CARTUJO CON LICENCIA PROPIA

miércoles, 5 de septiembre de 2012

MI ORACIÓN PARA EL 32 CONGRESO DE TEOLOGÍA, CRISTIANISMO, MERCADO Y MOVIMIENTOS SOCIALES


MI ORACIÓN PARA EL 32 CONGRESO DE TEOLOGÍA (*)

No te bendecimos, Padre, para halagarte, ni para camelarte, ni para alcanzar favores.
Te bendecimos para amarte, para cantarte que estamos tras de ti, que te queremos, que nos tienes prendados y que soñamos contigo.
Hemos optado por Ti, a pesar de las zancadillas, que diariamente nos asaltan.

Frente a los alicientes del consumismo y del dinero, confesamos que eres nuestro pan, verdadera fuente de vida.
Tú solo eres nuestra garantía; pues no necesitamos signos espectaculares para poner nuestra confianza en ti.
En la ruleta de la vida hemos apostado en tu favor.
Renunciamos a la voluntad del poder; proclamamos que ejercerlo sobre los demás es la raíz de los males que padecemos.
En contrapartida, queremos ser servidores tuyos y de los hombres, nuestros hermanos, viviendo en solidaridad y compartiendo los frutos del trabajo.
Seguimos bendiciéndote, Padre, por el camino que recorrió Jesús; vida que es para nosotros santo y seña de nuestro propio destino.

Lucho contra el poder que esclaviza; por eso los detentores de la fuerza le juraron odio a muerte y lo condenaron con su ley, asesinándole una tarde de primavera.

Lo mataron, pero quedó su Espíritu, que sigue clamando la venganza del amor y suscitando la urgencia de su recuerdo.

Con la confianza que en ti tenemos, Padre; ayúdanos a discernir sobre nuestro papel en la vida, sobre la contribución que hacemos a la vida y dignidad de cada persona donde Tú te transfiguras.
Como cristianos que decimos ser, enséñanos el lugar a ocupar responsablemente entre la sociedad, para conformar entre todos un gran movimiento de fraternidad social y solidaridad efectiva; para lograr que nadie quede ahogado o desestimado, por el desaforado afán de consumismo y deslegitimidad personal que atenaza a nuestro mundo.

Por Jesús de Nazaret, nuestro amigo y nuestro hermano, Amén.
Floren de Estepa.
(*) Adaptación de la Plegaria 23 de Jesús Burgaleta (PS Editorial 1977).

PERLAS DE PAGOLA PARA EL FINDE - CURAR LA SORDERA

CURAR LA SORDERA
23 Tiempo ordinario (B) Marcos 7,31-37
JOSÉ ANTONIO PAGOLA, SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

La curación de un sordomudo en la región pagana de Sidón está narrada por Marcos con una intención claramente pedagógica. Es un enfermo muy especial. Ni oye ni habla. Vive encerrado en sí mismo, sin comunicarse con nadie. No se entera de que Jesús está pasando cerca de él. Son otros los que lo llevan hasta el Profeta.
 
También la actuación de Jesús es especial. No impone sus manos sobre él como le han pedido, sino que lo toma aparte y lo lleva a un lugar retirado de la gente. Allí trabaja intensamente, primero sus oídos y luego su lengua. Quiere que el enfermo sienta su contacto curador. Solo un encuentro profundo con Jesús podrá curarlo de una sordera tan tenaz.
 
Al parecer, no es suficiente todo aquel esfuerzo. La sordera se resiste. Entonces Jesús acude al Padre, fuente de toda salvación: mirando al cielo, suspira y grita al enfermo una sola palabra: "Effetá", es decir, "Abrete". Esta es la única palabra que pronuncia Jesús en todo el relato. No está dirigida a los oídos del sordo sino a su corazón.
 
Sin duda, Marcos quiere que esta palabra de Jesús resuene con fuerza en las comunidades cristianas que leerán su relato. Conoce a más de uno que vive sordo a la Palabra de Dios. Cristianos que no se abren a la Buena Noticia de Jesús ni hablan a nadie de su fe. Comunidades sordomudas que escuchan poco el Evangelio y lo comunican mal.
 
Tal vez uno de los pecados más graves de los cristianos es esta sordera. No nos detenemos a escuchar el Evangelio de Jesús. No vivimos con el corazón abierto para acoger sus palabras. Por eso, no sabemos escuchar con paciencia y compasión a tantos que sufren sin recibir apenas el cariño ni la atención de nadie.
 
A veces se diría que la Iglesia, nacida de Jesús para anunciar la Buena Noticia de Jesús, va haciendo su propio camino, lejos de la vida concreta de preocupaciones, miedos, trabajos y esperanzas de la gente. Si no escuchamos bien las llamadas de Jesús, no pondremos palabras de esperanza en la vida de los que sufren.
 
Hay algo paradójico en algunos discursos de la Iglesia. Se dicen grandes verdades y se proclaman mensajes muy positivos, pero no tocan el corazón de las personas. Algo de esto está sucediendo en estos tiempos de crisis.
 
La sociedad no está esperando "doctrina social" de los especialistas, pero escucha con atención una palabra clarividente, inspirada en el Evangelio y pronunciada por una Iglesia sensible al sufrimiento de las víctimas, que sale instintivamente en su defensa invitando a todos a estar cerca de quienes más ayuda necesitan para vivir con dignidad.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

martes, 4 de septiembre de 2012

Reflexión al comienzo del 32 Congreso de Teología, “Cristianismo, Mercado y Movimientos Sociales”


Reflexión al comienzo del 32 Congreso de Teología, “Cristianismo, Mercado y Movimientos Sociales”

