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domingo, 12 de enero de 2020

EL BAUTISMO DE JESÚS, UN BAUTISMO DE HUMANIDAD


Hoy domingo y cuando acaba la Navidad, los cristianos celebramos el bautismo de Jesús. Uno de los curiosos acontecimientos en la vida del nazareno, un episodio que tiene algunas connotaciones importantes que desgrano brevemente para no robaros mucho tiempo.
Siempre me ha llamado la atención la influencia que Jesús tenía de su primo Juan el bautista, el último de los profetas –si a Jesús no lo consideramos como tal-. Hay muchísimos aspectos de la vida de Jesús que nos hacen saber que si no era esenio, simpatizaba absolutamente con esta secta ascética a la cual pertenecía Juan el hijo de Isabel y Zacarías, secta en la cual se cultivaba la cultura, la limpieza el dominio de sí y la espiritualidad.

Es por ello que el rio Jordán como el mar muerto u otros afluentes cercanos eran el sitio ideal para que los esenios se asentaran, y es en el río donde Juan Bautista pregona la llegada de todo lo nuevo que representa Jesús.
Evidentemente Jesús no necesita ser bautizado como tal y nadie necesita en sí mismo ser bautizado para ser considerado hija e hijo de Dios, ya que por el mero hecho de nacer a la vida, es entendido que Dios Padre nos otorga su propia dignidad.
Además el bautismo no salva como tal, nos salvamos en la tierra. O sea, lo diré más claro. El bautismo no es un comodín que se puede utilizar para ir al cielo si en la tierra hemos sido unos calaveras, no. Llegaremos a la plenitud de la vida en la resurrección tanto si estamos bautizados como si no. Y esto es así porque Dios en su ternura no hace acepción de personas. Quienes le adoran con el nombre de Alah o creen en Él antes que los cristianos, también alcanzarán su salvación.
El bautismo, por lo tanto, es solo un ritual por el cual su simbología nos enseña la posibilidad de nacer de nuevo, que quedar limpios de todo aquellos que nos dificulta para ser buenas personas, los apegos materiales, nuestra autosuficiencia, los egoísmos, la falta de humanidad y sensibilidad, nuestra negación al amor, nuestro exiguo respeto hacia los otros…etc.
Si dejamos atrás todo lo que nos lastra negativamente y nacemos a una nueva vida, seremos recién nacidos a la vida de Cristo y desde ahí podremos caminar junto Él, tengamos o no tengamos una partida de bautismo.
Otra cosa significativa es que Jesús llega al Jordán siendo bastante desconocido. Es por ello que el se acerca a su primo y establece un diálogo con él, pues Jesús aprovecha la coyuntura popular que asiste al bautista. Juan era considerado profeta, muy respetado incluso por el rey Herodes. El hecho de que Jesús llegue y Juan le reconozca de tal manera era importante para Jesús, que se presta a un bautismo simbólico al cual Él mismo le da completa verosimilitud.
La última cuestión que reseño es la entrada de Jesús en el barro del Jordán, en aquella rivera del río en la cual algunas personas hemos tenido la dicha de estar.
Es algo muy significativo pues Jesús entro como barro, masa moldeable en las manos del creador (Is 64,7), humano por excelencia y completamente sensible a las realidades de cada tiempo. Se prestó a ser uno más, para testimoniar con la verdad y con las obras de sus manos.
Sus palabras, modificaron el latir de los corazones de aquellos presentes y por ello le siguieron. De aquellas aguas Jesús salió como nuevo engendro, “tú eres mi hijo yo te he engendrado hoy” (Sal 2,7). Como una nueva criatura que de forma ilusionante -con la asistencia del Espíritu Santo- fue prototipo para todas las mujeres y hombres que vendrían tras él y que llegamos hasta nuestros días. Este Jesús, aquel Jesús de hoy y de siempre, solo desea que nos enfanguemos. Que nos metamos en el barro, de donde procede la vida.
Que bajemos hasta allí abajo, donde la humildad, la intransigencia o quizás la falta de higiene, hace preciso la presencia de una voz que revitalice la voz de Jesús al decir “bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8).
Cuando testimoniemos y solo entonces –a ver si nos enteramos-, ofreceremos a quien esté a nuestro lado una razón contundente para ponerse en marcha, para vivir su bautismo de fe y decir “SI” estoy dispuesto.
A ponernos en camino, para construir junto al Espíritu de Jesús, la Cristiana Humanidad de los que nos reunimos en su nombre. Buena receta para este año.
Feliz domingo y continúo deseándoos un feliz año 2020.
Fraternalmente, Floren.

