CARTUJO CON LICENCIA PROPIA
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domingo, 29 de mayo de 2022

ASCENSIÓN, ASCENDER, SECUESTRO, ABDUCCIÓN.

Lo cierto es que antes de la fiesta de Pentecostés la liturgia nos ofrece esta bella fiesta de la Ascensión de Jesús. Si es un mito o una realidad que los discípulos vivieron físicamente lo podemos ver ahora a continuación. Pero profundicemos un poco en anteriores ascensiones. A pesar de los numerosos personajes que pueblan la biblia de los setenta y de las grandes personalidades que relatan, profetas, reyes, sacerdotisas, jueces, apóstoles, vírgenes...etc; solo tres personas de toda nuestra Biblia ascendieron al cielo.


Estos fueron el patriarca Enok (Enoc), el profeta Elías y Jesús de Nazaret. Hay una salvedad muy significativa y es que excepto Jesús que murió y resucitó, Enok y Elías fueron abducidos o secuestrados en vida. Es por ello que les buscaron en la tierra y sin haberlos encontrado, a Elías -por ejemplo- siempre se le esperó. 

Se le esperó e incluso se consideró que su espíritu era el de Juan el Bautista confundiéndole con él en una especie de reencarnación. Igualmente se llega a decir lo mismo de Jesús en comparación con Elías. Enok simplemente es arrastrado hacia el cielo. El relato de Elías es magnífico, ya que sube en el conocido carro de fuego dejando a su criado Eliseo como profeta heredero de su misión. 

Por el contrario la ascensión de Jesús solo la cuentan tres relatos, dos del mismo autor -Lucas- en el evangelio y en los Hechos de los Apóstoles y el tercero perteneciente a Marcos, el cual se sabe que fue incluido muy posteriormente como influencia de los relatos lucanos. Es muy significativo que el relato de la ascensión de Jesús no figure en ningún otro evangelio, aunque sí se haga alusión al hecho en las cartas de San Pablo y en alguna otra aunque sea sólo por alusión o suposición. 


Cierto es que Lucas elimina un último versículo al final de su evangelio, para no colocar la ascensión en el mismo momento o ligeramente posterior a la resurrección de Jesús. Es por ello que en Hechos vuelve a repetir el relato -ahora sí- para dejar claro que sucedió cuarenta días después. Cuarenta "quadraquinta" sabemos que en la biblia no tiene valor cuantitativo sino cualitativo. No es que fueran específicamente cuarenta días, sino que fue tras un largo periodo de tiempo el que los discípulos de Jesús y sus seguidores primigenios tuvieron que pasar para experimentar nuevamente a Jesús con una significación particular. Los "Hechos" lo presentan como un acto vivido y en el cual físicamente han visto a Jesús elevarse y ser tapado por una nube que -interpretan- lo sube al cielo. 

Hay que tener en cuenta que Jesús NO revivió -volver a la vida biológica y física-, sino que RESUCITÓ -vivir espiritualmente-. Por ello, considero que en realidad lo que vivieron los discípulos en el momento llamado de la ascensión, fue una nueva experiencia del resucitado como la transfiguración; en la cual se exalta el poder de Jesús que -como Dios- es llevado al cielo como anteriormente fueron llevados  Enok y Elías; por ser estos merecedores de la morada eterna al ser considerados semejantes a Dios por su ejemplaridad y santidad. 

En la ascensión de Jesús los discípulos conmemoran el gran tiempo de la espera como expresa magistralmente José Enrique Galarreta: "¡VOLVERÁ!" A nosotros vino y de aquí se marcha, pero volverá y nos enviará su espíritu. Y cuando lo tengamos, solo nos queda escuchar su Palabra. Creer en el Padre suyo y Padre nuestro, y perseverar en nuestras actitudes cristianas para ser merecedores de aquel principio por el que Lucas escribe su Evangelio y Hechos, LA MISIÓN. Id por el mundo y anunciad a Jesucristo. 


Jesús no volverá a nosotros en cuerpo, pero habita en nosotros por medio de su Espíritu que es el mismo Espíritu de Dios. Una fuerza defensora que iluminada con la luz de la conciencia a través del conocimiento de la Palabra de Dios, tiene que hacernos en el mundo instrumentos del Reino de Dios."Mirando al presente, porque la aceptación de Jesús es la aceptación de la misión. Todos los textos terminan, de una u otra forma, en la Misión. Para eso se nos manifiesta Jesús. El sentido de la vida de los cristianos es diferente: constituidos en el nuevo pueblo de Dios, han sido elegidos para la misión, para dar a conocer a todos lo que han recibido. Se puede no aceptar la misión. Se puede no ser cristiano. El que acepta, es para convertirse en mensajero de Jesús." (J.E.Galarreta)

Concluyo. No creo que Jesús subiera al cielo al más puro estilo de superman, no. Eso sería lo más fácil pues para Dios no hay nada imposible. Los discípulos lo expresaron a través del relato de la ascensión, contemplando esta como eclosión máxima de todo lo vivido junto a Jesús tras su resurrección y las muchas veces que le sintieron junto a ellos. De esta manera, lo complejo es glorificarlo con nuestra vida. Considerarlo excelso por su mensaje y obras y estar dispuestos a seguir sus huellas. Eso es lo complicado del asunto. Tras la misa del domingo el día que llamamos del señor, vienen seis días más en los cuales también somos del Señor. 

¿Qué hacemos en ese diario? ¿Pasamos de largo por el misterio continuo de un Dios que nos muestra en cada instante su rostro a través de Jesús resucitado? Ojalá aprendamos que más allá del culto externo, la magnificencia...etc, hay un capítulo muy importante en la vida del cristiano que es la interiorización. La profundización de la Palabra. Estamos viviendo una situación de furor hacia la celebración externa tras el rigor y el terror de la pandemia. 

Pero debiéramos de haber aprendido del silencio, de la búsqueda de Dios en lo cotidiano y en el susurro de su palabra diaria. Debemos ser merecedores del Espíritu de Jesús. Algo que no se nos dará por añadidura, sino por un motivo específico. Continuar con la MISIÓN profética de Jesús de ser en el mundo ejemplo e instrumento de PAZ Y BIEN.

Que tengáis un buen finde de la Ascensión.

Fraternalmente, Floren.

 

¡SALID, AMIGOS Y AMIGAS! (Florentino Ulibarri)

¡Salid, amigos y amigas!

Marchad sin miedo.

Vosotros sois mis testigos en medio del mundo.

¡Salid, amigos y amigas!

Marchad sin miedo.

Os esperan fuera vecinos y conciudadanos.

Sed expresión certera

de la ternura del Dios de la vida.

 

Ternura en vuestro rostro,

ternura en vuestros ojos,

ternura en vuestra sonrisa,

ternura en vuestras palabras,

ternura en vuestras obras,

ternura en vuestra lucha.

¡Salid, amigos y amigas!

Marchad sin miedo.

Vosotros sois mis manos

para construir un mundo nuevo

de fraternidad, libertad y justicia.

Vosotros sois mis labios

para anunciar a pobres y marginados

la buena noticia de la libertad y la abundancia.

Vosotros sois mis pies

para acudir al lado de los hombres y mujeres

que necesitan palabras y gestos de ánimo.

Vosotros sois mi pasión

para hacerme creíble en vuestras casas y ciudades

y lograr que todas las personas vivan como hermanos.

Vosotros sois mi avanzadilla

para lograr la primavera del Reino

y ofrecer las primicias a los que más lo necesitan.

¡Salid, amigos y amigas!

Derramad por doquier

ternura y vida.