Aun a pesar de los casi siete años que llevo brujuleando en el campo de la teología y su estudio, estando a la puertas de la obtención de mi bachillerato como pequeño teólogo de seglares; admito que soy nuevo en esto de los congresos. Para los que somos de pueblo y para siempre hijos del pueblo, es una barrera a sortear el marchar a la capital y participar del frenesí de la metrópoli madrileña.
Aun así, es merecido el esfuerzo, pues fue mucha la riqueza y la amplitud de los campos abiertos ante uno, tras el congreso del año pasado versado sobre los fundamentalismos. Este año según el programa, nos adentramos en la situación económica actual, sin perder el norte de lo que somos, cristianos y miembros de una comunidad que tiene mucho que decir y sobre todo hacer en el mundo.
A los que seguimos –o decimos seguir- sus huellas, no nos llama Jesucristo a diario para que continuemos manteniendo incólume el depósito de la fe, e inalterable el magisterio de la Iglesia.
Ambas cosas pueden llegar a ser relativas, pues como escribí en otras ocasiones la observancia de las mismas, no es garantía de que seamos buenas personas. Manos, es lo que hacen falta en el mundo y en la Iglesia de Jesucristo. Estamos en una coyuntura complicada respecto de muchos frentes.
La economía hace aguas y se paga con sangre sobre todo en las clases bajas, donde la precariedad se hace presente en necesidades reales e incluso la perdida de la dignidad personal. Para llegar a sensibilizarnos con esta situación, debemos pensar en personas concretas. Seres de carne y hueso como nosotros, con sus tristezas, anhelos y esperanzas.
Todos estos desahuciados de la sociedad con más o menos necesidades, necesitan una respuesta global que de llegar, llegará demasiado tarde y con ganar de hacerlo todo de momento. Falta de trabajo, de la dignidad personal, escasez de pluralidad en ciertos estratos políticos y religiosos; el imperante fundamentalismo, el desaforado afán de consumo…etc.
Convendrán conmigo, que mientras la respuesta global llega a los necesitados, dejando un reguero de comisiones que enriquecerán bolsillos equivocados, la sociedad y los cristianos debemos ocupar el lugar que auténticamente nos corresponde junto a los que necesitan dinero, calor, un abrazo, o que le reconozcan su dignidad y le escuchen. “La gloria de Dios, es que el hombre viva” (S.Ireneo)
Son muchos los necesitados y necesitadas, y cada cristian@ tiene ante sí un objetivo. Una persona, sujeto digno personal y vital, que nos espera allí donde estemos, para darle una respuesta en forma de solidaridad efectiva. Personas que necesitan amor y no la intransigencia de la ley.
Admito que me gustaría que todos en la iglesia fuéramos por el mismo camino, pero eso nunca ha sido posible ni nunca lo será; al menos mientras la responsabilidad se modifique por abuso de poder. Con el debido respeto al papa, no entiendo cómo se puede proclamar un Año de la Fe, cuando debiera ser “Año de las Manos aptas para trabajar”. Estamos en la cumbre de la cresta de la crisis, estamos tocando fondo.
Asistimos casi a diario, a un espectáculo deplorable de obispos amenazando por no querer pagar impuestos como todo el mundo hace por sus casas y propiedades, aun cuando ellos con privilegios notariales se adjudican propiedades ajenas. Se ignora en muchos casos las enseñanzas de Jesús respecto del apego al dinero (Mateo 6,19-21), se participa en empresas que hacen dólares a marchas dobles. Y encima de todo esto, nuestros obispos admiten que “existe una profunda crisis de la fe que afecta a amplios grupos de personas”.
¿Está en crisis la fe, o están en desuso los efectos positivos que una persona de fe debe de llevar a cabo en nombre de Jesucristo? La fe no es sinónimo de buena persona para nadie. Y en esto estoy de acuerdo con los obispos, cuando ellos admiten que “la fe no puede considerarse hoy como un presupuesto obvio de la vida cotidiana”. Ya sabemos quienes nos llevarán la delantera (Mt 21,31).
En definitiva, ser cristianos y serlo de manera efectiva. Serlo sin caer en el consumismo desaforado al que nos someten los mercados, la economía y el afán de consumismo. Ser cristianos y si es posible, ser personas antes que cristianos, para estar junto a las personas sin considerarnos pequeños conquistadores para la causa del Reino de Dios. Primero abracemos, solucionemos el problema; luego hablaremos de Jesús que nos envía.

MI ORACIÓN PARA EL 32 CONGRESO DE TEOLOGÍA (*)

No te bendecimos, Padre, para halagarte, ni para camelarte, ni para alcanzar favores. Te bendecimos para amarte, para cantarte que estamos tras de ti, que te queremos, que nos tienes prendados y que soñamos contigo. Hemos optado por Ti, a pesar de las zancadillas, que diariamente nos asaltan.

Frente a los alicientes del consumismo y del dinero, confesamos que eres nuestro pan, verdadera fuente de vida. Tú solo eres nuestra garantía; pues no necesitamos signos espectaculares para poner nuestra confianza en ti. En la ruleta de la vida hemos apostado en tu favor.

Renunciamos a la voluntad del poder; proclamamos que ejercerlo sobre los demás es la raíz de los males que padecemos. En contrapartida, queremos ser servidores tuyos y de los hombres, nuestros hermanos, viviendo en solidaridad y compartiendo los frutos del trabajo.

Seguimos bendiciéndote, Padre, por el camino que recorrió Jesús; vida que es para nosotros santo y seña de nuestro propio destino. Lucho contra el poder que esclaviza; por eso los detentores de la fuerza le juraron odio a muerte y lo condenaron con su ley, asesinándole una tarde de primavera. Lo mataron, pero quedó su Espíritu, que sigue clamando la venganza del amor y suscitando la urgencia de su recuerdo.

Con la confianza que en ti tenemos, Padre; ayúdanos a discernir sobre nuestro papel en la vida, sobre la contribución que hacemos a la vida y dignidad de cada persona donde Tú te transfiguras. Como cristianos que decimos ser, enséñanos el lugar a ocupar responsablemente entre la sociedad, para conformar entre todos un gran movimiento de fraternidad social y solidaridad efectiva; para lograr que nadie quede ahogado o desestimado, por el desaforado afán de consumismo y deslegitimidad personal que atenaza a nuestro mundo.