HIMNO DEL AMOR – Pedro Casaldáliga, Obispo.
Si yo tuviese en mí todas las emisoras
y todos los tablados de rock del mundo entero
y los altares y cátedras y los parlamentos todos,
mas no tuviese Amor,
yo sería ruido sólo, ruido en el ruido.

Si yo tuviese el don de adivinar
y el don de llenar estadios
y el don de hacer curaciones
y una supuesta fe, capaz de trasportar cualquier montaña,
mas no tuviese Amor,
yo sólo sería un circo religioso.

Si yo distribuyese
los bienes que gané mal – quién sabe, quién no sabe-
en cestas de Navidad
y en aireados gestos caritativos
y fuese capaz de dar mi salud
en prisas y eficacias
más no tuviese Amor,
yo sólo sería imagen entre imágenes.

Paciente es el amor y predispuesto, como regazo materno.
No tiene envidia ni se vanagloria.
No busca el interés como hacen los bancos:
sabe ser gratuito y solidario, como la mesa de Pascua.
No pacta nunca con la injusticia, nunca.
Hace fiesta de la Verdad.
Sabe esperar, forzando con coraje las puertas del futuro.
El Amor no pasará, pasando todo lo que no sea él.
En la tarde de esta vida nos juzgará el Amor.

Inmadura es la ciencia y gateando,
inmadura la ley, juguete el dogma.
El Amor ya tiene la edad sin edad de Dios.
Ahora es un espejo la luz que contemplamos,
un día será el Rostro, cara a cara.
Veremos y amaremos como Él nos ve, como nos ama.

Ahora están las tres:
la fe, que es noche oscura,
la pequeña esperanza, tan persistente;
y él, el Amor, que es el mayor.
Un día, para siempre,
lejos de toda noche y toda espera,
ya sólo será el Amor.

jueves, 26 de febrero de 2015

LA BÚSQUEDA DEL AUTENTICO BAUTISMO

La búsqueda del autentico bautismo
Según el título puede preguntarse usted, cuántos bautismos existen. En la teoría uno, y en la práctica también aunque con una salvedad. Lo que ocurre es que hay que saber diferenciar un poco lo que es el carácter ritual y simbólico del bautismo, lo que entraña en realidad. Bautismo deriva del verbo “baptein/baptizein”, que significa sumergir, lavar. Encontramos en el lavado de la ropa el ejemplo más exacto de lo que significa, pues la prenda sale sin impurezas del agua. 

