CARTUJO CON LICENCIA PROPIA

miércoles, 9 de diciembre de 2015

BULA Misericordiae Vultus. Año Jubilar de la Misericordia

 

FRANCISCO
OBISPO  DE  ROMA
SIERVO  DE  LOS  SIERVOS  DE  DIOS
A  CUANTOS  LEAN  ESTA  CARTA
GRACIA,  MISERICORDIA  Y  PAZ

 

1. Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra. Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret. El Padre, « rico de misericordia » (Ef 2,4), después de haber revelado su nombre a Moisés como « Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad » (Ex 34,6) no ha cesado de dar a conocer en varios modos y en tantos momentos de la historia su naturaleza divina. En la « plenitud del tiempo » (Gal4,4), cuando todo estaba dispuesto según su plan de salvación, Él envió a su Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. Quien lo ve a Él ve al Padre (cfr 
7H7B3090
Jn 14,9). Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona[1] revela la misericordia de Dios.
2. Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados no obstante el límite de nuestro pecado.
3. Hay momentos en los que de un modo mucho más intenso estamos llamados a tener la mirada fija en la misericordia para poder ser también nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre. Es por esto que he anunciado un Jubileo Extraordinario de la Misericordia como tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes.
El Año Santo se abrirá el 8 de diciembre de 2015, solemnidad de la Inmaculada Concepción. Esta fiesta litúrgica indica el modo de obrar de Dios desde los albores de nuestra historia. Después del pecado de Adán y Eva, Dios no quiso dejar la humanidad en soledad y a merced del mal. Por esto pensó y quiso a María santa e inmaculada en el amor (cfr Ef 1,4), para que fuese la Madre del Redentor del hombre. Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona. En la fiesta de la Inmaculada Concepción tendré la alegría de abrir la Puerta Santa. En esta ocasión será una Puerta de la Misericordia, a través de la cual cualquiera que entrará podrá experimentar el amor de Dios que consuela, que perdona y ofrece esperanza.
El domingo siguiente, III de Adviento, se abrirá la Puerta Santa en la Catedral de Roma, la Basílica de San Juan de Letrán. Sucesivamente se abrirá la Puerta Santa en las otras Basílicas Papales. Para el mismo domingo establezco que en cada Iglesia particular, en la Catedral que es la Iglesia Madre para todos los fieles, o en la Concatedral o en una iglesia de significado especial se abra por todo el Año Santo una idéntica Puerta de la Misericordia. A juicio del Ordinario, ella podrá ser abierta también en los Santuarios, meta de tantos peregrinos que en estos lugares santos con frecuencia son tocados en el corazón por la gracia y encuentran el camino de la conversión. Cada Iglesia particular, entonces, estará directamente comprometida a vivir este Año Santo como un momento extraordinario de gracia y de renovación espiritual. El Jubileo, por tanto, será celebrado en Roma así como en las Iglesias particulares como signo visible de la comunión de toda la Iglesia.
4. He escogido la fecha del 8 de diciembre por su gran significado en la historia reciente de la Iglesia. En efecto, abriré la Puerta Santa en el quincuagésimo aniversario de la conclusión del Concilio Ecuménico Vaticano II. La Iglesia siente la necesidad de mantener vivo este evento. Para ella iniciaba un nuevo periodo de su historia. Los Padres reunidos en el Concilio habían percibido intensamente, como un verdadero soplo del Espíritu, la exigencia de hablar de Dios a los hombres de su tiempo en un modo más comprensible. Derrumbadas las murallas que por mucho tiempo habían recluido la Iglesia en una ciudadela privilegiada, había llegado el tiempo de anunciar el Evangelio de un modo nuevo. Una nueva etapa en la evangelización de siempre. Un nuevo compromiso para todos los cristianos de testimoniar con mayor entusiasmo y convicción la propia fe. La Iglesia sentía la responsabilidad de ser en el mundo signo vivo del amor del Padre.
Vuelven a la mente las palabras cargadas de significado que san Juan XXIII pronunció en la apertura del Concilio para indicar el camino a seguir: « En nuestro tiempo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia y no empuñar las armas de la severidad … La Iglesia Católica, al elevar por medio de este Concilio Ecuménico la antorcha de la verdad católica, quiere mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella ».[2] En el mismo horizonte se colocaba también el beato Pablo VI quien, en la Conclusión del Concilio, se expresaba de esta manera: « Queremos más bien notar cómo la religión de nuestro Concilio ha sido principalmente la caridad … La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio … Una corriente de afecto y admiración se ha volcado del Concilio hacia el mundo moderno. Ha reprobado los errores, sí, porque lo exige, no menos la caridad que la verdad, pero, para las personas, sólo invitación, respeto y amor. El Concilio ha enviado al mundo contemporáneo en lugar de deprimentes diagnósticos, remedios alentadores, en vez de funestos presagios, mensajes de esperanza: sus valores no sólo han sido respetados sino honrados, sostenidos sus incesantes esfuerzos, sus aspiraciones, purificadas y bendecidas … Otra cosa debemos destacar aún: toda esta riqueza doctrinal se vuelca en una única dirección: servir al hombre. Al hombre en todas sus condiciones, en todas sus debilidades, en todas sus necesidades ».[3]
Con estos sentimientos de agradecimiento por cuanto la Iglesia ha recibido y de responsabilidad por la tarea que nos espera, atravesaremos la Puerta Santa, en la plena confianza de sabernos acompañados por la fuerza del Señor Resucitado que continua sosteniendo nuestra peregrinación. El Espíritu Santo que conduce los pasos de los creyentes para que cooperen en la obra de salvación realizada por Cristo, sea guía y apoyo del Pueblo de Dios para ayudarlo a contemplar el rostro de la misericordia.[4]
5. El Año jubilar se concluirá en la solemnidad litúrgica de Jesucristo Rey del Universo, el 20 de noviembre de 2016. En ese día, cerrando la Puerta Santa, tendremos ante todo sentimientos de gratitud y de reconocimiento hacia la Santísima Trinidad por habernos concedido un tiempo extraordinario de gracia. Encomendaremos la vida de la Iglesia, la humanidad entera y el inmenso cosmos a la Señoría de Cristo, esperando que difunda su misericordia como el rocío de la mañana para una fecunda historia, todavía por construir con el compromiso de todos en el próximo futuro. ¡Cómo deseo que los años por venir estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios! A todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros.
6. « Es propio de Dios usar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su omnipotencia ».[5] Las palabras de santo Tomás de Aquino muestran cuánto la misericordia divina no sea en absoluto un signo de debilidad, sino más bien la cualidad de la omnipotencia de Dios. Es por esto que la liturgia, en una de las colectas más antiguas, invita a orar diciendo: « Oh Dios que revelas tu omnipotencia sobre todo en la misericordia y el perdón ».[6] Dios será siempre para la humanidad como Aquel que está presente, cercano, providente, santo y misericordioso.
“Paciente y misericordioso” es el binomio que a menudo aparece en el Antiguo Testamento para describir la naturaleza de Dios. Su ser misericordioso  se constata concretamente en tantas acciones de la historia de la salvación donde su bondad prevalece por encima del castigo y la destrucción. Los Salmos, en modo particular, destacan esta grandeza del proceder divino: « Él perdona todas tus culpas, y cura todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de gracia y de misericordia » (103,3-4). De una manera aún más explícita, otro Salmo testimonia los signos concretos de su misericordia: « Él Señor libera a los cautivos, abre los ojos de los ciegos y levanta al caído; el Señor protege a los extranjeros y sustenta al huérfano y a la viuda; el Señor ama a los justos y entorpece el camino de los malvados » (146,7-9). Por último, he aquí otras expresiones del salmista: « El Señor sana los corazones afligidos y les venda sus heridas […] El Señor sostiene a los humildes y humilla a los malvados hasta el polvo » (147,3.6). Así pues, la misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo. Vale decir que se trata realmente de un amor “visceral”. Proviene desde lo más íntimo como un sentimiento profundo, natural, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón.
7. “Eterna es su misericordia”: es el estribillo que acompaña cada verso del Salmo 136 mientras se narra la historia de la revelación de Dios. En razón de la misericordia, todas las vicisitudes del Antiguo Testamento están cargadas de un profundo valor salvífico. La misericordia hace de la historia de Dios con su pueblo una historia de salvación. Repetir continuamente “Eterna es su misericordia”, como lo hace el Salmo, parece un intento por romper el círculo del espacio y del tiempo para introducirlo todo en el misterio eterno del amor. Es como si se quisiera decir que no solo en la historia, sino por toda la eternidad el hombre estará siempre bajo la mirada misericordiosa del Padre. No es casual que el pueblo de Israel haya querido integrar este Salmo, el grande hallel como es conocido, en las fiestas litúrgicas más importantes.
Antes de la Pasión Jesús oró con este Salmo de la misericordia. Lo atestigua el evangelista Mateo cuando dice que « después de haber cantado el himno » (26,30), Jesús con sus discípulos salieron hacia el Monte de los Olivos. Mientras instituía la Eucaristía, como memorial perenne de su él y de su Pascua, puso simbólicamente este acto supremo de la Revelación a la luz de la misericordia. En este mismo horizonte de la misericordia, Jesús vivió su pasión y muerte, consciente del gran misterio del amor de Dios que se habría de cumplir en la cruz. Saber que Jesús mismo hizo oración con este Salmo, lo hace para nosotros los cristianos aún más importante y nos compromete a incorporar este estribillo en nuestra oración de alabanza cotidiana: “Eterna es su misericordia”.
8. Con la mirada fija en Jesús y en su rostro misericordioso podemos percibir el amor de la Santísima Trinidad. La misión que Jesús ha recibido del Padre ha sido la de revelar el misterio del amor divino en plenitud. « Dios es amor » (1 Jn 4,8.16), afirma por la primera y única vez en toda la Sagrada Escritura el evangelista Juan. Este amor se ha hecho ahora visible y tangible en toda la vida de Jesús. Su persona no es otra cosa sino amor. Un amor que se dona y ofrece gratuitamente. Sus relaciones con las personas que se le acercan dejan ver algo único e irrepetible. Los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia. En él todo habla de misericordia. Nada en Él es falto de compasión.
Jesús, delante a la multitud de personas que lo seguían, viendo que estaban cansadas y extenuadas, pérdidas y sin guía, sintió desde la profundo del corazón una intensa compasión por ellas (cfr Mt 9,36). A causa de este amor compasivo curó los enfermos que le presentaban (cfr Mt 14,14) y con pocos panes y peces calmó el hambre de grandes muchedumbres (cfr Mt 15,37). Lo que movía a Jesús en todas las circunstancias no era sino la misericordia, con la cual leía el corazón de los interlocutores y respondía a sus necesidades más reales. Cuando encontró la viuda de Naim, que llevaba su único hijo al sepulcro, sintió gran compasión por el inmenso dolor de la madre en lágrimas, y le devolvió a su hijo resucitándolo de la muerte (cfr Lc 7,15). Después de haber liberado el endemoniado de Gerasa, le confía esta misión: « Anuncia todo lo que el Señor te ha hecho y la misericordia que ha obrado contigo » (Mc 5,19). También la vocación de Mateo se coloca en el horizonte de la misericordia. Pasando delante del banco de los impuestos, los ojos de Jesús se posan sobre los de Mateo. Era una mirada cargada de misericordia que perdonaba los pecados de aquel hombre y, venciendo la resistencia de los otros discípulos, lo escoge a él, el pecador y publicano, para que sea uno de los Doce. San Beda el Venerable, comentando esta escena del Evangelio, escribió que Jesús miró a Mateo con amor misericordioso y lo eligió:miserando atque eligendo.[7] Siempre me ha cautivado esta expresión, tanto que quise hacerla mi propio lema.
