CARTUJO CON LICENCIA PROPIA
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sábado, 5 de junio de 2021

CORPUS CHRISTI, CORPUS DE COVID-19

Ojo. Lo digo por la situación mundial, no por otra circunstancia.

El caso es que leyendo hace días a la apreciada teóloga Dolores Aleixandre[1], pensaba en lo que escribía sobre tragarnos a Jesús por el hecho de comulgar. Como bien dice ella solemos decir que “comulgamos con ruedas de molino” cuando nos vemos obligados a hacer algo. Y el hecho de comulgar bien parece ya que es un acto cultual más que un acto de fe, de unión y de participación con la comunidad eclesial donde están las personas que tragamos y las que NO TRAGAMOS.

Esa es la cuestión.

El hecho es que en cada conversación que tenemos solemos escuchar que del covid saldremos transformados, que nos está cambiando la vida, que los que hemos tenido la enfermedad –yo mismo- salimos de ella apreciando más las cosas… y, -siento generalizar- todo es una pura ambigüedad e incluso falsedad pues el ser humano solo aprende cuando quiere y en este caso como en otros, la humanidad en general no aprenderá.

La comunidad de los que siguen a Jesús pisando sus propias huellas son unos. Pero los cristianos (o católicos) que se consideren así por tradición cultural o por otra condición, quizás no quieren escuchar nada de que comulgar-tragar a Jesús es tragar-comulgar con el prójimo. Y prójimo es el que viene sin papeles a las costas queriendo lo mismo que tu y que yo, una vida digna y mejor, NO SER MANTENIDO.

Prójimo es la pareja de personas del mismo sexo cuyo amor es tan puro como el tuyo –heterosexual- pero que no alcanzan la bendición de una Iglesia que NO es auténticamente fraterna, guiada por un Papa que da al gremio una de cal y otra de arena. Ahora mismo estamos en la arena.

Prójimo es la persona encarcelada a la que hay que conceder la posibilidad de la reinserción. Prójimo es RESPETO con mayúsculas.

Prójimo es facilitar la vida a las mujeres. Sí, a ellas PORQUE LAS MATAN por cuestiones de género un 99% más que a los hombres, siendo nefasta toda violencia.

Prójimo es atención y ternura. Cariño, buenos días y consideración…etc.

Así que llegados a este punto, como cristiano convencido me reafirmo en que lo de menos es comulgar. Lo de menos es tragarte la forma, por muy sagrada que la consideres. Sí. Es así aunque te pueda resultar incómodo.

Dios, que es Padre y Madre no quiere ofrendas ni actos de piedad mientras realices acepción de personas o las clasifiques. Mientras justifiques con papeles la atención al inmigrante, mientras admitas que la mujer asesinada ella se lo habrá buscado, mientras consideres por defecto a los sin techo como delincuentes; o si consideras inmorales o enfermos a los transexuales entre otras identidades sexuales…etc.

Otra opción es ir a misa y comulgar. Y al hacerlo, estar convencido de que te sientes comprometido a servir y a construir el Reino de Dios. Un reino de paz y de justicia, un reino de vida y de verdad.

Ojalá este sea el talante de la persona cristiana hoy, comulgue o no comulgue. Pero si comulgas y no te movilizas y te sientes más cómodo con Jesús solo en el sagrario y no lo reconoces en la patera o en el rostro de la persona necesitada, que sepas que para ti la muerte de Jesús y su resurrección no te ha servido para nada; y no eres apto para la redención.

Me despido con una excelente frase de San Agustín de Hipona: “ama y haz lo que quieras”. Más claro, el agua.

Con todo respeto.

Fraternalmente, Floren.






[1] https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/12872-tragarse-a-jesus.html?fbclid=IwAR3HQGLaq-GRYN9wKKiL3vVlPLYMqZwcpM_qCMQpEZvApvGfoVLn-H-aaFg

jueves, 20 de junio de 2019

ADORÉMOSLE - CORPUS CHRISTI


Allá por Junio de 2003 mi amigo y teólogo Rafael González Armenta (Ecija), se planteaba esta reflexión y preguntas al hilo de la festividad del Corpus Christi:
“[…] en esta semana de abundantes actos eucarísticos, conciertos, pregones, exposiciones, etc... Yo quisiera plantear las siguientes preguntas: - ¿No necesita la Iglesia una experiencia más viva de la Eucaristía, que la que ofrece la liturgia actual? - ¿Es la liturgia que venimos repitiendo desde siglos la que mejor puede ayudar en estos tiempos a los creyentes a vivir lo que vivió Jesús, y recapitular para que vivió y murió?” 

Sin lugar a dudas es una elocuente reflexión si se aborda la eucaristía desde la efectividad de lo que representa, no solo desde la perspectiva orante, que también. Escribo esto y también recuerdo al teólogo Estrada –cuyos pasos sigo muy de cerca- que planteaba la disyuntiva que la cruz representa para el cristiano de hoy, que bien puede contemplarla desde una visión estática o móvil. Está claro. O la adoras y punto, o la adoras y reaccionas. ACCIÓN=REACCIÓN. Con la eucaristía pasa exactamente igual.
La primera procesión de Corpus o el Corpus en sí mismo, se celebró en la ciudad de Lieja el año 1246 y desde entonces hasta nuestros días. Creo que es algo que merece la pena celebrarse, pues las personas tenemos una necesidad imperiosa de mostrar aquello en lo que creemos y queremos, para manifestarnos y hacer público nuestra fe, creencia o sentimientos.
La Eucaristía es uno de los elementos más sagrados que tiene la Iglesia y solo se le puede equiparar en importancia a la Palabra de Dios, aunque esta última –por desgracia- carece de la relevancia que tiene el pan eucarístico. Sea como fuere, yo creo. Sí. Creo en Jesucristo eucaristía. Creo en ese cuerpo que partimos y compartimos para hacerlo de esa manera fuente fecunda de unas prácticas a las de debiera sumarse toda persona humana que siga las huellas de Jesús y se considere cristiana.
Fraternidad, respeto, servicio, paz…etc. Entiendo que todo esto está muy bien, que todos rezamos y somos buenissimo; pero como dice el refrán “luego llega Juanillo rebajando”.
La cuestión es sencilla. O estamos o no estamos a la altura. ¿Iremos a la procesión el domingo a compartir el pan a comprometernos con “ese” “cuerpo” que es revelación de Dios en el propio cuerpo humano desde donde le debemos servir? ¿O iremos a la procesión a otra cosa, la que sea? Es una pregunta sencilla con una sencilla respuesta.
Y quien se la conteste mientras no se empecine en fastidiar al otro, tiene mi respeto y consideración.
Adoremos a Cristo. Sí, adorémosle. En esa persona desconocida que viene en nuestra ayuda y a la cual puede que ni siquiera conozcamos.
Adoremos a Cristo, desde la atención a los desfavorecidos a los necesitados de cariño, ternura y consideración.
Adoremos a Cristo –y en Él a María- en tantas mujeres que lo pasan fatal y están sumergidas en una violencia doméstica de la cual no saben cómo escapar.
Adoremos a Cristo en tantas personas que sin ser Iglesia hacen humanidad en sus vidas y hacen Reino de Dios, aun sin saberlo.
Adoremos a Cristo en tantas personas que se aman y cuyo amor es juzgado, apartado, excluido aun cuando Jesús no excluyera ni apartara a nadie de su lado, Él solo abrazaba. Adorémosle.
Adoremos a Cristo en la falta de libertad, en quienes oprimen y utilizan su poder e influencia para mancillar, escalar y… yo que sé.
Adoremos a Cristo en la Madre Naturaleza expresión maternal de Dios, agotada herida y exprimida en sus recursos naturales y animales. Cuidémosla como nuestro padre San Francisco.
Adoremos a Cristo donde queramos, desde el respeto la consideración a Él y al prójimo. Adorémosle.
Fraternalmente, Floren.