¡Salid, amigos y amigas!

Marchad sin miedo.

Mirad toda esa multitud que os espera.

Marchad con alegría.

¡Yo voy con vosotros!

sábado, 8 de diciembre de 2018

MARÍA, SÍNTESIS O ANTÍTESIS DEL CRISTIANISMO DE HOY


“Cual limpia azucena de puro candor, así apareciste ¡oh madre de Dios! Tan pura y tal bella, tan linda y hermosa, que envidia te tienen los rayos del sol,” (Calendario 2019 Divina Pastora de Cantillana). 
Si algún esfuerzo notable hemos hecho los cristianos a lo largo de los siglos es el de ensalzar las maravillas de María la madre de Dios. Virgen, pura, concebida sin mancha, discípula, madre…etc. Y desde luego todo es poco para ella. Pero esta fiesta de la Inmaculada en la cual tanto se ensalza a María, me trae al pensamiento la posibilidad de considerarla en sí misma la síntesis o la antítesis de la persona cristiana de hoy. Siento generalizar. 
María es la síntesis de muchas cosas. Madre, discípula, seguidora, obediente, virgen…etc y culmen de todas las virtudes reconocidas y por reconocer. Pero también es la antítesis del cristianismo instalado en la necesidad de hacer un Dios a la medida de cada uno donde quedan justificadas las miserias personales, y en cuya medida junto a Dios nos hacemos a María. 
Me explico brevemente. ¿Cuántas personas idealizan a María reinando en el cielo y la tienen como recurso y mediadora ante todo lo que nos haga falta? Supongo que todos, y es algo que todos hacemos cuando rezamos y está bien pues se puede honrar así a la Virgen. Ahora vamos a otro aspecto. ¿Quién se puede imaginar a María de Nazaret huyendo con lo puesto junto a su marido y su querido hijo para salvar la vida de este? 
Cito al querido amigo y teólogo José María Castillo que a su vez cita a otros autores cuando afirma de la Virgen María que: "María tenía un sentimiento profundo: ser una persona humilde, que pertenecía a lo más bajo de la escala social de Israel (la tapeinosis) Lc 1,48 (W.Grundmann) y desde tal condición, pronuncia su magnificat, el himno que "evoca los peligros del poder y de la propiedad". Y que anuncia la transformación que hará el señor: hundir a los poderosos y exaltar a los nadies  (lc 1, 52-53) (F.Bovon)”. 
Señoras y señores que decimos seguir a Cristo. ¿De verdad seguimos sus pasos y los de su madre respecto de lo que fueron en realidad? Si a nuestra casa llegara María con su familia pidiendo asilo, ¿Qué le daríamos? ¿Qué seriamos capaces de ofrecerle, la luna y las estrellas? Entonces y llegados a este punto me atrevo a plantear lo siguiente con todo respeto y contundencia. ¡Qué puñeta estamos haciendo los cristianos mirando hacia otro lado, viendo amenazas sin fundamento, cerrando fronteras y dando apoyo a ideologías ultra conservadoras que prometen recortes de libertades, la denigración de la mujer, cierre de fronteras…etc? 
No seamos hipócritas y no nos atrevamos a llevar la política lejos de nuestras vidas, porque cuando una madre a su hijo le niega el tercer caramelo –por su salud dental- está haciendo política y de la buena, aunque a veces no sea tan buena. 
Pues precisamente por esto deberíamos todos de hacer un ejercicio responsable de donde tenemos la cabeza y el corazón. A Dios por suerte no lo podemos engañar. Y si somos hipócritas alabando a la Virgen y echando la cara al lado cuando llegan los inmigrantes o se nos exige que como cristianos seamos fraternos, pues estamos tirando nuestro bautismo por el suelo. Por eso estoy convencido de que el bautismo puede llegar a ser un mero trámite cultural, ya ni cultual. Y fraternos no podemos ser solo con los primeros cientos que lleguen. 
“Estuve preso y me visitasteis, enfermo y vinisteis a verme” nos dijo el Señor. Acabo. ¡Viva la Inmaculada, si toda ella guapa y vestida de azul! Pero llegó a estar como los que vienen en las barquitas y a los que mucha gente quiere tirar por la borda con nuestro silencio cómplice. Por esta razón, ¿TÚ ERES LA SÍNTESIS O LA ANTÍTESIS del/a cristiano/a de hoy? Pues eso. Acabo con un mensaje que había en casa y que nunca olvidaré: “DESENTENDERSE HOY ES SER COMPLICE DE LA MUERTE DE CRISTO”. Feliz puente y feliz adviento. Fraternalmente, Floren.
(Ilustraciones del dibujante cristiano CORTÉS)

lunes, 26 de febrero de 2018

LA IGLESIA Y EL MALESTAR EN ESPAÑA - José María Castillo, Doctor en Teología


José M. Castillo

Es un secreto a voces que, en España ahora mismo, es demasiada la cantidad de gente que, por un motivo o por otro, se siente descontenta, inquieta, insegura, en una situación de profundo malestar. Como es lógico, la política y la economía tienen mucho que ver con este sentirse mal de tanta gente. Si vivimos en un país en el que los políticos han organizado (o permitido que se organice) la economía de forma que la desigualdad entre los más ricos (unos pocos) y los más pobres (una notable mayoría) es la que más ha aumentado en Europa en pocos años, ¿Cómo no vamos a hablar de un profundo malestar y de una situación que claman al cielo? Por eso también hay que preguntarse, ¿tiene que ver algo en esto la religión? Más en concreto, ¿tiene alguna responsabilidad la Iglesia en que las cosas estén tal como están?
Aquí no vale echar mano del consabido argumento según el cual lo que tiene que hacer la Iglesia es quedarse en sus templos y dedicarse a sus rezos, dejando a políticos y economistas, para que sea ellos - los que saben de las cosas de este mundo y tienen los poderes correspondientes - quienes organicen y gestionen la vida de un país para que funcione lo mejor posible.  
Por supuesto, así tendría que ser, si políticos y economistas fueran ángeles del cielo. Pero de sobra sabemos que no lo son. Como sabemos también que, en demasiados casos, políticos y gobernantes son gente corrupta, que utilizan sus cargos y su poder en provecho propio y a costa de los más débiles. Además, esto se hace de manera que a la gente se le dice lo que va bien y se le oculta lo que va mal. Por eso, sin duda, los gobernantes no paran de repetir que la economía de España es la que más sube en Europa, cuando en realidad España está casi a la cola en la asombrosa desigualdad entre los más ricos y los más pobres. ¿Quién entiende este “galimatías” de mentiras, medias verdades y trampas que se ocultan según conviene al capital y al poder? No le falta razón al novelista Upton Sinclair cuando nos recuerda que “es difícil hacer que un hombre entienda algo cuando su salario depende de que no lo entienda”. Es exactamente lo que ahora mismo le está pasando a mucha gente cuando, por una parte, oye lo que dicen los que mandan y, por otra parte, percibe (cuando lo percibe) un jornal que ni es seguro, ni le da para llegar hasta final de mes.
Y mientras tanto (o que yo sepa), hasta ahora, nuestros obispos cavilando si se puede o no se puede comulgar en la mano, si hay que negarles los sacramentos a los divorciados vueltos a casar, si los homosexuales están o no están empecatados, si la Iglesia tiene que ir por donde pretende llevarla el Papa o si no sería mejor que las cosas funcionen como pretendía Rocuo. Pero, ¿y si el Parlamento se pone a repensar que a la Iglesia hay que quitarle los privilegios económicos que tiene? ¿y si el Gobierno les quita a los curas la “paguita”, por aquello del Concordato y los Acuerdos con la Santa Sede? Sinceramente, a veces, me da por sospechar que nuestra Conferencia Episcopal piensa que “lo más prudente”, en todo lo que roza este asunto del dinero, lo mejor es dejarlo como está. Y que cada cual se apañe como pueda.
Sinceramente, con frecuencia me da por pensar que estamos viendo y viviendo la capitulación de la religión ante la lógica del poder. Es decir, estamos reduciendo la “causa de Jesús” a “mera religión”. Y la religión – ya se sabe – no tiene más salida que entenderse lo mejor posible con el poder, incluso apoyarlo en todo cuanto a la religión le conviene. Lo demás, que salga adelante como pueda. Y sale. Pero casi siempre a base de dejar a los más desamparados tirando de su desamparo. Y que salgan adelante como puedan. Siempre habrá centros de caridad y ayudas de limosna, para que la gente vea que la Iglesia “hace lo que puede”. Y es verdad. La Iglesia, como “religión” hace lo que puede. Pero, ¿y la “causa de Jesús”? ¿dónde la ponemos? ¿cómo la vivimos? El “mandamiento nuevo” del amor (Jn 13, 34-35) y la sentencia del juicio de las naciones: “tuve hambre y me disteis de comer” … (Mt 25, 31-46), eso es un buen material para días de retiro. No pida Vd. más, que no es posible. Así estamos.    