9. En las parábolas dedicadas a la misericordia, Jesús revela la naturaleza de Dios como la de un Padre que jamás se da por vencido hasta tanto no haya disuelto el pecado y superado el rechazo con la compasión y la misericordia. Conocemos estas parábolas; tres en particular: la de la oveja perdida y de la moneda extraviada, y la del padre y los dos hijos (cfr Lc 15,1-32). En estas parábolas, Dios es presentado siempre lleno de alegría, sobre todo cuando perdona. En ellas encontramos el núcleo del Evangelio y de nuestra fe, porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón.
De otra parábola, además, podemos extraer una enseñanza para nuestro estilo de vida cristiano. Provocado por la pregunta de Pedro acerca de cuántas veces fuese necesario perdonar, Jesús responde: « No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete » (Mt 18,22) y pronunció la parábola del “siervo despiadado”. Este, llamado por el patrón a restituir una grande suma, lo suplica de rodillas y el patrón le condona la deuda. Pero inmediatamente encuentra otro siervo como él que le debía unos pocos centésimos, el cual le suplica de rodillas que tenga piedad, pero él se niega y lo hace encarcelar. Entonces el patrón, advertido del hecho, se irrita mucho y volviendo a llamar aquel siervo le dice: « ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti? » (Mt 18,33). Y Jesús concluye: « Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos » (Mt 18,35).
La parábola ofrece una profunda enseñanza a cada uno de nosotros. Jesús afirma que la misericordia no es solo el obrar del Padre, sino que ella se convierte en el criterio para saber quiénes son realmente sus hijos. Así entonces, estamos llamados a vivir de misericordia, porque a nosotros en primer lugar se nos ha aplicado misericordia. El perdón de las ofensas deviene la expresión más evidente del amor misericordioso y para nosotros cristianos es un imperativo del que no podemos prescindir. ¡Cómo es difícil muchas veces perdonar! Y, sin embargo, el perdón es el instrumento puesto en nuestras frágiles manos para alcanzar la serenidad del corazón. Dejar caer el rencor, la rabia, la violencia y la venganza son condiciones necesarias para vivir felices. Acojamos entonces la exhortación del Apóstol: « No permitan que la noche los sorprenda enojados » (Ef 4,26). Y sobre todo escuchemos la palabra de Jesús que ha señalado la misericordia como ideal de vida y como criterio de credibilidad de nuestra fe. « Dichosos los misericordiosos, porque encontrarán misericordia » (Mt 5,7) es la bienaventuranza en la que hay que inspirarse durante este Año Santo.
Como se puede notar, la misericordia en la Sagrada Escritura es la palabra clave para indicar el actuar de Dios hacia nosotros. Él no se limita a afirmar su amor, sino que lo hace visible y tangible. El amor, después de todo, nunca podrá ser un palabra abstracta. Por su misma naturaleza es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano. La misericordia de Dios es su responsabilidad por nosotros. Él se siente responsable, es decir, desea nuestro bien y quiere vernos felices, colmados de alegría y serenos. Es sobre esta misma amplitud de onda que se debe orientar el amor misericordioso de los cristianos. Como ama el Padre, así aman los hijos. Como Él es misericordioso, así estamos nosotros llamados a ser misericordiosos los unos con los otros.
10. La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo. La Iglesia « vive un deseo inagotable de brindar misericordia ».[8] Tal vez por mucho tiempo nos hemos olvidado de indicar y de andar por la vía de la misericordia. Por una parte, la tentación de pretender siempre y solamente justicia ha hecho olvidar que ella es el primer paso, necesario e indispensable; la Iglesia no obstante necesita ir más lejos para alcanzar una meta más alta y más significativa. Por otra parte, es triste constatar cómo la experiencia del perdón en nuestra cultura se desvanece cada vez más. Incluso la palabra misma en algunos momentos parece evaporarse. Sin el testimonio del perdón, sin embargo, queda solo una vida infecunda y estéril, como si se viviese en un desierto desolado. Ha llegado de nuevo para la Iglesia el tiempo de encargarse del anuncio alegre del perdón. Es el tiempo de retornar a lo esencial para hacernos cargo de las debilidades y dificultades de nuestros hermanos. El perdón es una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza.
11. No podemos olvidar la gran enseñanza que san Juan Pablo II ofreció en su segunda encíclica Dives in misericordia, que en su momento llegó sin ser esperada y tomó a muchos por sorpresa en razón del tema que afrontaba. Dos pasajes en particular quiero recordar. Ante todo, el santo Papa hacía notar el olvido del tema de la misericordia en la cultura presente: « La mentalidad contemporánea, quizás en mayor medida que la del hombre del pasado, parece oponerse al Dios de la misericordia y tiende además a orillar de la vida y arrancar del corazón humano la idea misma de la misericordia. La palabra y el concepto de misericordia parecen producir una cierta desazón en el hombre, quien, gracias a los adelantos tan enormes de la ciencia y de la técnica, como nunca fueron conocidos antes en la historia, se ha hecho dueño y ha dominado la tierra mucho más que en el pasado (cfr Gn 1,28). Tal dominio sobre la tierra, entendido tal vez unilateral y superficialmente, parece no dejar espacio a la misericordia … Debido a esto, en la situación actual de la Iglesia y del mundo, muchos hombres y muchos ambientes guiados por un vivo sentido de fe se dirigen, yo diría casi espontáneamente, a la misericordia de Dios ».[9]
Además, san Juan Pablo II motivaba con estas palabras la urgencia de anunciar y testimoniar la misericordia en el mundo contemporáneo: « Ella está dictada por el amor al hombre, a todo lo que es humano y que, según la intuición de gran parte de los contemporáneos, está amenazado por un peligro inmenso. El misterio de Cristo ... me obliga al mismo tiempo a proclamar la misericordia como amor compasivo de Dios, revelado en el mismo misterio de Cristo. Ello me obliga también a recurrir a tal misericordia y a implorarla en esta difícil, crítica fase de la historia de la Iglesia y del mundo ».[10] Esta enseñanza es hoy más que nunca actual y merece ser retomada en este Año Santo. Acojamos nuevamente sus palabras: « La Iglesia vive una vida auténtica, cuando profesa y proclama la misericordia – el atributo más estupendo del Creador y del Redentor – y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador, de las que es depositaria y dispensadora ».[11]
12. La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona. La Esposa de Cristo hace suyo el comportamiento del Hijo de Dios que sale a encontrar a todos, sin excluir ninguno. En nuestro tiempo, en el que la Iglesia está comprometida en la nueva evangelización, el tema de la misericordia exige ser propuesto una vez más con nuevo entusiasmo y con una renovada acción pastoral. Es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre.
La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo. De este amor, que llega hasta el perdón y al don de sí, la Iglesia se hace sierva y mediadora ante los hombres. Por tanto, donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia.
13. Queremos vivir este Año Jubilar a la luz de la palabra del Señor: Misericordiosos como el Padre. El evangelista refiere la enseñanza de Jesús: « Sed misericordiosos, como el Padre vuestro es misericordioso » (Lc 6,36). Es un programa de vida tan comprometedor como rico de alegría y de paz. El imperativo de Jesús se dirige a cuantos escuchan su voz (cfr Lc 6,27). Para ser capaces de misericordia, entonces, debemos en primer lugar colocarnos a la escucha de la Palabra de Dios. Esto significa recuperar el valor del silencio para meditar la Palabra que se nos dirige. De este modo es posible contemplar la misericordia de Dios y asumirla como propio estilo de vida.
14. La peregrinación es un signo peculiar en el Año Santo, porque es imagen del camino que cada persona realiza en su existencia. La vida es una peregrinación y el ser humano es viator, un peregrino que recorre su camino hasta alcanzar la meta anhelada. También para llegar a la Puerta Santa en Roma y en cualquier otro lugar, cada uno deberá realizar, de acuerdo con las propias fuerzas, una peregrinación. Esto será un signo del hecho que también la misericordia es una meta por alcanzar y que requiere compromiso y sacrificio. La peregrinación, entonces, sea estímulo para la conversión: atravesando la Puerta Santa nos dejaremos abrazar por la misericordia de Dios y nos comprometeremos a ser misericordiosos con los demás como el Padre lo es con nosotros.
El Señor Jesús indica las etapas de la peregrinación mediante la cual es posible alcanzar esta meta: « No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará: una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque seréis medidos con la medida que midáis » (Lc 6,37-38). Dice, ante todo, no juzgar y no condenar. Si no se quiere incurrir en el juicio de Dios, nadie puede convertirse en el juez del propio hermano. Los hombres ciertamente con sus juicios se detienen en la superficie, mientras el Padre mira el interior. ¡Cuánto mal hacen las palabras cuando están motivadas por sentimientos de celos y envidia! Hablar mal del propio hermano en su ausencia equivale a exponerlo al descrédito, a comprometer su reputación y a dejarlo a merced del chisme. No juzgar y no condenar significa, en positivo, saber percibir lo que de bueno hay en cada persona y no permitir que deba sufrir por nuestro juicio parcial y por nuestra presunción de saberlo todo. Sin embargo, esto no es todavía suficiente para manifestar la misericordia. Jesús pide también perdonar dar. Ser instrumentos del perdón, porque hemos sido los primeros en haberlo recibido de Dios. Ser generosos con todos sabiendo que también Dios dispensa sobre nosotros su benevolencia con magnanimidad.
Así entonces, misericordiosos como el Padre es el “lema” del Año Santo. En la misericordia tenemos la prueba de cómo Dios ama. Él da todo sí mismo, por siempre, gratuitamente y sin pedir nada a cambio. Viene en nuestra ayuda cuando lo invocamos. Es bello que la oración cotidiana de la Iglesia inicie con estas palabras: « Dios mío, ven en mi auxilio; Señor, date prisa en socorrerme » (Sal 70,2). El auxilio que invocamos es ya el primer paso de la misericordia de Dios hacia nosotros. Él viene a salvarnos de la condición de debilidad en la que vivimos. Y su auxilio consiste en permitirnos captar su presencia y cercanía. Día tras día, tocados por su compasión, también nosotros llegaremos a ser compasivos con todos.
15. En este Año Santo, podremos realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno dramáticamente crea. ¡Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento existen en el mundo hoy! Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los pueblos ricos. En este Jubileo la Iglesia será llamada a curar aún más estas heridas, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención. No caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye. Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad. Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campante para esconder la hipocresía y el egoísmo.
Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina. La predicación de Jesús nos presenta estas obras de misericordia para que podamos darnos cuenta si vivimos o no como discípulos suyos. Redescubramos las obras demisericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y no olvidemos las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a  Dios por los vivos y por los difuntos.
