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sábado, 4 de junio de 2016

EL DOLOR NO PRESCRIBE

El dolor no prescribe
Si usted está de acuerdo con el título, pero no contempla la recuperación de la memoria histórica, deje de leer si le place y así nos ahorramos de estar en desacuerdo y usted no pierde el tiempo.


Creo que era ayer tarde, cuando en televisión vi un reportaje muy interesante sobre las dificultades insalvables que tienen muchas personas, para recuperar los restos de sus seres queridos del Valle de los Caídos, donde reposan junto a Franco -si a eso se le puede llamar reposar-.
En este orden de cosas, respecto del horror del nazismo todos conocemos las causas y las cifras de la barbarie por medio de los medios diversos de difusión; pero es absolutamente distinto el ser consciente de los hechos acaecidos, estando allí en el campo de concentración setenta años después, como pude estar yo en Polonia el año pasado. 
Volviendo a los represaliados de la guerra civil española, podemos decir lo mismo. Sabemos muchas cosas –siendo seguro que es más lo que ignoramos-, pero cuando se consigue tener la oportunidad de poner cara y rostro a una dolorosa ausencia, se logra contextualizar lo ocurrido y se miran las cosas de distinta forma.
Esta tarde he podido conversar con una mujer mayor, de ochenta y dos años. Y comentando las estrecheces de hoy en día, reconocía que aun fueron tiempos mucho más duros los que a ella y a muchas personas les tocó vivir. Se llama Asunción es viuda y natural de Estepa (Sevilla), y no conoció a su padre. 
Relata su historia sentada en una robusta silla de casa, con su andador por delante para salvaguardarla de posibles caídas. Aun tiene vigor en el cuerpo pues ayuda a la familia en la cocina y otros menesteres, que no le exijan demasiada movilidad. Su pelo es absolutamente cano y su rostro, surcado de arrugas y de antigüedad, refleja las mil experiencias buenas y malas que la vida concede a las personas de vida longeva. 
Nunca sale de casa pues su vida según ella está acabada. A la tumba se marchará con una pena muy grande y una congoja que no se acaba, a su padre lo fusilaron hace ochenta años. Ella no conoció su rostro en persona, pero se aferra a su recuerdo con una vieja fotografía coloreada en la mano. Era su padre.
Su niñez fue muy dura, pues careció de la seguridad, estabilidad y amparo de un padre. Su madre y su abuela se marchaban temprano al campo para realizar labranza, dejándola en casa encerrada con el almuerzo puesto en la mesa. Así estuvo varios años, hasta que su madre pudo llevarla al colegio de las Hermanas de la Cruz.
Llegó casi a mendigar el trozo de pan negro que le daban por el racionamiento. Comió muchas noches collejas, un pequeño brote verde silvestre del campo. Y para colmo de la desesperación, reconoce haber comido en varias ocasiones –como si fueran alcachofas crudas- corazones de “alcauciles”, un espino grande y duro del campo que nace en los terraplenes.
Su madre casi llegó a la inanición, al dejarle siempre su ración de comida a la niña.
A su padre de lo llevaron una mañana cualquiera cuando ella era muy chica. Supo a los años que durante ocho días, su madre estuvo llevándole el desayuno y almuerzo al presidio local de Estepa, nuestro pueblo. Hasta que al octavo día le dijeron a su madre que no dejara allí comida, que los presos no estaban ya allí. 
Para desesperación de la joven esposa, no le dijeron donde estaba, pero se temió lo peor. Esa mañana del octavo día, lo llevaron junto a cuarenta personas más, hasta las “paerillas” del cementerio del pueblo vecino de Lora de Estepa. Los pusieron muy juntitos en la tapia que da hoy día a la A-92. Los fusilaron uno a uno con un tiro en la sien, y los enterraron en una fosa común en el mismo cementerio.

Quizás solo deban bastar estas palabras para explicar la intencionalidad del escrito, pero me obligo a preguntar: ¿cómo en aras de la paz social se puede negar la recuperación de la memoria, y negar a estas personas la recuperación de los restos de sus seres queridos? ¿Cómo es posible que haya personas que tengan la indecencia de justificar la NO recuperación alegando que se abren heridas? 
¿Le preguntamos a Asunción? Su padre murió por ser tachado de rojo o libre pensador. Fue a todas luces una muerte injusta. Le quitaron su vida. Una vida imposible de reparar con un millón de oraciones o monumentos. Una vida que era de él, del padre de asunción, el cual se fue a la tierra sabiendo que dejaba una pequeña a la que nunca vería hacer la primera comunión. Eran pobres, eran sencillos, eran despreciados por el régimen de entonces, pero eran personas.
Su dolor, el dolor de Asunción, ese dolor endurecido y candente de ochenta años de edad no prescribe. Y solo hay que ponerse en el pellejo de esta anciana, para comprender el drama que aun subyace en muchas personas de España y otros pueblos masacrados donde se hicieron limpiezas ideológicas. 
¡Ojo, señores y señoras! Ni Paracuellos del Jarama, ni la Sierra de Granada o Ronda, ni la batalla de Toledo ni la del Ebro, ni de izquierdas o derechas, ni rojos o azules. Vidas perdidas, que en todos los casos posibles merecen descansar en una tierra que merezca las lágrimas de sus familiares.
Escribo este artículo, porque esta tarde en vísperas he leído el evangelio de la viuda de Naín, en Lucas 7,11-17. Teniendo presente la conversación con Asunción esta tarde y leyendo a Jesús decir a la viuda con su hijo muerto: “Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo: «No llores.»”; se me ocurre preguntar, ¿quién consuela tanto dolor que está vivo y que no prescribe? Y cuidado, con ochenta años de dolor a nadie se le puede pasar la mano por la espalda o decirle “ellos ya están en el paraíso”. Hay que actuar desde la justicia social, como lo haría el Señor; con determinación suficiente para sacar los muertos de sus tumbas y darle una sepultura digna ante sus familiares. Lo contrario es cobardía absoluta y dar la espalda a Jesucristo, que dio su vida testimoniando la entrega y el servicio hacia los más indefensos del mundo.
De la indiferencia ante el dolor que no prescribe, líbranos Señor.
Buenas noches.

