CARTUJO CON LICENCIA PROPIA

viernes, 12 de marzo de 2010

UNA CUESTIÓN DE SALUD

Joseph Malegue –novelista cristiano que en España no fue ni traducido- dejó a medio escribir una novela titulada "Las clases medias de la santidad". Y en los pocos fragmentos que de ella se conservan, este escritor desarrollaba una idea que le traía de cabeza desde tiempo; en la cual admitía que para profundizar en los fenómenos religiosos, no hay que explorar sólo el alma y ejemplo de los grandes santos, de los santos de primera o aristócratas de la santidad como les llamaba él. Sino que es imprescindible contar con la experiencia de las almas modestas, pertenecientes a la clase media de la santidad. A esta clase media, podemos decir que pertenecemos todos los que no aspiramos a una canonización aquí en la tierra, pero si aspiramos por coherencia cristiana a los denominados bienes celestiales, que por similitud con el que nos trasciende, son cada cosa que vivida, sentida o interpretada nos acerca a nuestro Padre Dios. En Él tenemos nuestro fundamento, origen y finalidad, y ante los miembros de nuestra hermandad o comunidad como depositarios de la gracia de Dios -de la cual nosotros somos igualmente receptores-, debemos dar cuenta como si ante los mismos ojos de Dios se tratara, de nuestra coherencia cristiana. Ahora bien, es una lástima que nos presentemos ante el rostro de Dios, exclusivamente por un aprieto al que no podemos darle solución por nosotros mismos, y dejamos en sus manos con la esperanza de que lo solucione y poniendo a Dios en un aprieto. Quizás los cristianos de hoy deberíamos de concienciarnos, para considerar nuestra relación con Dios como una autentica cuestión de salud, para tomarlo verdaderamente en serio, y ser conscientes de que, o somos cristianos o dejamos de serlo. Las aguas bautismales no nos aseguran como elemento ritual, la plena salvación. Esta tiene que prefigurarse poco a poco en virtud del amor que a lo largo de nuestra vida, despleguemos para con el que vive junto a nosotros. Inmersos como estamos en el llamado desierto cuaresmal, nos debemos de prestar a una autentica realización cristiana, que pasa por expandir en nuestra comunidad todas las buenas posibilidades que como humanos podemos desarrollar. "La Cuaresma nos propone cada año el misterio de Cristo «conducido por el Espíritu en el desierto»"(Juan Pablo II). Por ello, si ante la perspectiva cuaresmal, se nos ofrece la visión de una cruz, una gran cruz de la que cuelga fallecido el Señor de la Salud; -digo que- entonces nuestra posición ante tal misterio debe ser cualquier cosa menos indiferente. Creo que el testimonio que hoy se nos exige a los cristianos, pasa por autentificar nuestro credo en Jesús de Nazaret, huyendo de prácticas cargadas de sensiblería pero exentas de fundamento. Acceder a la confesión en cuaresma como mera limpieza de conciencia, y no contemplarla desde el plano de la conversión que nos lleva a la pascua resucitadora de nosotros mismos, es algo así como plegarse exclusivamente al rito, dejando de lado la propia vida. Y es en esa precisa vida que vivimos, donde Jesús nos anima a ser cristianos efectivos. Para ello además de acudir a las celebraciones comunitarias y participar de expresiones públicas penitenciales, deberíamos de cultivar nuestro espíritu, para profundizando en la fe, consolidar nuestro interior y llegarnos a considerar personas que en todos los aspectos, tanto corporal como espiritual gozan de una buena salud. Por salud nos inclinamos a una buena alimentación, por salud acudimos al médico para pedir un diagnostico certero…etc. Pero, ¿quien puede diagnosticar en nuestra sociedad y comunidad eclesial la raíz de la indiferencia cristiana y humana a la que el mundo se ve inclinado sin remisión alguna?. Sin lugar a dudas, el quedarnos estáticos y regalarnos el oído con glorias pasadas solo acrecentará nuestro dolor y desánimo. Y debemos de reaccionar ante cada problema del mundo, ya que este puede ser para el cristiano de hoy un motivo para alumbrar. En los años que precedieron al Concilio Vaticano II (1965), crecieron en masa anuncios muy discutidos y producidos por los gritos del proletariado y el deseo de igualdad en nuestra propia Iglesia. Uno de estos lemas animaba con entusiasmo renovador al sentido humanitario del cristianismo, recuperado en estos días por teólogos que muchos desearían que callaran: "desentenderse hoy es ser cómplice de la muerte de Cristo". Es crudo como la propia vida, que este mensaje sea hoy un grito que Jesús desde su cruz expone a todo el que se llamé hijo de Él, para reaccionar activamente en el mundo. Como todo grito o mensaje que se expone en una situación límite, no debemos de olvidar el autentico misterio de la cruz que en el camino cuaresmal, nos ofrece la posibilidad de llegar al culmen de esta, la resurrección activa y definitiva de nuestro ser entre los hermanos. Una cruz en la cual, además de apreciar un signo universalizado del cristianismo, hoy en día podemos advertir matices precisos para la vida del mundo. La cruz, que fue el instrumento de la redención, ha venido a ser, juntamente con la muerte, el sufrimiento y la sangre; uno de los términos esenciales que han servido para evocar nuestra salvación a través de la historia. Ahora bien, entre otras cosas debemos de observar la cruz como camino hacia la resurrección y no como elemento que se presta exclusivamente a la adoración, ya que es un elemento de sufrimiento o patíbulo. En pleno siglo XXI, la cruz es un STOP en nuestra vida, un indicador. Un motivo para reflexionar y considerar en primer lugar todo lo bueno y lo malo que conduce la humanidad del hombre. Y siendo conscientes de esto, establecer ante la cruz una postura coherente y responsable que nos lleve a retomar de nuevo el camino correcto por medio de una rectificación desde la conversión, hacia la buena salud de nuestra integridad personal a la que todo cristiano se siente avocado, y que se fundamenta en el sentido esperanzador de la propia resurrección. Si no observamos y conservamos este sentido de resucitar, cambiar o rectificar, corremos el riesgo de que sea cual fuere el sentido que le demos a la cruz o al misterio que contemplemos en Semana Santa, nos quedemos perplejos ante ella y no reaccionemos autocomplacidos por lo material que nos colma y que es caduco. Ante el Cristo de la Salud, su cruz nos interpela y nos llama. Ante la cruz reconocemos lo que somos y de lo que somos capaces, actuando con autentica conciencia de cristianos que se consideran objetos del amor de Dios. Ante la cruz respondemos solo por nosotros mismos y manifestamos un compromiso de escuchar, disponernos y actuar conforme al espíritu de quien sabe que Dios es su todo pero que le acompaña en el duro camino de la vida. Un camino que desde la cruz se torna renovado, convertido y reubicado, para ser en el mundo fermento y masa. Un abrazo fraterno en paz y bien.

 

Florencio Salvador Díaz Fernández

Estudiante de Teología Criatiana



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