CARTUJO CON LICENCIA PROPIA
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jueves, 10 de noviembre de 2016

EL REINO DE DIOS, HUMANO E INMATERIAL


“Nos has ofrecido el tesoro de tu Reino, escondido en el campo de este mundo, para que al descubrirlo se sacie nuestro corazón”
(Plegarias de la comunidad, Casiano Floristán)

La liturgia de hoy nos ofrece uno de los evangelios[i] más controvertidos, para quienes se empeñan en encuadrar a Dios o darle una estructura concreta a través de rituales, prácticas determinadas o establecerlo en un orden jerárquico –en el que Él no ha pedido estar-; un evangelio que versa sobre la llegada del Reino de Dios. Equivocadamente, son muchas las personas creyentes que asocian el Reino de Dios con la vida futura y el ámbito de la soteriología. 

Reino de Dios no es el espacio desconocido y trascendente al que aspiramos llegar cuando muramos a la vida biológica que ahora disfrutamos, aquí en la tierra, no. Reino de Dios no es un lugar paradisiaco en el cual no hace ni frío ni calor, sino que se está estupendamente y en el cual nos encontraremos con nuestros antepasados, no. El Reino de Dios ha sido suficientemente explicado por Jesús de Nazaret con palabras y hechos, e igualmente ha sido continuamente desvirtuado –en cuanto a su realidad- por aquellos mismos que en Jesús de Nazaret decimos creer. Un Reino por el que suspiramos todos los creyentes cuando rezamos el padre nuestro: “venga a nosotros tu Reino”[ii]. 
Un Reino cuyo anhelo es el propio canto del adviento que anticipa la conmemoración de la venida del Señor: “maranatha” (¡ven Señor, Jesús!)[iii]. El capítulo 17 del evangelio de Lucas desgrana poco a poco las cualidades que debe tener la persona que sigue a Jesús; tales como fidelidad a Dios, grandeza de la fe, actitud de servicio, gratuidad y finalmente la llegada del Reino de Dios. Un Reino que suele llegar a nosotros de puntillas, y como bien expresaba C.Floristán “escondido en el campo de este mundo, para que al descubrirlo se sacie nuestro corazón”. 
Un santo del siglo III dejó escrito que «Incluso [...] puede ser que el Reino de Dios signifique Cristo en persona, al cual llamamos con nuestras voces todos los días y de quien queremos apresurar su advenimiento por nuestra espera. Como es nuestra Resurrección porque resucitamos en él, puede ser también el Reino de Dios porque en él reinaremos»[iv]. Pero insisto en que el anhelo del Reino o de Reinar con Cristo, tras la revelación del mismo y sujetos al evangelio que nos ocupa, debe entenderse desde nuestra propia realidad actual, en la cual Jesús nos asiste por medio de su Espíritu santo –que debe iluminar nuestra conciencia-, para desde la vida en la que estamos, hacer y deshacer en y por Cristo y su mensaje. 
La traducción de Lucas 17,21b difiere un poco según la Biblia que se consulte. La latinoamericana manifiesta que el Reino “ESTÁ DENTRO” de vosotros, y la de Jerusalén y paralelas traducen que el Reino “YA ESTÁ ENTRE” vosotros. Son conceptos inherentes, ya que tanto si el objetivo del Reino se considera al sujeto individual –Templo donde Dios habita-[v], como a la colectividad de creyentes que se reúnen en nombre de Jesús[vi]; Dios y su Reino pueden estar manifiestos si se dan las condiciones oportunas para que así sea. 
Entendamos que Dios no se manifiesta solo porque se invoque la presencia, haya una imagen suya o se haga una plegaria. Dios es una realidad que trasciende incluso nuestro ser, pues es materia y espíritu, que se pueden manifestar de manera simultánea o diferenciada. 