jueves, 28 de diciembre de 2017

LOS SANTOS INOCENTES. UN SACRIFICIO INCOMPRENDIDO

Los Santos Inocentes. Un sacrificio incomprendido
Y lo es, desde luego que lo es. Ni por ser la conmemoración de este masivo infanticidio, está justificado el que se le llame al día, el de los tontos, o que se den inocentadas. Tontos, como decía “Forrest Gump”, son los que hacen tonterías. Admitiremos por ello que la reciente tradición haya establecido estas absurdas connotaciones para este día; pero lo que no debemos olvidar, es el origen y significado de esta fiesta litúrgica. Junto a la Pascua de Resurrección, la fiesta de la Natividad de Jesús, o sea la Navidad, son las únicas fiestas que tienen una octava celebrativa, litúrgicamente hablando. Y en esta octava de navidad en la que estamos, hay colocadas estratégicamente varias fiestas, una de las cuales es esta de hoy, LOS SANTOS INOCENTES.


No es algo que esté puesto al azar y desde luego para nada es algo sobre lo que se deba de frivolizar, por muchos siglos que se hayan sucedido desde entonces. Lo cierto y verdadero es que hay una estrecha similitud, respecto de la venida de Jesús al mundo y el sacrificio de estos inocentes, que según el capítulo segundo del evangelio de Mateo (2,13-18), perdieron la vida de manera inocente a manos de Herodes.
En primer lugar porque Jesús, si bien fue librado en su nacimiento de las garras de Herodes que quería matarlo, perdió al final la vida de manera injusta, por una causa concreta, la del Reino de Dios. Esta fiesta de los santos inocentes no tiene verosimilitud en el tiempo en el que se cuenta en los sinópticos. Las fechas bailan demasiado, pero señalo que no es eso lo que nos importa. Son muchas las cosas que nos cuenta la Biblia sin orden cronológico acertado, y no por ello dejan de tener un mensaje y una enseñanza. Y desde luego este infanticidio lo tiene.
Partimos de la premisa de que Jesús niño, es el salvador que viene. Dios maravillosamente se nos revela en la carne humana, para hacernos ver que en la humanidad tiene su complacencia. Tras un largo periodo de tiempo en el que Israel se ha apartado y acercado continuamente de la presencia de Dios, establecido el tiempo oportuno Jesús llega, para dar un importante toque de atención a la humanidad; para dar el testimonio por antonomasia de entregarse por amor, por amor al prójimo, que somos tu y yo.
Mateo hace cuatro referencias a Egipto en su capítulo dos (versículos 13.14.15 y 19). Y lo hace por el interés que tiene para el hagiógrafo sagrado, la comparativa entre Moisés y Jesús. Moisés es enviado por Dios para salvar a su pueblo (Éxodo 3,14-15), y aunque se resiste a entender el mensaje del trascendente, acaba acatándolo y poniéndose en camino hacia la tierra desde la que otrora huyera (Éxodo 4,19-23). En el periplo de Moisés e Israel hay penitencia, reconciliación, fe e infidelidad, aguas que salvan, fuego que purifica…etc. Todo ello, elementos que vemos con facilidad en la vida de Jesús, y de los cuales Jesús se sirve e incluso participa.
Dios anima a Jacob a que se traslade a Egipto (Génesis 46,1-7), para que desde allí comience su andadura y progresión ante los ojos de Dios, perseverando día a día. Pero es el sacrificio de los inocentes en Egipto del cual se salva Moisés (Éxodo 1,1s), el punto comparativo más acertado con la fiesta que hoy celebramos. Ambos personajes Moisés y Jesús, fueron en su momento los “salvadores” del pueblo, pues sus vidas y obras le valdrían como faro que alumbra el sendero de los creyentes, en cada época de su vida. Y si bien es verdad que Jesús es considerado el hijo unigénito de Dios, Moisés no lo fue menos pues su hazaña le constituyo como uno de los padres del pueblo de Israel, en el cual nos representamos todo el pueblo de Dios.
No deseo alargarme más. Dije antes que poco importa si el infanticidio fue real o no en el tiempo. Lo que importa es que la causa del Reino de Dios, llega al mundo y a nuestras conciencias para remover los corazones y ojalá impregnarlos de misericordia. Jesús fue un indeseado para los poderes acomodados de entonces, y por causa de aquel orden establecido, donde los pobres eran una amenaza y eran considerados menos que nada se tuvo que marchar al exilio.
Muchos murieron entonces y han muerto a lo largo de la historia como aquellos inocentes, solo por defender un ideal e ideario que no permitía la injusticia ni el desorden humano, sino que establecía las bases de una vida reglada por el amor, la bondad y la justicia social. Lo que menos nos importa del evangelio donde se nos cuenta la matanza de los niños es lo que ofrecieron los reyes a Jesús, algo que en absoluto es real. Lo que nos importa es que como aquellos niños, muchas personas siguen muriendo queriendo simplemente un mundo mejor, sin vivir en la miseria y la violencia continuada.


Jesús nace y muere continuamente en la tierra. Nace cada vez que nace una vida o nacen posibilidades de amar y vivir esperanzados. Nace con la sonrisa humana y la ternura, se tenga la edad que tenga, porque nace en nuestros corazones. Y muere, desde luego que sí. Muere cada vez que un homosexual es ahorcado de una grúa o lanzado al vacío desde una azotea en esos países de oscuridad. Muere cada vez que una mujer es golpeada o asesinada. Muere con la infancia rota, con la esclavitud continuada. Muere cada vez que una persona del tercer o primer mundo, siente en sus tripas el lamento del hambre…etc.
Esos son los inocentes asesinados y maltratados de hoy. Por eso esta fiesta de LOS SANTOS INOCENTES es tan actual, tan de hoy y tan de ahora mismo. Ojalá asumamos y no se nos olvide que Dios, ante todo es misericordia. Y si como cristianos nos limitamos simplemente a vivir la fiesta sin mirarnos el corazón e interiorizar el significado de la navidad, entonces si daremos utilidad al hecho de que algunos consideren hoy, el día de los tontos. Con todo respeto.