La práctica bautismal se cree que tiene su origen en la clase alta de la cultura egipcia, donde se observaba la pulcritud y la pureza por medio de los lavatorios diarios y el rasurado total del bello. Históricamente desde la práctica creyente, los baños rituales son frecuentes entre los esenios según Flabio Josefo, así como en las comunidades de Damasco y Qumrán; aunque nunca pueden ser aguas estancadas “o muertas”, sino “aguas vivas” de algún arroyo o río que pueda llevarse lo impuro. Me refiero aquí a un bautismo cotidiano y ritualista destinado a manifestar la sinceridad de la conversión, o la adhesión a un concreto modo de vida, manifestando la aspiración a la gracia purificadora –más o menos como la renovación de unos votos religiosos-. Uno mismo se sumerge en al agua, mientras que los penitentes que se presentan a Juan recibirán el bautismo de sus manos y una vez para siempre. Y en esto último vemos la dualidad de lo que significaba el bautismo y lo que nos mueve al bautismo tras conocer a Jesús de Nazaret. Está claro que la persona que se bautiza no puede ser la misma tras el bautismo, aunque no apreciamos cambios significativos pues los bautizados son generalmente recién nacidos. El bautismo que tradicionalmente tenemos inculcado no es un mero trámite –aunque tristemente lo sea para muchos-, esta asistido por el Espíritu Santo, aunque esta asistencia sea mucho más efectiva si el bautizado tiene la luz de la razón que ilumina la conciencia. ¿Cómo entender un bautismo sin conciencia? En muchos casos, la conciencia de los llamados no es idéntica a la conducta, y esto tergiversa todo el sentido de la realidad sacramental. Se nos debe notar que somos bautizados. Por ello es tan importante el vivir y disponerse a la experiencia de Dios. Experiencia de Dios, es lo fundamental de un bautismo que se considere efectivo y adulto. Experiencia de Dios que por ejemplo tuvo Naamán el sirio, el potentado que según la biblia tuvo lepra. El profeta Eliseo le invita a bañarse siete veces en el Jordán y el, tras alguna reticencia lo hace y queda limpio. ¿Realmente se curó de la lepra? Es muy posible que fuera otro mal el que aquejaba a Naamán, y mucho peor que la lepra; la oscuridad del entendimiento, la sinrazón y cerrazón de su corazón. Al conocer a Eliseo, este le abre el entendimiento le habla al corazón le restituye como persona y como sujeto que puede volver a mirar cara a cara a Dios sin avergonzarse. Ahí está la penitencia: báñate siete veces. O sea, siempre –significa siete- as de vivir con amor y compasión, pues con amor y compasión te creó Dios. 

Naamán por lo tanto vive en sus carnes una experiencia religiosa. No nos importa si verdaderamente hubo o no agua, todo es ritual, lo verdaderamente importante es la actitud ante la realidad que se nos presente y en esa realidad está el Señor. La Biblia está plagada de ejemplos semejantes en los cuales se nos hablan de aguas que lavan – “os lavaré con agua pura, os limpiaré de todas vuestras impurezas, os purificaré […] y pondré en vosotros un corazón nuevo y un espíritu nuevo”, (Exequiel 36,25-25a), cuando lo que se nos quiere decir es que lavemos nosotros mismos nuestras conductas, reconduzcamos nuestra realidad o la senda de nuestro caminar, y se nos dice con insistencia: - “Una voz grita: Preparad al Señor un camino en el desierto, trazad para nuestro Dios una calzada recta en la región estéril”, (Isaías 40,3.3). Todos estos llamamientos nos hablan de actitud ante Dios y ante los hombres y mujeres de nuestro mundo. Sentir la experiencia de Dios es estar sometido a unas circunstancias extraordinarias –sean positivas o negativas-, en las cuales sentimos la dura prueba, experimentamos el gozo o la dicha, flaquea nuestra fe, apreciamos el tener o no tener salud, la marcha de los seres queridos, un alumbramiento, un estado de shock. Y en esta experiencia formidable, encontramos el rostro de Jesucristo y la razón de nuestra vida y nos sentimos en consonancia con el medio y participes de la humanidad e hijos de Dios. Por ello, “zambullirse en el agua y salir de nuevo simboliza hundirse en la muerte y renacer a la vida. Jesús abandonó su pueblo, su casa, su familia. Se quedó solo. Y emprendió una forma de vivir y hablar que le llevó al conflicto, al juicio, la condena y la muerte. Se “auto-estigmatizó”. Y así nos dijo cómo podemos renovar esta iglesia y este mundo” (José Mª Castillo-teólogo). Por ello, “es importante que cada persona asuma su realidad, su YO. Y de esta manera, el YO del sujeto de estas experiencias vitales participa de manera más o menos consciente de todos los actos de la conciencia” (Joseph Ternus-Doc.Filosofía). Una de las características de Jesús es que aun siendo una persona sin formación reconocida (Jn 7,15b), atesoraba una sabiduría que le llevó a ser un conocedor nato de la escrituras sagradas. El sabía del pasaje de Jeremías, “así te blanquees con salitre (natrón) y te des bien con lejía, se te nota la culpa en mi presencia“ (Jr 2,22), pero no es por eso por lo que decide bautizarse pues no podía ser consciente de que como hijo de Dios estaba exento de pecado. ¿Por qué se bautiza Jesús? ¿Acaso lo necesitaba? Tengamos en cuenta algo. Salvando el episodio de la perdida en el templo a la edad de doce años (Lc 2,41ss), desde el nacimiento de Jesús hasta el episodio del bautismo como primera aparición pública siendo adulto, pasan veintiocho años “pues fue esa con toda probabilidad la edad del bautismo” (J.Ant. Pagola). Nadie se equivoca al pensar que Jesús durante toda su vida pública solamente fue una persona normal que vivía entre los suyos y como judío de aquel tiempo. El no pudo prepararse para actuar, premeditando sus actuaciones para favorecer la puesta en escena de él mismo como hijo autentico de Dios. Cuando el acude al bautista, acude porque se siente llamado a realizar un signo que determine la culminación de un proceso interior y de maduración interna; por medio del cual se decide a apostar su vida por la causa del Reino de Dios, asumiéndolo como tal y llamándole “abba” = Padre. 

