CARTUJO CON LICENCIA PROPIA
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martes, 23 de abril de 2019

LA VERDAD DE LA PASCUA


Pasó la semana santa, la pasión de la vivencia cofrade, vacaciones para otros y nos adentramos en la intensidad del tiempo pascual. Un periodo litúrgico que siendo el más importante en la vida del cristiano, es el más ignorado y olvidado. Nos olvidamos de hacer una continua fiesta por la resurrección. No solemos contextualizar la Pascua debidamente, pues por muchas vigilias que hagamos o muchas lecturas que leamos o por mucho bombo y platillo que le demos. Y no caemos en la cuenta de que una Pascua sin buenas intenciones e intenciones verificadas, NO SIRVE ABSOLUTAMENTE PARA NADA. 

¿Cómo es nuestro caminar? ¿Demasiado afanados en lo exterior, en el nudo de nuestra corbata, en mantener a toda costa el estatus o la cuota de poder que despliego sobre los demás? ¿El tragar lo insoportable por estar al lado de tal o cual persona? Recuerdo una reflexión repasando la trayectoria de los de Emaús, huyendo de Jerusalén por salvar el pellejo. ¿De qué huimos cada uno de nosotros? ¿Quizás de la insoportable realidad humana que nos muestra nuestro espejo a las ocho de la mañana cuando nos miramos en él?
Además de las contrariedades de la vida, muchas personas arrastran una pesada cruz que soportan incluso en pascua, toda su vida. Y en cierto modo parece que les gusta pues se cierran a la resurrección. Sus complejos, limitaciones propias y el estatus social al que voluntariamente se han sometido, le impiden avanzar y expandirse como personas. Acusan una notable falta de libertad.
Y Dios, si de verdad es Padre –yo así lo creo-, nos quiere fundamentalmente libres (Juan 8, 32).
No libres a medias, sino completamente libres. Pagando el precio que cada cual tenga que pagar, dejando atrás todo lo preciso, todo; sin dejar de ser lo que somos.
Jesús perdió lo último que se debe de perder, la vida humana. Por ello, creo que todo lo que nos aparte de la HIPOCRESIA DE LA VIDA lo hallaremos en ganancia y realización personal.
Puede estar la clave en confiar y en mantener la esperanza en Dios y en nosotros –que es lo mismo- pues en nosotros reside Dios. Una esperanza que ojalá comience por querer ser esperanza para otros. Por mitigar estragos en los demás, en no pretender ser piedra angular, ni el niño en el bautizo, ni el muerto en el entierro.
Personas. Así de sencillo. Personas que pasan por el mundo haciendo el bien indiferentemente de las prácticas religiosas a las que nos prestemos. Eso a Dios le da igual (Mateo 7, 21) a ver si nos enteramos de una vez. Lo que a Dios no le da igual es que te presentes en la oración siendo un calavera con la gente y justificando tus tropelías admitiendo el absurdo de que “eres de barro”.
Creo y sé de lo que hablo, que debiéramos todos someternos voluntariamente a un retiro espiritual auto-dirigido. Tú solo en un entorno de desierto cristianamente hablando. Sin micrófonos ni estrados. Una tenue música, la Palabra de Dios y una flor como ofrenda. Y un espejo en el que mirarse para encontrarse con la inmediatez de nuestra realidad, nosotros mismos y nuestro reflejo.
En todo esto y siguiendo a Mahatma Gandhi en el texto que nos ofrece el siempre franciscano José Arregui, “La Verdad”.

La Verdad como camino hacia la Pascua.
La Verdad como destino de la Pascua.
La Verdad como vertebración de nuestra Pascua.
La Verdad como ejemplo para la Pascua del otro.
La Verdad como aval ante la sociedad.
La Verdad ante Jesucristo.
La Verdad responsable asistida por el Espíritu.
La Verdad que da paz a las almas.
La Verdad que tranquiliza las conciencias.
La Verdad del duro trabajo.
La Verdad del amor sincero y sin reservas.
La Verdad de ti mismo.
¡¡ Tu Verdad, que es la Verdad de Dios ¡!

viernes, 6 de abril de 2018

NUESTRA SUERTE, LA RESURRECCIÓN


“En un mundo con tanta capacidad de muerte como el nuestro, anunciar la resurrección de Jesús significa proclamar que Dios no está con los que fabrican o bendicen muerte, sino con los que dan por amor la vida para que sean posibles la felicidad y la vida.”
(Rafael J. García Avilés)

La resurrección de Jesús es uno de los grandes acontecimientos de la vida de los creyentes. Además, representa una gran incógnita para muchos, que aun se preguntan que fué del cuerpo de Jesús. Unos guiados por el romanticismo admitirán que se evaporó y subió al cielo. Otros pues darán otra versión admitiendo que el cuerpo como tal se pudrió en la tierra, y otros asumirán tal o cual cosa. Pero eso no es lo importante, porque ahí no radica el meollo de la cuestión.