Tal es así, que se nos pueden estremecer la entrañas ante una injusticia o una alegría concreta que no alcanzamos –pero que conocemos-; e igualmente podemos actuar en nuestro ser y vivir inmediato siendo solícitos con los retos que la sociedad actual y las personas nos presentan en la vida. Voy acabando. Al respecto de esto último, creo muy necesario que la persona creyente y el cristiano de hoy, caminemos hacia un reduccionismo de los valores del Evangelio, que son amplios pero se difuminan por la cantidad de cosas que le añadimos por medio de rituales, protocolos y cosas de esas.
Un reduccionismo que nos haga centrarnos en lo que verdaderamente merece la pena y nos alejemos de actitudes que ensombrecen nuestra vida y el propio Reino de Dios. Dios, que es dador de vida, jamás nos va a preguntar cuantas misas hemos escuchado, las veces que hemos comulgado y nos hemos confesado, no. Quienes hagamos eso y lo vivamos con alegría, genial. Pero eso no es lo que a Dios le importa ni le interesa. 
A Dios, que es VIDA y Padre bueno, lo que le interesa es la cantidad de amor, fraternidad y solidaridad que hemos aplicado hacia los demás y en diversas circunstancias, pues no solo la persona es objeto del amor de Dios y de los valores del Reino; sino que la Madre Tierra –dimensión maternal de Dios- igualmente suspira por nuestro respeto y nuestro cuido. 
Por eso es inmaterial el Reino de Dios. Por eso es humano el Reino de Dios. Un Reino que nos concede la oportunidad de obrar en nombre de Dios y restablecer dignidades perdidas por medio de actos sencillos, que conforman la propia vida y son importantes[vii]. Un Reino de Dios que nos ofrece el corazón humano, como mejor tabernáculo para darle culto[viii], dejando de lado sermones repetitivos y trasnochados y chantajes eclesiásticos de bajo coste. Dios y su realidad son mucho más y nos llaman a mucho más. A darnos, a cambiar y a transformar los corazones por medio de la bondad y la justicia.  
Fraternalmente, Floren Salvador (Notas al pie tras la plegaria)

Venga a nosotros, tu Reino (plegaria)
Dios y Padre bueno, que nos amas y nos buscas;
                ¡venga a nosotros tu Reino!
De Ti mana la vida y el ánimo, Tú eres origen y meta del creyente,
aspiración súbita del que por ti es amparado;
                ¡venga a nosotros tu Reino!
Un reino consolidado por la humana presencia de Jesús de Nazaret,
tu Hijo y Hermano nuestro cuyas huellas decimos seguir;
                ¡venga a nosotros tu Reino!
Jesús nos dio la receta para servir y estar en tu Reino.
Una buena dosis de sencillez, capacidad para desprenderse,
amabilidad y abrazo fraterno en la acogida;
alegría, esperanza en la resurrección y respeto a la persona.
                ¡venga a nosotros tu Reino!
Desde los trigales cuyas espigas mece el viento,
desde las marismas y bosques donde se configura la vida;
                ¡venga a nosotros tu Reino!
Desde las profundidades de la Amazonía,
cuya desforestación descontrolada
cercena el pulmón de la Madre Tierra;
                ¡venga a nosotros tu Reino!
Desde la esclavitud de tus hijos e hijas oprimidos
por el trabajo duro e injusto;
                ¡venga a nosotros tu Reino!
Desde el horror terrorista de los que utilizan tus nombres
para masacrar a familias y pueblos;
                ¡venga a nosotros tu Reino!
Desde la humildad de los que te buscan en silencio
trabajando por la paz allende los mares;
                ¡venga a nosotros tu Reino!
Desde el grito de aquellos cuyo amor es incomprendido,
desde la vocación maternal y paternal de “todas” las familias del mundo;
                ¡venga a nosotros tu Reino!
Desde las sabias arrugas de la ancianidad,
tan necesitada de caricias y sensibilidad;
                ¡venga a nosotros tu Reino!
Desde el pan o las naranjas compartidas en Tu Nombre,
cuyo sentido eucarístico nos llena de gozo;
                ¡venga a nosotros tu Reino!
Desde la cama de un hospital donde los días se contemplan
con incertidumbre a través de una ventana;
                ¡venga a nosotros tu Reino!
Desde la infancia con necesidad de amor,
educación y oportunidades de futuro;
                ¡venga a nosotros tu Reino!
Desde el horizonte y futuro incierto
divisado desde una patera en medio de oscuro y frio mar;
                ¡venga a nosotros tu Reino!
Desde la vivencia gozosa y libre de la vida,
desde el abrazo fraterno en paz y bien,
desde la generosidad compartida;
                 ¡venga a nosotros tu Reino!
Desde tu Reino, a cuya tarea me invitas a participar,
desde la necesidad de meter las manos en la masa del mundo;
                 ¡venga a nosotros tu Reino!
Desde un cristianismo sin condicionantes externos;
desde el “SÍ” histórico, fiel y definitivo de María:
                ¡venga a nosotros tu Reino, Señor! Amén.