domingo, 18 de junio de 2017

PRIORIDAD, REVITALIZAR LA EUCARISTÍA

En la ciudad belga de Lieja se celebró en 1246 la primera procesión de Corpus Christi; ya que ese mismo año el papa Urbano IV promulgo el 11 de agosto su bula “Transiturus de hoc mundo”, por el que alentaba la muestra pública de la Eucaristía a través de un cortejo procesional. 305 años más tarde sería el papa Julio III el que en la decimo tercera sesión conciliar confirmara el 11 de Octubre de 1551 el decreto de Trento, por el que se regula el culto y la veneración del santísimo sacramento. A esto dio pié la tan controvertida herejía del  suizo Johannes Œcolampadius (S.XV) ilustre teólogo protestante contemporáneo de Martín Lutero, que disputó con el catolicismo cuestiones fundamentales sobre la eucaristía. 

La creación del Corpus Christi no deja de ser paradójica, en cuanto que allá por el siglo VIII se quiso realzar y ensalzar el misterio eucarístico, cuando se le había cerrado al pueblo las puertas a este mismo misterio; por medio de la misa en silencio y de espaldas al pueblo, en lengua extranjera y un ritual cerrado en el cual las personas solo acuden y –si acaso- contestan. Estamos casi en las mismas hoy por hoy. 
La misa es una cosa y puede que en ocasiones esté exenta de misterio eucarístico. Sí, porque cuando se establece un ritual cerrado, un ritual denso solemne y solo para unos pocos que puede que lo entiendan; se encarece la significación de la Eucaristía que Jesús nos enseñó a celebrar, en la cual prima la actitud de servicio y el compartir, por encima de todas las cosas. Yo celebro la eucaristía en cuanto que asisto a ella junto a la comunidad cristiana, y reconozco en ese trozo de pan fino y blanco la Presencia de Jesucristo, al igual que reconozco la misma Presencia en cualquier alimento que es vivido y compartido en su Nombre y entre Hermanos. 

“Eucaristía es reconocer como servicio pastoral a tantas personas que ajenas a la iglesia con trasfondo cristiano en muchos casos, hacen el bien sin mirar a quien y nos dan una lección de entrega y humanidad a los de misa y oración todos los días”
En actitud de servicio de entrega, se sinceridad y autenticidad. “La Eucaristía es la fuente y cima de toda la evangelización” (Presbyterorum Ordinis - Vaticano II. 7-12-1965). Hoy por hoy, considero que esta máxima es cierta pero incompleta si se mira desde el prisma eclesial. La eucaristía es fuente y puede ser cima y cumbre, pero tal y como la tenemos enfocada en nuestros días es absolutamente inservible para la nueva evangelización. Una evangelización cuya esperanza radica en los jóvenes, en aquellos que tienen el mundo en sus manos y que están ávidos de enseñanzas, de principios y de liderazgo. ¿Cómo es posible que la Iglesia en cada una de sus parroquias –y siento generalizar-, no consiga revitalizar el rostro de Jesús de Nazaret y lo haga atrayente a los ojos de todas las personas, como por ejemplo hace el papa Francisco? 
Para ello sería muy necesario la apertura y la diversificación en cuanto a las responsabilidades pastorales entre el pastor y los agentes de pastoral y los laicos. Y creedme que se de lo que hablo. Las parroquias están muy necesitadas de democracia, sí. No tiene porqué ser esto un término o principio ajeno a la iglesia, cuando se solicita por activa y por pasiva sentido de comunidad, congregación, unidad…etc. Para ello, lo primero que habría que hacer es reconocer como servicio pastoral a tantas personas que ajenas a la iglesia pero con un trasfondo cristiano en muchos casos, hacen el bien sin mirar a quien y nos dan una lección de entrega y humanidad a los de misa y oración todos los días (Mc 9,40). 

“El apostolado de los laicos, que surge de su misma vocación cristiana nunca puede faltar en la Iglesia (Proemio de la Apostolicam Actusitatem, Vaticano II. 18-11-1965). Pero hay que dejarles trabajar, hay que dejar terreno de actuación, y sobre todo hay que saber acercar la eucaristía a las personas. Pero no haciendo una procesión cada vez más pomposa -y vive Dios que me refiero a la generalidad-, que era útil hace 800 años y cuyo misterio y esencia hoy es absolutamente desconocido para la mayoría del pueblo. Por cierto, no me gusta hablar de misterio respecto de lo indescifrable cuando hablo de eucaristía. 
Yo la considero un misterio, pero un misterio a descifrar a desvelar. Porque no hay eucaristía sin persona humana, sin humanidad. Y la Eucaristía tiene tantas facetas y posibilidades de relevarles y mostrarse maravillosa, fraternal, enriquecedora, sensible, cercana…etc; tantas como personas hay en el mundo y somos muchas. Para sintetizar todo esto acabo citando al apreciado amigo José Antonio Pagola, al cual nunca le falta una pizca de razón: “la preocupación por defender y precisar la presencia del Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Eucaristía, ha podido llevarnos inconscientemente a olvidar la presencia viva del Señor Resucitado en el corazón de toda la comunidad cristiana”. 
Si no actualizamos y revitalizamos la eucaristía, se nos perderá entre los varales del palio de respeto. Esperemos que no ocurra y que todos colaboremos en ello. Abrazos fraternos.