Por Jesús de Nazaret, nuestro amigo y nuestro hermano, Amén.

(*) Adaptación de la Plegaria 23 de Jesús Burgaleta.

LA ORACION II. 3.2 DISPOSICIÓN


3. Disposiciones para orar
 
3.2 Disposición

¿Cómo sale usted de casa para asistir a una boda familiar?. Esta pregunta nos servirá de punto de partida de este segundo punto en las disposiciones del orante.
Sin lugar a dudas cada uno sale de casa con lo mejor que tiene, e incluso puede que con su mejor sonrisa.
 
Pero admitamos que como el refranero popular nos advierte: “la procesión va por dentro”. El estado de ánimo que se atesora en el interior puede ser incluso mas emotivo o festivo que la propia indumentaria, o por el contrario se puede sobre actuar porque no se tiene disposición interior ni ánimo para asistir al evento, lo cual le reportará una lección magistral de hipocresía.
 
Trasponemos esto al evangelio y lo iluminamos con un pasaje concreto del evangelio de Mateo:

Mateo 21,28 "¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos; se acercó al primero y le dijo: Hijo, vete a trabajar hoy a la viña. 21,29 Y él respondió: No quiero. Pero después se arrepintió y fue. 21,30 Se acercó al otro hijo y le dijo lo mismo, y éste respondió: Voy, señor; pero no fue. 21,31 ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?". Le contestaron: "El primero". Jesús dijo: "Os aseguro que los publicanos y las prostitutas entrarán en el reino de Dios antes que vosotros.
 
Por ello debemos considerar que la disposición a la llamada, conlleva un compromiso de fidelidad al voto recibido por Dios. Él, nos ve y valora nuestra integridad y profundidad en la fe (actuación/examen de nuestra conciencia), de manera que considerándonos aptos, nos ofrece la oportunidad de confiar en él y seguir su disposición.
 
Por ello no debemos dar un solo paso en este sentido, cuando no estemos seguros de cumplir responsablemente con lo que Dios nos pide en la comunidad. Se espera de nosotros una respuesta y una respuesta efectiva. Sentir la llamada es relativamente fácil, pero la disposición conlleva una actitud interior de asimilar que como cristiano y como hijo, en el lugar en el que me encuentre, me ofrezco a ser, ojo, mano y boca de Dios.

El término del texto de Mateo es claro, podemos orar con música, en grupo o de mil maneras; pero si nos quedamos en la forma y no nos adentramos en el modo, otros serán los que nos lleven la delantera por muy exclusivos que podamos sentirnos en las manos de Dios.
 
Ahora bien, no olvidemos que al ponernos en disposición ante Dios, al dejarle obrar en nosotros, nos unimos junto a María en “haced lo que el os diga”. Y por ello entramos a formar parte de los que desean ser fieles a Dios.

Dios premia la fidelidad:

Josué 24,14 Respetad al Señor y servidle con perfección y fidelidad, alejad los dioses a los que sirvieron vuestros padres al otro lado del río y en Egipto, y servid al Señor.

Nehemías 9,8 Tú comprobaste que era un hombre fiel e hiciste con él un pacto, según el cual le darías a él y a su descendencia la tierra […] (respecto de Abrahám)

Sirácida 45,4 En fidelidad y en mansedumbre lo santificó, lo escogió de entre todos los vivientes. (respecto de Moisés)

Y donde no se es fiel a Dios, desaparece la fidelidad para con los hombres; llegados a ese punto no se puede contar con nadie:

           Jeremías 9,2 Tensan su lengua como un arco; la mentira, y no la verdad, prevalece en este país; sí, caminan de delito en delito y no me conocen a mí, dice el Señor.
 
Autor: Florencio Salvador Díaz Fernández.
Estudiante de Teología Cristiana.
(Este material puede ser difundido o utilizado, indicando su autoría y procedencia)

lunes, 3 de septiembre de 2012

Fallece el cardenal Carlo María Martini



"La iglesia ha retrocedido 200 años", es una de sus últimas máximas. Quizás hay que ser demasiado mayor para hablar con esta frescura intelectual.
Carlo Mª Martini, ha sido una de las personas que desde que estudio teología, he leido muy de cerca. Su caracter abierto, ecumenico quizás; trabajando hasta la extenuación por la integración de los pueblos y de las personas en el camino de la felicidad.
La iglesia ha perdido a uno de sus grandes hombres. Es mucho lo que deja. Por ello, hoy agradezco a la vida -que es Dios- el que personas de esta magnitud humana e intelectual, nos dejen la gran semilla de su enseñanza.
Hasta luego, Carlo María, un abrazo desde la eternidad.

atte. Floren de Estepa.

CARTA DE JESÚS NAZARENO DE ESTEPA, A UN HIJO INMIGRANTE


                       Felipe y Familia:

            No te preocupes en averiguar la causa de este escrito ni de la imagen de mi rostro. Me valgo de muchas personas, para llevar a cabo mis designios.

            Y en mi mirada, la mirada de Jesús Nazareno de Estepa, están todos los rostros de los hijos e hijas que acuden a visitarme a mi casa de San Sebastián, o que miran mi rostro en la imagen de un cuadro, en su casa o en el trabajo.

            De ninguno de mis hijos e hijas me olvido. Ni me olvido de ellos en este mundo, ni en el otro donde reina mi padre. Por ello, Felipe, estas letras salen de un corazón que siente la añoranza de los hijos e hijas de Estepa, que un día se marcharon a otras tierras, para buscar un digno y merecido trozo de pan, con el que alimentarse ellos y sus hijos.

            Se pasa la vida y nos pasamos todos, pero yo sigo siempre aquí. Jesús de Estepa, es remanso de paz para sus hijos, vaso de agua fresca en el duro caminar de la vida, anhelo de esperanza en la dura prueba y en el duro vivir de cada persona.

            Me duelen mis hijos e hijas Felipe. Sobre todo los emigrantes. De vosotros espero que no olvidéis que desde Estepa, soporto una dura cruz, en la cual están clavados los sentimientos, penas y aflicciones de cada uno de mis hijos e hijas.