La gran incógnita, imposible de descifrar, es que la tumba de Jesús estaba vacía. Además no se debe perder de vista que Jesús resucitó, no revivió. Si el cuerpo de Jesús hubiera asumido de nuevo energía vital y hubiera vuelto a la vida biológica, entonces se podría decir que revivió. Pero Jesús al contrario de esto, resucitó. O sea, volvió a vivir en otra dimensión aun más formidable; pues su resurrección está tan al alcance de cualquier persona, que solo basta creer en Él o disponerse a obrar en consecuencia con su mensaje de salvación.
Es importante tener en cuenta la frase del comienzo del artículo, de Avilés. La resurrección de Jesús nos coloca en la disyuntiva de estar o no estar junto a Él. Como en otros momentos de la vida, nos toca elegir. Elegir el modo de vida, la compañía, el hacer y convivir; y si estamos dispuestos ha hacerlo en el nombre de Jesús resucitado, si es que somos personas creyentes.
No perdamos de vista que nuestra tarea primordial es ahondar en el misterio de Dios –que es Padre-, dejando de lado las capas y capas que le hemos puesto, de rituales, protocolos, liturgias y solemnidades, hasta el punto de convertirlo en un Dios cebolla que habita solo en el interior, y que no es accesible. No, no es eso lo que Dios quiere. Dios nos quiere atentos, expectantes, admirados ante el misterio de la tumba vacía para descifrar todo lo que conlleva en nuestras vidas, asumiendo la implicaciones que ello tiene y cogiéndonos fuertemente de su mano.
¿Qué necesitamos como tal, para evocar la memoria de Jesús? Pues algo tan insignificante como algo que compartir. Sea pan, naranjas, té o una buena conversación. Ayer lo hablaba con los estimados Magui y Alfredo. La vida a través de las vivencias de todo tipo, a mis cuarenta años me muestra un Dios que ante todo es rostro humano, sonriente o triste, rico o pobre, bello o no agraciado, masculino o femenino, homosexual o heterosexual…etc; pero siempre humano.
Desde ahí, se debe de partir para contemplar al resucitado y profundizar en su misterio. Un misterio que parte de la base de que mientras haya vida, la hay en abundancia; sin perder jamás la esperanza por recuperar el camino, volver a lo andado aprendiendo de los errores, fiarse de una amistad, o simplemente apostando por los fundamentos del mensaje de Jesús, la fraternidad, el amor y el servicio al otro.
Ojalá el resucitado sea algo más que el colofón de una semana formidable, pero más cultural que de fe. Ojalá esa tumba vacía resuelva nuestros enigmas personales, nos anime a superar barreras y nos abra al respeto y la fraternidad de los demás, haciendo vida su mensaje: “mi paz o dejo mi paz o doy”. Que seamos persona de paz. Te lo deseo de corazón. Feliz camino por la senda pascual.
Fraternalmente, Floren.
Viernes de la Octava de Pascua de 2018.

viernes, 9 de marzo de 2018

OS LO REPITO, ¡ESTAD ALEGRES! (Filp 4,4b)




La Iglesia Católica no es una institución que se caracterice por la alegría, no. A lo largo del tiempo hemos confundido la seriedad del culto a Dios, con la condición de imbuirse de tristeza para entrar en el misterio, algo completamente erróneo. He escrito en más de una ocasión, que esta situación sobre todo se da en el tiempo litúrgico en el que estamos, la cuaresma. Siento generalizar, pero es un tiempo que se aprovecha más desde el plano cultural que el religioso.
Pero aun así son muchas las personas las que se privan de tal o cual alimento o acuden con más solicitud a las prácticas penitenciales. Bien, perfecto. Pero no debemos de dejar de lado, en primer lugar que por mucha seriedad que queramos aplicar en nuestro culto, o por mucho dolor que desprenda la representación de las imágenes de la semana santa, tanto de nuestro señor como de su madre, María; -digo que- no perdamos de vista que el encuentro con Dios (con el Señor) es siempre un encuentro gozoso. 

