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viernes, 30 de junio de 2017

LOS FRUTOS DE LA FRATERNIDAD. DOMINGO XIII T.O. A

Los frutos de la fraternidad. Domingo XIII. T.O. A
“Comienza haciendo lo necesario; luego haz lo posible y de repente estarás haciendo lo imposible” (San Francisco de Asís). Lo que nos viene a decir Francisco es que quizás en la vida, lo mejor es dejarse llevar por la bondad del corazón desde la disponibilidad. 
Si estamos de acuerdo en que la vida es un continuo aprendizaje, sin que tenga nada que ver la edad del sujeto, sea joven o adulto; lo cierto es que debemos estar abiertos a toda consideración que nos pueda ayudar a la construcción de un mundo mejor, desde la realidad de nuestro primer mundo. Aquel en el que vivimos. 
Eso sí, sin algaradas ni parafernalias ninguna. Todo al estilo de Jesús. Y Jesús, aunque exige en el evangelio una fidelidad hacia Él que no puede superar la estima que a los familiares se les tiene, lo que nos viene a reseñar es que en la vida la armonización de todo y el equilibrio justo, puede ser la esencia para una vida conforme a sus pasos. Me explico brevemente. 
No se nos puede pedir que establezcamos una categoría en el amar, pero es posible amar de tal manera que lo amemos todo; y que en el amor que profesemos a familiares, amigos y/o pareja, descubramos la propia esencia de Dios; para amarle a Él –y a Jesucristo- con ellos, por ellos y desde ellos. Partiendo de esa base del amor reciproco, como decía antes debemos abrirnos a otras posibilidades de ser cordiales y fraternos con quienes están distantes de nosotros, para también con ellos y por ellos amar a Dios. 
Las palabras claves de la Liturgia de la Palabra de este Domingo son: Seguimiento, fraternidad, luz y vida. El SEGUIMIENTO es la determinación con la que decimos creer en Jesús de Nazaret (Mateo 10,37-42) y todo lo que representa. La FRATERNIDAD es la acogida al desconocido sin condiciones, sabiendo que en él puedes acoger a Jesús. Teniendo en cuenta que desde la fraternidad engendras fraternidad y vida, como la mujer de la lectura  (2 Reyes 4,8-11.14-16a). Aspiramos a obtener la LUZ de Dios para irradiarla a los demás como personas nuevas:    “dichoso el pueblo que camina, oh Señor, a la luz de tu rostro” (Salmo 88). ¿Para qué pretender llevar a cabo todo esto? 
Pues para experimentar junto a Pablo de Tarso la grandeza del Resucitado y ser conscientes de lo que puede ser la VIDA vivida desde la plenitud, y no desde los estereotipos que la sociedad nos impone (Romanos 6,3-4.8-11). 
En un mundo en el que se cierran fronteras y elevamos muros entre las personas –incluso en el nombre de Dios-, se hace urgente una llamada a la fraternidad, a la acogida, a la hospitalidad. Si amamos sentiremos la satisfacción del trabajo bien hecho, y Dios que nos ama desde el otro nos lo recompensará.
Fraternalmente, Floren.

ORACIÓN POR LA FRATERNIDAD
Dios y Padre bueno, que nos amas y nos buscas.

En aquella persona a la cual retiré la mirada
porque no la consideré digna de mí,
en ella estaba tu Hijo Jesús.
Es lamentable, pero es así.
Hago memoria y reconozco
en aquellos ojos hambrientos
la hondura de los ojos del galileo.
En sus manos agrietadas veo la sequedad
de un caminar en la vida en el que no se le ofrece ni agua.
En su cansancio pude ver el desprecio de la sociedad instalada,
de carros de la compra llenos y tecnologías de todo tipo.
¿Dónde queda mi fraternidad, Padre?
No dejes de mostrarnos la realidad de la vida
con la fuerza de tu Santo Espíritu.
No dejes de darnos lecciones de grandeza
y humildad desde los otros ante los cuales
no te reconocemos.
No dejes de restregarnos por la cara
que un día sin amor ni fraternidad,

es un día de sepulcro y no de resurrección. Amén.

(se autoriza su difusión indicando su procedencia)

jueves, 11 de mayo de 2017

LA VIRTUD DE CAMINAR - Reflexión sobre Juan 14,1-12. V Domingo de Pascua A.