            Confía Felipe. Confía porque en esta vida hay tiempo para todo. Para la tristeza, para el gozo, para la enfermedad, para la alegría. Si todo ello lo vivimos con amor y esperanza, es más soportable la vida que vivimos.

            Si nos encontramos alegres reiremos todos, si nos llega la tristeza, todos juntos nos haremos una piña, pues la amistad y el amor, lo pueden todo.

            Sigue siendo una buena persona. Ten seguro que os tengo a ti, a tu esposa y tus hijos bajo mi mirada, pues esta llega hasta los confines del mundo y de España, donde hay un hijo o una hija mía.

            Y sobre todo Felipe, confía. Confía en Jesús Nazareno de Estepa.

            Con mi bendición.

Fdo.  Jesús

viernes, 31 de agosto de 2012

EL VATICANO II, TUMBA DEL RÉGIMEN DE CRISTIANDAD


Benjamin Forcano

Me agrada sobremanera abordar este tema cuando han pasado 50 años de la celebración del Vaticano II. Y me agrada porque soy uno entre muchos de los que hicimos del Vaticano II motor y referencia de nuestro vivir en la Iglesia. Fuimos partícipes de un acontecimiento que conmovió a la Iglesia católica y la puso ante los ojos del mundo entero.

El acontecimiento duró tres años (1962-1965) pero fue tal su incidencia que resultó imposible encerrarlo en el espacio de un corto tiempo o neutralizarlo por tendencias opuestas.

El ya largo posconcilio ha revelado todo lo que de positivo y antagónico había en la Iglesia. Como ya sabíamos, la reacción había de llegar, pues no todos –lo hemos visto y sufrido– estaban dispuestos a dejarse convertir por el espíritu y doctrina conciliar. Eran siglos de visión distinta, de doctrina uniforme, de ritos establecidos, de prácticas estereotipadas, de normas precisas, de sumisión incondicional, que copaban palmo a palmo el territorio de nuestra alma. Y el Vaticano II decretaba un reordenamiento.
El drama era inevitable para la mayoría que estaba educada para seguir como sagrados los dictados de una autoridad indiscutible. Pero la renovación, fermentando, había entrado también en la conciencia eclesial y estalló en el aula conciliar. La Iglesia, por más murallas que se levantasen, percibía los cambios de la modernidad, los nobles propósitos de las revoluciones, los logros de la ciencia, la confrontación de la nueva hermenéutica con el Evangelio y su radical requerimiento a cambiar y mudarse.
Las aguas no se han sosegado afortunadamente, siguen vivas, aun cuando remeros y navegantes de alto grado pretendan conducirlas a recintos estancados o hacerlas discurrir por otros cauces. La Iglesia es más grande que la Jerarquía y no pierde el caminar de la historia ni el espíritu del Evangelio. Siempre fue así, y pese a todo, resulta indomable el mensaje del Evangelio y las aspiraciones de la dignidad de las personas y de los pueblos.
Reivindicamos, pues, algo que nos pertenece por ley y por historia, por derecho y por espíritu. Sería una claudicación retornar a algo que tuvo sentido pero que no volverá. El Vaticano II empalma con la Tradición, pero no es el concilio de Trento ni el Vaticano I.
Y hay quien no se guarda de ocultar sus reticencias y críticas desenfadadas al Vaticano II como si fuera el causante del desconcierto y males actuales de la Iglesia. Fue Joseph Ratzinger, entonces teólogo y cardenal, quien en 1985 afirmó que “los veinte años del posconcilio habían sido decididamente desfavorables para la Iglesia”. Le llovieron réplicas, entre otras, la del teólogo E. Schillebeeckx: “Ahora parece que sea sólo el cardenal Ratzinger el único autorizado para interpretar auténticamente el concilio. Esto va contra toda la tradición. En este sentido afirmo que se está traicionando el espíritu del concilio“ (Soy un teólogo feliz, p. 42).
Todo lo dicho me permite suscribir como propias las palabras del recordado y querido teólogo José Mª González Ruiz: “El Vaticano II es la tumba de la cristiandad”. Sentencia confirmada por el teólogo J. B. Metz: “Hoy, la Iglesia se encuentra ante un cambio que, a mi juicio, es el más profundo de su historia desde la época primitiva. De una Iglesia de Europa (y de Norteamérica) culturalmente más o menos unitaria y, por lo tanto, monocéntrica, la Iglesia está en camino hacia una Iglesia universal, con múltiples raíces culturales y, en este sentido, culturalmente policéntrica. El último concilio puede entenderse como expresión institucionalmente manifiesta de este paso” (Cfr. Concilium, Unidad y pluralidad: problemas y perspectivas de inculturación, nº 224, julio 1989, p. 91).
PARA COMPRENDER LO QUE ESTÁ PASANDO EN LA IGLESIA
No veo complicado explicar lo que en las últimas décadas está sucediendo en la Iglesia, si presentamos debidamente el escenario histórico de los hechos y logramos relacionar el desenvolvimiento actual con el pasado.
La historia de la Iglesia católica es bimilenaria. Venimos de una historia en que, hasta el Vaticano II, ha estado vigente el modelo eclesiológico tridentino. Dicho modelo ha estado sustentando el llamado “régimen de cristiandad” y, más cerca de nosotros, el “nacionalcatolicismo”. Siglos y siglos de historia dejan poso y configuran las estructuras, el sentir, el pensar y el actuar de la cristiandad.
Me limito a examinar un período de historia cercano a nosotros: el que va desde los años 50 hasta hoy, destacando tres hechos principales: 

El concilio Vaticano II. 
La restauración del papa Juan Pablo II. 
Y la transición democrática de nuestro país.