Floren Salvador.



[i] http://servicioskoinonia.org/evangelio/evangelio.php?codigo=20161110
[ii] Mateo 6,10a
[iii] Catecismo de la Iglesia Católica ep. 2817
[iv] San Cipriano de Cartago, De dominica Oratione, 13
[v] Juan 2,19b
[vi] Mateo 18,20
[vii] Mateo 10,42
[viii] Juan 4,21 “conversación de Jesús y la samaritana”

viernes, 4 de marzo de 2016

DIOS TAMBIÉN ES MADRE

Dios también es madre
Florencio Salvador Díaz Fernández. Estudiante de Teología.


Este tema no es recurrente, es un tema que vivo. O mejor dicho, es una dimensión de Dios que vivo y experimento. Parto de la base de que “DIOS, es la más abrumadora de todas las palabras humanas” (J.I.González Faus). Muchas personas a través de la historia han descargado en ella sus angustias y sinsabores. Aun hoy en día, es una palabra manipulada, ensuciada, ensangrentada, en cuyo nombre incluso se ha llamado a la guerra desde todas las religiones.       
Cada cultura -a Dios- le ha dado forma, y le ha representado y estructurado de una determinada manera; incluso se ha establecido un culto determinado y diferenciado según la cultura. Cuando decimos Dios, nos referimos en masculino a ese “Ser Trascendente”. Ese Ser que supera nuestra existencia y nuestras capacidades y en cuya presencia tradicionalmente hemos colocado todo lo que se nos escapa de las manos. Precisamente por ese modelado al que Dios ha sido sometido a través de las épocas, se le apartó de la dimensión maternal/femenina que ampliamente le caracteriza, solo por cuestiones de primacía del varón en las culturas de entonces; ya que ampliamente está documentado la existencia de “Diosas” en nuestra biblia (1Re 14). 
Desde los comienzos de la civilización era la mujer la que aseguraba la alimentación recogiendo lo que daba la tierra. Pero al establecerse la agricultura (70s.aC) se necesita el manejo de instrumentos grandes y de gran peso como los arados o la construcción de la irrigación, lo cual hará que el varón supere a la mujer hasta hacerla un mero objeto de legitimación de la estirpe, la crianza o el placer. Resumo recordando que la primacía del varón caracterizó a Dios tal y como lo invocamos. Y por este motivo, todo carácter femenino fue extirpado de la dimensión del “Ser Trascendente” al que idealizamos como un anciano afable de blanca barba. 
Nada más lejos de la realidad. El Cardenal Gianfranco Ravasi, afirmó en el  diario “Avvenire” (año 2005), que “al menos 60 adjetivos de Dios en la Biblia están en femenino” y que “existe claramente una maternidad de Dios, y en más de 260 ocasiones se habla de las ‘entrañas maternas’ del Señor”. Es más, si a Dios no le hubiéramos quitado por prejuicios injustificados su dimensión femenina, la mujer estaría en muchos países y culturas equiparada en derechos y libertades. Ya que hoy más que nunca, atendemos a la urgencia de “liberar a la mujer de prejuicios que impiden que salgan a la luz riquezas que solo la mujer puede aportar a las búsquedas humanas” (Leonardo Boff). 
Y al hablar de lo femenino, entiéndase que no trato aquí la identidad de género, sino algo que va más allá; los rasgos femeninos de Dios que son su creación, su gesta liberadora, su intencionalidad virginal, su carácter esponsalicio (Is 62,4s), su fecundidad, su sensibilidad (Gn 30,1), su amplio carácter materno…etc. No olvidemos que a imagen suya crea Dios al hombre y a la mujer y a ambos le confiere su dignidad y su Espíritu. Una imagen maternal de la que son reflejos otros testimonios formidables de mujeres en el A.T., como Agar, Raquel, Deborah, Ana y Rispah; ya que esta última fue reflejo del dolor de Dios por el martirio de los siete hermanos fieles a sus mandatos (Mac 7). 
Dice el Señor: “¿Acaso una madre puede olvidarse de su propio hijo? Pues aunque ella lo olvide, yo no te olvidaré” (Is 49,15), “como una madre consuela a su hijo, así os consolaré yo” (Is 66,13). La misma sabiduría que es la palabra de Dios encargada de la realización de sus obras se dirige a sus hijos como una madre (Prov 8-9) recomendándole sus instrucciones. 