“Caminante, son tus huellas el camino y nada más;
Caminante, no hay camino, se hace camino al andar.”
(Antonio Machado)

Hay muchas palabras y expresiones en la Biblia que son mucho más ricas que su mero significado, pues se refieren a actitudes y circunstancias diversas. Sabemos que siete es siempre, que cuarenta es un largo periodo de tiempo de reflexión y maduración. Que la alusión de Juan el evangelista al pan de vida, es relativa a la ley o norma en la que Dios quiere que vivamos; no tanto al alimento realizado con harina…etc. 
El CAMINO(*), es una de esas expresiones que no solo es relativa al sendero o ruta por la que se transita, sino que desde la Palabra inspirada, CAMINO es la propia vida del hombre y la mujer de cada tiempo –de cada persona- y la relación de estos con Dios.  Indudablemente si se vive se camina, claro. A no ser que la persona tenga algún impedimento de salud. Lo que ocurre es que la alusión al CAMINO desde la perspectiva creyente, implica un aspecto vocacional y de riesgo para la persona de cada tiempo. 

"Estemos con oídos atentos, la mirada el frente y el corazón a la izquierda, para descifrar el rostro de Jesús; Él es el CAMINO, la VERDAD y la VIDA."

Vocacional porque sentimos –y debemos sentir- la necesidad de buscar al Señor. Riesgo porque al caminar nos adentramos en una aventura o proyecto, en el cual y a través de las experiencias de la vida descubrimos el rostro de Jesús, el rostro de Dios; y por ende nos encontramos con nosotros mismos. 
En contraposición de estas actitudes está el sedentarismo o la inactividad. El creyente que se presta solo a tal o cual actividad religiosa durante la semana, pero no lleva consigo el evangelio de Jesús durante todos los días, quizás sea más payaso que otra cosa. Es más, frente al sedentarismo recuerdo esta expresión que los evangelios ponen en boca de Jesús: “he venido a traer fuego a la tierra, y ojalá estuviera ya ardiendo” (Lucas 12,49). 

Es un claro llamamiento hacia una puesta en marcha, una acción o una puesta en camino con determinación, ya que la persona al contacto con el fuego activa el sistema locomotor y actúa instintivamente. Dios no nos quiere dormidos, nos quiere siempre a punto para seguir las huellas de Jesús que son sus propias huellas. Entendiendo que como el apóstol Felipe, siempre vamos a tener dudas al respecto; debemos mantener la certeza de que en el camino de la vida con todas sus luces y sus sombras, Dios nos asiste, se nos revela en Jesucristo y nos anima con la propia energía de la vida que es el Espíritu Santo. 
Lo importante es caminar y caminar confiados. Confiando en las posibilidades humanas, pues lo humano es el reflejo vivo de todo lo que es capaz de dar de sí Dios mismo en la tierra. Siendo “astutos como serpientes, pero sencillos como palomas” (Mt 10,16b). Si leemos detenidamente el salmo de este domingo, encontraremos en el texto una autentica apuesta de la persona por la confianza hacia Dios. 
El seguimiento de su Palabra –la fidelidad al Evangelio- tiene frutos certeros, frutos de vida. “La palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra” (Salmo 32). Eso sí, para ser fieles a la Palabra y a Dios tenemos que ser sinceros con nosotros mismos, pues a nuestra conciencia no la podemos engañar. Quizás embauquemos a los demás, pero Dios conoce nuestra masa, sabe qué somos pues habita en nuestro interior. 
Ojalá nos propongamos ser irreprochables ante Dios, siguiendo las huellas de Jesucristo. Él fue fiel a Dios llevando el cumplimiento de Su Palabra hasta la cruz, hasta el testimonio por excelencia de la entrega y el servicio por amor. Este mundo y esta sociedad en la que vivimos, si de algo necesita es de servicio, entrega y compromiso ante tanta desigualdad. 
Jesús pasó por su vida rescatando personas de las cunetas de los caminos. Hoy en día, incluso aquellos que dicen ser sus representantes expulsan de las iglesias a divorciados, homosexuales, indigentes, rumanos o quienes no se ajustan a los estándares de nuestra caridad a la carta o son de ideologías no compartidas. 
Es injusto generalizar, pero del rostro amable, fraterno y misericordioso del Papa Francisco, no se acaba de impregnar nuestra iglesia y menos aun la española. Mientras tanto y teniendo la certeza de que Jesús siempre apostó por lo laico –relativo al pueblo y a lo común-, llevemos el Evangelio en el camino de nuestra vida como la norma de fraternidad y respeto a seguir. 
¿Qué eucaristía necesitamos más, que compartir la mesa con amigos, familiares y con aquellos con los que nadie comparte la mesa? ¿Qué eucaristía necesitamos más, que comprometernos con proyectos que apuesten por los derechos de las personas y su absoluta dignidad? 
¿Qué necesidad tenemos de llevar una estructurada vida sacramental, si el mejor sacramento es el abrazo sincero? Animémonos al caminar. Con esperanza, determinación e ilusión. Estemos con oídos atentos, la mirada el frente y el corazón a la izquierda, para descifrar el rostro de Jesús; Él es el CAMINO, la VERDAD y la VIDA.