Recuerdo hace poco que mi sobrino Manolo vino conmigo a la ermita al rezo de la hora “Nona” a las tres y media. Cuando nos disponemos a leer los salmos tomamos asiento y él cruza su piernecita en una postura cómoda, no de desahogo. Me mira y al ver que no lo censuro me pregunta: -Tito, ¿por qué dicen que no se puede cruzar la pierna en la Iglesia? 
Yo le expliqué que desde luego que se puede cruzar la pierna, sí así se está más cómodo. Pero que lo que no debe perderse es la atención en el culto divino y desde luego el respeto. Y que desde luego a Dios le interesa mucho más nuestras buenas intenciones y nuestro deseo de “encuentro” que nuestra postura. 
Pues esta mañana en Laudes al leer el salmo 99 pensé en este tema, y en la necesidad que tenemos de contextualizarlo en nuestra vida de fe. Estamos en cuaresma, pero la cuaresma pasará. Nos alegraremos, pero la alegría no radicará en el encuentro con el Señor, sino en otros aspectos, necesarios pero que suponen una carencia notable para la vida del creyente. ¿El entusiasmo cuaresmal de creyentes y cofrades, se transformará en alegría pascual desbordante? Pues no sé, soy pesimista al respecto. 
Sí, lo siento. Es por ello que como servidor del altar en el Triduo Pascual (*), noto desde hace años una desvinculación total de los creyentes con estas celebraciones religiosas, primordiales para actualizar en nuestras vidas y en nuestras comunidades el paso del Señor por nuestras vidas (Éxodo 12.1-8.11-14). No sé si sabéis que en el Templo de Jerusalén existía un salterio, o sea, un compendio de Salmos organizados por temas, utilizados por los fieles según el estado de ánimo por el que acudían al Templo al encuentro con el Señor. 
“1 ¡Cantad al Señor con alegría, habitantes de toda la tierra! 2 Con alegría adorad al Señor; ¡con gritos de alegría venid a su presencia! 3Reconoced que el Señor es Dios; él nos hizo y somos suyos; ¡somos pueblo suyo y ovejas de su prado! 4 Venid a sus puertas, entrad en su templo cantando himnos de alabanza y gratitud. ¡Dadle gracias, bendecid su nombre! 5 Porque el Señor es bueno; su amor es eterno y su fidelidad no tiene fin.” 
(Salmo 99) La persona que escribe este salmo es alguien que por un largo periodo de tiempo no ha podido acudir al Templo, corazón del culto judaico, ni siquiera una vez al año como tiene prescrito. Quizás la distancia de su pueblo donde residía, circunstancias colaterales…etc. Lo cierto es que su anhelo se ve colmado al cruzar sus puertas. Su andar hasta el Templo es la culminación de un proceso evolutivo en el cual su fe se ha visto muy fortalecida. 
Es un salmo parecido a los llamados “cantos de las subidas”. Uno muy popular es, “que alegría cuando me dijeron…”. Ojalá nos prestemos a esta ansia del encuentro con el Señor. Ojalá participemos de las celebraciones religiosas de la Semana Santa, pues su intensidad es tal, que difícilmente se comparan a otras celebraciones de la vida del creyente. 
El Señor dio un testimonio duro, contundente, llego de dolor y pasión; pero todo se tornó en gozo y felicidad. En gozo desbordante, en anhelo y acción de gracias. Así, queridos hermanos
y hermanas, aun a pesar de todas la posibles cosas, “os lo repito, ¡estad alegres!”.
Fraternalmente, Floren.
*Triduo Pascual: son las celebraciones litúrgicas que conmemoran la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Comienza el jueves santo con la misa “De la cena del Señor” y culmina con la Vigilia Pascual el Sabado Santo “De la Resurrección del Señor”.

martes, 18 de abril de 2017

RESUCITAR NO ES REVIVIR

Si la muerte y la vida, son ya por si mismos un misterio para la vida del hombre y la mujer de cada tiempo, no digamos ya la resurrección. Yo, particularmente me rindo ante un misterio respecto del cual tengo una opinión, pero admito contra viento y marea que Cristo vive entre nosotros. Quien lo crea así, sin aditivos ni condicionantes ni nada por el estilo, sin preguntarse nada…etc.; pues me parece respetable. 
Eso sí, un flaco favor le hacemos a la condición cristiana, si como hijos e hijas de Dios no nos interpelamos a nosotros mismos. Intentaré explicarme. El misterio de la resurrección de Jesús de Nazaret no es un episodio de la vida del Señor que deba contemplarse o adorarse de una manera estática. 

Si de buena voluntad puede morirse uno sin hacer nada, pues igual podemos adorar a Cristo sin hacer nada en particular, lo cual es absolutamente infructuoso. Contemplación = Praxis. Lo fácil es pedir al Señor que resucite. Y que resucite en mí, sin que mi conciencia active ni una neurona de mi cerebro hacia una acción concreta y positiva –a ser posible-. 
Lo fácil es celebrar la resurrección, prestarnos a los maravillosos rituales –yo lo he hecho- y acostarse y levantarse sin haberse planteado una acción concreta por la que resucitar a cualquier cosa que debamos impulsar, animar o rectificar. La tumba vacía de Jesús es un misterio que no tiene explicación con los alcances de este mundo. Eso sí, Jesucristo resucita, no revive. Esta es una cuestión molesta para muchos pues malentienden que con este argumento se pretende quitar mérito a la resurrección en sí o algo parecido. Nada más lejos de la realidad, al contrario. Lo fácil para Cristo –como dije antes- es resucitar. 