Fraternalmente, Floren.

martes, 24 de mayo de 2016

LA MISA, UN RITO, UN RECUERDO PELIGROSO - José María Castillo, Teólogo

 RENOVAR LA IGLESIA ES HACER ACTUAL EL “RECUERDO PELIGROSO” DE JESÚS 

José M. Castillo


Si la Iglesia quiere renovarse en serio y a fondo, una de las primeras cosas que tendría que hacer es renovar en serio y a fondo el recuerdo de Jesús. No meramente recordando lo que sucedió cuando Jesús andaba por el mundo. Sino actualizando lo que ocurrió entonces. Es decir, la liturgia tiene que celebrarse de tal manera que se haga presente, en lo que vivimos ahora, lo que Jesús vivió, hizo y decidió cuando estaba en esta vida. Concretamente lo que ocurrió la noche aquella en que cenó, por última vez, con el grupo de personas que le acompañaron y compartieron lo que él vivió y cómo lo vivió. En aquella ocasión, Jesús dijo: “Haced esto en recuerdo mío” (1 Cor 11, 24. 25; Lc 22, 19). Lo cual quería decir: “Haced esto para que me tengáis presente”, como en seguida explicaré.  


Lo que acabo de indicar se basa en un presupuesto previo: la última cena de Jesús con sus discípulos no fue un ritual religioso.  El ritual de la “cena pascual” que celebran los judíos, con motivo del pèsaj, la fiesta del cordero, que marcó el punto de partida de la liberación de los judíos esclavos en Egipto (Ex 12). Por supuesto, sabemos que, según los evangelios sinópticos, la última cena fue la cena de Pascua (Mc 14, 12; Mt  26, 17; Lc 22, 7). Pero el evangelio de Juan, que se escribió después que los sinópticos, puntualiza este dato capital indicando que la cena se celebró antes de la Pascua (Jn 13, 1; 18, 28), de forma que Jesús murió el día de la Preparación de la Pascua (Jn 19, 14; cf. 19, 31. 42). Y san Pablo, que nos ha conservado el recuerdo más antiguo de la cena, ni menciona la Pascua (1 Cor 11, 23). Además, en ninguno de los relatos de la Cena se menciona el cordero pascual, ni se habla de las hierbas amargas, ni hay alusión alguna a los mazzen, ni de la haggadà, ni del primer hallel, ni se mencionan las cuatro copas que eran esenciales en el ritual judío de la Pascua. No hay, pues, traza ni indicio alguno de que allí se estuviera celebrando un ritual sagrado (Ulrich Luz, El evangelio según san Mateo, vol. IV, Salamanca, Sígueme, 2005, 138-139).  

Ahora bien, si aquello no fue un “ritual sagrado”, sino una “cena”, en la que se vivieron una serie de experiencias muy  fuertes, cuando Jesús les dice a sus “amigos” (Jn 15, 14-15): “Haced esto en memoria mía” (1 Cor 11, 25) o sea,”Haced esto para que me tengáis presente”, sin duda alguna, el término “esto” (toûto) engloba la cena entera, no únicamente el pan, sino el conjunto de experiencias vividas allí aquella noche (François Bovon, El evangelio según san Lucas, vol. IV, Salamanca, Sígueme, 2010, 282-283). Hacer lo que allí dijo Jesús no es repetir rutinariamente un ritual, sino actualizar (hacer presente y operante hoy) lo que allí se vivió aquella noche. El “recuerdo”, la “anamnêsis”, según la raíz original zkr, quiere decir “hacer presente el pasado” (H. Patsch, en Diccionario Exegético del Nuevo Testamento, vol. I, Salamanca, Sígueme, 2005, 251-254).  

Pero, ¡atención!, estos datos no son meras matizaciones - por lo demás, muy elementales - de erudición. Nada de eso. Aquí se juega el ser o no ser de la autenticidad o del fracaso de lo que Jesús quiso. Sabemos que Jesús no fue amante, ni practicante de ritos, ceremonias, altares y templos. Jesús centró sus preocupaciones en tres cosas: el “sufrimiento humano” (curaciones), la “alimentación compartida” (comidas y comensalía, sobre todo con pobres y pecadores), las “relaciones humanas” (sermón del monte, en Mt, o de la llanura, en Lc). Al proceder así, Jesús desplazó la religión: la sacó del templo, la disoció de los “rituales” y la puso en el centro y en el conjunto de la “vida”. 

Aquí y en esto está la clave y el secreto de todo lo demás. ¿Por qué? Porque hoy está sobradamente demostrado que los ritos constituyen un factor tan importante en la pervivencia de las sociedades humanas, que, desde hace incontables generaciones, los ritos (religiosos, políticos, sociales...) son decisivos en la integración o exclusión del individuo en la sociedad y, en general, en el sistema establecido (Walter Burkert, La creación de lo sagrado, Barcelona, Acantilado, 2009, 60 ss; ID., Homo necans, Barlona, Acantilado, 2013, 50-61). Pero no se trata de esto solamente. Porque los ritos integran al sujeto en el sistema de tal forma, que, al mismo tiempo que el sujeto hace suyos  los valores del sistema, por otra parte, esos mismos ritos no modifican la conducta del sujeto que los cumple. Concretamente, un piadoso creyente se puede pasar cuarenta años comulgando a diario, y al cabo de ese tiempo sigue teniendo los mismos defectos que tenía  el día que inició su comunión diaria. Y es que el ritual, por sí solo, no solamente no modifica la conducta, sino que además tiene la virtualidad de tranquilizar la conciencia del observante. 
Entonces, ¿qué quiso decir Jesús cuando afirmó en la Cena: “Haced esto en memoria de mí”? No se refería simplemente a repetir lo que llamamos ahora “las palabras de la consagración”.  Porque esta referencia al recuerdo o memoria (anamnêsis) lo introdujo san Pablo (1 Cor 11, 24. 25), del que depende el relato de Lucas (22, 19), para motivar a la comunidad de Corinto, al decirles a aquellos cristianos que lo que ellos hacían - y tal como lo hacían -, en realidad aquello ya no era la Cena del Señor. Literalmente: “eso ya no es comer la Cena del Señor” (“oúk éstin kyriakòn deipnon phagein”) (1 Cor 11, 20) (H. Patsch, o. c., 252-254). O sea, en Corinto, realizando exactamente el rito, realmente no celebraban la eucaristía.  ¿Por qué? Porque la comunidad de Corinto estaba dividida. No por ideas teológicas, sino por la forma de vida que llevaban. Concretamente, porque allí había ricos y pobres. Y cuando se reunían para la eucaristía, los ricos comían hasta emborracharse, mientras que  los pobres se quedaban con hambre (1 Cor 11, 21). Es decir, lo que pasaba en Corinto es que  allí se repetían las palabras del Señor, pero allí no había una comunidad unida en la que quienes tenían dinero y comida lo compartían con los demás. Cada cual iba a lo suyo. Y Pablo afirma: donde hay división entre ricos y pobres, por mucho y muy bien que se repitan las palabras de Jesús, en realidad la memoria de Jesús está ausente. No se recuerda a Jesús. En esas condiciones, se dirá misa, pero allí no está Jesús. (J. D. Crossan, J. L. Reed, En busca de Pablo, Estella, Verbo Divino, 2006, 398-405).