Fraternalmente, Floren.  

miércoles, 13 de septiembre de 2017

LA COBARDÍA PRODUCE DESVERGÜENZA

La cobardía produce desvergüenza
Hasta hoy no he podido darme una vuelta por el blog[1] de mí querido y apreciado amigo y doctor en teología José María Castillo, para dar lectura a sus artículos con los que no dejo de aprender; pero sobre todo interesado por el vapuleo que le han dado al pobre hombre a la sazón de los últimos escritos sobre la cuestión del infierno y el pecado.

Como muy bien dice él, hay personas que necesitan de un foro y la complicidad del anonimato para desahogarse, sacar sus miserias y así demostrar en muchos casos la ignorancia sobre muchos temas o cosas. Siempre me ha costado entender que en el mundo haya personas que disfrutan fastidiándoles la vida a otras personas. Personas que manipulan, socaban, crispan y encima pueden tener la desfachatez de considerarse iluminados, personas de Dios o dignos de consideración; aun cuando sus actos hablan por sí solos.
En el caso presente de los duros escritos que le han dedicado al teólogo castillo, llegando casi al insulto; considero que en cada uno de los despropósitos que a este hombre le dedican hay mucho de cobardía y de temor. Temor, sí, temor. Vistos los comentarios me pregunto cómo tiene la gente valor para echarle la culpa del fanatismo solo a los musulmanes. Hace unos días comentaba un escrito en facebook que me dedicaba el amigo Antonio Alcaide, un hombre que profundiza en la fe y la concepción de Dios de una manera formidable. El planteamiento que hacía Antonio sobre el libro que estaba comentando “Vivir en espíritu y en verdad” (Consuelo Martí), se fundamentaba en la simbiosis que representa Dios y el sujeto humano en el mundo, como causa y efecto de la misma realidad de Dios y lo humano; considerando la conciencia como elemento más que fundamental para ordenar la vida y el pensamiento, así como establecer las bases de la fe.
¿A dónde quiero ir? Sencillo. Este tipo de pensamientos como los que presenta J.Mª Castillo, son detestables para muchos creyentes –o que dicen ser creyentes- porque les hace plantearse cuestiones que hacen tambalear el chiringuito de la fe, que en muchos casos se han montado. Chiringuito llamo a la hipocresía de denominarse creyente y ser un calavera con los semejantes sin considerar la máxima evangélica e inmutable de que “lo que hicisteis a uno de estos a mí me lo hicisteis” (Mt 25,35). O vivir la intransigencia ignorando que comunidad cristiana es fraternidad, respeto y acogida, incluso con aquellos que tienen una deriva de pensamiento distinta a la nuestra.

Por eso decía yo a Alcaide en Facebook, que son muchas las personas creyentes que quieren a Jesús, Dios o la Virgen María: en la procesión, en el altar, en el sagrario, en la estampa. Lejanos, hieráticos, inmutables y dispuestos a escucharnos bajo mercadeo sin decir ni mu. Eso sí, sin que nos interpelen, ni pregunten, ni motiven nuestra conciencia, ni sus vidas nos causen interrogantes de ningún tipo, so peligro de que se tambalee esta religión tan romántica y a la carta que entre todos nos afanamos en alimentar y que –considero- tiene los días contados.
Yo me considero una persona muy evolucionada respecto del pensamiento cristiano y la concepción de la fe. Son muchas las cosas que ni escribo ni digo, quizás para no herir sensibilidades de algunas personas, pues soy consciente de que el blog “Cartujo con licencia propia” tiene un eco profundo en un sector concreto de la sociedad. Pero es un alivio más que considerable, el saber que hay persona que siendo jóvenes o viviendo la madurez de su vida no dejan de realizar planteamientos que nos movilizan y nos animan a establecer un criterio personal o conceptual sobre algo, aun a riesgo de replantearnos cosas. Dios no está exento de este constante replanteamiento, pues Él forma parte de la misma evolución humana y mundial. Como he dicho y como creo: Él es Espíritu, Esencia y Materia. Y por eso ES LO QUE ES (Ex 3,14).
Ojalá se abran sendas pacificas de pensamiento y de comunión. Ahí está el papa Francisco dando constantes muestra de apertura fraterna, sin preguntar a nadie el cómo ni el cuándo. Ojalá prevalezca siempre el respeto en las opiniones diversas. Ojalá tod@s entendamos que seguir a Jesús es ser “Camino verdad y vida” (Jn 14,6); y que no hay otra posibilidad que no pase por testimoniar y ser Luz.
¡Ánimo apreciado José María! Continúe su andadura cuyo pensamiento nos aporta luz y alegría.
Fraternalmente, Floren de Estepa



[1] http://blogs.periodistadigital.com/teologia-sin-censura.php

viernes, 4 de agosto de 2017

TRANSFIGURATE Y TRANSFIGURAME. Fiesta de la Transfiguración del Señor

La Transfiguración del Señor. Domingo 6 Agosto
La fiesta de la transfiguración de Señor es una más de las experiencias del resucitado que tuvieron los contemporáneos de Jesús. Las connotaciones de esta experiencia son formidables, en cuanto a que, desde el idílico lugar en el que sucede, contando con la asistencia de Moisés y Elias (profetas representantes del sacerdocio y la ley), la de los apóstoles y la voz del Padre que se manifiesta; hacen de este episodio de la vida de Jesús, quizás no un relato para creer a pies juntillas; pero si una hermosa alegoría sobre la que reflexionar y orar. Yo considero que el centro de este evangelio de Mateo (17,1-9) radica en la propia experiencia de Dios (Padre, Hijo y Espíritu). 

La primera lectura de Daniel nos muestra una de esas experiencias que solemos llamar Teofanías (manifestaciones de Dios), contada al más puro estilo épico del momento en el que se vivió. Dios es considerado algo tremendo, formidable, temible, grandilocuente…etc. 
Pero el evangelio nos muestra la otra cara de Dios, desde luego contextualizada por los hagiógrafos del momento. Mateo nos muestra un Jesús humano que se hace acompañar. 
Desea mostrar a sus amigos la capacidad para buscar y asumir la Presencia de Dios. Y esta experiencia a la que se presta Jesús, para deleite de sus discípulos y amigos, es adornada con la presencia de Moisés y Elias, que están colocados ahí precisamente para testimoniar la conexión entre la antigua y la nueva economía de la salvación. 
Antes, en época de Jesús y ahora, es posible la experiencia de Dios. Es posible y deseable. Dios se nos muestra en la magnificencia, en la quietud y en la crueldad de un mundo que reclama manos para trabajar y testimoniar. “Este es mi Hijo, escuchadle”, dice Dios desde la nube. ¡Si fuera tan fácil! Podemos decir. Pues no, fácil no es, pues al optar por algo hay que dejar cosas por el camino. Pero siempre se ganará en cuanto a la satisfacción del deber bien hecho y el testimonio realizado. 
Por ello, busquemos el rostro del resucitado. Escuchemos y descifremos en el mundo y entre nuestros hermanos la voz de Dios, de la cual nos dice Pedro (1,16-19): “hacéis muy bien en prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día, y el lucero nazca en vuestros corazones”. 
Nunca es tarde para optar por Jesús y su Palabra de Vida. Nunca es tarde para decidirse por el Reino de Dios (Salmo 96). Nunca es tarde para ayudar a transfigurar este mundo, en paz y fraternidad.

Fraternalmente, Floren.