"Lo complicado es descifrar el rostro del Resucitado en la vida y vivirlo en nuestra vida, solo existe esa posibilidad de experimentar la resurrección de Jesús, y que este resucite constantemente"

Él lo puede todo, es Hijo de Dios y está en sus posibilidades, pues Dios y Él son uno. Pero la vuelta a la vida del Señor, no se debe malinterpretar como un retorno completo a la vida biológica del cuerpo y alma humanos, no. Jesús vuelve a la vida desde una realidad completamente distinta, respecto de la relación humana de la que participamos. 
Digamos que el cuerpo del Señor tras morir, no resurgió a la vida como profetizó el profeta Ezequiel en su día; respecto de que el hálito de vida vuelve al cuerpo muerto, la carne putrefacta vuelve a crecer y se activan los órganos vitales. No. Eso sería lo más fácil para el Señor, pues Él lo puede todo o así lo creemos. Lo complicado es descifrar su rostro en la vida y vivirlo en nuestra vida, solo existe esa posibilidad de experimentar la resurrección de Jesús, y que este resucite constantemente. 
Pablo y Lucas el evangelista no conocieron al Jesús biológico, humano y tangible. Ellos tuvieron la experiencia del resucitado, tan enorme que les llevo a la plenitud de una vida según Cristo. La Magdalena le confunde con el jardinero porque realmente no estaba viendo a nadie, pero supo en un momento de clarividencia advertir la PRESENCIA y asumir por lo tanto, la compañía del maestro. 
A cualquier persona se le pregunta si se siente querida por su familia y responde que sí. Aun estando solos, sabemos que allí en otro lugar, hay personas que nos piensan, nos quieren y se preocupan de nosotros. El cariño traspasa las fronteras del tiempo e incluso de la historia, pues se puede querer la memoria incluso de los que ya no están con nosotros. Eso es hacer memoria, y algo parecido es asumir la PRESENCIA. El ejemplo más claro es el de aquellos dos que caminaban hacia Emaús. Físicamente fueron dos, comieron dos y volvieron dos. Pero fueron tres los que intervinieron en el episodio que nos relatan los Evangelios. 
Jesús estaba presente en ellos en su corazón y conciencia, aunque no supieron hacerse eco de la PRESENCIA y del significado que entraña para la vida del creyente. Se nos cuenta que sentados a la mesa y al partir ellos el pan y hacerlo en nombre de Jesús, fue cuando asumieron que Jesús estaba con ellos, desde el comienzo. Pero les hacía falta el poner en orden las ideas, revitalizar el mensaje y saberse imprescindibles para la causa del Reino de Dios. Acabo. La resurrección de Jesús es más que un episodio ante el que maravillarnos y ante el que nos quedamos sin palabras. El viene siempre a nuestras vidas. Siempre. 
Lo celebramos en tal o cual fecha, pero siempre espera Jesús que –como aquellos de Emaús- demos la vuelta y revitalicemos nuestra vida de creyentes. ¿Seremos capaces de hacerlo dejando de lado todo lo accesorio? Por causa de nuestra educación clásica nos puede resultar difícil, pero no olvidemos que Cristo fue el primero que apartó todo lo accesorio –lo que no hace falta- para centrarse en la vida de la persona y del mundo. Cuantas personas hay cansadas de una religión que obliga, contrae las posibilidades humanas, limita libertades y predica la pobreza aun cuando no puede vivir sin sus privilegios de los cuales huyó Cristo. 
Ojalá sintamos al resucitado en nuestra vida, con el anhelo de vivir y dejar vivir. Ojalá sintamos la fuerza del resucitado en el mundo y en la fuerza y energía del mundo. Ojalá sintamos la energía vital de la madre naturaleza –expresión maternal de Dios-, su dolor también y nos esforcemos por respetar el medio que nos rodea, animales y plantas en cuya sabia habita el germen de Dios, vida resucitada constantemente. Ojalá sintamos al resucitado en nuestras relaciones personales, de pareja, en las posibilidades del ser humano en construir y edificar para el bien y la paz en un mundo ajado por las injusticias, la violencia y el desamor. 
Ojalá sintamos al resucitado en la oración diaria y en la vida del mundo. Ojalá!!! Feliz Pascua de Resurrección.
Martes de la Octava de Pascua 2017. Fraternalmente, Floren.

¿No oiste los pasos silenciosos?
Él viene, viene, viene siempre.

En cada instante y en cada edad,
todos los días y todas las noches,
Él viene, viene, viene siempre.

He cantado en muchas ocasiones y de mil maneras;
pero siempre decían sus notas:
Él viene, viene, viene siempre.