Fraternalmente, Floren.

(*) LECTURAS: http://www.ciudadredonda.org/calendario-lecturas/evangelio-del-dia/?f=2017-05-14

jueves, 10 de noviembre de 2016

EL REINO DE DIOS, HUMANO E INMATERIAL


“Nos has ofrecido el tesoro de tu Reino, escondido en el campo de este mundo, para que al descubrirlo se sacie nuestro corazón”
(Plegarias de la comunidad, Casiano Floristán)

La liturgia de hoy nos ofrece uno de los evangelios[i] más controvertidos, para quienes se empeñan en encuadrar a Dios o darle una estructura concreta a través de rituales, prácticas determinadas o establecerlo en un orden jerárquico –en el que Él no ha pedido estar-; un evangelio que versa sobre la llegada del Reino de Dios. Equivocadamente, son muchas las personas creyentes que asocian el Reino de Dios con la vida futura y el ámbito de la soteriología. 

Reino de Dios no es el espacio desconocido y trascendente al que aspiramos llegar cuando muramos a la vida biológica que ahora disfrutamos, aquí en la tierra, no. Reino de Dios no es un lugar paradisiaco en el cual no hace ni frío ni calor, sino que se está estupendamente y en el cual nos encontraremos con nuestros antepasados, no. El Reino de Dios ha sido suficientemente explicado por Jesús de Nazaret con palabras y hechos, e igualmente ha sido continuamente desvirtuado –en cuanto a su realidad- por aquellos mismos que en Jesús de Nazaret decimos creer. Un Reino por el que suspiramos todos los creyentes cuando rezamos el padre nuestro: “venga a nosotros tu Reino”[ii]. 
Un Reino cuyo anhelo es el propio canto del adviento que anticipa la conmemoración de la venida del Señor: “maranatha” (¡ven Señor, Jesús!)[iii]. El capítulo 17 del evangelio de Lucas desgrana poco a poco las cualidades que debe tener la persona que sigue a Jesús; tales como fidelidad a Dios, grandeza de la fe, actitud de servicio, gratuidad y finalmente la llegada del Reino de Dios. Un Reino que suele llegar a nosotros de puntillas, y como bien expresaba C.Floristán “escondido en el campo de este mundo, para que al descubrirlo se sacie nuestro corazón”. 
Un santo del siglo III dejó escrito que «Incluso [...] puede ser que el Reino de Dios signifique Cristo en persona, al cual llamamos con nuestras voces todos los días y de quien queremos apresurar su advenimiento por nuestra espera. Como es nuestra Resurrección porque resucitamos en él, puede ser también el Reino de Dios porque en él reinaremos»[iv]. Pero insisto en que el anhelo del Reino o de Reinar con Cristo, tras la revelación del mismo y sujetos al evangelio que nos ocupa, debe entenderse desde nuestra propia realidad actual, en la cual Jesús nos asiste por medio de su Espíritu santo –que debe iluminar nuestra conciencia-, para desde la vida en la que estamos, hacer y deshacer en y por Cristo y su mensaje. 
La traducción de Lucas 17,21b difiere un poco según la Biblia que se consulte. La latinoamericana manifiesta que el Reino “ESTÁ DENTRO” de vosotros, y la de Jerusalén y paralelas traducen que el Reino “YA ESTÁ ENTRE” vosotros. Son conceptos inherentes, ya que tanto si el objetivo del Reino se considera al sujeto individual –Templo donde Dios habita-[v], como a la colectividad de creyentes que se reúnen en nombre de Jesús[vi]; Dios y su Reino pueden estar manifiestos si se dan las condiciones oportunas para que así sea. 
Entendamos que Dios no se manifiesta solo porque se invoque la presencia, haya una imagen suya o se haga una plegaria. Dios es una realidad que trasciende incluso nuestro ser, pues es materia y espíritu, que se pueden manifestar de manera simultánea o diferenciada. 