Los demás acuden a limpiarse de los pecados, sin embargo Jesús le da al bautismo su autentico toque, pues para él como para otros que lo han vivido; bautismo es cambiar el sentido de la vida y vivirla según Dios. Juan el Bautista era muy consciente de la simpleza de su rito bautismal, sabía que una vez anunciado el Mesías “era preciso que el menguara para que Jesús creciera” (Jn 3.30); por eso mismo le anuncia como Cordero, como pieza fundamental de la obra de Dios en el mundo. No perdamos de vista algo muy importante. Jesús apuesta por el Reino porque se deja iluminar por “Su” Espíritu. ÉL, el Espíritu es la fuerza que nos llama, nos interpela, nos anima en la lucha, nos predispone a la maduración y nos ilumina en la oscuridad. En esta cuaresma, busquémosle como le buscó Jesús. Retirémonos a sitios apartados, reflexionemos sobre nuestra vida a la luz de la Palabra inspirada. En ella y solo en ella, encontramos la clave para parecernos cada vez más a Jesús. Y siendo así, viviremos en nuestra vida una autentica plenitud sacramental pues le tendremos siempre. Hermanas y hermanos, feliz y fructífero camino por el desierto cuaresmal.

Florencio Salvador Díaz Fernández.

Titulado superior en Teología. (I.I.T.A.U.P.Comillas)

miércoles, 15 de enero de 2014

PERLAS DE PAGOLA PARA EL FINDE - CON EL FUEGO DEL ESPÍRITU

2 Tiempo ordinario (A) Juan 1, 29-34
CON EL FUEGO DEL ESPÍRITU
JOSÉ ANTONIO PAGOLA, SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 15/01/14.- Las primeras comunidades cristianas se preocuparon de diferenciar bien el bautismo de Juan que sumergía a las gentes en las aguas del Jordán y el bautismo de Jesús que comunicaba su Espíritu para limpiar, renovar y transformar el corazón de sus seguidores. Sin ese Espíritu de Jesús, la Iglesia se apaga y se extingue. 

Sólo el Espíritu de Jesús puede poner más verdad en el cristianismo actual. Solo su Espíritu nos puede conducir a recuperar nuestra verdadera identidad, abandonando caminos que nos desvían una y otra vez del Evangelio. Solo ese Espíritu nos puede dar luz y fuerza para emprender la renovación que necesita hoy la Iglesia.
El Papa Francisco sabe muy bien que el mayor obstáculo para poner en marcha una nueva etapa evangelizadora es la mediocridad espiritual. Lo dice de manera rotunda. Desea alentar con todas sus fuerzas una etapa “más ardiente, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin, y de vida contagiosa”. Pero todo será insuficiente, “si no arde en los corazones el fuego del Espíritu”.
Por eso busca para la Iglesia de hoy “evangelizadores con Espíritu” que se abran sin miedo a su acción y encuentren en ese Espíritu Santo de Jesús “la fuerza para anunciar la verdad del Evangelio con audacia, en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente”.
La renovación que el Papa quiere impulsar en el cristianismo actual no es posible “cuando la falta de una espiritualidad profunda se traduce en pesimismo, fatalismo y desconfianza”, o cuando nos lleva a pensar que “nada puede cambiar” y por tanto “es inútil esforzarse”, o cuando bajamos los brazos definitivamente, “dominados por un descontento crónico o por una acedia que seca el alma”.
Francisco nos advierte que “a veces perdemos el entusiasmo al olvidar que el Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas”. Sin embargo no es así. El Papa expresa con fuerza su convicción: “no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra... no es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo solo con la propia razón”.
Todo esto lo hemos de descubrir por experiencia personal en Jesús. De lo contrario, a quien no lo descubre, “pronto le falta fuerza y pasión; y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie”. ¿No estará aquí uno de los principales obstáculos para impulsar la renovación querida por el Papa Francisco? 