Conclusión: la Eucaristía no consiste en “decir misa”, observando exactamente lo que manda la Sagrada Congregación de Ritos (o del Culto divino). Se puede hacer eso y no celebrar la Cena que quiso Jesús. Y tal como la quiso Jesús: haciéndonos  esclavos unos de otros (Jn 13, 12-15), queriéndonos unos a otros, como él nos quiso (Jn 13, 33-35), mojando todos en el mismo plato, como él lo hizo (Jn 13, 20). Celebrar la Eucaristía no es repetir literalmente un “ritual”. Eso es una misa que nos tranquiliza (incluso nos da devoción). Pero eso no es lo que instituyó y quiso Jesús: el “recuerdo peligroso” (J. B. Metz, La Fe en la historia y en la sociedad, Madrid, Cristiandad, 1979,  100-102; 210-211), que hace actual la subversión de esos presuntos  valores que se sostienen repitiendo los ritos. Lo que instituyó Jesús fue un “proyecto de vida”, que se expresa simbólicamente y que hace presente la persona y la vida de Jesús, en nuestras vidas y en nuestra sociedad. El día que resulte más “peligroso” ir a misa que acudir a una manifestación, ese día empezará a ser cierto que celebramos la Cena del Señor, en la que los cristianos vivimos la presencia, en el recuerdo vivo, de aquel Jesús que “aceptó la función más baja que una sociedad puede adjudicar: la de delincuente ejecutado” (G. Theissen, El movimiento de Jesús, Salamanca, Sígueme, 2005. 53). Entonces será cierto y la gente palpará que la misa no es un mero “rito”, sino un “recuerdo peligroso”.    

jueves, 17 de marzo de 2016

ESTA ES LA MESA DEL REINO CON LA QUE YO SUEÑO


La Semana Santa nos llama a resucitar, pero también nos llama a tener sentido fraterno y comunitario para compartir la mesa. Bendita mesa compartida, bendita mesa sin ángulos ni presidencias; ni siquiera jerarquías. Bendita mesa donde la mujer celebra junto al hombre y el niño. Bendita mesa donde es acogido el sin patria, el sin casa y el sin dignidad; para recuperar la identidad, ser acogidos y considerados hij@s de Dios de pleno derecho.
Bendita mesa del Reino, donde lo esencial es vivir, y disfrutar y trabajar por el Reino. Bendito alimento -sea pan o lo que sea- que en nombre de Jesús se comparte.
Benditos días que nos llaman a la interioridad desde una mesa que nos interpela y nos alimenta; y nos llama a la bendita coherencia.
Benditas personas las que en esa mesa se sienten o en torno a ella se reunan. Permita Dios y la vida, que seamos dignos comensales.
¡¡Buena semana santa, y feliz camino hacia la resurrección!!

Un pan inmenso, un pan multiplicado,
Pan crujiente, pan dulce, pan contento
De ser comido todo por hambrientos,
Pan rico de amores, entregado.
¡Qué bueno es Dios, un Dios empanado!
Vida es para los pobres y alimento
Y viático y santo sacramento
Del gran amor de Dios enamorado.
Vosotros, rechazados, excluidos
Por gentes del poder y de dinero,
Seréis en mi Reino los primeros,
Mis hijas y mis hijos preferidos.
Escucho vuestras quejas y gemidos,
Esclavos, humillados, pordioseros,
Ahora de este mundo el basurero,
Pero os llevo en mi entraña dibujados.
¡Venid todos, comed pan de los hijos!

jueves, 30 de julio de 2015

EN LITURGIA, LA IGLESIA LLEVA UN RETRASO DE MAS DE MIL AÑOS

"¿Y nos sorprende que haya tantos cristianos que apenas van a misa?"

(José M. Castillo, teólogo)
Se sabe que el difunto cardenal Martini le dijo al papa Benedicto XVI que la Iglesia lleva doscientos años de retraso respecto a la sociedad y a la cultura actual. Supongo que Martini se refería al ejercicio del poder y al sistema de gobierno eclesiástico. Si el cardenal le hubiera hablado al papa de la liturgia, lo más probable es que le habría dicho que la Iglesia lleva un retraso de más de mil años.
No estoy exagerando. Basta repasar la excelente y documentada historia de la misa, de J. A. Jungmann, para caer en la cuenta de que la estructura de la celebración eucarística, el lenguaje que en ella se utiliza (aunque esté traducido del latín), la mayor parte de los gestos rituales y el conjunto de la ceremonia, todo eso se quedó anclado y atascado en lo que se hacía y se expresaba según el lenguaje y las costumbres de la Alta Edad Media. 
O sea, según los usos y formas de expresión que eran actuales en los lejanos tiempos del siglo quinto al octavo. Sin duda alguna, se puede afirmar que no existe ninguna otra institución, por más conservadora que sea, que se comporte de esta manera. ¿Y nos sorprende que haya tantos cristianos que apenas van a misa?
Por esto conviene reconocer que la Constitución sobre la Liturgia, del concilio Vaticano II, hizo bien a la Iglesia en algunas cosas, por ejemplo al permitir la traducción del latín a las lenguas actuales. Pero también es cierto que aquello fue una "actualización" que se quedó muy corta.