Lecturas en: http://www.ciudadredonda.org/calendario-lecturas/evangelio-del-dia/?f=2017-08-06

viernes, 3 de marzo de 2017

EL RESPETO A LA PALABRA DE DIOS


(*) Una de las cosas que más me ha fascinado desde que estudio y escudriño las escrituras, es la gran significación que tiene para otras religiones las palabras sagradas o escritas, valga el magno ejemplo de los judíos. Es impecable el trato que dispensan a las escrituras Sagradas –Sagrada Torah-, a las cuales se les rinde culto, siendo uno de los elementos más significativos para ellos. Cada judío aproximadamente a la edad de doce años alcanza la condición de “Benei Mitzvá” (hijos de los mandamientos), por la cual pueden asistir a la proclamación de las escrituras en la sinagoga. 

Para aclamarla visten el “Talit gadol”, manto de oración del que con total seguridad se deriva la casulla sacerdotal utilizada por los cristianos. Colocan la Palabra en los dinteles de sus casas (Mezuzá), la estudian, besan con devoción y la procesionan. Si bien es cierto que estos no reconocen la llegada del hijo de Dios en carne mortal, a los ojos del mismo Dios al que llamamos Padre, no son menos dignos que los cristianos pues no en balde los llamo Juan Pablo II, “nuestros hermanos mayores en la fe”. 
Y es que cuando decimos Palabra de Dios o Sagradas Escrituras, debiéramos de asumir la enormidad de lo que nombramos y su significancia en la vida de un creyente. Cuando una persona da su palabra, se da a sí mismo. La palabra, en sí misma es un elemento sobre el que poder fiar una actitud o una circunstancia determinada, pues si está dada tu palabra, está presente la voluntad del sujeto aunque este se ausente. 
Dios, en su gran misericordia consideró legarnos su Palabra como un elemento en el que poder escudriñar los distintos episodios y épocas de la vida, en las cuales el hombre y la mujer de cada tiempo se han relacionado con Él. Eso es la Biblia. Es la misma historia de la salvación, por medio de la cual y a través del tiempo y de la historia Dios se ha revelado a la humanidad desde la creación del mundo. El primer testimonio escrito que dio lugar al primer libro de la Biblia no fue el Génesis. El Génesis es el libro primero según el ordenamiento del Canon católico, y fue escrito en el destierro de Babilonia. 
El primer libro escrito de la Biblia fue probablemente el libro de Job (1400 a.C. aprox). Pero si bien es cierto que la Biblia es en su conjunto la Palabra de Dios revelada a los hagiógrafos para nuestro conocimiento; en el episodio del Monte Horeb (Exodo 20,1-17) tenemos la primera iniciativa por parte de Dios para dejarnos su palabra escrita, los famosos diez mandamientos. Las segundas copias de las tablas de piedra junto a una dalmática de Josué, fueron guardadas –por voluntad de Dios- en un arca, a la cual se le rendía culto desde una tienda llamada “del encuentro” (Exodo 25,10ss). 
Por ello, no cabe la menor duda de que Dios siempre ha deseado que no solo observemos su Palabra, sino que la admiremos y le rindamos culto, como elemento fundamental de su presencia entre nosotros, junto a otros elementos sagrados y semejantes a este como es la sagrada Eucaristía. Dios desea que asumamos su Palabra como vida propia nuestra, «meteré mi ley en su pecho, la escribiré en su corazón» (1Reyes 31,33). 

Pero vueltos a la realidad actual, la Palabra de Dios es un elemento que no interesa a los creyentes –practicantes o no-; sino que más bien llega a ser un elemento decorativo que sirve para llenar un espacio de nuestras celebraciones rituales. Si en la actualidad nuestra iglesia tiene serios problemas para hacer atrayente el mensaje y obra de Jesús de Nazaret, no digamos ya la tarea titánica de saber crear entre los creyentes la iniciativa particular o comunitaria de escudriñar y discernir las escrituras para beneficio de la vida del creyente y de la comunidad. “Lámpara es tu Palabra para mis pasos, luz en mi sendero. Lo he jurado y he de cumplirlo” (Salmo 118,105-106), dice el autor de este Salmo, el cual elabora una gran plegaria de alabanza y súplica a Dios y a su ley. 
Quizás no debiéramos de perder de vista, el uso que muchos antes que nosotros han hecho de la Palabra de Dios. Ella es testimonio vivo de la presencia de Dios entre nosotros, como palabra inspirada y hecha vida desde el mismo Jesús de Nazaret, palabra hecha camino verdad y vida. Me fascina un relato del libro del Génesis que quiero compartir al uso del tema (28,10-13): “Jacob salió de Berbeba y fue a Jarán. Llegando a cierto lugar, se dispuso a hacer noche allí, porque ya se había puesto el sol. Tomó una de las piedras del lugar, se la puso por cabezal y se acostó en aquel lugar. Y tuvo un sueño: soñó con una escalera apoyada en tierra y cuya cima tocaba los cielos, y los ángeles de Dios subían y bajaban por ella. Y vio que Dios estaba sobre ella[…]”. 

Las claves simbólicas son claras y nos pueden enseñar más sobre la relación con Dios, que cualquier predicador o teología concreta. Ese Jacob somos cada uno de nosotros y se nos ofrece un medio para comunicarnos con Dios. Es posible la comunicación entre nuestra tierra y la dimensión celestial de Dios –el Trascendente-, pues la simboliza el subir y el bajar de los ángeles por la escalera; mensajeros de Dios. Por ello, desde tiempo inmemorial Dios se nos ha revelado a través de la historia y su Palabra como un Padre comunicativo que desea encontrarnos en la vida, cercano y accesible. 
¿En qué lugar de culto o templo tiene lugar esta experiencia religiosa de Jacob? En ningún lugar sagrado. El sitio es la propia vida sencilla y vivida y además en la oscuridad del sueño, cuando la persona es más vulnerable. Solo basta esperar en Dios y en querer asumir su palabra de vida: «Dios mío, lo quiero, llevo tu ley en las entrañas» (Sal 40,9). 
Como he dicho son muchos los elementos sagrados que nos llevan a Dios y por medio de los cuales asimilamos su voluntad y nuestra condición de Hijos. En un lugar primordial de nuestra vida de creyentes, debe estar la Palabra de Dios. Significada y dignificada como testimonio de la vida y obra de un Dios, que por amor nos creó. Se nos reveló en la vida y en Jesucristo, y que desea por encima de todo que lleguemos a la salvación de nuestra vida por la propia observancia de Su Palabra. 
Sin mengua de la verdad y de la santidad de Dios, la sagrada Escritura nos muestra la admirable condescendencia de Dios, “para que aprendamos su amor inefable y cómo adapta su lenguaje a nuestra naturaleza con su providencia solícita” (S.Juan Crisóstomo S.IV). 
Hermanos y hermanas de la hermandad del Dulce Nombre, la cuaresma es un tiempo más que oportuno para hacer desierto. No debemos de perder la oportunidad de hacer silencio, de encontrarnos con Dios desde la realidad de nuestro propio yo –con sus luces y sus sombras-. ¿Qué puede obrar la Palabra de Dios en el mundo, si Dios no cuenta con las obras de tus manos? Seamos merecedores de su amor asumiendo su Palabra, rindiéndole culto, considerándole un trato sagrado y oportuno. Ojalá nos lleguemos a decir de una forma plenamente consciente, que para nosotros: “lo mejor es estar junto a Dios” (Salmo 73,28). Buen camino a través del desierto cuaresmal. Un saludo fraterno en Jesús, que es Palabra, camino, verdad y vida.

