lo que, no siempre, pero a veces, nos exigirá madrugar, o trasnochar, o despedirnos de la gente con quien estamos -como él lo hacía, llegado el caso (+Mc 6,46).

La experiencia, no solamente la teoría, nos enseña que generalmente los cristianos que valoran de verdad la oración como un valor esencial, hallan tiempo para ella, y que incluso lo hallan con una cierta regularidad diaria. La oración privada, "en lo secreto" (Mt 6,6), sea o no la de las Horas litúrgicas, no suele ser en modo alguno irrealizable.


Autor: Florencio Salvador Díaz Fernández.

Estudiante de Teología Cristiana.


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martes, 24 de julio de 2012

LA ORACIÓN I. 5.3 EL RITMO LITÚRGICO Y LA ORACIÓN


5. La oración en la regla de San Benito.

5.3 El ritmo litúrgico y la oración.

Su idea central es que el monje viva por y para Dios consagrando su vida al servicio suyo. Debe ser persona consagrada que se entregue con solicitud y constante ánimo a la alabanza divina, al ideal de santidad y santidad litúrgica. La celebración litúrgica de los oficios está por encima de cualquier iniciativa penitente o devocional, dándose al espíritu orante con determinación y fervor.

"-nuestro voto de conversatio morum –lo traduzcamos por “conversión de costumbres”, “vida monástica”, o de otro modo posible- implica, según lo entiende la Regla de san Benito que profesamos, la entrega personal y cotidiana al trabajo de corregir nuestras negligencias y a crecer en las virtudes cristianas. Exige de nosotros el tender constantemente a la humildad y a la plenitud de la caridad del corazón de Cristo, y a la plena implantación en nuestro cuerpo y en nuestro corazón del Reino de Dios que nos anuncia el evangelio. Y exige de nosotros la perseverancia en esta vida hasta el fin, porque el amor nunca se sacia hasta alcanzar la plena posesión del ser amado, lo que, en nuestro caso, sólo será posible en la otra vida."- (Regla cap.nn 1)

A grandes rasgos, especificamos aquí que aunque la liturgia de la iglesia sufrió modificaciones importantes a lo largo de los siglos en cuanto a iniciativas de conglomerar todo en un mismo ritual o adaptaciones al latín; el cuerpo del Oficio Divino en cuanto a su distribución y significado, es casi inalterado del primigenio instaurado por San Benito. 

Como reformas excepcionalmente importantes destacamos las mas recientes cuando SS Pablo VI con motivo del Vaticano II publica Laudius Canticum y la “Sacra Cogregatio Pro Cultu Divino” por medio del decreto 1000/71 firmado por el cardenal Tabera, declara efectiva la reforma litúrgica del oficio canónico de las Horas en latín establecida para toda la Iglesia. 


Ocho años mas tarde (23/08/79) a instancias del cardenal de Barcelona Jubany Arnau, la misma congregación aprueba la versión del tomo I de la Liturgia de las Horas en Castellano, a la cual sucedería la de los siguientes volúmenes II, III y IV.

Por ello el orden monástico, si bien reúne algunos estilos propios en cuanto a los oficios, se ajusta perfectamente a la reforma litúrgica con la misma dedicación que San Benito exhorto en su regla de vida. 
La persona, para evitar la tediosidad y el descuido que causa la ociosidad, debe estar sujeta a una serie de disposiciones que alternando la oración, el trabajo y el estudio, redunden en beneficio propio y favorable a la alabanza del Señor y bien de la comunidad y de toda la iglesia.

Prometen cuatro votos fundamentales: pobreza, castidad, obediencia al abad y permanencia en comunidad.

Su vida se mueve y es determinada por la continua celebración de las Horas, de manera solemne y a lo largo de toda la jornada.

         Vida del monje un día cualquiera:
         4.15 Oficio de Lectura
         7.00 Laudes
         8.30 Tercia (hora del Padre)
         12.30 Sexta (hora del Hijo)
         15.30 Nona (hora del Espíritu)
         18.30 Vísperas
         20.30 Completas

         



Autor: Florencio Salvador Díaz Fernández.
Estudiante de Teología Cristiana.
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lunes, 23 de julio de 2012

LA ORACIÓN I. 5.2 BENITO DE NURSIA Y SU REGLA


5. La oración en la regla de San Benito.


5.2 Benito de Nursia y su regla.

San benito nació en Roma. Joven de sensible delicadeza moral, a quien escandalizaban los desordenes del mundo en que vivió, se decide a alejarse del mundo, lejos de los desenfrenos exteriores, para consagrarse al servicio exclusivo de Dios. Es por ello que sin olvidar que Jesucristo promete su asistencia a aquellos que se reúnen en su nombre:

         “Donde dos o mas se reúnen en mi nombre,
allí yo estoy en medio de ellos”

Y teniendo en cuenta que aunque sea la dedicación a una vida de oración, esta puede ser vivida desde la socialización, Benito admite compañeros o discípulos con los que comenzar su estilo de vida. 