I. LAS TRANSFORMACIONES BÁSICAS DEL VATICANO II
1. Modelo eclesiológico tridentino
Me refiero al momento de la Iglesia reformada de Gregorio VII y postridentina. Sus rasgos fundamentales serían:
1. La religión católica es la única verdadera: (Concilio de Florencia, 1542 , DS 1351). (Pío IX,Syllabus, Enchiridion Symbolorum, 1960) (1540).
2. La Iglesia es como un Estado, en cuya cumbre está el Papa, asistido por las congregaciones romanas y que justifica su hegemonía sobre los demás Estados (Colección de encíclicas y documentos pontificios, Madrid, 1955, pp. 1 ss.).
3. El estatuto constituyente de la Iglesia se caracteriza por la desigualdad, a base de dos géneros de cristianos: los clérigos y los laicos (Constitución sobre la Iglesia, Vaticano I, 1870).
La desigualdad se despliega de arriba abajo, en una visión piramidal y estamental: la pirámide tiene un vértice, el papa: de él deriva el poder de los obispos, la nobleza eclesiástica; y, más abajo, está el bajo clero, los llamados propiamente “sacerdotes”. Estos grados agotan el derecho y la autoridad. Finalmente, está el estamento laical, base inmensa de la pirámide: vasallos, siervos de la gleba, gente menuda (Pio X, Vehementer, 12.)
4. Esta estructura eclesiástica sería de derecho divino y, por lo tanto, inmutable. Como también el poder que ella tiene y de ella deriva.
5. Esta Iglesia realiza el Reino de Dios desde el “poder eclesiástico”, que desciende piramidalmente hasta los mismos fieles. El pueblo no tiene más que recibir y poner en práctica lo que reside en las altas esferas.
6. Para esta Iglesia el reino de Dios es cosa del “más allá”, “asunto de la otra vida”, no un proyecto histórico con exigencias de transformación para la sociedad presente, sino un símbolo de resignación histórica y de evasión de la historia: “La diferencia de clases en la sociedad civil tiene su origen en la naturaleza humana y, por consiguiente, debe atribuirse a la voluntad de Dios” (Pío IX, Syllabus, Enchiridion Symbolorum, 1960) (1540).
7. Esta Iglesia olvida la característica fundamental del Reino de Dios que anuncia Jesús: un Reino de los pobres y para su liberación. Es decir, mientras en las altas esferas se libran batallas por la dominación del mundo, la inmensa base eclesial no tiene más condición, y ésta querida por Dios, que someterse y no contar para nada.

2. Modelo eclesiológico del Vaticano II
El gran cambio operado por el Vaticano II aparece sobre todo en la “Lumen Gentium” y la “Gaudium et Spes”. Podemos concretarlo en los siguientes puntos:
1. El punto de gravitación en la Iglesia es, según el Vaticano II, la comunidad (pueblo de Dios) y no la jerarquía. “Pueblo de Dios” es para el concilio esa realidad englobante de la Iglesia, que remite a lo básico y común de nuestra condición eclesial, es decir, nuestra condición de creyentes. Y, en esa condición, estamos todos, sin excepción. La división de clérigos/laicos queda superada con un planteamiento nuevo: lo sustantivo en la Iglesia es la comunidad, la jerarquía lo relativo, que no tiene razón de ser en sí y para sí, sino en referencia y subordinación a la comunidad.
2. La función de la jerarquía es redefinida con relación a Jesús, siervo sufriente y no pantocrátor (señor de este mundo); solo desde un crucificado por los poderes de este mundo se puede fundar y justificar la autoridad de la Iglesia. La jerarquía es un ministerio (diakonia=servicio) que exige reducirse a la condición de siervo. Ocupar ese lugar (el de la debilidad e impotencia) es lo suyo, lo verdaderamente propio.
3. Desaparece la Iglesia como “sociedad de desiguales”: “No hay por consiguiente en Cristo y la Iglesia ninguna desigualdad” (LG, 12).
Ningún ministerio puede ser colocado por encima de esta dignidad común. La mayor dignidad está en la igualdad común. Los clérigos no son los “hombres de Dios” y los laicos “los hombres del mundo”. Esa dicotomía es falsa. Hablamos correctamente si, en lugar de clérigos y laicos, hablamos de comunidad y ministerios.
4. Todos los bautizados son consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo (LG, 10). No sólo, por tanto, los curas son “sacerdotes” sino que, junto al ministerio de ellos, el sacerdocio es común. Este cambio en el concepto de sacerdocio es fundamental: “En Cristo se ha producido un cambio de sacerdocio” (Hb 7,12). En efecto, el primer rasgo del sacerdocio de Jesús es que “se hace en todo semejante a sus hermanos”.
Según esto, la Iglesia entera, pueblo de Dios, prosigue el sacerdocio de Jesús, sin perder la laicidad, en el ámbito de lo profano y de lo inmundo, de los “echados fuera”; sacerdocio no centrado en el culto sino en el mundo real. Este sacerdocio pertenece al plano sustantivo, el otro –el presbiteral– es un ministerio y no puede entenderse desentendiéndose del común. Y el sacerdocio común es superior y el presbiteral, como ordenado al común, es inferior.