Florencio Salvador Díaz Fernández

(Estudiante de Teología y Sagrada Biblia)

(*) Publicado en la revista cuaresmal "BLANCA Y COLORÁ" nº 14 Cuaresma 2017.

lunes, 20 de febrero de 2017

RENOVAR LA PRESENCIA DE LA IGLESIA EN LA SOCIEDAD - José María Castillo - Teólogo

¿QUÉ URGE MÁS RESOLVER EN LA IGLESIA?
José M. Castillo

Los problemas, que hoy más preocupan a clérigos y laicos que actualmente se interesan por los asuntos de la Iglesia, ¿son los problemas más graves que tiene le Iglesia en este momento? ¿son esos los problemas que hay que afrontar cuanto antes?

Creo que es urgente afrontar estas preguntas porque no sé si lo más apremiante, en este momento, es aclarar si los divorciados vueltos a casar pueden o no pueden recibir la comunión. Como tampoco sé si no admite espera posible el hecho de que cuatro cardenales (y algunos grupos integristas) estén en desacuerdo con el papa Francisco. Por supuesto, es un asunto muy grave la cantidad abrumadora de abusos de menores, el hecho de que el Vaticano ni ha firmado, ni pone en práctica, los derechos humanos. Ni los puede poner mientras siga en vigor el actual Derecho Canónico. Con las enormes consecuencias que todo esto entraña.
No sé si estoy en lo cierto al plantear estas preguntas y estas dudas. En cualquier caso, a mí me parece que, debajo de estas cuestiones, hay un problema de fondo que nos asusta. Y nos asusta de verdad. Me refiero a la relación que tiene, mantiene y vive esta Iglesia, que tenemos, con el Evangelio de Jesús.
No estoy dudado de si la Iglesia cree o no cree en el Evangelio. Eso, por supuesto, está fuera de duda. Es más, si el Evangelio ha llegado hasta nosotros, eso se lo debemos a la Iglesia, que lo ha creído y lo ha enseñado a lo largo de los siglos. Pero es que el problema no está en si la Iglesia cree o no cree en el Evangelio. El problema está en si la Iglesia vive o no vive el Evangelio. Más en concreto, a mí me parece que el problema está en si la Iglesia, tal como la vemos y la vivimos, “sigue” o “no sigue” a Jesús. Porque no olvidemos esto nunca: el problema más grave, que planteó Jesús (según los evangelios) fue el problema del “seguimiento”. De manera que incluso la fe, en Dios y en Jesús, se hace imposible cuando se divorcia y se desentiende del seguimiento de Jesús. Y lo que yo veo, tanto en la Jerarquía como en los fieles, es que la Iglesia vive preocupada por la fidelidad de los cristianos a la fe. La fidelidad al seguimiento de Jesús no le quita el sueño a nadie. Y conste que, concretamente en los evangelios sinópticos, mientras que la fe se menciona 36 veces, del seguimiento se habla 57 veces.
Y es que la fe, como conjunto de creencias y prácticas religiosas, se puede reducir fácilmente a un asunto privado y a una serie de costumbres que integramos en nuestra vida sin demasiados problemas. Mientras que el seguimiento de Jesús, si nos atenemos a los relatos de los evangelios que lo explican, exige – como punto de partida – fiarse de Jesús hasta tal punto, que se renuncia a lo más fundamental (familia, trabajo, dinero, seguridad, proyectos…) porque asumir la forma de vida de Jesús es más determinante que todo lo demás.

¿No estamos haciendo en la Iglesia una especie de componenda entre fe y seguimiento, que termina no siendo ni lo uno ni lo otro? Me temo que estamos – y vamos a seguir – angustiados por temas marginales, mientras que, al problema capital de la Iglesia, nunca nos atrevemos a hincarle el diente. Y así, nos interesan una serie de asuntos secundarios, al tiempo que la relación de fondo entre la Iglesia y el Evangelio, ahí está. Y seguirá estando hasta que el “ser o no ser” obligue a tomar en serio el problema que de verdad nos urge. Como urge un salvavidas al que se está ahogando.   

martes, 2 de agosto de 2016

LA DEMOCRACIA Y SUS ESCLAVOS - JOSÉ MARÍA CASTILLO, TEÓLOGO

                
LA DEMOCRACIA Y SUS ESCLAVOS
                José M. Castillo

                Nuestra democracia está poniendo en evidencia, ahora quizá más que nuca, sus contradicciones y su debilidad. No hay manera de poner de acuerdo a los líderes políticos para la formación de un nuevo gobierno. Y en estos casos – ya se sabe – se suele echar mano de la ambición de unos, de la incompetencia de otros o del fanatismo de muchos, para llegar a donde hemos llegado: a esta especie de callejón sin salida, que nos enfrenta a un futuro cada día más inseguro y más incierto.    

                Sería una ingenuidad ponerse aquí a ofrecer soluciones, en un asunto tan complicado y al que los muy expertos no le encuentran fácil solución. Por lo demás, de sobra sabemos que el “voluntarismo” o la “moralina” no sirven para mucho en estos casos. Resolver, “por puños” o por decisiones (casi heroicas) de “generosidad”, situaciones en las que cada uno de los actores ve que el problema está causado por la ambición de poder o de protagonismo que tienen otros, es un asunto seguramente más difícil de resolver que todo cuanto podamos imaginar.
                Por esto yo me pregunto, ¿No sería necesario ir más al fondo del problema, a las raíces de esta situación que estamos viviendo? Estamos soportando una de las dificultades típicas que provoca el sistema democrático. La democracia de la que nos sentimos satisfechos y orgullosos, como el sistema político más perfecto que, hasta ahora, han inventado los ciudadanos de este mundo. Y es verdad que la democracia es el sistema que, en principio al menos, mejor garantiza los derechos y libertades de los ciudadanos que pueden gozar de los beneficios que tal sistema suministra.
                Pero lo que mucha gente no advierte es que los derechos y libertades de la democracia no llegan a todos los ciudadanos por igual. Y en esto – me parece a mí – está el nudo del problema. La democracia, como es sabido, la inventaron los griegos. Pero también sabemos que no todos los atenienses de la Antigua Grecia eran considerados ciudadanos de pleno derecho. O sea, ciudadanos demócratas. Ciudadanos, por tanto, con los mismos derechos y las mismas libertades. Ni las mujeres, ni los esclavos podían participar en la toma de decisiones. Y lo más terrible de este doloroso hecho es que, en su base fundamental y en su poder destructivo, es un hecho que sigue en pie. Con todos los cambios legales y camuflajes que sabemos y que hacen posible su pervivencia. Pero la durísima realidad es que, en España, en Europa, en el Mundo, las desigualdades en derechos y libertades siguen adelante, haciendo así posible que sigan adelante también las democracias, con sus “Estados de Derecho” y de bienestar, que disfrutan satisfechos los que tienen la suerte (o la astucia) de ser los beneficiarios del sistema democrático. No nos engañemos. Por más que a muchos les duela, el análisis marxista dio en el clavo al explicarnos que las democracias han existido porque han existido esclavos que las han hecho posibles. Una democracia sin productividad no se mantiene. Pero de sobra sabemos que la productividad se mantiene en la medida en que hay mano de obra barata. O sea, en la medida en que hay esclavitud. Por eso, para que haya productividad, tiene que haber “recortes”, es decir, “esclavos” que se nos imponen desde Bruselas y de acuerdo con lo que interesa a quienes mandan “de facto” en la UE. Así, tenemos democracia, Estado de derecho, sociedad del bienestar. Todo eso, por supuesto, a base de tener y soportar una buena dosis de esclavos.
                Al decir esto, no pretendo ni insinuar que tenemos que acabar con la democracia. Lo que tenemos que hacer es gestionar la democracia de menara que no sean necesarios los esclavos para mantenerla. Aquí y en esto es donde está la clave del problema. Y, por lo tanto, la clave también de la solución.