El propio planeta Tierra, la tierra que pisamos es uno de los mayores exponentes del rostro maternal de Dios, ya que ella es dadora de vida, es “nuestra casa común […] como una hermana, con la cual compartimos la existencia y como una bella madre nos acoge entre sus brazos, la cual nos sustenta y gobierna, […] y clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella.” (Francisco. Enc.Laudato Si´1-2). 
Indudablemente el nuevo testamento no se sustrae a esta realidad del rostro maternal de Dios, sino que desde Jesucristo lo agudiza hasta hacerlo un magisterio dentro de la primigenia comunidad cristiana. Aquí es fácil recordar la entrega que Jesús hace de su madre María, al apóstol Juan estando junto a la cruz. 
Pero esa entrega, solamente es una búsqueda de amparo por parte de Jesús hacia su madre. El verdadero texto donde Jesús da a la maternidad un autentico carácter es en Marcos (3, 31-35) al afirmar: “todo el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”. Y precisamente es aquí donde nuevamente Dios, desde Jesús, nos ofrece a cada uno de nosotros la posibilidad de participar de cada una de las dimensiones que Dios tiene en el mundo, testimoniando. 
Y una de esas dimensiones es la maternidad. “El seno materno es la expresión más concreta de la íntima relación entre dos existencias y de las atenciones hacia la criatura débil […]. El lenguaje figurado del cuerpo nos ofrece así una comprensión de los sentimientos de Dios por el hombre, más profunda de lo que permitiría cualquier lenguaje conceptual” (Joseph Ratzinger, Libro-entrevista con Peter Seewald). Muchas personas sean hombres o mujeres nunca podrán tener hijos. 
Precisamente quienes no han concebido o dado a luz, han engendrado hijos desde un plano no biológico. En cada caso, a todos se nos hace un llamamiento a la fecundidad de nuestra vida, y así participar con Dios del carácter creador, comenzando por el respeto a la persona –sea quien sea- y el cuidado de la Tierra nuestra casa común. Es cierto que es algo costoso, pues ninguno de los que no hemos parido, sabemos lo que es adolecernos por algo que no nos duele a nosotros, sino al hijo al que se ha alumbrado. 
De ese amor, desinteresado y amable nos habla constantemente Dios a través de Jesucristo en su evangelio. Por ello, estoy convencido de que la maternidad de Dios es un bello desafío para el/a cristiano/a de hoy en el año de la misericordia. Por lo que no debemos tener miedo de hacernos eco de ese carácter maternal, sensible, fraterno y amoroso. Una dimensión amorosa que nos lleva a auxiliar más allá de la retribución mundana a la que estamos acostumbrados, que implica que todo tiene un precio en euros. Acabo. 

Estando en la maravillosa convocatoria papal del año de la misericordia, cito aquí al profeta Miqueas (6,8): “practica la justicia, ama la misericordia, y camina humildemente con tu Dios”. El Señor nos libre de banalizar este texto. El Señor nos libre de no querer ser fecundos. El Señor nos libre de socavar la integridad de cualquier persona. El señor nos libre de relativizar todo lo que es femenino, simplemente por serlo. El señor nos libre de ofender a la mujer al no equipararla en responsabilidades, incluso eclesiásticas. Que para este apasionante camino por el año de la misericordia, no nos falte la compañía y el amparo de uno de los auténticos rostros humanizados de la maternidad de Dios, la Virgen María que mitiga nuestras amarguras con una inagotable esperanza. Amén. Hermanos y hermanas del Calvario, feliz año de vuestro aniversario fundacional. Paz y bien. Laus Deo.

Publicado en el Boletín nº 24 de la Hermandad del Calvario de Estepa (Sevilla)