3. El desafío central del concilio Vaticano II
Está claro que el desafío central, al que se enfrentaba el concilio, era el de someter a revisión el patrimonio cristiano heredado. Llevábamos cuatro siglos bajo la inspiración y dominio del concilio de Trento. La conciencia eclesial se había abierto camino en el mundo moderno y había madurado, en convivencia y diálogo con él, sus problemas, sus nuevas búsquedas y soluciones. De esa conciencia brotaban varias consecuencias:
1ª) La Iglesia no podía erigirse ya más como una realidad frente al mundo, como una “sociedad perfecta”, paralela, que proseguía su curso en autonomía, previniéndose y fortaleciendo sus muros contra los errores e influencia del mundo. Esa antítesis de siglos debía superarse.
2ª) El concilio se proponía aplicar la renovación al interior de la Iglesia misma, pues la Iglesia no era el Evangelio ni era seguidora perfecta del mismo, en ella vivían mujeres y hombres, los mismos que en todas las demás partes y desde su condición limitada y pecadora se habían establecido en ella muchas costumbres, leyes y estructuras que no respondían a la enseñanza y práctica de Jesús.
3ª) La misión de la Iglesia es la misma misión de Jesús, una misión universal. Y para entenderla y hacerla auténtica no tiene sino volver a Jesús.
Como universal que es, el Evangelio traspasa todo modelo cultural concreto, ninguno puede reivindicarlo en exclusiva. Este es el problema. El Evangelio ha sido anunciado y debía encarnarse en todo lugar y conyuntura histórica. Lo fue durante veinte siglos, pero en modelos occidentales y europeos. Y eso es lo que a nosotros nos llegó. Y, aun dentro de esa cultura, la llegada se quedó muy atrás, pues nos asentamos en el modelo judaicohelénico- romano y nos detuvimos en el patrístico medieval. Trento fue la meta y la medida. No logramos asimilar la posterior evolución moderna.
Con razón ha podido escribir el teólogo Hans Küng: “Se requiere un cambio de rumbo de parte de la Iglesia, y de la teología: abandonar decididamente la imagen del mundo medieval y aceptar consecuentemente la imagen moderna del mundo, lo que para la misma teología traerá como consecuencia el paso a un nuevo paradigma” (Küng, H., Ser cristiano, p. 173) *.

II. LA RESTAURACION DEL PAPA JUAN PABLO II
1. El Papa Wojtyla y el Vaticano II
Juan Pablo II ha tenido una forma muy personal de entender el Papado. Más de 26 años dando la vuelta al mundo acaban por dibujar un perfil de este insigne viajero y apóstol. Pero no sólo eso. Juan Pablo II representa un modo de entender el cristianismo tan fuerte y definido que uno se pregunta si la Iglesia va a poder emprender nuevos rumbos o va a sentirse esclava de este modo wojtyliano de anunciar el Evangelio. La Iglesia Institución, vista en su aparato clerical y organizativo, ha cobrado tanta relevancia y uniformidad con Juan Pablo II, que incita a reflexionar si esto no se ha hecho en base a desmedular la Iglesia de esa savia original, la más profunda y reveladora de su mensaje, que es el amor, la democracia y la libertad.
Muchos llegaron a creer en un principio que este Papa iba a ser la confirmación del Vaticano II, pero pronto se vio que los vientos iban por otros derroteros.

2. Wojtyla: involución contra renovación
Wojtyla traía otro modelo. Y a él iba a consagrar toda su energía. Esto auspiciaba una fuerte contradicción dentro de la Iglesia: se habían abierto caminos nuevos y, ahora, el pontificado de Juan Pablo II, comenzaba a marcar otra dirección. Grandes sectores de la cristiandad advertían la contraposición: involución contra renovación, autoritarismo contra democracia, clericalismo contra pueblo de Dios, clasismo contra igualdad, etcetera.

3. El liderazgo de Juan Pablo II
La muerte de Juan Pablo II fue un hecho de primera magnitud. Juan Pablo II había hecho del planeta tierra su casa. Y su mensaje de amor a la humanidad, de condena de la guerra, de promover la justicia y atender a los más pobres, llegó a todos los rincones de la tierra.
Este liderazgo externo contrasta con otro más deslucido, al interior de la Iglesia, que ha provocado en amplios sectores de ella crítica y distanciamiento. Con Juan Pablo II, la minoría perdedora del Vaticano II sacó cabeza y programaba pasos y estrategias para reconquistar el espacio perdido.
Juan Pablo II venía de una formación tradicionalista, marcada además por un contexto sociopolítico antinazista, y también profundamente anticomunista y en cierto modo antieuropeo. Su patria había sufrido la humillación de diversos imperios y en todos sus hijos estaban abiertas las heridas, curadas en buena parte por la religión católica.
Todo esto le había hecho ver que Europa no caminaba en la dirección de su pasado cristiano, sino que avanzaba por las sendas de la secularización y del laicismo, del ateísmo y de un materialismo hedonista y consumista.
Su visión de la modernidad era negativa y la opción de Wojtyla iba a ser la de restaurar, recristianizar a Europa, reconducir todo al pasado. Los males presentes era preciso remediarlos reintroduciendo la imagen de una Iglesia preconciliar: una Iglesia centralizada, androcéntrica, clerical, compacta, bien uniformada y obediente, antimoderna.
No es de extrañar que el gran teólogo Schillebeeckx escribiera: “El concilio Vaticano II consagró los nuevos valores modernos de la democracia, de la tolerancia, de la libertad. Todas las grandes ideas de la revolución americana y francesa, combatidas por generaciones de papas; todos los valores democráticos fueron aceptados por el concilio... Existe ahora la tendencia a ponerse contra la modernidad, considerada como una especie de anticristo. El Papa actual parece negar la modernidad con su proyecto de reevangelizar Europa: es necesario –dice– retornar a la antigua Europa de Cirilo y Metodio, santos eslavos, y de san Benito. El retorno al catolicismo del primer milenio es, para Juan Pablo II, el gran reto. En el segundo milenio, Europa ha decaído y, con ella, ha decaído toda la cultura occidental. Para reevangelizar Europa es necesario superar la modernidad y todos los valores modernos y regresar al primer milenio... Es la cristiandad premoderna, agrícola, no crítica, la que, según el pensamiento del Papa, es el modelo de la cristiandad. Yo critico este retorno porque los valores modernos de la libertad de conciencia, de religión, de tolerancia, no son, desde luego, los valores del primer milenio” (Soy un teólogo feliz, pp. 73-74).