                El papa Francisco ha dicho, en Polonia, que el caos de guerras, violencias e injusticias, que estamos viviendo y soportando, sólo tiene una solución: “la fraternidad”. No sólo como criterio religioso o como proyecto moral. Esto, por supuesto. Pero, sobre todo, la fraternidad en su sentido y en su alcance total: la fraternidad como igualdad para todos y como libertad de todos. El día que la fraternidad, entendida y gestionada así, se imponga – y en la medida en que se imponga así -, ese día empezaremos a ser verdaderamente demócratas. Y no nos veremos de nuevo metidos en  callejones sin salida. Como lo que tenemos ahora mismo. En España, en la UE y en el Mundo.  

lunes, 4 de julio de 2016

“CORRUPCIÓN”: RELACIÓN ENTRE EL PODER Y EL LUCRO - José María Castillo, Teólogo

“CORRUPCIÓN”: RELACIÓN ENTRE EL PODER Y EL LUCRO
                José M. Castillo

                Ya he dicho, en este blog, que el espinoso asunto de la “corrupción” es un problema no solamente político, sino además religioso. Ahora doy un paso más. Y digo que la “corrupción” es el ataque más directo y más grave que podemos hacer al sistema político, económico, social, cultural y religioso en que vivimos. Quiero decir, por lo tanto, que si no se controla y se suprime el virus de la “corrupción”, ese virus acabará liquidando el sistema de sociedad, de convivencia y de creencias en el que vivimos. O sea, si este problema no se ataja de raíz, lo más probable es que la sociedad en que vivimos no tendrá futuro. Y conste que no sería la primera vez que esto ocurre. Ya tendríamos que haber aprendido, de los antiguos imperios, que se hundieron precisamente cuando menos lo esperaban sus tranquilos ciudadanos, los “corruptos” de entonces.
             
   Me explico. El conocido historiador irlandés (profesor en Oxford) Peter Heather, en su voluminoso estudio sobre “La caída del Imperio Romano”, nos informa de que, en el siglo IV, no se percibía ningún signo de que aquel imperio estaba “a punto de derrumbarse”. Y, sin embargo, el derrumbe, cuando nadie lo esperaba, no tardó en producirse. Por supuesto, y como es sabido, los ejecutores del derrumbe fueron los “bárbaros”, que vinieron de fuera del imperio. Pero la verdadera causa de aquel derrumbe estuvo dentro, en el imperio mismo, cuando en aquel imperio de siglos se traspasaron con creces “los límites de la gobernanza”.
                Sencillamente, se produjo lo que se ha denominado “la corrupción del sistema romano”. Que no fue otra cosa que el destrozo de la relación normal (y honesta) entre el poder y el lucro. Quienes eran designados para ocupar cargos de poder, utilizaban aquel poder, no para servir al imperio y sus ciudadanos, sino para robar a la gente indefensa. Esto ocurrió cuando el nepotismo resultó ser un componente del sistema. La cosa era tan simple como destructiva. Por lo general “el nombramiento para un cargo se aceptaba como una oportunidad para hacer el agosto, y se daba poco menos que por descontado que se produciría un moderado grado de malversación” (P. Heather). Lo cual, dicho de forma más clara y contundente, significa que, si para algo se inventó el Derecho romano fue para defender y asegurar la propiedad, al tiempo que, si para algo se ejercía el poder y los cargos públicos, era para robar esa propiedad a quienes les correspondía.
                Como es lógico, en un imperio en el que se había instalado semejante contradicción, tal imperio se veía minado en sus cimientos y en sus raíces. Y así fue. Es verdad que hubo emperadores, como fue el caso de Valentiniano (364-375), que tomaron enérgicas medidas contra la “corrupción”, pero ni siquiera Valentiniano trató de cambiar el sistema. Porque lo decisivo no era castigar determinados casos de corrupción, sino atajar la raíz de tales comportamientos en todo cuanto se movía utilizando el poder y sus privilegios, no para servir a los ciudadanos, sino para robar a tales ciudadanos. Pero eso no se podía evitar desde el momento en que los cargos públicos en aquella sociedad no eran ocupados por las personas más competentes y honestas, sino por quienes gozaban de la desmedida preferencia que el emperador (y sus más allegados) daban a sus parientes, amigos o personas del propio partido, que eso – ni más ni menos - viene a ser el nepotismo. Pero, es claro, un sistema que funciona así, termina por destrozar sus propios cimientos. En el caso del antiguo Imperio, porque allí ya no mandaban los más competentes, sino los más ladrones. Allí, ya no funcionaba la correcta relación “poder – derecho”, sino la incorrecta relación “poder – lucro”. Y de sobra sabemos que, tal como funciona la condición humana, cuando el poder se emplea a fondo, no para defender el derecho de todos, sino el lucro de algunos, no ya los defraudados, sino el sistema entero se destroza a sí mismo.
                ¿Es esto lo que tenemos ahora entre nosotros y con nosotros? Mucho me temo que efectivamente es así. No ya sólo por lo que ha ocurrido en los últimos años y en las últimas elecciones generales. La cosa viene desde mucho antes. No sabría fijar desde cuándo. En cualquier caso, es evidente que llevamos ya varias décadas en las que hemos ido viendo y viviendo cómo hemos pasado del hambre a la opulencia. Pero este cambio, tan deslumbrante (a primera vista), se ha hecho y se mantiene a base de ocultar y camuflar una realidad de la que nos tienen que dar cuenta y explicación todos los que, desde el poder, han gestionado con más eficacia el “lucro” de ellos mismos que la “igualdad y la dignidad” de todos. Y si esto ha sucedido así, es porque los cargos públicos han sido ocupados, no por los más honestos y competentes, los que se habían currado el cargo en unas pruebas exigentes y en unas oposiciones, sino por los más allegados y amiguetes de quien ha gestionado el poder mayor, sea cual sea su nombre o su color. En una sociedad gestionada así, se hace trizas la relación “poder – lucro”.  Con esto quiero decir que el problema capital, que tenemos que afrontar en nuestro país en este momento, no está en acertar si debe mandar la derecha, el centro o la izquierda, si lo mejor es que nos gobierne este partido político o el otro. Eso es importante, por supuesto. Pero hay algo previo, que es lo que más urge resolver. Reducir al máximo posible la designación “a dedo” de cargos públicos. Solamente así podremos estar seguros de que quienes nos gobiernan ejercerán el poder, no para enriquecerse, sino para gestionar una sociedad más igualitaria, más humana y más justa.