No podemos escapar a las palabras del Señor y en base a ellas seremos juzgados: si dimos de comer al hambriento y de beber al sediento. Si acogimos al extranjero y vestimos al desnudo. Si dedicamos tiempo para acompañar al que estaba enfermo o prisionero (cfr Mt 25,31-45). Igualmente se nos preguntará si ayudamos a superar la duda, que hace caer en el miedo y en ocasiones es fuente de soledad; si fuimos capaces de vencer la ignorancia en la que viven millones de personas, sobre todo los niños privados de la ayuda necesaria para ser rescatados de la pobreza; si fuimos capaces de ser cercanos a quien estaba solo y afligido; si perdonamos a quien nos ofendió y rechazamos cualquier forma de rencor o de violencia que conduce a la violencia; si tuvimos paciencia siguiendo el ejemplo de Dios que es tan paciente con nosotros; finalmente, si encomendamos al Señor en la oración nuestros hermanos y hermanas. En cada uno de estos “más pequeños” está presente Cristo mismo. Su carne se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga ... para que nosotros los reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado. No olvidemos las palabras de san Juan de la Cruz: « En el ocaso de nuestras vidas, seremos juzgados en el amor ».[12]
16. En el Evangelio de Lucas encontramos otro aspecto importante para vivir con fe el Jubileo. El evangelista narra que Jesús, un sábado, volvió a Nazaret y, como era costumbre, entró en la Sinagoga. Lo llamaron para que leyera la Escritura y la comentara. El paso era el del profeta Isaías donde está escrito: « El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor » (61,12). “Un año de gracia”: es esto lo que el Señor anuncia y lo que deseamos vivir. Este Año Santo lleva consigo la riqueza de la misión de Jesús que resuena en las palabras del Profeta: llevar una palabra y un gesto de consolación a los pobres, anunciar la liberación a cuantos están prisioneros de las nuevas esclavitudes de la sociedad moderna, restituir la vista a quien no puede ver más porque se ha replegado sobre sí mismo, y volver a dar dignidad a cuantos han sido privados de ella. La predicación de Jesús se hace de nuevo visible en las respuestas de fe que el testimonio de los cristianos está llamado a ofrecer. Nos acompañen las palabras del Apóstol: « El que practica misericordia, que lo haga con alegría » (Rm 12,8).
17. La Cuaresma de este Año Jubilar sea vivida con mayor intensidad, como momento fuerte para celebrar y experimentar la misericordia de Dios. ¡Cuántas páginas de la Sagrada Escritura pueden ser meditadas en las semanas de Cuaresma para redescubrir el rostro misericordioso del Padre! Con las palabras del profeta Miqueas también nosotros podemos repetir: Tú, oh Señor, eres un Dios que cancelas la iniquidad y perdonas el pecado, que no mantienes para siempre tu cólera, pues amas la misericordia. Tú, Señor, volverás a compadecerte de nosotros y a tener piedad de tu pueblo. Destruirás nuestras culpas y arrojarás en el fondo del mar todos nuestros pecados (cfr 7,18-19).
Las páginas del profeta Isaías podrán ser meditadas con mayor atención en este tiempo de oración, ayuno y caridad: « Este es el ayuno que yo deseo: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos; compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no abandonar a tus semejantes. Entonces despuntará tu luz como la aurora y tu herida se curará rápidamente; delante de ti avanzará tu justicia y detrás de ti irá la gloria del Señor. Entonces llamarás, y el Señor responderá; pedirás auxilio, y él dirá: « ¡Aquí estoy! ». Si eliminas de ti todos los yugos, el gesto amenazador y la palabra maligna; si partes tu pan con el hambriento y sacias al afligido de corazón, tu luz se alzará en las tinieblas y tu oscuridad será como al mediodía. El Señor te guiará incesantemente, te saciará en los ardores del desierto y llenará tus huesos de vigor; tú serás como un jardín bien regado, como una vertiente de agua, cuyas aguas nunca se agotan » (58,6-11).
La iniciativa “24 horas para el Señor”, de celebrarse durante el viernes y sábado que anteceden el IV domingo de Cuaresma, se incremente en las Diócesis. Muchas personas están volviendo a acercarse al sacramento de la Reconciliación y entre ellas muchos jóvenes, quienes en una experiencia semejante suelen reencontrar el camino para volver al Señor, para vivir un momento de intensa oración y redescubrir el sentido de la propia vida. De nuevo ponemos convencidos en el centro el sacramento de la Reconciliación, porque nos permite experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia. Será para cada penitente fuente de verdadera paz interior.
Nunca me cansaré de insistir en que los confesores sean un verdadero signo de la misericordia del Padre. Ser confesores no se improvisa. Se llega a serlo cuando, ante todo, nos hacemos nosotros penitentes en busca de perdón. Nunca olvidemos que ser confesores significa participar de la misma misión de Jesús y ser signo concreto de la continuidad de un amor divino que perdona y que salva. Cada uno de nosotros ha recibido el don del Espíritu Santo para el perdón de los pecados, de esto somos responsables. Ninguno de nosotros es dueño del Sacramento, sino fiel servidor del perdón de Dios. Cada confesor deberá acoger a los fieles como el padre en la parábola del hijo pródigo: un padre que corre al encuentro del hijo no obstante hubiese dilapidado sus bienes. Los confesores están llamados a abrazar ese hijo arrepentido que vuelve a casa y a manifestar la alegría por haberlo encontrado. No se cansarán de salir al encuentro también del otro hijo que se quedó afuera, incapaz de alegrarse, para explicarle que su juicio severo es injusto y no tiene ningún sentido delante de la misericordia del Padre que no conoce confines. No harán preguntas impertinentes, sino como el padre de la parábola interrumpirán el discurso preparado por el hijo pródigo, porque serán capaces de percibir en el corazón de cada penitente la invocación de ayuda y la súplica de perdón. En fin, los confesores están llamados a ser siempre, en todas partes, en cada situación y a pesar de todo, el signo del primado de la misericordia.
18. Durante la Cuaresma de este Año Santo tengo la intención de enviar los Misioneros de la Misericordia. Serán un signo de la solicitud materna de la Iglesia por el Pueblo de Dios, para que entre en profundidad en la riqueza de este misterio tan fundamental para la fe. Serán sacerdotes a los cuales daré la autoridad de perdonar también los pecados que están reservados a la Sede Apostólica, para que se haga evidente la amplitud de su mandato. Serán, sobre todo, signo vivo de cómo el Padre acoge cuantos están en busca de su perdón. Serán misioneros de la misericordia porque serán los artífices ante todos de un encuentro cargado de humanidad, fuente de liberación, rico de responsabilidad, para superar los obstáculos y retomar la vida nueva del Bautismo. Se dejarán conducir en su misión por las palabras del Apóstol: « Dios sometió a todos a la desobediencia, para tener misericordia de todos » (Rm 11,32). Todos entonces, sin excluir a nadie, están llamados a percibir el llamamiento a la misericordia. Los misioneros vivan esta llamada conscientes de poder fijar la mirada sobre Jesús, « sumo sacerdote misericordioso y digno de fe » (Hb 2,17).
Pido a los hermanos Obispos que inviten y acojan estos Misioneros, para que sean ante todo predicadores convincentes de la misericordia. Se organicen en las Diócesis “misiones para el pueblo” de modo que estos Misioneros sean anunciadores de la alegría del perdón. Se les pida celebrar el sacramento de la Reconciliación para los fieles, para que el tiempo de gracia donado en el Año jubilar permita a tantos hijos alejados encontrar el camino de regreso hacia la casa paterna. Los Pastores, especialmente durante el tiempo fuerte de Cuaresma, sean solícitos en el invitar a los fieles a acercarse « al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia » (Hb 4,16).
19. La palabra del perdón pueda llegar a todos y la llamada a experimentar la misericordia no deje a ninguno indiferente. Mi invitación a la conversión se dirige con mayor insistencia a aquellas personas que se encuentran lejanas de la gracia de Dios debido a su conducta de vida. Pienso en modo particular a los hombres y mujeres que pertenecen a algún grupo criminal, cualquiera que éste sea. Por vuestro bien, os pido cambiar de vida. Os lo pido en el nombre del Hijo de Dios que si bien combate el pecado nunca rechaza a ningún pecador. No caigáis en la terrible trampa de pensar que la vida depende del dinero y que ante él todo el resto se vuelve carente de valor y dignidad. Es solo una ilusión. No llevamos el dinero con nosotros al más allá. El dinero no nos da la verdadera felicidad. La violencia usada para amasar fortunas que escurren sangre no convierte a nadie en poderoso ni inmortal. Para todos, tarde o temprano, llega el juicio de Dios al cual ninguno puede escapar.  
La misma llamada llegue también a todas las personas promotoras o cómplices de corrupción. Esta llaga putrefacta de la sociedad es un grave pecado que grita hacia el cielo pues mina desde sus fundamentos la vida personal y social. La corrupción impide mirar el futuro con esperanza porque con su prepotencia y avidez destruye los proyectos de los débiles y oprime a los más pobres. Es un mal que se anida en gestos cotidianos para expandirse luego en escándalos públicos. La corrupción es una obstinación en el pecado, que pretende sustituir a Dios con la ilusión del dinero como forma de poder. Es una obra de las tinieblas, sostenida por la sospecha y la intriga. Corruptio optimi pessima, decía con razón san Gregorio Magno, para indicar que ninguno puede sentirse inmune de esta tentación. Para erradicarla de la vida personal y social son necesarias prudencia, vigilancia, lealtad, transparencia, unidas al coraje de la denuncia. Si no se la combate abiertamente, tarde o temprano busca cómplices y destruye la existencia.
¡Este es el tiempo oportuno para cambiar de vida! Este es el tiempo para dejarse tocar el corazón. Delante a tantos crímenes cometidos, escuchad el llanto de todas las personas depredadas por vosotros de la vida, de la familia, de los afectos y de la dignidad. Seguir como estáis es sólo fuente de arrogancia, de ilusión y de tristeza. La verdadera vida es algo bien distinto de lo que ahora pensáis. El Papa os tiende la mano. Está dispuesto a escucharos. Basta solamente que acojáis la llamada a la conversión y os sometáis a la justicia mientras la Iglesia os ofrece misericordia. 
20. No será inútil en este contexto recordar la relación existente entre justicia misericordia. No son dos momentos contrastantes entre sí, sino un solo momento que se desarrolla progresivamente hasta alcanzar su ápice en la plenitud del amor. La justicia es un concepto fundamental para la sociedad civil cuando, normalmente, se hace referencia a un orden jurídico a través del cual se aplica la ley. Con la justicia se entiende también que a cada uno debe ser dado lo que le es debido. En la Biblia, muchas veces se hace referencia a la justicia divina y a Dios como juez. Generalmente es entendida como la observación integral de la ley y como el comportamiento de todo buen israelita conforme a los mandamientos dados por Dios. Esta visión, sin embargo, ha conducido no pocas veces a caer en el legalismo, falsificando su sentido originario y oscureciendo el profundo valor que la justicia tiene. Para superar la perspectiva legalista, sería necesario recordar que en la Sagrada Escritura la justicia es concebida esencialmente como un abandonarse confiado en la voluntad de Dios.
Por su parte, Jesús habla muchas veces de la importancia de la fe, más bien que de la observancia de la ley. Es en este sentido que debemos comprender sus palabras cuando estando a la mesa con Mateo y sus amigos dice a los fariseos que lo contestaban porque comía con los publicanos y pecadores: « Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores » (Mt 9,13). Ante la visión de una justicia como mera observancia de la ley que juzga, dividiendo las personas en justos y pecadores, Jesús se inclina a mostrar el gran de don de la misericordia que busca a los pecadores para ofrecerles el perdón y la salvación. Se comprende porque en presencia de una perspectiva tan liberadora y fuente de renovación, Jesús haya sido rechazado por los fariseos y por los doctores de la ley. Estos, para ser fieles a la ley, ponían solo pesos sobre las espaldas de las persona, pero así frustraban la misericordia del Padre. El reclamo a observar la ley no puede obstaculizar la atención por las necesidades que tocan la dignidad de las personas.  