4. Alcance universal de la restauración
Pasado el primer año del Pontificado, la restauración era manifiesta pero se reforzaba con el nombramiento del cardenal Ratzinger, teólogo y, a partir de entonces, guardián doctrinal de la restauración. Fue en el 1985, cuando el cardenal, ya sin equívocos, afirmó que “los veinte años del posconcilio habían sido decididamente desfavorables para la Iglesia”.
La restauración alcanzó a la Iglesia universal en todos los niveles y estamentos: sínodos, conferencias episcopales, reuniones del episcopado latinoamericano, congregaciones religiosas, la CLAR (confederación de religiosos y religiosas latinoamericanos), obispos, teólogos, profesores, publicaciones, revistas, etc.
Para llevar a cabo la restauración había que volver a los instrumentos de poder y había que contar con movimientos fuertes e incondicionales. Tales fueron principalmente el Opus Dei, Comunión y Liberación, Neocatecumenales,Legionarios de Cristo, etc.
Este breve recuento de lo ocurrido nos hace ver la situación vivida –“larga noche invernal”, la llamó el gran teólogo K. Rahner– sembrando en muchos cansancio y en no pocos otros desencanto y alejamiento.
A este giro involutivo ha acompañado la pérdida de credibilidad en la Iglesia. Condiciones demasiado negativas impedían encontrar en la Iglesia estructuras de acogida que invitaran a la confianza, al respeto y al diálogo. 

III. LA IGLESIA EN LA TRANSICIÓN DEMOCRÁTICA ESPAÑOLA
1. La transición democrática de España: en España se esperaba un cambio
Sin duda son muchos los españoles que, en el momento actual, se han preguntado por el papel que está jugando en nuestra sociedad la jerarquía católica. Pienso que, con mayor o menor convicción, los españoles estábamos intuyendo o esperando un cambio. Y ese cambio se produjo siendo nosotros protagonistas: elaboramos y aprobamos una Constitución que plasmaba ese cambio y lo recogía en una nueva normativa constitucional, vinculante para todos. No era un cambio cualquiera. Pasábamos de una dictadura a una democracia; de un Estado confesional, políticamente hipotecado, a otros secular y aconfesional; de una situación que encubría la negación o discriminación de derechos fundamentales para muchos ciudadanos a otra en que se proclamaba la igualdad de todos con unos mismos derechos y obligaciones; de un régimen de nacionalcatolicismo en que, para ser buen español, se exigía ser católico, a otro en el que se declara que la persona humana, cualquiera que ella sea, tiene derecho a la libertad religiosa: a ser creyente, a serlo de una u otra manera, a no serlo de ninguna.
Estos y otros no eran cambios irrelevantes. Cambios que, por necesidad, iban a afectar a la Iglesia católica. En un primer tiempo, hay aceptación de la nueva situación democrática, y la Jerarquía se compromete a respetarla, sin inmiscuirse en la ideología e intereses particularistas de ningún partido. Seguramente muchos se sorprenderán al oír una cita como ésta, suscrita por la Conferencia Episcopal Española en el año 1973: “Los obispos pedimos encarecidamente a todos los católicos españoles que sean conscientes de su deber de ayudarnos, para que la Iglesia no sea instrumentalizada por ninguna tendencia política partidista, sea del signo que fuere. Queremos cumplir nuestro deber libres de presiones. Queremos ser promotores de unidad en el pueblo de Dios educando a nuestros hermanos en una fe comprometida con la vida, respetando siempre la justa libertad de conciencia en materias opinables” (Asamblea Plenaria [17ª], 1973).
Pero, progresivamente, va asomando un recelo, una crítica a la democracia, que se muestra en oposición cada vez más fuerte a leyes que se consideran hostiles y perjudiciales a la Iglesia.
En los últimos años sobre todo, ha sido notorio su giro hacia la derecha, propiciando la vinculación con los partidos de derecha, cuestionando abiertamente al Gobierno socialista, movilizando la calle, participando en las manifestaciones, proponiendo incluso la objeción frente a algunas leyes.
Todo esto ha ido acompañado con la divulgación de escritos y pronunciamientos que pretendían sustraer al Parlamento y al Estado el poder moral de legislar, siendo éste, como es, uno de los aspectos esenciales de todo Estado de Derecho.
En el fondo, era una manera de golpear y deslegitimar la democracia y reivindicar el poder hegemónico que la Iglesia había tenido en otros tiempos.

2. ¿Añoranza y regreso al régimen de cristiandad?
No deja de ser paradójico que, en una situación democrática donde existen condiciones de libertad como no las hubo nunca, vienen algunos obispos a denunciar que la “Iglesia” con este Gobierno se siente acosada y perseguida: “Se da una crítica y manipulación de los hechos de la Iglesia, un cerco inflexible y permanente por medio de los medios de comunicación. Somos una Iglesia, crecientemente marginada. No nos dejemos engañar. Lo que hoy está en juego no es un rechazo del integrismo o del fundamentalismo religioso, no son unas determinadas cuestiones morales discutibles. Lo que estamos viviendo, quizás sin darnos cuenta de ello, es un rechazo de la religión en cuanto tal, y más en concreto de la Iglesia católica y del mismo cristianismo” (Mons. Fernando Sebastián, Situación actual de la Iglesia: algunas orientaciones prácticas, Madrid, ITVR, 29–III- 2007).
Seguramente es verdad lo que un buen sociólogo me decía: la jerarquía no es creíble porque vive en otro mundo, añoran hábitos hegemónicos de poder y dominio de otra época, no están dispuestos a despojarse -dejarse morir- para iniciar una adaptación que les haga valorar la nueva situación.
Las cosas son así. Ha habido en los últimos siglos una positiva evolución de la conciencia social y eclesial. El concilio Vaticano II lo entendió perfectamente y, por primera vez, hubo una reconciliación oficial con el mundo moderno, con la democracia, la igualdad, el pluralismo y la libertad. Pero eso no es lo que se daba antes. Y, cuando el cambio de todo esto ocurre, no se lo quiere reconocer como un bien y progreso, se dirige la vista a otra parte y se inventa un falso enemigo a quien culpar de todo. Lo que es una situación objetiva irreversible –hemos pasado de una época teocrática e imperialista a otra humanocéntrica y democrática– se la interpreta como un cúmulo de males, provocados por un partido y por un gobierno.
Ahí está, creo yo, una de las claves para entender lo que está pasando en la Iglesia.
Por tanto, los desasosiegos y premoniciones negativas de la Jerarquía se deben a que sufren una descolocación en el tiempo en que vivimos. Vivir en democracia es algo que le ocurre por primera vez. Y los hábitos democráticos no se improvisan, hay que aprenderlos, cultivarlos, amarlos.
Todo parece indicar que la Iglesia de Benedicto XVI con los vientos a favor camina hacia el preconcilio, hacia un régimen de cristiandad periclitado: da trato de favor a los neoconservadores, pone en entredicho el diálogo ecuménico, se sitúa de espaldas a la legítima autonomía de la cultura y de las ciencias, pospone, frente a problemas internos que han sido ya replanteados, las grandes causas de la humanidad que, por ser primeras y prioritarias, deben unirnos a todos.
Ese modelo de Iglesia autoritaria y neoconservadora, no servidora y anunciante de un Reino de hermanos y hermanas, en igualdad, libertad y amor, es el que dicta el regreso al pasado y el miedo a una auténtica inserción en el presente.