En los días fragantes del soleado abril,
por la vereda del bosque,
Él viene, viene, viene siempre.

En la oscura angustia lluviosa de las noches de julio,
sobre el carro atronador de las nubes,
Él viene, viene, viene siempre.

De pena en pena mía,
son sus pasos los que oprimen mi corazón,
y el dorado roce de sus pies
es lo que hace brillar mi alegría.

(Rabindranath Tagore)

sábado, 1 de abril de 2017

TUS CINCO MINUTOS PARA EL SEÑOR - DOMINGO V DE CUARESMA A

V DOMINGO DE CUARESMA A "Resurrección de Lázaro"

"hemos que resucitar nosotros, y a su vez debemos colaborar en que otros resuciten, recobren el ánimo, superen la tribulación, siendo causa de su alegría. Y todo esto debemos hacerlo testimoniando a Jesús"

Lectura del santo evangelio según san Juan (11,3-7.17.20-27.33b-45):

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo.» Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.» [...]Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»
Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.» Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.» Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»
Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.» Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?»
Le contestaron: «Señor, ven a verlo.» Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!» Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?» Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa. Dice Jesús: «Quitad la losa.» Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.» Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.» Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera.»
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario.
Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar.» Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.
Palabra del Señor

REFLEXIÓN
Es importante no confundir el mensaje del evangelio, que no pretende hablarnos de la vida futura de los difuntos en el cielo, sino en la posibilidad de perder el rumbo de la vida aquí en la tierra y la opción de recuperar esa vida. Ojo. 


No debemos de esperar a tocar fondo en la vida, para pedir auxilio al Señor. Es cierto. ¿Cuándo valora el ser humano de una manera más autentica lo que tiene o lo que goza? Pues cuando lo pierde. En este caso del evangelio de este domingo de cuaresma, son dos cosas fundamentales las que se pierden. (1)Se pierde la vida de un ser humano –Lázaro- y (2)Jesús pierde un amigo, de cuya muerte se adolece hasta las lágrimas. Pero se recupera la vida. 
El fundamento de este texto sagrado, es que la humanidad de Jesús es causa de vida para el hombre y la mujer de cada tiempo. No hay barreras que Dios –desde Jesucristo- no pueda superar. Tal es así, que Lázaro es rescatado de las garras de una absoluta oscuridad para salir de nuevo a la luz, la misma luz de la que se nos hablaba el domingo pasado. 
Este evangelio tiene connotaciones muy importantes estando tan cerca la semana se pasión, pues en Jesús tenemos un ejemplo parecido al de este evangelio. Jesús resucita a Lázaro, y Jesús es igualmente resucitado por aquel que nos da la vida, Dios Padre. Verdaderamente, “es preciso que el grano de trigo muera para que de mas fruto y lo de en abundancia” (Jn 12,24). 
Todo esto se presta a una reflexión y oración oportunas, para poner en orden nuestro ser ante la semana santa, en la cual se conmemora el sacrificio de Jesucristo, que en la cruz murió por nosotros. El ya vive en cada uno de nosotros, en nuestro interior por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado. Pero es necesario expresarlo, vivirlo y testimoniarlo. 
Una creencia oculta de Jesús no es útil para la causa del Reino. Hoy ha resucitado Lázaro, en Pascua resucitará Jesús, junto a Él tenemos que resucitar nosotros; y nosotros a su vez debemos colaborar en que otros resuciten, recobren el ánimo, superen la tribulación, siendo causa de su alegría. 
Y todo esto debemos hacerlo testimoniando a Jesús aunque no sea lo que se estila o esté de moda. Apostemos por el triunfo de la vida de todas las vidas, superando la cruz. Feliz camino a la Pascua.

ORACION
Señor y Padre bueno, que nos amas y nos buscas.
No dejes de mirarnos con entrañas amorosas,
no dejes de enviarnos tu Espíritu;
para que su fuerza iluminada desde nuestra conciencia cristiana, 
nos haga caminar hacia tu Luz,
la luz de tu Reino que es camino, verdad, vida y justicia.
Amén.

viernes, 4 de noviembre de 2016

A DIOS, NO SE EL MUEREN SUS HIJOS - JOSÉ ANTONIO PAGOLA. REFLEXIÓN EN EL DÍA DE LOS DIFUNTOS


Jesús ha sido siempre muy sobrio al hablar de la vida nueva después de la resurrección. Sin embargo, cuando un grupo de aristócratas saduceos trata de ridiculizar la fe en la resurrección de los muertos, Jesús reacciona elevando la cuestión a su verdadero nivel y haciendo dos afirmaciones básicas.

Antes que nada, Jesús rechaza la idea pueril de los saduceos que imaginan la vida de los resucitados como prolongación de esta vida que ahora conocemos. Es un error representarnos la vida resucitada por Dios a partir de nuestras experiencias actuales.