Al respecto es muy significativa la referencia que Jesús hace al profeta Oseas -« yo quiero amor, no sacrificio ». Jesús afirma que de ahora en adelante la regla de vida de sus discípulos deberá ser la que da el primado a la misericordia, como Él mismo testimonia compartiendo la mesa con los pecadores. La misericordia, una vez más, se revela como dimensión fundamental de la misión de Jesús. Ella es un verdadero reto para sus interlocutores que se detienen en el respeto formal de la ley. Jesús, en cambio, va más allá de la ley; su compartir con aquellos que la ley consideraba pecadores permite comprender hasta dónde llega su misericordia.
También el Apóstol Pablo hizo un recorrido parecido. Antes de encontrar a Jesús en el camino a Damasco, su vida estaba dedicada a perseguir de manera irreprensible la justicia de la ley (cfr Flp 3,6). La conversión a Cristo lo condujo a ampliar su visión precedente al punto que en la carta a los Gálatas afirma: « Hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la Ley » (2,16). Parece que su comprensión de la justicia ha cambiado ahora radicalmente. Pablo pone en primer lugar la fe y no más la ley. El juicio de Dios no lo constituye la observancia o no de la ley, sino la fe en Jesucristo, que con su muerte y resurrección trae la salvación junto con la misericordia que justifica. La justicia de Dios se convierte ahora en liberación para cuantos están oprimidos por la esclavitud del pecado y sus consecuencias. La justicia de Dios es su perdón (cfr Sal 51,11-16).
21. La misericordia no es contraria a la justicia sino que expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse, convertirse y creer. La experiencia del profeta Oseas viene en nuestra ayuda para mostrarnos la superación de la justicia en dirección hacia la misericordia. La época de este profeta se cuenta entre las más dramáticas de la historia del pueblo hebreo. El Reino está cercano de la destrucción; el pueblo no ha permanecido fiel a la alianza, se ha alejado de Dios y ha perdido la fe de los Padres. Según una lógica humana, es justo que Dios piense en rechazar el pueblo infiel: no ha observado el pacto establecido y por tanto merece la pena correspondiente, el exilio. Las palabras del profeta lo atestiguan: « Volverá al país de Egipto, y Asur será su rey, porque se han negado a convertirse »
(Os 11,5). Y sin embargo, después de esta reacción que apela a la justicia, el profeta modifica radicalmente su lenguaje y revela el verdadero rostro de Dios: « Mi corazón se convulsiona dentro de mí, y al mismo tiempo se estremecen mis entrañas. No daré curso al furor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraín, porque soy Dios, no un hombre; el Santo en medio de ti y no es mi deseo aniquilar » (11,8-9). San Agustín, como comentando las palabras del profeta dice: « Es más fácil que Dios contenga la ira que la misericordia ».[13]
Si Dios se detuviera en la justicia dejaría de ser Dios, sería como todos los hombres que invocan respeto por la ley. La justicia por sí misma no basta, y la experiencia enseña que apelando solamente a ella se corre el riesgo de destruirla. Por esto Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón. Esto no significa restarle valor a la justicia o hacerla superflua, al contrario. Quien se equivoca deberá expiar la pena. Solo que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la ternura del perdón. Dios no rechaza la justicia. Él la engloba y la supera en un evento superior donde se experimenta el amor que está a la base de una verdadera justicia. Debemos prestar mucha atención a cuanto escribe Pablo para no caer en el mismo error que el Apóstol reprochaba a sus contemporáneos judíos: « Desconociendo la justicia de Dios y empeñándose en establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios. Porque el fin de la ley es Cristo, para justificación de todo el que cree » (Rm 10,3-4). Esta justicia de Dios es la misericordia concedida a todos como gracia en razón de la muerte y resurrección de Jesucristo. La Cruz de Cristo, entonces, es el juicio de Dios sobre todos nosotros y sobre el mundo, porque nos ofrece la certeza del amor y de la vida nueva.
22. El Jubileo lleva también consigo la referencia a la indulgencia. En el Año Santo de la Misericordia ella adquiere una relevancia particular. El perdón de Dios por nuestros pecados no conoce límites. En la muerte y resurrección de Jesucristo, Dios hace evidente este amor que es capaz incluso de destruir el pecado de los hombres. Dejarse reconciliar con Dios es posible por medio del misterio pascual y de la mediación de la Iglesia. Así entonces, Dios está siempre disponible al perdón y nunca se cansa de ofrecerlo de manera siempre nueva e inesperada. Todos nosotros, sin embargo, vivimos la experiencia del pecado. Sabemos que estamos llamados a la perfección (cfr Mt 5,48), pero sentimos fuerte el peso del pecado. Mientras percibimos la potencia de la gracia que nos transforma, experimentamos también la fuerza del pecado que nos condiciona. No obstante el perdón, llevamos en nuestra vida las contradicciones que son consecuencia de nuestros pecados. En el sacramento de la Reconciliación Dios perdona los pecados, que realmente quedan cancelados; y sin embargo, la huella negativa que los pecados tienen en nuestros comportamientos y en nuestros pensamientos permanece. La misericordia de Dios es incluso más fuerte que esto. Ella se transforma en indulgencia del Padre que a través de la Esposa de Cristo alcanza al pecador perdonado y lo libera de todo residuo, consecuencia del pecado, habilitándolo a obrar con caridad, a crecer en el amor más bien que a recaer en el pecado.
La Iglesia vive la comunión de los Santos. En la Eucaristía esta comunión, que es don de Dos, actúa como unión espiritual que nos une a los creyentes con los Santos y los Beatos cuyo número es incalculable (cfr Ap 7,4). Su santidad viene en ayuda de nuestra fragilidad, y así la Madre Iglesia es capaz con su oración y su vida de encontrar la debilidad de unos con la santidad de otros. Vivir entonces la indulgencia en el Año Santo significa acercarse a la misericordia del Padre con la certeza que su perdón se extiende sobre toda la vida del creyente. Indulgencia es experimentar la santidad de la Iglesia que participa a todos de los beneficios de la redención de Cristo, porque el perdón es extendido hasta las extremas consecuencias a la cual llega el amor de Dios. Vivamos intensamente el Jubileo pidiendo al Padre el perdón de los pecados y la dispensación de su indulgencia misericordiosa.
23. La misericordia posee un valor que sobrepasa los confines de la Iglesia. Ella nos relaciona con el judaísmo y el Islam, que la consideran uno de los atributos más calificativos de Dios. Israel primero que todo recibió esta revelación, que permanece en la historia como el comienzo de una riqueza inconmensurable de ofrecer a la entera humanidad. Como hemos visto, las páginas del Antiguo Testamento están entretejidas de misericordia porque narran las obras que el Señor ha realizado en favor de su pueblo en los momentos más difíciles de su historia. El Islam, por su parte, entre los nombres que le atribuye al Creador está el de Misericordioso y Clemente. Esta invocación aparece con frecuencia en los labios de los fieles musulmanes, que se sienten acompañados y sostenidos por la misericordia en su cotidiana debilidad. También ellos creen que nadie puede limitar la misericordia divina porque sus puertas están siempre abiertas.
Este Año Jubilar vivido en la misericordia pueda favorecer el encuentro con estas religiones y con las otras nobles tradiciones religiosas; nos haga más abiertos al diálogo para conocerlas y comprendernos mejor; elimine toda forma de cerrazón y desprecio, y aleje cualquier forma de violencia y de discriminación.
24. El pensamiento se dirige ahora a la Madre de la Misericordia. La dulzura de su mirada nos acompañe en este Año Santo, para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios. Ninguno como María ha conocido la profundidad el misterio de Dios hecho hombre. Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la misericordia hecha carne. La Madre del Crucificado Resucitado entró en el santuario de la misericordia divina porque participó íntimamente en el misterio de su amor.
Elegida para ser la Madre del Hijo de Dios, María estuvo preparada desde siempre para ser Arca de la Alianza entre Dios y los hombres. Custodió en su corazón la divina misericordia en perfecta sintonía con su Hijo Jesús. Su canto de alabanza, en el umbral de la casa de Isabel, estuvo dedicado a la misericordia que se extiende « de generación en generación » (Lc 1,50). También nosotros estábamos presentes en aquellas palabras proféticas de la Virgen María. Esto nos servirá de consolación y de apoyo mientras atravesaremos la Puerta Santa para experimentar los frutos de la misericordia divina.
Al pie de la cruz, María junto con Juan, el discípulo del amor, es testigo de las palabras de perdón que salen de la boca de Jesús. El perdón supremo ofrecido a quien lo ha crucificado nos muestra hasta dónde puede llegar la misericordia de Dios. María atestigua que la misericordia del Hijo de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir ninguno. Dirijamos a ella la antigua y siempre nueva oración del Salve Regina, para que nunca se canse de volver a nosotros sus ojos misericordiosos y nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia, su Hijo Jesús.
Nuestra plegaria se extienda también a tantos Santos y Beatos que han hicieron de la misericordia su misión de vida. En particular el pensamiento se dirige a la grande apóstol de la misericordia, santa Faustina Kowalska. Ella que fue llamada a entrar en las profundidades de la divina misericordia, interceda por nosotros y nos obtenga vivir y caminar siempre en el perdón de Dios y en la inquebrantable confianza en su amor.
25. Un Año Santo extraordinario, entonces, para vivir en la vida de cada día la misericordia que desde siempre el Padre dispensa hacia nosotros. En este Jubileo dejémonos sorprender por Dios. Él nunca se cansa de destrabar la puerta de su corazón para repetir que nos ama y quiere compartir con nosotros su vida. La Iglesia siente la urgencia de anunciar la misericordia de Dios. Su vida es auténtica y creíble cuando con convicción hace de la misericordia su anuncio. Ella sabe que la primera tarea, sobre todo en un momento como el nuestro, lleno de grandes esperanzas y fuertes contradicciones, es la de introducir a todos en el misterio de la misericordia de Dios, contemplando el rostro de Cristo. La Iglesia está llamada a ser el primer testigo veraz de la misericordia, profesándola y viviéndola como el centro de la Revelación de Jesucristo. Desde el corazón de la Trinidad, desde la intimidad más profunda del misterio de Dios, brota y corre sin parar el gran río de la misericordia. Esta fuente nunca podrá agotarse, sin importar cuántos sean los que a ella se acerquen. Cada vez que alguien tendrá necesidad podrá venir a ella, porque la misericordia de Dios no tiene fin. Es tan insondable es la profundidad del misterio que encierra, tan inagotable la riqueza que de ella proviene.
En este Año Jubilar la Iglesia se convierta en el eco de la Palabra de Dios que resuena fuerte y decidida como palabra y gesto de perdón, de soporte, de ayuda, de amor. Nunca se canse de ofrecer misericordia y sea siempre paciente en el confortar y perdonar. La Iglesia se haga voz de cada hombre y mujer y repita con confianza y sin descanso: « Acuérdate, Señor, de tu misericordia y de tu amor; que son eternos » (Sal 25,6).
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 11 de abril, Vigilia del Segundo Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia, del Año del Señor 2015, tercero de mi pontificado.
Franciscus