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

miércoles, 8 de enero de 2014

PERLAS DE PAGOLA PARA EL FINDE - UNA NUEVA ETAPA

Bautismo del Señor (A) Mateo 3, 13-17
UNA NUEVA ETAPA
JOSÉ ANTONIO PAGOLA - SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA). ECLESALIA,

Antes de narrar su actividad profética, los evangelistas nos hablan de una experiencia que va a transformar radicalmente la vida de Jesús. Después de ser bautizado por Juan, Jesús se siente el Hijo querido de Dios, habitado plenamente por su Espíritu. Alentado por ese Espíritu, Jesús se pone en marcha para anunciar a todos, con su vida y su mensaje, la Buena Noticia de un Dios amigo y salvador del ser humano. 

No es extraño que, al invitarnos a vivir en los próximos años “una nueva etapa evangelizadora”, el Papa nos recuerde que la Iglesia necesita más que nunca “evangelizadores con Espíritu”. Sabe muy bien que solo el Espíritu de Jesús nos puede infundir fuerza para poner en marcha la conversión radical que necesita la Iglesia. ¿Por qué caminos?
Esta renovación de la Iglesia solo puede nacer de la novedad del Evangelio. El Papa quiere que la gente de hoy escuche el mismo mensaje que Jesús proclamaba por los caminos de Galilea, no otro diferente. Hemos de “volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio”. Solo de esta manera, “podremos romper esquemas aburridos en los que pretendemos encerrar a Jesucristo”.
El Papa está pensando en una renovación radical, “que no puede dejar las cosas como están; ya no sirve una simple administración”. Por eso, nos pide “abandonar el cómodo criterio pastoral del siempre se ha hecho así” e insiste una y otra vez: “Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades”.
Francisco busca una Iglesia en la que solo nos preocupe comunicar la Buena Noticia de Jesús al mundo actual. “Más que el temor a no equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: Dadles vosotros de comer”.
El Papa quiere que construyamos “una Iglesia con las puertas abiertas”, pues la alegría del Evangelio es para todos y no se debe excluir a nadie. ¡Qué alegría poder escuchar de sus labios una visión de Iglesia que recupera el Espíritu más genuino de Jesús rompiendo actitudes muy arraigadas durante siglos! “A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadotes. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa del Padre donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas”. 
(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

sábado, 12 de enero de 2013

EL LODAZAL DEL JORDÁN - BAUTISMO DE JESÚS DE NAZARET


El lodazal del Jordán

“El acontecimiento del Bautismo de Jesús. Una humanidad fundada hace dos mil años”

Florencio Salvador Díaz Fernández
Estudiante de Teología Cristiana

Siempre me ha llamado la atención este episodio histórico en la vida de Jesús, que destacan los sinópticos con no pocas variaciones. Juan como gran catequista, nos ofrecerá luego una clase magistral de la hondura del episodio en forma de diálogo. Según este, las circunstancias que se dieron y que conocemos como el Bautismo de Jesús, sucedieron entre la zona de Gálgala y “Betbarah” (Bethabara, cita Jn 1,28). 