Hay una diferencia radical entre nuestra vida terrestre y esa vida plena, sustentada directamente por el amor de Dios después de la muerte. Esa Vida es absolutamente «nueva». Por eso, la podemos esperar pero nunca describir o explicar.

Las primeras generaciones cristianas mantuvieron esa actitud humilde y honesta ante el misterio de la «vida eterna». Pablo les dice a los creyentes de Corinto que se trata de algo que «el ojo nunca vio ni el oído oyó ni hombre alguno ha imaginado, algo que Dios ha preparado a los que lo aman».

Estas palabras nos sirven de advertencia sana y de orientación gozosa. Por una parte, el cielo es una «novedad» que está más allá de cualquier experiencia terrestre, pero, por otra, es una vida «preparada» por Dios para el cumplimiento pleno de nuestras aspiraciones más hondas. Lo propio de la fe no es satisfacer ingenuamente la curiosidad, sino alimentar el deseo, la expectación y la esperanza confiada en Dios.

Esto es, precisamente, lo que busca Jesús apelando con toda sencillez a un hecho aceptado por los saduceos: a Dios se le llama en la tradición bíblica «Dios de Abrahán, Isaac y Jacob». A pesar de que estos patriarcas han muerto, Dios sigue siendo su Dios, su protector, su amigo. La muerte no ha podido destruir el amor y la fidelidad de Dios hacia ellos.

Jesús saca su propia conclusión haciendo una afirmación decisiva para nuestra fe: «Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos». Dios es fuente inagotable de vida. La muerte no le va dejando a Dios sin sus hijos e hijas queridos. Cuando nosotros los lloramos porque los hemos perdido en esta tierra, Dios los contempla llenos de vida porque los ha acogido en su amor de Padre.

Según Jesús, la unión de Dios con sus hijos no puede ser destruida por la muerte. Su amor es más fuerte que nuestra extinción biológica. Por eso, con fe humilde nos atrevemos a invocarlo: «Dios mío, en Ti confío. No quede yo defraudado» (Salmo 25,1-2).


José Antonio Pagola 
Email: buenasnoticias@ppc-editorial.com
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¡NO OS ENREDÉIS!
Escrito por Florentino Ulibarri

Desempolváis chismes,
casualidades, coincidencias,
para aferraros a vuestras torpes creencias.

Os acercáis a mí
con jeroglíficos y dislates
para cazarme en vuestras malsanas redes.

Soñáis despropósitos
y os regodeáis en vuestras ocurrencias
que no tienen vida ni gracia.

Os creéis sabios,
y vais de desatino en desatino
queriendo que os siga la cuerda.

Os dedicáis a poner trabas
a quienes se liberan de dogmas y saltan murallas
si no van por las sendas señaladas....

¡No me gustan las personas
que preguntan, sabiendo la respuesta,
solo por el placer de tender trampas.

Ni quienes buscan ponerme a prueba
en vez de enamorarse y enamorarme,
que es lo que deseo y me emociona!

¡Si supierais cuánto me agradan
vuestras pinceladas libres y locas
abriendo ventanas en la dogmática...
qué distinta sería la historia,
vuestras creencias más íntimas
y la vida de cada día!


Fuentes: http://www.gruposdejesus.com/ 
http://sanvicentemartirdeabando.org/ 
http://eclesalia.wordpress.com/ 
http://feadulta.com/

domingo, 14 de septiembre de 2014

¿DE QUÉ MATERIAL ES LA CRUZ DE JESÚS?

¿De qué material es la cruz de Jesús?

Hoy es la exaltación de la santa cruz, el llamado “árbol único en nobleza, jamás el bosque dio mejor tributo en hoja, en flor y en fruto”. Particularmente considero una lástima que la liturgia de hoy haya preferido exaltar la cruz, antes que profundizar en las actitudes que nos ofrece Mt 18, 21-35 en el evangelio dominical, en el cual subyace como tema de fondo la circunstancia de que seremos tratados a los ojos de Dios como nosotros tratemos a los demás. 

