Ya venía el alba.
Miró a derecha e izquierda y agachándose orinó sobre la tierra procurando mojar las yemas de los dedos en los orines. Era el mejor remedio para curar las grietas de la piel que casi le sangraban. Después se acercó a la cuadra de los mulos y metiendo las manos en estiércol se embadurnó el pelo para que el olor se le pegara bien.
Juana era una hermosa mujer.
Mucho.
Y ella lo sabía.
El señorito también.
Como también
sabía que el bombo de la matancera del cortijo no se lo había hecho su marido
que llevaba con bronquitis desde que salió de la cárcel.
Pero ella no
estaba dispuesta a que la tocara otro hombre que no fuera su Eugenio.
¡El don
nadie! Le dijo al mulo con desprecio hacia el señorito.
-Se cree el
dueño del mundo, de la tierra y de nosotras. Pero no sabe ese que esta tierra
es de quien la labra y la “amocafra”. De las mujeres que la riegan con su
sangre y paren en pié hijos e hijas para que la siembren.
¡Que me toque un pelo, y se entera ese de quién es la Juana!
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