Esta última pequeña localidad cuyo nombre significa “casa del vado”, y que cita Jueces 7,24 es relativa al juez Gedeón en la rivera del Jordán. Los sinópticos nos hablan de un acontecimiento que desencadena la ablución de Jesús. En la misma zona cercana a Jericó (En-Netele) en la Gálgala bíblica, muy frecuentada por Juan bautista. Como esenio que es, Juan frecuenta este recodo de la rivera del Jordán muy cercano a la desembocadura del mar Muerto, un lugar relacionado íntimamente con los profetas Elías y Eliseo; ya que desde allí subió Elías al cielo (2R2,11ss) y Eliseo realizó numerosos milagros (2R4-5). 

Y fue en esta precisa zona donde se realizó el acontecimiento que nos ocupa, ya que el bautista desarrolló en el parte de su actividad profética. Como hemos dicho y entendemos, Jesús realiza en el Jordán una ablución. Se sumerge en el río. Los baños rituales están presentes en la mayoría de las religiones y con idéntico significado; dejar atrás la impureza que lavan las aguas. Todos sabemos lo que los esenios cuidaban la purificación del cuerpo y sus aptitudes. 

Pero, ¿pretendía Jesús plegarse sin más a ese lavado sagrado e inaugurar el Bautismo ritual que conocemos? ¿Puede el bautismo como tal lavar los pecados? Vamos por la primera cuestión. 

Si a la percepción de la Presencia de Dios denominamos sacramento, podemos tener claro que un sacramento como expresión ritual, puede estar completamente exento de la presencia del trascendente. Y que precisamente Jesús de Nazaret fue en nuestra era, la primera persona en afirmar que ningún ritual o código establecido (Mc 7,1-7), puede estar por encima de la experiencia real de cada persona, que se predispone en variadas circunstancias a la experiencia de Dios. Entiendo que son estas cuestiones de la experiencia como el bautismo, puntos de partida desde los cuales emprender un camino nuevo o renovado como el de Zaqueo (Lc 19,1-10). 


Intentaré explicarme de otra forma. Somos muchos los que pensamos que el episodio de los discípulos de Emaus, la Transfiguración, la Ascensión del Señor, las apariciones primigenias…etc; responden todos a un mismo acontecimiento, la Resurrección de Jesús experimentado en distintas personas y de diferentes maneras. 

Por ello me atrevo a decir, que aunque Jesús se plegara a este ritual esenio o ablución sagrada como bautismo (Lc3,21-22); fue su contacto primigenio con la comunidad de los que de predisponían a creer, lo que de alguna manera desencadenó la presencia del Espíritu entre los presentes y el comienzo de la actividad pública de Jesús junto a estas personas. 

El diálogo con Juan es relevante para Jesús, pues este le confirma como enviado de Dios (Jn1,29); y como aquel que bautizaría con Espíritu Santo y Fuego. Fuego como elemento primordial para la vida y fuego como elemento que llama a la movilidad y al posicionamiento ante tal o cual actitud. Atendamos a aquellas palabras de Jesús, “he venido a traer fuego a la tierra y ojalá estuviera ya ardiendo” (Lc12,49-50). 

Por lo tanto, considero que lo más llamativo en este acontecimiento es la bajada de Jesús a la rivera del Jordán y el adentrarse en el lodazal de las aguas. Esta es, la significación teológica y la representación nata de la humanidad más pura a la que Jesús es llamado. Ante Jesús, había que dar un sí o un no. Acogerle o dejarle. 

Escuchar sus palabras y atender a su abrazo, o negarse a uno mismo y su cruda o fantástica realidad. La presencia de Jesús como tal, es ya de por sí un comienzo a emprender la ilusionante tarea del seguimiento del Nazareno aspirando a las actitudes del Reino. No quiero extenderme pues creo que esta cuestión está reflejada. 

La segunda pregunta era, ¿puede el bautismo como tal lavar los pecados?
Unas de las características de Jesús es que aun siendo una persona sin formación reconocida (Jn 7,15b), atesoraba una sabiduría que le llevó a ser un conocedor nato de la escrituras sagradas. El sabia del pasaje de Jeremías, “así te blanquees con salitre (natrón) y te des bien con lejía, se te nota la culpa en mi presencia –oráculo del Señor-“ (Jr 2,22). 