"El lenguaje y los ritos de la eucaristía se quedaron anclados en la Alta Edad Media"

Seguramente porque faltó tiempo, la debida preparación y las condiciones indispensables para afrontar los problemas más de fondo y más actuales que afectan a la liturgia, los rituales, los signos, los símbolos y los embrollados y actualísimos temas relacionados con la comunicación entre los seres humanos.
Sobre todo cuando se trata de comunicar y poner en claro cuestiones tan complicadas como es todo lo que se refiere a nuestras relaciones con "lo trascendente". Y sabemos que eso precisamente es lo que se pretende en la liturgia. ¿Por qué habrá tantos católicos más preocupados por ser fieles al Catecismo que por afrontar y resolver estos problemas tan serios y apremiantes?
Viene de:  http://www.periodistadigital.com/religion/opinion/2015/07/29/jose-maria-castillo-en-liturgia-la-iglesia-lleva-un-retraso-de-mas-de-mil-anos-iglesia-religion-dios-jesus-papa-obispo.shtml

viernes, 1 de agosto de 2014

PERLAS DE PAGOLA PARA EL FINDE - DADLES VOSOTROS DE COMER

28 Tiempo ordinario (A) Mateo 14, 13-21
DADLES VOSOTROS DE COMER
JOSÉ ANTONIO PAGOLA, SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).
ECLESALIA, 30/07/14.- Jesús está ocupado en curar a aquellas gentes enfermas y desnutridas que le traen de todas partes. Lo hace, según el evangelista, porque su sufrimiento le conmueve. Mientras tanto, sus discípulos ven que se esta haciendo muy tarde. Su diálogo con Jesús nos permite penetrar en el significado profundo del episodio llamado erróneamente “la multiplicación de los panes”. 

Los discípulos hacen a Jesús un planteamiento realista y razonable: “Despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer”. Ya han recibido de Jesús la atención que necesitaban. Ahora, que cada uno se vuelva a su aldea y se compre algo de comer según sus recursos y posibilidades.
La reacción de Jesús es sorprendente: “No hace falta que se vayan. Dadles vosotros de comer”. El hambre es un problema demasiado grave para desentendernos unos de otros y dejar que cada uno lo resuelva en su propio pueblo como pueda. No es el momento de separarse, sino de unirse más que nunca para compartir entre todos lo que haya, sin excluir a nadie.
Los discípulos le hacen ver que solo hay cinco panes y dos peces. No importa. Lo poco basta cuando se comparte con generosidad. Jesús manda que se sienten todos sobre el prado para celebrar una gran comida. De pronto todo cambia. Los que estaban a punto de separarse para saciar su hambre en su propia aldea, se sientan juntos en torno a Jesús para compartir lo poco que tienen. Así quiere ver Jesús a la comunidad humana.
¿Qué sucede con los panes y los peces en manos de Jesús? No los “multiplica”. Primero bendice a Dios y le da gracias: aquellos alimentos vienen de Dios: son de todos. Luego los va partiendo y se los va dando a los discípulos. Estos, a su vez, se los van dando a la gente. Los panes y los peces han ido pasando de unos a otros. Así han podido saciar su hambre todos.
El arzobispo de Tánger ha levantado una vez más su voz para recordarnos “el sufrimiento de miles de hombres, mujeres y niños que, dejados a su suerte o perseguidos por los gobiernos, y entregados al poder usurero y esclavizante de las mafias, mendigan, sobreviven, sufren y mueren en el camino de la emigración”.
En vez de unir nuestras fuerzas para erradicar en su raíz el hambre en el mundo, solo se nos ocurre encerrarnos en nuestro “bienestar egoísta” levantando barreras cada vez más degradantes y asesinas. ¿En nombre de qué Dios los despedimos para que se hundan en su miseria? ¿Dónde están los seguidores de Jesús? ¿Cuándo se oye en nuestras eucaristías el grito de Jesús. “Dadles vosotros de comer”?

EL CARDENAL CAÑIZARES Y "SU" DELGADA LINEA ROJA

El Cardenal Cañizares y "SU" delgada línea roja
Bueno, personalmente creía que el poder de asombrarnos estaba ya agotado para el cardenal Cañizares, pero por lo que nos cuenta religióndigital nada de eso. 

El caso es que aun a pesar de los muchos esfuerzos que se hacen en muchos sitios por parte de los sacerdotes y los agentes de pastoral para acercar la eucaristía a las personas, siempre estarán en guardia sobre posibles concesiones a la dureza del rito de la misa, aquellos que se empeñan en delimitar una delgada línea roja que delimita los espacios; haciendo de la eucaristía una celebración con actores determinados y diferenciados. 

"lo más triste es que la celebración sigue cerrada a la comunidad pues sin el cura no hay misa, lo cual proporciona una pobreza que el Espíritu no se merece"

Desde luego planteamientos hay para todos los gustos, pues somos muchos los que nos hemos manifestado abierta y respetuosamente por un rito eucarístico abierto a todos y de todos, en el cual prime el compartir y la actitud de servicio antes que la importancia de quien preside, celebra o consagra –pues se consagra con la presencia comunitaria ya que en todos reside el Espíritu-. 
Hago aquí mención de una opinión del “Cartujo con licencia propia” en la cual discernía sobre la conveniencia de cambiar la materia –el alimento- en la eucaristía, sin menoscabo de la significancia sacramental:  http://cartujoconlicencia.blogspot.com.es/2011/06/si-en-lugar-de-pan-fueran-naranjas.html. 
El caso es que el cardenal Cañizares Pide que se mantenga el rito, pero sin "el canto de la paz". Alerta el prelado contra algunos "abusos" en el rito eucarístico de la paz. Y lo más desconcertante es que ordena que el cura no baje del altar y que los fieles no se desplacen. 

O sea –si se me permite la frivolidad-, como no pagas la entrada no hace falta ni que te muevas. El cura ya te va diciendo lo que tienes que responder. No pienses, no cuestiones nada. Di a todo amén o roguemos al Señor, y se bondadoso en la colecta pues eso –sobre todo- si que agrada al Señor. 
Sinceramente y dejando la sorna a un lado, me parece increíble que este hombre piense que con estas actitudes se le hace un favor a Cristo. 
Me parece aun más lamentable que a esto se reduzca la misión evangelizadora de un señor que será cardenal de la Iglesia, pero como dijo el papa Francisco a los obispos, tiene necesidad de impregnarse del olor de las ovejas y relacionarse con el pueblo. 
Particularmente considero agotado el rito de la misa en la actualidad. Fallece una señora mayor y nadie ocupa su lugar. Los sacerdotes continúan predicando desde la perspectiva paternalista haciéndonos a todos conscientes de las muchas faltas que tenemos, en primer lugar; y lo más triste es que la celebración sigue cerrada a la comunidad pues sin el cura no hay misa, lo cual proporciona una pobreza que el Espíritu no se merece. 
Mientras tanto, seguiremos asistiendo a misa y haciendo comunidad de corazón. Pero también seguiremos haciendo eucaristía con la gente, compartiendo el pan, el vino y las patatas fritas. Pero lo que compartamos lo haremos en nombre de Jesucristo y en nombre de la amistad, el servicio y la fraternidad. 
A esto y solo esto, se reduce la vida de un cristiano hoy día. Todo lo demás es relativo como decía Casaldáliga, menos el hambre. Por ello, seamos consecuentes con lo que verdaderamente merece la pena. 
Saludos calurosos desde Andalucía. Atte. Floren.

viernes, 27 de junio de 2014

EL CORPUS EN EL SIGLO XXI

El “CORPUS” en el siglo XXI
La fiesta del Corpus Christi se celebró por vez primera en la ciudad de Lieja en el año 1246. Luego sería el papa Urbano IV el que la constituiría como solemnidad en el orbe católico en el año 1264. Y su creación no deja de ser paradójica, en cuanto que allá por el siglo VIII se quiso realzar y ensalzar el misterio eucarístico, cuando se le había cerrado al pueblo las puertas a este mismo misterio; por medio de la misa en silencio y de espaldas al pueblo, en lengua extranjera y un ritual cerrado en el cual las personas solo acuden y –si acaso- contestan. 