No se tiene detalles de las primeras comunidades, pero si sabemos que benito era un hombre muy íntegro y con un gran don de gentes y capacidad para conducir la voluntad de las personas. 

Primero fundo en Subiaco y en Monte Casino, donde estableció sus principales comunidades, sin que por ello se viera exento de lidiar con aquellos que habiéndose acercado a la comunidad naciente, proponían cambios o no se adaptaban a la norma naciente. 

Su vida fue significativa aunque no demasiado extendida en cuanto a su persona, pero el fruto de San Benito iría mucho mas allá de su pensamiento, ya que en su llamado “insignificante bosquejo” de vida monástica, sin saberlo estaba sentando las bases para la ley, código de conducta o Regla –como fue llamada y es llamada- de San Benito, de todo el monacato latino existente hasta nuestros días y cuya regla en la columna vertebral de todas las fundaciones monásticas que le precedieron, hasta nuestros días.

Autor: Florencio Salvador Díaz Fernández.
Estudiante de Teología Cristiana.
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sábado, 21 de julio de 2012

LA ORACIÓN I. 5.1 LA ORACIÓN EN LA REGLA DE SAN BENITO 5.1 LOS PRIMEROS MONJES


5. La oración en la regla de San Benito.

5.1 Los primeros monjes.


Esta demostrado que el origen del monaquismo data desde los albores del cristianismo, en aquellos hombres que habiendo escuchado de forma oral el mensaje salvífico de Jesús, y su programa de vida explicitado en el sermón de la montaña; ven en este panegírico un modo de ascetismo de vida a realizar, entregándose por entero a su consecución y el consecuente retiro. Los ascetas se distinguían por su desprecio a los bienes materiales, las practicas de la castidad y la mortificación, la meditación de las verdades de la fe y de la oración. 

Al principio permanecían en sus propios hogares, pero la imposibilidad de aislamiento les hizo lanzarse a vivir a sitios apartados en bosques cuevas o grutas, donde igualmente estaban protegidos de las constantes persecuciones. 

Estos sobrevivieron a ellas, pero los ascetas que vivieron en Egipto en primer lugar, Siria y en la Capadocia, debieron dispersarse o más bien refugiarse en desiertos o montañas apartadas.

Por ello al considerar el monacato o monaquismo como institución o modo de vida aceptado por oriente y occidente, no debemos adjudicar su creación a la edad media.

En Tebas existió una gran comunidad conocida de ascetas a la que desde un principio se le llamo Tebaida. Por ello independien-temente de la fe y del extraordinario amor de que dieron prueba por su extraordinaria aptitud a la sobriedad y la austeridad, los ascetas de la Tebaida suministraron al resto del mundo cristiano el poderoso estímulo de un difícil ejemplo a imitar, de una rara virtud, casi sobrehumana.

Resulta impresionante ver con qué vigor, sólo comparable al de los primeros siglos, se desarrolla un impulso general hacia la vida contemplativa y penitente, libre de todos los lazos del mundo. 

Vocaciones individuales de gente resuelta a aislarse en las grutas salvajes o en islas desiertas, vocaciones colectivas de religiosos que formaban como colonias de santidad en un  mundo profano. Tales manifestaciones tuvieron su impulso por todo el margen mediterráneo, llegando a Italia y la Galia de entonces.

Es entonces cuando Juan Casiano (365-430) colaborador de San Juan Crisostomo, coge lo mejor de los monjes primigenios y establece un modo de vida fundando en Marsella hacia el 410 el monasterio de San Víctor. Sus escritos “Conferencias” fueron durante muchos amos de lectura preferente en los cenobios.

Es concretamente un siglo después cuando Benito reúne a sus primeras comunidades, primero en Subiaco y después en Monte Casino hacia el 529, pero nos detenemos aquí un momento para profundizar en la figura del patrón de Europa.






Autor: Florencio Salvador Díaz Fernández.
Estudiante de Teología Cristiana.
(Este material puede ser difundido o utilizado, indicando su autoría y procedencia)