Pero es una característica conocida por la iglesia, el hacer hincapié en la cruz, la sangre, el pecado, la contrición, dejando un poco de lado la luz incesante de la Resurrección, objetivo de todo cristiano. 
Y la verdad es que si la fiesta de la exaltación de la cruz la miramos desde un plano actualizado, puede que nos lleve precisamente a la cuestión del trato nuestro a los demás y la reciprocidad fraternal a la que el Señor nos llama. Nunca podré creer que “Dios juzgó conveniente, para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de la salvación” (Hb 2, 9b-10), o sea a Jesús de Nazaret.  
Esto anula plenamente la dimensión paternal y maternal de Dios, que nos ama como a hijos e hijas. Dios no disfruta con el dolor de nadie. Dios no quiere el dolor de nadie, ni la angustia, ni la tribulación, ni el dolor proporcionado voluntariamente so pretexto de absurdas penitencias. Creo que Dios quiere que comamos bien, que vivamos bien y con naturalidad, que aspiremos a la felicidad, que nos mantengamos sanos. Dios no quiere a sus hijos e hijas atribulados ni alterados ni mucho menos violentados. 
Dios quiere a sus hijos e hijas dignos como personas, e irreprochables ante El como hij@s, y con esta afirmación pues casi que podemos acabar y apartar a un lado todas las formulas protocolos y rituales; con los que a lo largo de la vida nos hemos ocupado de envolver a Dios hasta hacer de él algo parecido a una cebolla. Y se nos ha quedao dentro, en el interior e inalcanzable. 
Por ello a día de hoy nuestra primera acción en la vida y en el mundo en que vivimos es descifrar el rostro de Dios, o más bien el rostro de Jesús. Claro, mal hacemos en buscarle entre nuestra corte de aduladores, besamanos y personas que pululan alrededor nuestro y que jamás serán sinceros con nosotros sino complacientes. No, Jesús está en otros escenarios distintos. 
Hoy por la mañana he visto a un matrimonio andar por la calle. Una mujer mayor cogida de la mano de su esposo. Sé que él está enfermo y que su mente vive en otro mundo pero se aferra a la mano de ella, pues aunque no pueda identificar con claridad el rostro de su esposa, sus rasgos para el significan seguridad y orientación. Y ahí van los dos. Ella le lleva a él de la mano y seguro que antes de salir a la calle le ha lavado y adecentado, pues rezuman los dos limpieza. 

Al respecto de este ejemplo como de otros, jamás se me ocurrirá decirle a esta mujer que su marido es su cruz y que le vaya bonito porque así se va a ganar el cielo. ¡No! Dice León Bloy: “No se va al cielo hoy, ni de aquí a veinte años. Se va cuando se es pobre y se está crucificado". Se va al cielo cuando lo pones todo antes que a ti mismo. Se va al cielo cuando atiendes al enfermo antes que a ti mism@. Se va al cielo cuando ayudas a superar las cruces que algunas personas se afanan diariamente en superar. ¡¡En superar!! 
Nadie debe de resignarse a su cruz, ni a la de nadie. Esta vida es un continuo aprendizaje y una continua superación de dificultades; y en cada una de ellas debemos ser luz los que nos denominamos cristianos y decimos seguir a Jesús de Nazaret. Pero con autenticidad y por nosotros mismos sin negarnos a la colectividad y a la comunidad. 
Hay muchos escenarios donde acercarse al que está necesitado, aunque sea de un abrazo sincero y una acogida. ¡Ahí está la cruz! Por eso decía que no es de madera ni de metal precioso. La cruz de Jesús hoy día es inmaterial, porque está en la propia vida y en la superación de dificultades. 
Permita la vida, que asistidos por el Espíritu de Dios siempre aspiremos a la superación de la cruz con posibilidades de resucitar después. Ese es el fin, la vida la luz y la tranquilidad. La cruz por sí misma, solo es un objeto de suplicio a la cual nadie debe crucificarse ni ser crucificado. 
Y que conste que a Jesús lo crucificaron por un proceso político, injusto y macabro. Circunstancia que paradójicamente aun hoy día suele darse en la propia iglesia “de Jesús”. No sigamos la senda de los verdugos de Jesús y los verdugos de la humanidad unipersonal, sino demostremos entrañas sensibles, solidarias, y respetuosas.

florencio salvador díaz fernández

viernes, 4 de abril de 2014

PERLAS DE PAGOLA PARA EL FINDE - UN PROFETA QUE LLORA

5 Cuaresma (A) Juan 11, 1- 45
UN PROFETA QUE LLORA
JOSÉ ANTONIO PAGOLA, SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

Jesús nunca oculta su cariño hacia tres hermanos que viven en Betania. Seguramente son los que lo acogen en su casa siempre que sube a Jerusalén. Un día Jesús recibe un recado: nuestro hermano Lázaro, “tu amigo”, está enfermo. Al poco tiempo, Jesús se encamina hacia la pequeña aldea.