[1] Cfr Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, 4.
[2]Discurso de apertura del Conc. Ecum. Vat. II, Gaudet Mater Ecclesia, 11 de octubre de 1962, 2-3.
[3]Alocución en la última sesión pública, 7 de diciembre de 1965.
[4] Cfr Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 16; Const. past. Gaudium et spes, 15.
[5] santo tomás de aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 30, a. 4.
[6] XXVI domingo del tiempo ordinario. Esta colecta se encuentra ya en el Siglo VIII, entre los textos eucológicos del Sacramentario Gelasiano (1198).
[7] Cfr Hom. 21: CCL 122, 149-151.
[8] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24.
[9] N., 2.
[10] Juan Pablo II, Carta Enc. Dives in misericordia, 15.
[11]Ibíd., 13.
[12]Palabras de luz y de amor, 57.
[13]Enarr. in Ps. 76, 11.
viene de: http://www.iubilaeummisericordiae.va/content/gdm/es/giubileo/bolla.html

ORACIÓN DOMINGO II ADVIENTO "C". LA ALEGRÍA DE TESTIMONIAR

La alegría de testimoniar.   Domingo II Adviento C
“Pero cuando venga el defensor, que yo enviaré de parte del Padre, él será mi testigo. Y  también vosotros seréis mis testigos, porque habéis estado conmigo desde el principio.”
(Jn 15,26-27)
BIENVENIDA
Hermanos y hermanas, paz y bien.
Decía San Anselmo de Canterbury: “Ea, hombrecillo, deja un momento tus ocupaciones habituales, entra un instante en ti mismo, lejos de tus pensamientos. Arroja fuera de ti las preocupaciones agobiantes; aparta de ti tus inquietudes trabajosas. Dedica algún rato a Dios y descansa siquiera un momento en su presencia”.
Por segunda vez nos encontramos en este lugar de oración. Nuestra iniciativa es la misma, orar, y preparar un camino al Señor. Probablemente estaríamos mejor en otro sitio; quizás más confortable o en otras condiciones. Pero hemos optado por este lugar de recogimiento donde nos centramos en la oración comunitaria, en la escucha de la Palabra y en la vivencia personal de cada uno de nosotros.
El adviento avanza poco a poco, como el barco que se abre paso por aguas impetuosas. Poco a poco, como una suave brisa que nos azota el rostro y nos hace sentir con toda la crudeza la fuerza de la naturaleza y nuestra propia realidad.
Una vez nos dijeron de Ti Señor, que “Tú tienes Palabras de vida eterna” (Salmo 18). Aquí estamos por tu Palabra, por tu enseñanza, por tu testimonio; por tu continua invitación a estar despiertos y a trabajar por la justicia.
Ojalá tu Espíritu nos asista en esta hora, para saber estar y compartir; para abrirnos a la escucha de tu palabra, pues tenemos la necesidad y la alegría de ser tus testigos en el mundo y evangelizar con nuestra vida.