MI POSICIONAMIENTO ANTE LA REFORMA SANITARIA ESPAÑOLA


miércoles, 29 de agosto de 2012

XXXII CONGRESO DE TEOLOGÍA . MENSAJE DE PEDRO CASALDALIGA


CONTRA EL MERCADO IDOLÁTRICO, LA COMUNION FRATERNA
Ya va el 32 Congreso de Teología, con una persistencia y una fiel libertad ejemplares. Y como siempre con la oportunidad de esos temas mayores, causas de la gran causa de Jesus, el Reino. Este año preguntáis cómo el Cristianismo ha de enfrentar el Mercado, negación del Reino; cómo han de habérselas con él los Movimientos Sociales, en lucha por la vida y la dignidad de todas las personas y de todos Los Pueblos.
La indignación que nos apremia está más que justificada y debe ser cotidiana profecía en palabras y en obras, compromiso activo y militante, esperanza invencible. ¿Quién dijo miedo habiendo Pascua? La cantata de la Misa de la Tierra Sin Males, que llega al Congreso por las voces amigas de Soria, nos recuerda, con clamor indígena, que la Tierra Sin Males es nuestra Tierra, don de Dios y conquista nuestra, Patria universal de la Familia Humana en camino y garantía de llegada. Contra todos los mercados prepotentes, profesamos nuestra fe en el “sagrado comercio” que Dios ha abierto gratuitamente en Jesus de Nazaret.
Contra el mercado idolátrico, la comunión fraterna.
Abrazamos el Congreso con un abrazo del tamaño de nuestra Esperanza Pascual.

Pedro Casaldàliga

LA ORACIÓN II. 3. DISPOSICIONES PARA ORAR 3.1 LLAMADA


3. Disposiciones para orar

El camino de la oración está determinado por tres acciones concretas que son parte de un proceso, por medio del cual la persona se adentra en la dinámica orante, y crece ante los ojos de Dios y de las personas, asentando a cada paso el fundamento de su vivencia de Dios en el mundo.
 
Aunque cada persona en función de sus características propias, afronte el camino orante de una perspectiva determinada, no cabe la menor duda de que en cada caso se pueden diferenciar estos tres aspectos fundamentales y básicos: la llamada, la disposición y el deseo de caminar.
Disgregamos estos tres puntos para profundizar un poco sobre ellos.

 

3.1 Llamada

Como el pequeño niño que a base de trompicones aprende a andar, poco a poco. El cristiano igualmente de una manera torpe e infantil, comienza su proceso de inmersión en el cristianismo, llevando de la mano –como indispensable-, o desarrollando una actitud orante.
 
Imprecisa, inmadura, pero no carente de sensibilidad a los ojos de Dios -pues cada acción brota desde un corazón que late-, todos aprendimos nociones básicas para orar y de esta manera nuestros mayores nos enseñaron a crear un hábito para rezar.
 
Pero llegados a la plenitud de nuestra vida y quizás por una causa determinante o consecución de un profundo proceso de fe, el cristiano siente la necesidad de adentrarse en una oración adulta, responsable y llena de significado tanto en su contenido como en su forma desarrollada.
 
En ocasiones este punto de partida esta causado por un efecto sobre nosotros, sea de la naturaleza que sea, y al cual podemos denominar llamada.

Indudablemente Dios no nos va a llamar ni nos llamará, en cuanto a que no oiremos un “rrrrring” en el teléfono de casa y Dios nos dirá, ¡venga!.
Como llamada interpretamos el punto de partida o el momento en el que consideramos que nos adentramos de una manera responsable en el camino de la oración.
 
Un camino que si bien en primer, lugar esta lleno de elementos de mediación o devociones particulares, se vuelve poco a poco encuentro personal con el absoluto donde se escucha la voz de Dios.
Ciertamente, el orante procura adentrarse en su interior, pero el centro de su vida no es ya su esfuerzo humano, ni el vacío divino, sino el Dios personal que se revela, llamándole a la vida, abriéndole un camino, pidiéndole una respuesta.
 
Así aparece en los grandes testimonios de oración profética: la llamada de Moisés, Isaías o Jeremías:

Exodo 3,2 "Allí se le apareció el ángel del Señor en llama de fuego, en medio de una zarza. Miró, y vio que la zarza ardía sin consumirse. 3,4 El Señor vio que se acercaba para mirar y lo llamó desde la zarza: "¡Moisés! ¡Moisés!". Y él respondió: "Aquí estoy". 3,5 Dios le dijo: "No te acerques. Descálzate, porque el lugar en que estás es tierra santa". 3,6 Y añadió: "Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob". Moisés se tapó la cara, porque temía ver a Dios. 3,14 Dios dijo a Moisés: "Yo soy el que soy. Así responderás a los israelitas: Yo soy me ha enviado a vosotros".



Autor: Florencio Salvador Díaz Fernández.
Estudiante de Teología Cristiana.
Índice y Bibliografía: http://cartujoconlicencia.blogspot.com.es/2012/08/la-oracion-ii-indice-y-bibliografia.html
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