Cuando se presenta, Lázaro ha muerto ya. Al verlo llegar, María, la hermana más joven, se echa a llorar. Nadie la puede consolar. Al ver llorar a su amiga y también a los judíos que la acompañan, Jesús no puede contenerse. También él “se echa a llorar” junto a ellos. La gente comenta: “¡Cómo lo quería!“.
Jesús no llora solo por la muerte de un amigo muy querido. Se le rompe el alma al sentir la impotencia de todos ante la muerte. Todos llevamos en lo más íntimo de nuestro ser un deseo insaciable de vivir. ¿Por qué hemos de morir? ¿Por qué la vida no es más dichosa, más larga, más segura, más vida?
El hombre de hoy, como el de todas las épocas, lleva clavada en su corazón la pregunta más inquietante y más difícil de responder: ¿Qué va a ser de todos y cada uno de nosotros? Es inútil tratar de engañarnos. ¿Qué podemos hacer? ¿Rebelarnos? ¿Deprimirnos?
Sin duda, la reacción más generalizada es olvidarnos y “seguir tirando”. Pero, ¿no está el ser humano llamado a vivir su vida y a vivirse a sí mismo con lucidez y responsabilidad? ¿Solo a nuestro final hemos de acercarnos de forma inconsciente e irresponsable, sin tomar postura alguna?
Ante el misterio último de nuestro destino no es posible apelar a dogmas científicos ni religiosos. No nos pueden guiar más allá de esta vida. Más honrada parece la postura del escultor Eduardo Chillida al que, en cierta ocasión, le escuché decir: “De la muerte, la razón me dice que es definitiva. De la razón, la razón me dice que es limitada”.
Los cristianos no sabemos de la otra vida más que los demás. También nosotros nos hemos de acercar con humildad al hecho oscuro de nuestra muerte. Pero lo hacemos con una confianza radical en la Bondad del Misterio de Dios que vislumbramos en Jesús. Ese Jesús al que, sin haberlo visto, amamos y, sin verlo aún, le damos nuestra confianza.
Esta confianza no puede ser entendida desde fuera. Sólo puede ser vivida por quien ha respondido, con fe sencilla, a las palabras de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees tú esto?”. Recientemente, Hans Küng, el teólogo católico más crítico del siglo veinte, cercano ya a su final, ha dicho que para él morirse es “descansar en el misterio de la misericordia de Dios”. 
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miércoles, 6 de noviembre de 2013

PERLAS DE PAGOLA PARA EL FINDE - DECISIÓN DE CADA UNO

32 Tiempo ordinario (C) Lucas 20, 27-38
DECISIÓN DE CADA UNO
JOSÉ ANTONIO PAGOLA, sAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 06/11/13.- Jesús no se dedicó a hablar mucho de la vida eterna. No pretende engañar a nadie haciendo descripciones fantasiosas de la vida más allá de la muerte. Sin embargo, su vida entera despierta esperanza. Vive aliviando el sufrimiento y liberando del miedo a la gente. Contagia una confianza total en Dios. Su pasión es hacer la vida más humana y dichosa para todos, tal como la quiere el Padre de todos. 

Solo cuando un grupo de saduceos se le acerca con la idea de ridiculizar la fe en la resurrección, a Jesús le brota de su corazón creyente la convicción que sostiene y alienta su vida entera: Dios “no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos son vivos”.
Su fe es sencilla. Es verdad que nosotros lloramos a nuestros seres queridos porque, al morir, los hemos perdido aquí en la tierra, pero Jesús no puede ni imaginarse que a Dios se le vayan muriendo esos hijos suyos a los que tanto ama. No puede ser. Dios está compartiendo su vida con ellos porque los ha acogido en su amor insondable.
El rasgo más preocupante de nuestro tiempo es la crisis de esperanza. Hemos perdido el horizonte de un Futuro último y las pequeñas esperanzas de esta vida no terminan de consolarnos. Este vacío de esperanza está generando en bastantes la pérdida de confianza en la vida. Nada merece la pena. Es fácil entonces el nihilismo total.
Estos tiempos de desesperanza, ¿no nos están pidiendo a todos, creyentes y no creyentes, hacernos las preguntas más radicales que llevamos dentro? Ese Dios del que muchos dudan, al que bastantes han abandonado y por el que muchos siguen preguntando, ¿no será el fundamento último en el que podemos apoyar nuestra confianza radical en la vida? Al final de todos los caminos, en el fondo de todos nuestros anhelos, en el interior de nuestros interrogantes y luchas, ¿no estará Dios como Misterio último de la salvación que andamos buscando?
La fe se nos está quedando ahí, arrinconada en algún lugar de nuestro interior, como algo poco importante, que no merece la pena cuidar ya en estos tiempos. ¿Será así? Ciertamente no es fácil creer, y es difícil no creer. Mientras tanto, el misterio último de la vida nos está pidiendo una respuesta lúcida y responsable.
Esta respuesta es decisión de cada uno. ¿Quiero borrar de mi vida toda esperanza última más allá de la muerte como una falsa ilusión que no nos ayuda a vivir? ¿Quiero permanecer abierto al Misterio último de la existencia confiando que ahí encontraremos la respuesta, la acogida y la plenitud que andamos buscando ya desde ahora? 

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