CANTO (CD): DESDE EL ALBA TE BUSCO
Encendido de la segunda Vela -verde- de la Corona de Adviento y acto penitencial. (Padre David)
Padre bueno que nos amas y nos buscas; encendemos la segunda vela que nos anuncia el gozo del Adviento. Pidiéndote que esta luz fortalezca nuestros esfuerzos, ilumine los caminos y alumbre nuestros corazones. Necesitamos su calor y su fuerza, para seguir con mayor ahínco en la búsqueda de la justicia y la paz. Cristo, al que esperamos y lo vivimos, es ejemplo y ayuda. Que su Espíritu nos asista ahora y siempre, pues en ocasiones naufragamos en el intento de ser testigos tuyos.

-Por las ocasiones en las que no hemos estado a la altura del sentido de la fraternidad: Señor, ten piedad…
-Por habernos dejado llevar por la desesperanza, el desanimo, y la desconfianza en ti: Cristo, ten piedad…
-Por no asumir plenamente el papel creativo que a cada uno de nosotros nos encomiendas, de ser tus manos y tus besos en el mundo, de ser abrazo y cercanía, de ser paz y misericordia: Señor, ten piedad…
Oremos.
Señor, Dios y Padre bueno, no permitas que la falta de esperanza paralice nuestra vida de fe y compromiso de caridad; guíanos al encuentro con tu Hijo Jesucristo para que de nuevo podamos participar en las tareas de su reino. Por Jesucristo nuestro Señor, amén.

LITURGIA DE LA PALABRA
Monición introductoria de Lucas 3, 1-6.
No se entiende un Adviento sin Juan el Bautista, el último de los profetas que anunció la venida del Mesías. Juan el Bautista anuncia algo que está a la misma puerta de la vida de todos aquellos que mantienen la esperanza, la venida de Jesús, la llegada del salvador. Y lo hace desde un marco incomparable para prepararse a esta cita mesiánica con el Señor, el desierto.
El desierto es un lugar de contrastes. Lo mismo puede matarte, que salvarte si le conoces bien. Durante el día las temperaturas son sofocantes, sin embargo caen hasta bajo cero durante la noche. Es un lugar en el que no se aconseja otra carga, que la del propio cuerpo y sus circunstancias. Y a pesar de la dureza de este medio natural, es ahí, en el desierto donde vive Juan el bautista.
Nacido de Isabel y Zacarías, Juan Bautista pertenece a la espiritualidad esenia. Una secta de personas que cultivaban la cultura, la mente la espiritualidad; por medio de una vida sobria, humilde y sencilla hasta el extremo. Está demostrado que Jesús de Nazaret asumió en su personalidad muchas cualidades de este pueblo en el que vivió Juan Bautista; por ello era Jesús tan amigo de retirarse y buscar la presencia de Dios Padre en la naturaleza.
Pues el grito de Juan Bautista es claro en el evangelio que vamos a escuchar: ¡¡preparad un camino al Señor!! Lo dice utilizando la misma exclamación que el profeta Isaías (40,3-5). Quizás para hacer hincapié en lo que esto significa. Preparar un camino al Señor, allanando sus senderos, igualando las colinas, limando las asperezas…etc.
¿Acaso esta preparación, es el trabajo que el Señor nos encomienda desarrollar en su nombre entre nuestros hermanos y hermanas?
Escuchamos atentamente la Palabra de Dios.

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas (3,1-6) (Padre David)
En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea, y su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: «Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios.»
Palabra del Señor

REFLEXIÓN Y DINAMICA A LA LUZ DE LA PALABRA
Cuando nos familiaricemos con las lecturas de este segundo Domingo de Adviento, podremos darnos cuenta que hay un detonante claro en las lecturas, y es el testimonio; la capacidad de anunciar a Jesucristo o lo que es lo mismo, el Reino de Dios. Y llama mucho la atención que en las tres lecturas que preceden al Evangelio, el testimonio es afrontado desde la alegría.
“Levántate Jerusalén, súbete en alto, mira y contempla a tus hijos que se alegran en la presencia de Dios” (Baruc 5,5), dice Baruc el profeta del destierro al pueblo de Israel. El Salmo ensalza la esperanza en Dios aclamando: -“El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres” (Salmo 125,3). Y Pablo escribe a los cristianos de Filipo diciéndoles: -“con alegría doy gracias Dios, por vuestra colaboración con el evangelio” (Filipenses 1,3-5a).
Luego vendrá Juan el Bautista y nos insistirá en la vocación a la que todo creyente está llamado, a preparar un camino al Señor. Esto puede significar Ser las mismas manos del señor en el mundo, pues Él mismo se acerca a nuestras realidades desde las mismas personas. Cuando acunaste, cuando consolaste, cuando abrazaste al afligido. Cuando trazaste una senda al atribulado, cuando iluminaste al perdido. Cuando amaste y fuiste solidariamente efectivo. Cuando colaboraste en restituir la dignidad a tal o cual persona. ¿Acaso en cada uno  de esos momentos no estaba con nosotros el Espíritu del Señor?

(Continua la dinámica con “Un viejo tronco seco del que brota un tallo verde” (Pag 35, Cáritas) Se trata de llevar el tema hacia la similitud de vivir y sentir a Cristo en nuestras vidas, para ser sus manos en el mundo, testimoniar y así preparar un camino al Señor. De esta manera, como Él mismo, seremos brotes verdes del tronco de Jesé. Colocaremos un arbolito en el centro de nuestra asamblea y le insertaremos papel verde recortado con forma de hojas, y en cada hoja escribiremos un don o una actitud positiva y constructiva. Unos se sentirán identificados, otros consideraran la posibilidad de potenciar esa actitud….etc.)

Esta dinámica puede acabar con la oración de los fieles de manera espontánea.

PLEGARIA FINAL de alabanza y petición a dos coros.
Padre todo bondadoso que nos amas y nos buscas.
Con toda la capacidad de admiración
que anida en nuestro corazón queremos bendecirte,
diciendo: Eres nuestro Padre,
tu nombre de siempre es “Nuestro Salvador”.

Nos has elegido antes de la creación,
bendiciéndonos con toda clase de dones
para que llegáramos a ser personas adultas.

Lo que contemplamos todos los días,
desde la más pequeña semilla
hasta el movimiento de los astros,
nos revela hasta qué punto
has sembrado el mundo de poder y energía.

Te has volcado sobre nosotros
dándonos la luz de la inteligencia,
la fuerza de la voluntad, el calor del amor,
la capacidad para el trabajo,
el sentido de hermanos para desplegar la fraternidad.

El proceso de nuestro desarrollo personal,
la revolución de la historia, el dominio del mundo,
la organización de la sociedad, son proyectos posibles
porque Tú nos acompañas y juntos,
tenemos fuerza para consumarlos.

Por lo cual, unidos a los que esperan,
te damos gloria, unidos todos juntos en la oración
que nos enseño Jesús:
PADRE NUESTRO QUE ESTAS EN LOS CIELOS… (todos)

(Sigue a dos coros)
Bendito seas, Padre, por Jesús, que viene en tu nombre.
Su vida nos revela que Tú eres “un Dios
entre los hombres y mujeres del mundo”.
Tu eres nuestro Dios, nosotros somos tu pueblo.

El mundo no te es ajeno; eres el Dios del mundo.
Por eso te entregas todo, porque nos amas.
En la Cruz se nos revela el impensable misterio del mundo:
un mundo salvado de la maldición
y un Dios maldito por amor al mundo.

Gracias te sean dadas a ti mil veces
porque eres nuestro y somos tuyos,
unidos para siempre con alianza eterna.
Por eso has resucitado a Jesús, porque Tú estabas con El
y no podías permitir que lo tuyo pereciera.

Haz, Padre, que la invocación de tu Espíritu
haga que tu Palabra –aquí presente- cale en nuestra vida,
hasta hacerla fecunda como la semilla caída en tierra buena.

Que esta Palabra nos lleve hasta la Presencia
permanente y real de Jesús, a fin de que nosotros,
testimoniando con Él, nos edifiquemos según tu voluntad.

Padre, recordando la muerte y resurrección de Jesús,
y escuchando la voz de tus profetas
que nos animan a confiar en un mundo mejor;
te pedimos que aceptes de buen grado
nuestro propósito de querer trabajar por tu Reino
y de “preparar un camino a tu Hijo Jesús”.

Siendo así, y siendo cada uno de nosotros jóvenes o adultos,
construiremos un mundo joven en el cual Jesús sea la novedad.
Unidos a Jesús, luz en el camino de nuestra vida,
te bendecimos Padre, por los siglos de los siglos. Amén.

(Adaptación de la Plegaria DIOS SALVA, Jesús Burgaleta)

BENDICIÓN Y DESPEDIDA (Padre David)

Ven, Señor.
Sigue viniendo.
No te canses de venir, en espíritu, en palabra, en verdad y vida.
Ven a este mundo que hambrea sentido y de esperanza.
Ven a habitar cada horizonte.
Ven a sacudir las inercias, a avivar los amores apagados, a calentar los hogares fríos, ven.
Ven, de nuevo niño, a mostrarnos esa fragilidad poderosa del Dios pequeño.
Sigue viniendo, contra viento y marea, contra escepticismos y rutinas, contra dudas y atrofias.