                Y todavía – si se me permite -, una observación. Cuando escribo algo, no puedo olvidar que he dedicado, y sigo dedicando, mi vida a la religión, a la Iglesia, a la teología. Por eso, no puedo dejar de preguntarme: ¿qué papel ha desempeñado en todo este asunto la Iglesia? No quiero despachar esta pregunta tan grave lanzando las diatribas de siempre contra el clero y sus representantes. El problema es mucho más complicado. Si la Iglesia tiene alguna razón de ser, es porque prolonga en el tiempo y hace presente en cada lugar el Evangelio, la forma de vivir y las convicciones que nos dejó aquel modesto galileo, que fue Jesús de Nazaret.  Pues bien, si la Iglesia es eso y para eso, la pregunta que hay que hacerse (me parece a mí) es ésta: ¿Qué presencia ha tenido y tiene en España el Evangelio de Jesús? Si lo de Jesús significa algo para nosotros, es evidente que el Evangelio fue sumamente crítico con el uso que se hace del poder y del dinero. Pero de sobra sabemos que la Iglesia, en España, ha dado muestras, en demasiadas situaciones, de vivir más interesada en asegurar su dinero y su poder, que en identificar sus intereses con los intereses de los que carecen de poder y de dinero. La consecuencia ha sido que muchos ciudadanos de este país ven en la Iglesia religión y poder. Pero, ¿ven Evangelio? ¿sienten a Jesús presente entre nosotros? El día que esta pregunta tenga respuesta, ese día empezaremos seguramente a ver muchas cosas de otra manera.      

viernes, 17 de junio de 2016

LA OBSESIÓN DE LA HOMOFOBIA - JOSÉ MARÍA CASTILLO, TEÓLOGO

 LA OBSESIÓN DE LA HOMOFOBIA
José M. Castillo (Doctor en Teología)

            Con demasiada frecuencia, de una manera o de otra, nos llegan noticias desagradables y preocupantes de personas o grupos que tienen comportamientos que expresan una evidente obsesión de homofobia. Lo que – como es sabido – consiste en la aversión o rechazo hacia la homosexualidad o a las personas homosexuales (Diccionario de la RAE). Estos comportamientos siempre se manifiestan en formas de violencia, desde el desprecio o el insulto, pasando por la marginación o la exclusión, y llegando (tantas veces) a la agresión contra la dignidad, los derechos humanos, la integridad física o incluso la vida misma. Estamos, pues, ante un fenómeno de consecuencias espantosamente crueles y de cuya gravedad mucha gente ni se da cuenta. 

"cuando un cardenal, un obispo, un sacerdote, por más que aduzca motivos religiosos, sagrados y divinos, si no respeta a las personas – a todos y todas por igual -, ¿cómo va a tener la credibilidad indispensable para hablar de Dios o de Jesús y explicar su Evangelio, de bondad y misericordia con todos los humanos por igual?"

Y como, por otra parte, el número de personas, que son víctimas de esta forma de violencia, es mucho mayor de lo que normalmente imaginamos, se puede asegurar que seguir callando el sufrimiento y la humillación, que este fenómeno desencadena, es una conducta cobarde e indigna, que colabora - desde la pasividad – de forma muy activa y eficaz, en el mantenimiento de este “crimen colectivo” en el que todos participamos (por acción o por omisión) de forma bastante más eficaz de cuanto podemos imaginar. También aquí se puede repetir la severa sentencia evangélica según la cual “el que tenga las manos limpias, que tire la primera piedra”.

Pero no es esto lo peor. Lo más grave, en este desagradable asunto, viene de dos frentes que suelen ser bastante activos en cuanto concierne a este problema. Me refiero al frente de “los obsesivos”, por una parte, y al frente de “los moralizantes religiosos”, por otra. Estos dos frentes se suelen aunar, los unos con los otros, en un potente colectivo, al que gustosamente se suman los “hipócritas”, excelentes colaboradores de esta renovada “Fiesta de Locos”, que ha degenerado, desde los gozosos festejos de la Edad Media (Harvey Cox), hasta las vergonzosas y crueles violencias que hoy tienen que soportar los que han nacido como son y no les queda otra salida en este mundo que aguantar la burla y la amenaza de los que se ven a sí mismos como los selectos, los sanos, los ejemplares, los que se sienten con el derecho y el deber de obligar a los demás a cambiar o desaparecer.
            ¿Qué demonios hay detrás de este brutal y vergonzoso embrollo, que produce y reproduce tanta crueldad desde la apariencia y la conciencia del que se piensa que está defendiendo la honestidad más pura y la sociedad más sana que imaginarse puede?  

"Es un dolor y una vergüenza que haya tantos clérigos que dan la impresión de que les interesa y les preocupa más el sexo que el hecho básico y fundamental de que las personas, todas las personas, se respeten y se quieran."

            No es posible, en el limitado espacio de esta reflexión, ponerse a explicar los resultados de la enorme y certera investigación que sobre este problema se ha llevado a cabo. Sobre los resultados de lo mucho – y a fondo – que se ha estudiado este problema, me limito a pedir que los habladores y sermoneadores, que, cuando menos te lo esperas, sueltan sus sentencias irrefutables y tantas veces insultantes, nacidas de la homofobia, lo primero – me parece a mí – que deberían hacer es ponerse a leer y enterarse de que en este orden de cosas no van a poner una pica en Flandes, ni por supuesto van a resolver el asunto, soltando (con más desparpajo que sapiencia) sus despiadadas condenas contra las víctimas de la homofobia. No, ¡por favor! Si tuvieran alguna idea de lo que sueltan, no se atreverían a decir lo que dicen. El tema es demasiado serio como para despacharlo con cuatro bravuconadas que suenan a burda   palabrería de gente que no da para más.
            Esto supuesto, me quiero fijar aquí en la obsesiva homofobia que con frecuencia se advierte, se nota, se palpa en no pocos “hombres de Iglesia”. Un hecho que llama la atención tanto más cuando sabemos que, por lo que relatan los evangelios, Jesús jamás se preocupó de este asunto. Ni hizo la más mínima alusión a él. El Evangelio no vio peligro alguno en la condición sexual de los humanos. Como es bien sabido, fue el apóstol Pablo quien rechazó con toda energía la homosexualidad (Rom 1, 26-27), que la considera, no solamente como algo “malo”, sino además “antinatural”. Pero aquí es importante saber que, en la mentalidad de Pablo, es igualmente “antinatural” que los hombres se dejaran el cabello largo y las mujeres se lo cortaran (1 Cor 11, 14-15). Lo mismo en Rom 1, 26 que en 1 Cor 11, 14, Pablo utiliza el sustantivo physis, que Pablo utilizaba para expresar lo que es “natural” en el sentido más genérico y amplio de esa palabra. Llegar a otras conclusiones, más o menos precisas y concretas, depende de la mentalidad de cada uno. Los textos no dan para más.

            El problema, que a muchas personas les plantea el tema de la homosexualidad, no proviene de los textos de san Pablo. Este problema se plantea desde el momento en que la sexualidad humana se reduce a la mera genitalidad. Si reducimos la sexualidad humana a la mera capacidad para engendrar, la reducimos, por eso mismo, a la mera condición animal, la capacidad de tener hijos y así perpetuar la especie. Pero sabemos que lo específico de los seres humanos no se reduce a lo meramente biológico, sino que se define específicamente por la capacidad de dar amor y recibir amor. Una capacidad que puede nacer, crecer y vivir lo mismo entre seres humanos de distinto sexo que entre seres del mismo sexo.

            Así las cosas, los responsables de la religión, por respeto a las personas a las que se dirigen en sus enseñanzas, lo mismo que por respeto a la misma religión y su propia credibilidad, deberían ser sumamente cautos, cuidadosos y humanos. No para ganar adeptos, sino para cuidar con el máximo respeto la dignidad e igualdad de todos los seres humanos.  Por esto, cuando un cardenal, un obispo, un sacerdote, por más que aduzca motivos religiosos, sagrados y divinos, si no respeta a las personas – a todos y todas por igual -, ¿cómo va a tener la credibilidad indispensable para hablar de Dios o de Jesús y explicar su Evangelio, de bondad y misericordia con todos los humanos por igual? Es un dolor y una vergüenza que haya tantos clérigos que dan la impresión de que les interesa y les preocupa más el sexo que el hecho básico y fundamental de que las personas, todas las personas, se respeten y se quieran.