Tal es así, que se nos pueden estremecer la entrañas ante una injusticia o una alegría concreta que no alcanzamos –pero que conocemos-; e igualmente podemos actuar en nuestro ser y vivir inmediato siendo solícitos con los retos que la sociedad actual y las personas nos presentan en la vida. Voy acabando. Al respecto de esto último, creo muy necesario que la persona creyente y el cristiano de hoy, caminemos hacia un reduccionismo de los valores del Evangelio, que son amplios pero se difuminan por la cantidad de cosas que le añadimos por medio de rituales, protocolos y cosas de esas.
Un reduccionismo que nos haga centrarnos en lo que verdaderamente merece la pena y nos alejemos de actitudes que ensombrecen nuestra vida y el propio Reino de Dios. Dios, que es dador de vida, jamás nos va a preguntar cuantas misas hemos escuchado, las veces que hemos comulgado y nos hemos confesado, no. Quienes hagamos eso y lo vivamos con alegría, genial. Pero eso no es lo que a Dios le importa ni le interesa. 
A Dios, que es VIDA y Padre bueno, lo que le interesa es la cantidad de amor, fraternidad y solidaridad que hemos aplicado hacia los demás y en diversas circunstancias, pues no solo la persona es objeto del amor de Dios y de los valores del Reino; sino que la Madre Tierra –dimensión maternal de Dios- igualmente suspira por nuestro respeto y nuestro cuido. 
Por eso es inmaterial el Reino de Dios. Por eso es humano el Reino de Dios. Un Reino que nos concede la oportunidad de obrar en nombre de Dios y restablecer dignidades perdidas por medio de actos sencillos, que conforman la propia vida y son importantes[vii]. Un Reino de Dios que nos ofrece el corazón humano, como mejor tabernáculo para darle culto[viii], dejando de lado sermones repetitivos y trasnochados y chantajes eclesiásticos de bajo coste. Dios y su realidad son mucho más y nos llaman a mucho más. A darnos, a cambiar y a transformar los corazones por medio de la bondad y la justicia.  
Fraternalmente, Floren Salvador (Notas al pie tras la plegaria)

Venga a nosotros, tu Reino (plegaria)
Dios y Padre bueno, que nos amas y nos buscas;
                ¡venga a nosotros tu Reino!
De Ti mana la vida y el ánimo, Tú eres origen y meta del creyente,
aspiración súbita del que por ti es amparado;
                ¡venga a nosotros tu Reino!
Un reino consolidado por la humana presencia de Jesús de Nazaret,
tu Hijo y Hermano nuestro cuyas huellas decimos seguir;
                ¡venga a nosotros tu Reino!
Jesús nos dio la receta para servir y estar en tu Reino.
Una buena dosis de sencillez, capacidad para desprenderse,
amabilidad y abrazo fraterno en la acogida;
alegría, esperanza en la resurrección y respeto a la persona.
                ¡venga a nosotros tu Reino!
Desde los trigales cuyas espigas mece el viento,
desde las marismas y bosques donde se configura la vida;
                ¡venga a nosotros tu Reino!
Desde las profundidades de la Amazonía,
cuya desforestación descontrolada
cercena el pulmón de la Madre Tierra;
                ¡venga a nosotros tu Reino!
Desde la esclavitud de tus hijos e hijas oprimidos
por el trabajo duro e injusto;
                ¡venga a nosotros tu Reino!
Desde el horror terrorista de los que utilizan tus nombres
para masacrar a familias y pueblos;
                ¡venga a nosotros tu Reino!
Desde la humildad de los que te buscan en silencio
trabajando por la paz allende los mares;
                ¡venga a nosotros tu Reino!
Desde el grito de aquellos cuyo amor es incomprendido,
desde la vocación maternal y paternal de “todas” las familias del mundo;
                ¡venga a nosotros tu Reino!
Desde las sabias arrugas de la ancianidad,
tan necesitada de caricias y sensibilidad;
                ¡venga a nosotros tu Reino!
Desde el pan o las naranjas compartidas en Tu Nombre,
cuyo sentido eucarístico nos llena de gozo;
                ¡venga a nosotros tu Reino!
Desde la cama de un hospital donde los días se contemplan
con incertidumbre a través de una ventana;
                ¡venga a nosotros tu Reino!
Desde la infancia con necesidad de amor,
educación y oportunidades de futuro;
                ¡venga a nosotros tu Reino!
Desde el horizonte y futuro incierto
divisado desde una patera en medio de oscuro y frio mar;
                ¡venga a nosotros tu Reino!
Desde la vivencia gozosa y libre de la vida,
desde el abrazo fraterno en paz y bien,
desde la generosidad compartida;
                 ¡venga a nosotros tu Reino!
Desde tu Reino, a cuya tarea me invitas a participar,
desde la necesidad de meter las manos en la masa del mundo;
                 ¡venga a nosotros tu Reino!
Desde un cristianismo sin condicionantes externos;
desde el “SÍ” histórico, fiel y definitivo de María:
                ¡venga a nosotros tu Reino, Señor! Amén.

Floren Salvador.



[i] http://servicioskoinonia.org/evangelio/evangelio.php?codigo=20161110
[ii] Mateo 6,10a
[iii] Catecismo de la Iglesia Católica ep. 2817
[iv] San Cipriano de Cartago, De dominica Oratione, 13
[v] Juan 2,19b
[vi] Mateo 18,20
[vii] Mateo 10,42
[viii] Juan 4,21 “conversación de Jesús y la samaritana”