+ Y la bendición de Dios todo bondadoso, Padre, Hijo y Esp Sto…

BIENAVENTURANZAS DE LOS DONES
(estas bienaventuranzas se recortan en formas de hojas, previamente imprimidas en papel verde, y se colocan en un árbol que asemejará al tronco de Jesé del cual todos formamos parte)

ACEPTACIÓN
Felices los que aceptáis vuestras limitaciones,
sin acomplejaros; porque haréis posible lo imposible.

ACEPTACIÓN
Felices los que consideráis la aceptación de sí mismo, como piedra fundamental para construir vuestra personalidad; porque también edificaréis una pacífica convivencia.

ACEPTACIÓN
Felices los que acogéis a todas las personas, con sus límites y cualidades; porque irradiaréis entrega, disponibilidad, sonrisas, fiesta y felicidad.

COMPRENSIÓN
Felices los que pensáis más desde los otros y menos desde vuestro egoísmos e intereses creados; porque disculparéis sin límites.

COMPRENSIÓN
Felices los que os aceptáis como sois y no como os gustaría ser; porque los complejos no nacerán en vuestra vida.

COMPRENSIÓN
Felices los que conocéis bien vuestros defectos y vuestras virtudes; porque nunca os devaluaréis ni os programaréis en negativo.

SERVICIO
Felices los que tenéis por meta en la vida servir para servir; porque seréis verdaderos discípulos del profeta de Nazaret.

SERVICIO
Felices los que participáis activamente en hacer brotar el saludo, la sonrisa, el humor y la alegría en la sociedad actual; porque lograréis que el mundo sea de nuevo un paraíso.

SERVICIO
Felices los que sois pura donación y entrega a Dios y los hermanos; porque habréis entendido perfectamente lo que es ser cristiano/a.

AMISTAD
Felices los que estáis convencidos de que sin amigos no se puede vivir porque Dios lo ha querido así; porque construiréis los puentes de amistad y fraternidad, que tanto necesita la actual sociedad.

AMISTAD
Felices los que llamáis a Jesús vuestro amigo, porque caminaréis por sendas de entrega servicio y acogida.

AMISTAD
Felices los que usáis la amistad como la más poderosa arma para construir la paz; porque vuestras manos serán palomas de la paz para acoger y reconciliar.

COMPROMISO
Felices los que tenéis una idea clara de vuestra misión, de la razón de vuestra existencia en la tierra; porque no dejaréis que nadie os engañe.

COMPROMISO
Felices los que sois responsables de vuestros talentos, valías y posibilidades; porque os promocionaréis al máximo humana y socialmente.

COMPROMISO
Felices los que os comprometéis en la construcción de un mundo más humano, alegre y fraterno; porque os llamarán los nuevos cristianos.

CONVIVENCIA
Felices los que al convivir os vienen ganas de compartir, de no pasar de largo ante los problemas de los demás, de escuchar más a los demás; porque habréis descubierto las fuentes del agua evangélica.

CONVIVENCIA
Felices los que ponéis la convivencia en las paredes de vuestras casas y la edificáis con acogida y aceptación; porque vuestros deseos de compartir, de servir y de entregaros, se verán saciados”

CONVIVENCIA
Felices los que hacéis de la convivencia el germen de una vida entregada y fiel, al Señor, al esposo o la esposa, a los amigos o a unos determinados ideales; porque estáis proclamando en alta voz que el convivir en plenitud es un derecho de la persona humana.

ENCANTO
Felices los que os extasiáis ante una flor, una puesta de sol y ante una corriente de agua cristalina; porque haréis crecer vuestras ansias de vivir.

ENCANTO
Felices los que experimentáis el gozo del esfuerzo, de la felicidad y de la constancia; porque ninguna meta o proyecto os será desconocido.

ENCANTO
Felices los que salís a la naturaleza a escuchar los mensajes de vida que constantemente están emitiendo todos los seres de la creación; porque encontraréis la dicha de saberos creados por el amor de Dios.

ORACIÓN
Felices aquellos a los que os colma la oración en grupo; porque la comunidad os enseñará a realizaros como personas orantes.

ORACIÓN
Felices los que desde el amor, os dedicáis todos los días un rato a la oración; porque experimentaréis que la amistad sólo se mantiene con el trato y orar es tratarse a solas con el Señor.

ORACIÓN
Felices los que experimentáis la oración como una necesidad imperiosa de encuentro con aquel de quien os sabéis amados; porque crecerá vuestra amistad con Jesús.

SOLIDARIDAD
Felices los que descubrís que habéis sido creados para vivir en solidaridad; porque vuestra meta en la vida será: “todos para uno, y uno para todos”

SOLIDARIDAD
Felices los que acogéis en vuestro corazón las alegrías y sinsabores de la vida de los demás; porque haciendo un mundo más sensible, seguiréis los pasos del maestro de Nazaret.

SOLIDARIDAD
Felices los que creéis en las personas y apostáis por su felicidad y dignidad de hijos e hijas de Dios; porque vuestra solidaridad cristiana edificará el Reino de Dios.

ALABANZA
Felices los que al levantaros cada mañana, sentís la necesidad de dar gracias por la vida; porque Dios se regocijará con vosotros y os acogerá en su corazón de Padre.

ALABANZA
Felices los que en la adversidad y en la alegría os acogéis bajo el amparo del Señor; porque habréis logrado edificar vuestra fe como una casa bien cimentada.

ALABANZA
Felices los que alabáis al Señor a boca llena; porque sentiréis la necesidad de expandir el gozo, haciendo la vida más llevadera a los demás.
   
ALEGRÍA
Felices los que le sacáis una sonrisa a la vida superando dificultades; porque acabaréis con la tristeza, causa de todos los males.

ALEGRÍA
Felices los que consideráis la alegría como la mejor flor para adornar y perfumar la sociedad actual; porque os esforzaréis para que esté plantada en todos los balcones del mundo.

ALEGRÍA
Felices los que os planteáis la vida en positivo y descubrís que este mundo está lleno de cosas maravillosas para haceros felices; porque vuestro gozo será supremo.

Grupo:








martes, 1 de diciembre de 2015

EL ISLAM Y LA HUMANIDAD "Matar a una persona es igual a matar toda la humanidad"

Reproduzco este artículo de RELIGIÓN DIGITAL, que me ha parecido muy sugerente sobre los conceptos reales que atesora el Sagrado Corán, libro que estudié de manera superficial cuando estudiaba teología y cuyo contenido me pareció fascinante. Este libro, como la Biblia tiene elementos para ofender a todo el mundo; pero en esencia son libros de vida que deben ser interpretados desde y solo por la vida.
atte. Floren.

"Matar a una persona es igual a matar toda la humanidad"

El islam enseña la humanidad incluso durante la guerra

(Malik Tariq Mahmood, Misionero de la comunidad Ahmadía Intl. del Islam en España).- En este artículo pongo versículos del Sagrado Corán que son muy fáciles de comprender sin comentarios. Matar a una persona es igual a matar toda la humanidad 

Dios, el Clemente, afirma en el Sagrado Corán:
"Quien matara a una persona - salvo que fuera por asesinar a otra persona o por sembrar la discordia en el país -sería como si hubiese matado a toda la humanidad; mas quien diera la vida a uno sería como si hubiese dado la vida a toda la humanidad."(5:33)

El islam no permite emplear la fuerza en los asuntos religiosos
"No ha de existir coacción en la religión." (2:257)
El islam obliga hacer justicia incluso durante la guerra

...Y no dejes que la enemistad de un pueblo que os ha impedido acceder a la Mezquita Sagrada, os incite a tratarlos con injusticia. Al contrario, ayudaos mutuamente en las cosas buenas de la vida y en todas las cosas que se basen en el temor de Al-lah. Sin embargo, no os ayudéis mutuamente en el pecado y la transgresión... (C.5: Al-Maidah: 3)
Y luchad en la causa de Al-lah contra los que luchan contra vosotros, pero no seáis transgresores. En verdad, Al-lah no ama a los transgresores. (2:191)
El islam no permite atacar primero
Se da permiso para combatir a los que han sido combatidos, porque han sido perjudicados. (22:40)
El islam respeta a todas las religiones
En verdad, quienes han creído en Mohammad, y los judíos, y los sabeos, y los cristianos: quienes creen en Al-lah y en el Ultimo Día y hacen buenas obras, sobre ellos no recaerá el temor ni serán afligidos (C.5: Al-Maidah: 70)
El islam aboga la libertad religiosa
Diles: "Es la verdad de vuestro Señor: por tanto, el que quiera creer, que crea, y el que no quiera creer, no crea". (18:30)
Para vosotros vuestra religión, y para mí mi religión. (109:7)
El Santo Profeta Muhammadsaw dice que el verdadero musulmán es aquel de cuya lengua y manos todos amantes de paz estén a salvo. (Al-Bujari y Al-Muslim)
Deberes y obligaciones de los musulmanes durante y después de la guerra
A la ocasión de la conquista de la propia patria, la Meca, El profeta Muhammad perdonó a todos que habían matado a cientos de musulmanes durante 22 años permitiéndoles quedar con su propia religión. Las normas de la batalla defensiva que puso son las siguientes.
No ser el primero en atacar ni atacar durante la noche.
Invitar al enemigo hacia la paz antes de la batalla. Cuando no quede otra opción que la guerra, entonces, no matar a las mujeres, los niños, los ancianos, los enfermos y las personas dedicadas a cualquier religión, es decir: padres, monjes y monjas, rabinos etc. 
Luchar solo contra los que luchen con vosotros.
Proteger las iglesias, los monasterios y otros oratorios.
No destruir las poblaciones, no cortar los jardines ni las cosechas; ni tampoco mutilar a nadie. Cabe mencionar aquí que los no musulmanes cometían todas estas atrocidades contra los musulmanes.
Derechos de los presos
El Profeta ordenó a los musulmanes que, desde el campo de la batalla hasta Medina, se turnaran con los presos de guerra para cabalgar y les proporcionaran comida y vestimenta igual que la suya. ¿Acaso este terrorismo que destruye la paz del mundo cada vez más rápidamente, tiene algo que ver con el Islam o el Sagrado Corán? Si una minoría desviada e ignorante es autora del terrorismo, no se puede culpabilizar al Santo Profeta Muhammadsaw ni al islam.