Estamos casi en las mismas hoy por hoy. La misa es una cosa y puede que en ocasiones esté exenta de misterio eucarístico. Sí, porque cuando se establece un ritual cerrado, un ritual denso solemne y solo para unos pocos que puede que lo entiendan; se encarece la significación de la Eucaristía que Jesús nos enseñó a celebrar, en la cual prima la actitud de servicio y el compartir, por encima de todas las cosas. Yo celebro la eucaristía en cuanto que asisto a ella junto a la comunidad cristiana, y reconozco en ese trozo de pan fino y blanco la Presencia de Jesucristo, al igual que reconozco la misma Presencia en cualquier alimento que es vivido y compartido en su Nombre y entre Hermanos. En actitud de servicio de entrega, se sinceridad y autenticidad. “La Eucaristía es la fuente y cima de toda la evangelización” (Presbyterorum Ordinis - Vaticano II. 7-12-1965). Hoy por hoy, considero que esta máxima es cierta pero incompleta si se mira desde el prisma eclesial. La eucaristía es fuente y puede ser cima y cumbre, pero tal y como la tenemos enfocada en nuestros días es absolutamente inservible para la nueva evangelización. Una evangelización cuya esperanza radica en los jóvenes, en aquellos que tienen el mundo en sus manos y que están ávidos de enseñanzas, de principios y de liderazgo. ¿Cómo es posible que la Iglesia en cada una de sus parroquias –y siento generalizar-, no consiga revitalizar el rostro de Jesús de Nazaret y lo haga atrayente a los ojos de todas las personas, como por ejemplo hace el papa Francisco? Para ello sería muy necesario la tan deseada por algunos descentralización de las parroquias y la diversificación en cuanto a las responsabilidades pastorales entre el pastor y los agentes de pastoral y los laicos. Y creedme que se de lo que hablo. Las parroquias están muy necesitadas de democracia, sí. No tiene porqué ser esto un término o principio ajeno a la iglesia, cuando se solicita por activa y por pasiva sentido de comunidad, congregación, unidad…etc. Para ello, lo primero que habría que hacer es reconocer como servicio pastoral a tantas personas que ajenas a la iglesia pero con un trasfondo cristiano en muchos casos, hacen el bien sin mirar a quien y nos dan una lección de entrega y humanidad a los de misa y oración todos los días (Mc 9,40). “El apostolado de los laicos, que surge de su misma vocación cristiana nunca puede faltar en la Iglesia (Proemio de la Apostolicam Actusitatem, Vaticano II. 18-11-1965). Pero hay que dejarles trabajar, hay que dejar terreno de actuación, y sobre todo hay que saber acercar la eucaristía a las personas. Pero no haciendo una procesión cada vez más pomposa -y vive Dios que me refiero a la generalidad-, que era útil hace 800 años y cuyo misterio y esencia hoy es absolutamente desconocido para la mayoría del pueblo. Por cierto, no me gusta hablar de misterio respecto de lo indescifrable cuando hablo de eucaristía. Yo la considero un misterio, pero un misterio a descifrar a desvelar. Porque no hay eucaristía sin persona humana, sin humanidad. Y la Eucaristía tiene tantas facetas y posibilidades de relevarles y mostrarse maravillosa, fraternal, enriquecedora, sensible, cercana…etc; tantas como personas hay en el mundo y somos muchas. Para sintetizar todo esto acabo citando al apreciado amigo José Antonio Pagola, al cual nunca le falta una pizca de razón: “la preocupación por defender y precisar la presencia del Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Eucaristía, ha podido llevarnos inconscientemente a olvidar la presencia viva del Señor Resucitado en el corazón de toda la comunidad cristiana”. Si no actualizamos la eucaristía, se nos perderá entre los varales del palio de respeto. Esperemos que no ocurra y que todos colaboremos en ello. Abrazos fraternos.

Atte. Floren.

viernes, 20 de junio de 2014

PERLAS DE PAGOLA PARA EL FINDE - ESTANCADOS - CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

Cuerpo y Sangre de Cristo. Juan 6, 51-58 
ESTANCADOS
JOSÉ ANTONIO PAGOLA, SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, El Papa Francisco está repitiendo que los miedos, las dudas, la falta de audacia... pueden impedir de raíz impulsar la renovación que necesita hoy la Iglesia. En su Exhortación “La alegría del Evangelio” llega a decir que, si quedamos paralizados por el miedo, una vez más podemos quedarnos simplemente en “espectadores de un estancamiento infecundo de la Iglesia”. 

Sus palabras hacen pensar. ¿Qué podemos percibir entre nosotros? ¿ Nos estamos movilizando para reavivar la fe de nuestras comunidades cristianas, o seguimos instalados en ese “estancamiento infecundo” del que habla Francisco? ¿Dónde podemos encontrar fuerzas para reaccionar?
Una de las grandes aportaciones del Concilio fue impulsar el paso desde la “misa”, entendida como una obligación individual para cumplir un precepto sagrado, hacia la “eucaristía” vivida como celebración gozosa de toda la comunidad para alimentar su fe, crecer en fraternidad y reavivar su esperanza en Cristo.
Sin duda, a lo largo de estos años, hemos dado pasos muy importantes. Quedan muy lejos aquellas misas celebradas en latín en las que el sacerdote “decía” la misa y el pueblo cristiano venía a “oír” la misa o “asistir” a la celebración. Pero, ¿no estamos celebrando la eucaristía de manera rutinaria y aburrida?
Hay un hecho innegable. La gente se está alejando de manera imparable de la práctica dominical porque no encuentra en nuestras celebraciones el clima, la palabra clara, el rito expresivo, la acogida estimulante que necesita para alimentar su fe débil y vacilante.
Sin duda, todos, pastores y creyentes, nos hemos de preguntar qué estamos haciendo para que la eucaristía sea, como quiere el Concilio, “centro y cumbre de toda la vida de la comunidad cristiana”. Pero, ¿basta la buena voluntad de las parroquias o la creatividad aislada de algunos, sin más criterios de renovación?
La Cena del Señor es demasiado importante para que dejemos que se siga “perdiendo”, como “espectadores de un estancamiento infecundo” ¿No es la eucaristía el centro de la vida cristiana”. ¿Cómo permanece tan callada e inmóvil la jerarquía? ¿Por qué los creyentes no manifestamos nuestra preocupación y nuestro dolor con más fuerza?
El problema es grave. ¿Hemos de seguir “estancados” en un modo de celebración eucarística, tan poco atractivo para los hombres y mujeres de hoy? ¿Es esta liturgia que venimos repitiendo desde hace siglos la que mejor puede ayudarnos a actualizar aquella cena memorable de Jesús donde se concentra de modo admirable el núcleo de nuestra fe?