Fraternalmente, Floren.

sábado, 14 de noviembre de 2015

PLEGARIA POR LOS INJUSTAMENTE ASESINADOS - Ante el Terrorismo en Francia

Cuando el mundo despierta horrorizado
ante una ejecución masiva de personas,
así de silenciosos y estremecidos,
con la mirada perdida en el horror,
te bendecimos hoy Padre de los ajusticiados.

En la Cruz de Jesús converge, como en un cáliz,
la sangre viva de los mártires por la libertad,
de los hombres y mujeres justos
que testimoniaron humanidad;
el cuello segado de los rebeldes,
las mujeres que se revelaron ante el abuso,
el pensamiento prohibido de los creadores,
la lengua torturada de los profetas,
el cuerpo quemado de los reformadores
y las manos amputadas de los que edificaron el futuro.

No podemos nombrar el número de cruces
que pueblan el horizonte de las tierras.
Desde el filo de la espada, hasta los modernos explosivos;
desde el mar traicionero de los “sin-patria”,
desde el cañón de los fusiles y las armas atómicas;
desde el estremecimiento de la inyección letal
y la devastadora hambre que también mata en el mundo.

Desde el horror de los hornos crematorios
de los campos de exterminio
hasta el asesinato de los mejores de la tierra,
se alza el alarido salvaje del dolor,
como el de un caballo herido en el pecho.

Es la cara de la humanidad humillada,
que como en un Guernica de Picasso
sostiene a sus hijos sin vida y sin alma.
Masas de pueblos enteros, Padre,
-del primer, segundo y tercer mundo-,
están siendo ametrallados, exterminados,
doblegados con vara de hierro y concertinas.

A todo este horror humano decimos ¡¡NO!!

Como una montaña de bronce se levanta la indignación
y apelamos a tu nombre –nuestro más sagrado compromiso-
para luchar contra toda pasión y todo martirio.
Sabemos que sea cual sea el nombre con el que se te invoque,
Tú no eres el Dios de los asesinos;
eres el Dios de los que viven en fraternidad y se entregan por amor.

Como tu Hijo Jesús de Nazaret,
el cual siguió amando en la Cruz,
concedió el perdón y la reconciliación,
no se retractó ni un ápice de su evangelio.

Su Espíritu sigue vivo, inquieta y mueve,
es la fuerza más revolucionaria de la tierra,
a pesar de que hemos pretendido domesticarlo a nuestro interés.

Unidos a este Espíritu, y uniendo a la Cruz de Jesús
a los injustamente ajusticiados, reconocemos
que la sangre de los justos será semilla de hombres y mujeres nuevos.
Los cuales conquistaremos el mundo y los corazones,
por medio del respeto, la aceptación mutua, la humanidad y la fraternidad.

Que tu Presencia, Padre,
sea bálsamo para los familiares y amigos de los asesinados;
que estos se hallen en Ti la paz,
y a nosotros danos cordura para testimoniar

y poder hacer la vida más fácil en este suelo que pisamos. Amén.

viernes, 25 de enero de 2013

PLEGARIA BUDISTA DEL SUFRIMIENTO


Para orar
Que todos los seres de todo lugar,
víctimas del sufrimiento de cuerpo y de espíritu,
puedan lograr un océano de dicha y de gozo
en virtud de mis méritos.
Que los desnudos encuentren vestido,
los hambrientos, alimento,
los abandonados, nueva esperanza,
dicha y prosperidad para siempre.
Que todos los enfermos e inválidos
se vean muy pronto libres de su enfermedad,
y que todas las enfermedades del mundo
desaparezcan para siempre.
Que los que están aterrados cesen de tener miedo
y los encadenados vuelvan a encontrar la libertad;
que los sin-poder encuentren el poder
y los hombres no olviden el gesto de la amistad.
Que todos los viajeros encuentren la felicidad
allí donde vayan,
y realicen sin esfuerzo
aquello por lo que un día se fueron.
Que ninguna criatura viva sufra jamás,
cometa el mal o caiga enferma;
que ninguna tenga miedo o sea despreciada,
o que ningún espíritu sea jamás humillado.
Que mientras dure el espacio
y queden seres vivos,
también yo permanezca
para eliminar del mundo la miseria
(Plegaria de Shantideva, santo y sabio budista del s. VIII)
Ofrecida por José Arregui en: http://www.atrio.org/2013/01/yo-estuve-en-bilbao/