Por ello, ¿cómo entender un bautismo sin conciencia? En muchos casos, la conciencia de los llamados no es idéntica a la conducta, y esto tergiversa todo el sentido de la realidad sacramental. Se nos debe notar que somos bautizados. 

Por ello, es preciso antes que nada que la persona asuma a donde se quiere ir desde el plano vocacional. “Es importante que cada persona asuma su realidad, su YO. Y de esta manera, el YO del sujeto de estas experiencias vitales participa de manera más o menos consciente de todos los actos de la conciencia” (Joseph Ternus-Doc.Filosofía). 

Atendiendo a este planteamiento, se hace imprescindible despertar en los catecúmenos esa chispa de fuego celeste que es la conciencia –voz de Dios-, desde la realidad bautismal y humana. Aunque no es el problema de fondo, quizás debiéramos de revisar la edad apta para el bautismo en nuestra Iglesia. 

No es cuestión de formas rituales, sino de madurez personal, de coherencia e integridad. De valores. Unos valores cristiano-humanos que deben ser despertados por la voluntad de la persona y su sentido de compromiso con el mundo; y no trasponer este sentido hacia los padres planteándoselo como una obligatoriedad en el caso de la inconsciencia del recién nacido. 

Aclaro que la pastoral bautismal la considero equivocada, pues se dan cursillos a los padres cuando debieran darse a los catecúmenos en edad consciente. 

Nuestra Iglesia considera que los VALORES están en desuso en la sociedad. ¿Se fomenta en la Iglesia el desarrollo de estos, por medio de prácticas testimoniales que se fundamenten explícitamente en los evangelios y no en la dureza ocasional del magisterio eclesiástico? 

Por esta causa hemos perdido muchos hijos e hijas de buena voluntad, a los que se les ha negado un abrazo comunitario por circunstancias personales de sus vidas, y son hijos e hijas de Dios que ha perdido la Iglesia. Esto es trágico y es real, y además no es cristiano. 
Al uso de este planteamiento me pregunto, ¿cuántos bautismos olvidados hay en el mundo? Se salvaran estos al no seguir una vida sacramental. Puede que se salven, pero no por estar bautizados al mes de nacer, sino por ser personas que contribuyen al bien común, fomentan la fraternidad y la solidaridad efectiva. 
A día de hoy, considero que pueden ser estos más numerosos, que los católicos que nos denominamos practicantes. Acabo. Jesús se sumergió en el Jordán y al salir inauguro la humanidad cristiana de los que esperamos en la causa del amor. 

Entro como barro, masa moldeable en las manos del creador (Is 64,7), humano por excelencia y completamente sensible a las realidades de cada tiempo. Se prestó a ser uno más, para testimoniar con la verdad y con las obras de sus manos. 

Sus palabras, modificaron el latir de los corazones de aquellos presentes y por ello le siguieron. De aquellas aguas Jesús salió como nuevo engendro, “tú eres mi hijo yo te he engendrado hoy” (Sal 2,7). Como una nueva criatura que de forma ilusionante (con la asistencia del Espíritu Santo) fue prototipo para todos los hombres y mujeres que vendrían tras él y que llegamos hasta nuestros días. Este Jesús, aquel Jesús de hoy y de siempre, solo desea que nos enfanguemos. 

Que nos metamos en el barro, de donde procede la vida. 
Que bajemos hasta allí abajo, donde la humildad, la intransigencia o quizás la falta de higiene, hace preciso la presencia de una voz que revitalice la voz de Jesús al decir “bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8). 

Cuando testimoniemos y solo entonces –a ver si nos enteramos-, ofreceremos a quien esté a nuestro lado una razón contundente para ponerse en marcha, para vivir su bautismo de fe y decir “SI” estoy dispuesto. 
A ponernos en camino, para construir junto al Espíritu de Jesús, la Cristiana Humanidad de los que nos reunimos en su nombre. Buena receta para el año de la fe. 

Paz y bien desde Estepa, en el corazón de Andalucía. Laus Deo.

(el autor autoriza la difusión, nombrando la procedencia)