martes, 2 de octubre de 2012

LA ORACIÓN II. 4.3 LA ESENCIA DE LA EUCARISTÍA, SACRAMENTO DE FRATERNIDAD


4.3 La esencia de la Eucaristía, Sacramento de Fraternidad.

Tal y como suele celebrarse en ocasiones la eucaristía, es evidente que, para muchos cristianos, es difícil comprender y vivir correctamente lo que según los relatos evangélicos, nos dejo dicho Jesús.

Es decir: “haced esto para que os acordéis de mí, para que actualicéis mi presencia y mi memoria entre vosotros”. Pero, ¿podemos estar seguros de que una misa de pontifical solemne, celebrada en un contexto grandioso, con un estricto protocolo y la pompa de las catedrales, puede evocar espontáneamente el recuerdo y la presencia viva del Jesús del evangelio?.
 
Mi intención aquí no es la de tirar por tierra esas ceremonias, ni mucho menos excluirlas de sentido sacramental. Pero estando de acuerdo en que el ser humano se siente bien donde se le estimulan lo sentidos, la vista por medio de magníficos edificios ricamente decorados, el oído por medio de cánticos, órganos o diversas melodías, el olfato al quemar inciensos en los turiferarios…etc, -digo que- todo ello contribuye a que la persona se sienta a gusto en un lugar en el que está además entretenida.
 
Pero, ¿en que grado del uno al diez, queda el sentido de fraternidad que crea la unidad de la comunidad?. La evolución histórica en el modo de celebrar la eucaristía, ha orientado las cosas de tal modo que ha prevalecido lo sagrado sobre lo comunitario, y Jesús no nos pidió que celebráramos y durmiéramos la siesta –entiéndaseme-:

Lucas 12,49 "He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo ya que arda!”

 

Indudablemente Jesús no desea nuestra destrucción por medio del fuego. Pero sí desea, que despertemos de nuestro inmovilismo y de esta manera realiza la comparación del fuego como elemento ante cuyo contacto, el sujeto reacciona inmediatamente.
¿Qué sucede cuando celebramos por un carácter meramente cultual?, ¿en que lugar dejamos la eucaristía cuando asistimos a ella, solo para hacer presencia y no compartir, sin salir de nuestro yo y nuestro inmovilismo?.

La eucaristía, se celebre donde se celebre tiene unas exigencias sociales que están afirmadas y confirmadas con fuerza en algunos testos del NT:

1Cor 11,17”Al daros estos consejos, no puedo felicitaros, pues, al parecer, vuestras reuniones, en lugar de haceros bien, os hacen daño. 11,18 En primer lugar, he oído decir que, cuando os reunís, hay divisiones entre vosotros, y en parte lo creo; 11,19 y hasta es conveniente que haya divisiones entre vosotros para que se sepa quiénes son de virtud probada. 11,20 Cuando os reunís en común, ya no es eso comer la cena del Señor. 11,21 Porque cada cual se adelanta a comer su propia cena; y mientras uno pasa hambre, otro se emborracha. 11,22 ¿Es que no tenéis vuestra casa para comer y beber? ¿O es que despreciáis a la Iglesia de Dios y queréis dejar en vergüenza a los que no tienen? ¿Qué os voy a decir? ¿He de felicitaros? En esto no os puedo felicitar.”

Esta comunidad de Corinto celebra mal la eucaristía y Pablo les reprende. El fallo no estaba en que se dejasen de cumplir determinadas normas litúrgicas, ni siquiera en que el ministro estuviera debidamente ordenado. O que los corintios tuviesen ideas equivocadas en cuanto a la presencia de Cristo en el pan y en el vino.
 
Nada de lo que ahora preocupa a los teólogos, en relación a la eucaristía, era allí motivo de preocupación. Todo consistía en que cada uno iba por su lado, la comunidad estaba dividida. Porque entre ellos había ricos y pobres y los ricos se atiborraban mientras los otros pasaban hambre y necesidad, estableciendo así unas duras diferencias sociales, situación impropia de una comunidad fraterna en común-unión.

Por ello, de lo dicho se desprende que la significación fundamental de la eucaristía se ha de interpretar a partir del símbolo de la comida compartida. Compartir la misma mesa es compartir la misma vida.
Y como en la eucaristía la comida es Jesús mismo en cada una de sus variantes, alimentos, palabra, personas…etc; de ahí se sigue que la eucaristía es el sacramento en el que los creyentes se comprometen a compartir la misma vida que llevó Jesús y la misma vida entre ellos, en el amor y la solidaridad.
 
Esto es lo que expresa el evangelio de Juan. Este evangelio, que habla ampliamente de la eucaristía en el capitulo sexto, no recoge el relato de la institución eucarística. De manera que justamente donde otros evangelios cuentan esta institución, entre el anuncio de la traición de Judas (Mt26,21-25) y el anuncio de la negación de Pedro (Mt 26,31-35), Juan coloca el mandamiento del amor:

Juan 13,34 Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. Que como yo os he amado, así también os améis unos a otros. 13,35 En esto reconocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros".

El cuarto evangelio expresa así dónde está el significado profundo de la eucaristía. Lo fundamental en ella, no está en repetir miméticamente el relato de la institución. Ni siquiera en comer ni beber el pan y el vino consagrados. Lo determinante es la experiencia profunda que se expresa en el ritual eucarístico. Y esa experiencia no es otra que la unión de las personas en el amor. Por ello debemos esforzarnos en ver, en comprender la Eucaristía como Sacramento de Fraternidad.

 
Autor: Florencio Salvador Díaz Fernández.

Estudiante de Teología Cristiana.


(Este material puede ser difundido o utilizado, indicando su autoría y procedencia)

domingo, 30 de septiembre de 2012

LA ORACIÓN II. 4.2 LA COMIDA EUCARISTICA


 
4.2 La comida Eucarística

Esta comida es para muchos cristianos la oración suprema, pues hay en su fondo aspectos universales como el pan y el vino de la tierra, hay elementos de interioridad o encuentro personal con lo divino –la Palabra Sagrada-, y sobre todo una intensa evocación de historia; ya que en el mismo centro de su plegaria, los cristianos recordamos a Jesús y rememoramos y actualizamos el sacramento de su amor.
 
Aquel sacramento por medio del cual dio su muerte a favor de los demás, anticipando su venida salvadora. Igualmente, en su mismo centro, esta plegaria es comunión interhumana, descubrimiento y cultivo de la más honda comunicación creyente.

1Cor 11,23 Yo recibí del Señor lo que os he transmitido: Que Jesús, el Señor, en la noche que fue entregado, tomó pan, 11,24 dio gracias, lo partió y dijo: "Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía". 11,25 Después de cenar, hizo lo mismo con el cáliz, diciendo: "Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; cada vez que la bebáis, hacedlo en memoria mía". 11,26 Pues siempre que coméis este pan y bebéis este cáliz anunciáis la muerte del Señor hasta que vuelva.

La eucaristía, considerada por muchos una comida espiritual a través de los siglos, en su origen no fue instituida como unida a la comida social de las personas.
En la religión hebrea la comida tiene un carácter muy relevante en cuanto a la relación del sujeto con Dios. Existían comidas sagradas, por ejemplo aquella en la cual se ratifico la alianza con Dios.
 
El texto del Éxodo nos refiere una doble tradición: una, que describe el sacrificio como rito esencial de la alianza, y otra que muestra la expresión de la alianza en la comida. Respecto a esta última tradición se nos dice que los setenta ancianos de Israel, que habían subido con Moisés al monte, contemplaron a Dios:

Éxodo 24,9 Moisés, Aarón, Nadab, Abihú y setenta ancianos de Israel subieron 24,10 y vieron al Dios de Israel. Bajo sus pies había como un pavimento de zafiro, semejante en claridad al mismo cielo. 24,11 No extendió su mano contra aquellos elegidos de Israel; y ellos vieron a Dios, comieron y bebieron.

Aquí, como en nuestra actual celebración eucarística, se interpreta la comida como comensalía en la cual participa Dios, como manjar y como comensal; haciendo participes a los asistentes de toda su esencia.
 
Si miramos estas comidas sagradas desde el punto de vista histórico, en ellas advertimos, estrictos rituales, un Dios implacable y temeroso y una comunidad a la cual en muchos casos le es imposible hacer comunidad, ya que están continuamente siendo objeto del cumplimiento de la ley, que es la que salva.
 
Cuando miramos estas celebraciones desde la perspectiva instaurada por Jesús, vemos que desaparecen las estrictas rescisiones y se da paso a una comida de amigos, sin otro particular que la unidad como elemento que cohesiona entre Dios, Jesús y sus hijos, por medio del compartir de su Espíritu Santo.
 
Aunque Jesús nunca mencionara la expresión “eucaristos/eucaristía”, como acción de gracias, lo deja implícito ya que la unión de los que se aman es siempre motivo de grandeza para el Señor, pues considera cumplido su objetivo. Si aquella unión de doce amigos fue efectivamente fraternal, Jesús nos deja dicho que espera de nosotros, la repetición de ese “ZIKKARON”=MEMORIAL:

1Cor 11,24 “dio gracias, lo partió y dijo: "Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía".

La memoria en la concepción de los judíos –y Jesús lo era-, es la celebración conmemorativa de un acontecimiento del pasado que se hace presente en la comunidad celebrante, la cual toma parte en el acontecimiento y en la salvación que el acontecimiento anuncia.
 
Por tanto, el “memorial” no es un mero recuerdo de lo que pasó, sino que es la actualización del hecho que se recuerda. Y, ¿cuál era el recuerdo de los amigos más cercanos de Jesús?. ¿Qué era aquello que mantenían con más frescura en su retina?.
 
Sin lugar a dudas no podemos estar en la mente de ellos, pero por sus enseñanzas advertimos que el acontecimiento de la nueva economía de la salvación –te salvas porque amas y no porque cumples la ley-, y la contemplación de un Dios que es amor de padre, fueron sin lugar a dudas aquello con lo que quedaron marcados, ya que como judíos, no tenían esa concepción de Dios.

Mc 12,28 Un maestro de la ley que había oído la discusión, viendo que les había contestado bien, se le acercó y le preguntó: "¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?". 12,29 Jesús respondió: "El primero es: Escucha, Israel: el Señor, Dios nuestro, es el único Señor; 12,30 y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. 12,31 El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos". 12,32 El escriba le dijo: "Muy bien, maestro; con razón has dicho que él es uno solo y que no hay otro fuera de él, 12,33 y amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale mucho más que todos los holocaustos y sacrificios".

Por medio de esta inapelable enseñanza, se vinculan los dos rasgos principales de la confesión cristiana: amar a Dios y amar al prójimo.
Ellos definen la oración eucarística, que es un diálogo con Dios siendo diálogo de amor y comunicación entre la comunidad. Por ello, al unirse con Dios, el orante se vincula con el único proyecto de este –Dios-, en plegaria compartida.
 
Por ello toda oración es, de algún modo, comunión fraterna, ya que al formar parte activamente de la comunidad eclesial, se llevan los deseos y anhelos de esta, allá donde estemos y aunque estemos momentáneamente solos.

Pero no debemos de olvidar el sentido de gratuidad de la celebración eucarística, en cuanto a unión común de los que amándose, conforman el pueblo de Dios, y ven en el compartir de los alimentos, en la escucha de la palabra y en el abrazo de la paz –como signo de amor-, los signos visibles de la presencia del sacramento de la fraternidad.
 
Tengamos en cuenta que, bien por cultura, o por un excesivo afán de preservación del misterio eucarístico, hemos envuelto a Dios en demasiadas capas, como para que ahora en esta etapa concreta a muchas personas les resulte difícil romper ciertos arquetipos, para llegar al centro de Dios, que en realidad son ellos mismos.

 

 
Autor: Florencio Salvador Díaz Fernández.

Estudiante de Teología Cristiana.


(Este material puede ser difundido o utilizado, indicando su autoría y procedencia)