Viene de: http://www.periodistadigital.com/religion/opinion/2015/11/30/matar-a-una-persona-es-igual-a-matar-toda-la-humanidad.shtml

DÍA MUNDIAL DE LA LUCHA CONTRA EL VIH (SIDA) - WORLD DAY OF THE FIGHT AGAINST HIV AIDS


Esta enfermedad en el tercer mundo mata y en nuestro primer mundo estigmatiza, lo cual es otra manera de morir; pues acaban con tu dignidad con tu prestigio personal. 
Merece la pena obrar en consecuencia y favorecer el que cada persona pueda vivir su vida de la manera más digna posible. Los que somos cristianos solo tenemos que fijarnos en Jesús de Nazaret que abrazaba y acogía sin preguntar; los que no son cristianos basta con acogerse al respeto mutuo, la solidaridad y la ayuda mutua.
Y favoreciendo todos la contención de la enfermedad de una manera responsable.
NO A LA DISCRIMINACIÓN POR VIH, ni por otra causa. Si somos humanos, somos iguales y punto.


sábado, 28 de noviembre de 2015

PLEGARIA DEL DOMINGO I ADVIENTO C. "DIOS SALVA".

DOMINGO I, ADVIENTO CICLO “C”. Sábado 28 de Noviembre de 2015
Plegaria de alabanza y petición (a dos coros)

Padre todo bondadoso que nos amas y nos buscas.
Con toda la capacidad de admiración
que anida en nuestro corazón queremos bendecirte,
diciendo: Eres nuestro Padre,
tu nombre de siempre es “Nuestro Salvador”.


Nos has elegido antes de la creación,
bendiciéndonos con toda clase de dones
para que llegáramos a ser personas adultas.

Lo que contemplamos todos los días,
desde la más pequeña semilla
hasta el movimiento de los astros,
nos revela hasta qué punto
has sembrado el mundo de poder y energía.

Te has volcado sobre nosotros
dándonos la luz de la inteligencia,
la fuerza de la voluntad, el calor del amor,
la capacidad para el trabajo,
el sentido de hermanos para desplegar la fraternidad.

El proceso de nuestro desarrollo personal,
la revolución de la historia, el dominio del mundo,
la organización de la sociedad, son proyectos posibles
porque Tú nos acompañas y juntos,
tenemos fuerza para consumarlos.

Por lo cual, unidos a los que esperan,
te damos gloria, unidos todos juntos en la oración
que nos enseño Jesús:
PADRE NUESTRO QUE ESTAS EN LOS CIELOS… (todos)

(Sigue a dos coros)
Bendito seas, Padre, por Jesús, que viene en tu nombre.
Su vida nos revela que Tú eres “un Dios
entre los hombres y mujeres del mundo”.
Tu eres nuestro Dios, nosotros somos tu pueblo.

El mundo no te es ajeno; eres el Dios del mundo.
Por eso te entregas todo, porque nos amas.
En la Cruz se nos revela el impensable misterio del mundo:
un mundo salvado de la maldición
y un Dios maldito por amor al mundo.

Gracias te sean dadas a ti mil veces
porque eres nuestro y somos tuyos,
unidos para siempre con alianza eterna.
Por eso has resucitado a Jesús, porque Tú estabas con El
y no podías permitir que lo tuyo pereciera.

Haz, Padre, que la invocación de tu Espíritu
haga que tu Palabra –aquí presente- cale en nuestra vida,
hasta hacerla fecunda como la semilla caída en tierra buena.

Que esta Palabra nos lleve hasta la presencia
permanente y real de Jesús, a fin de que nosotros,
testimoniando con Él, nos edifiquemos según tu voluntad.

Padre, recordando la muerte y resurrección de Jesús,
y escuchando la voz de tus profetas
que nos animan a confiar en un mundo mejor;
te pedimos que aceptes de buen grado
nuestro propósito de querer trabajar por tu Reino
y de “preparar un camino a tu Hijo Jesús”.

Siendo así, y siendo cada uno de nosotros jóvenes o adultos,
construiremos un mundo joven en el cual Jesús sea la novedad.
Unidos a Jesús, luz en el camino de nuestra vida,
te bendecimos Padre, por los siglos de los siglos. Amén.


(Adaptación de la Plegaria DIOS SALVA, Jesús Burgaleta)

¿CÓMO ES TU ADVIENTO?

-Hoy no es como ayer, aunque el cielo siga nublado.

-Hoy no es como ayer, aunque tenga que levantarme a la misma hora.


-Hoy no es como ayer, aunque tenga que entrar a trabajar a la misma hora.

-Hoy no es como ayer, aunque desayune a la misma hora.

-Hoy es hoy. Y hoy todo vuelve a comenzar.

-Este Adviento 2015 puede parecer el de 2014. Y no lo es. Es nuevo. Y así tendríamos que comenzarlo a vivir.

“Como si fuese el primer Adviento de mi vida”.

“Como si fuese la primera espera de Navidad de mi vida”.

“Como si fuese la primera vez que espero el nacimiento de Jesús”.

“Como si la próxima Navidad para la que nos preparamos, fuese la primera vez que nace Jesús.”

Debemos olvidarnos de los Advientos pasados y atrevernos a vivir este Adviento como “si fuese la primera vez”.                                         


(Cáritas. Adviento-Navidad 2015-2016)

sábado, 14 de noviembre de 2015

PRIÈRE POUR CHRISTIAN TUÉ EN FRANCE injustement. Avant les attaques terroristes

Par la prière CHRISTIAN injustement tué. Attaque terroriste en France


Quand le monde se réveille horrifiée
avant une exécution de masse de personnes,
si silencieux et secoué,
regarder dans l'horreur,
aujourd'hui, nous bénissons le Père exécuté.

Dans la Croix de Jésus converger, comme dans une tasse,
vivre sang des martyrs pour la liberté,
Hommes et femmes tout
qui a témoigné l'humanité;
cou fauché des rebelles,
les femmes qui se sont rebellés contre les abus,
les créateurs pensaient interdits,
langue torturé des prophètes,
Le corps brûlé de réformateurs
et les mains de ceux qui ont construit l'avenir amputé.

Nous ne pouvons pas nommer le nombre de passages
qui peuplent l'horizon terrestre.
De la pointe de l'épée, jusqu'à ce que les explosifs modernes;
de la mer perfide de "non-patrie"
du canon des armes à feu et des armes nucléaires;
de l'excitation de l'injection létale
et la famine dévastatrice qui a également tué dans le monde.

De l'horreur des fours crématoires
des camps de la mort
à l'assassiner des meilleurs dans le pays,
le cri sauvage de la douleur augmente,
comme un cheval blessé dans la poitrine.

Il est le visage de l'humanité humiliée,
que, comme dans Guernica de Picasso
Il tient à leurs enfants sans vie et sans âme.
Messes de peuples entiers, Père,
-de premier, deuxième et troisième mondial,
sont abattus, tués,
salua avec une barre de fer et accordéons.

Pour toute cette horreur humaine, nous disons NON !!

Comme une montagne de bronze indignation monte
et d'appeler sur votre nom, notre engagement- plus sacré
pour lutter contre toute passion et tout le martyre.
Nous savons que tout ce que le nom que vous invoquer,
Vous n'êtes pas le Dieu des assassins;
tu es le Dieu de ceux qui vivent dans la fraternité et l'amour sont livrés.

Comme ton Fils Jésus de Nazareth,
qui a continué à aimer sur la Croix,
le pardon accordé et la réconciliation,
pas d'un iota de son évangile rétracté.

Son esprit est toujours vivant, inquiet et se déplace,
Il est la force la plus révolutionnaire sur la terre,
même si nous avons essayé d'apprivoiser notre intérêt.

Unis dans cet esprit et rejoindre la Croix de Jésus
le injustement exécutée, nous reconnaissons
le sang du juste semer nouveaux hommes et les femmes.
Que nous allons conquérir le monde et les coeurs,
par le respect, l'acceptation mutuelle, l'humanité et la fraternité.

Votre présence, Père,
est un baume pour les familles et amis des personnes tuées;
ceux-ci sont en paix Ti,
Donne-nous la sagesse et à témoigner

et de rendre la vie plus facile dans le sol sous nos pieds. Amen.

PLEGARIA POR LOS INJUSTAMENTE ASESINADOS - Ante el Terrorismo en Francia

Cuando el mundo despierta horrorizado
ante una ejecución masiva de personas,
así de silenciosos y estremecidos,
con la mirada perdida en el horror,
te bendecimos hoy Padre de los ajusticiados.

En la Cruz de Jesús converge, como en un cáliz,
la sangre viva de los mártires por la libertad,
de los hombres y mujeres justos
que testimoniaron humanidad;
el cuello segado de los rebeldes,
las mujeres que se revelaron ante el abuso,
el pensamiento prohibido de los creadores,
la lengua torturada de los profetas,
el cuerpo quemado de los reformadores
y las manos amputadas de los que edificaron el futuro.

No podemos nombrar el número de cruces
que pueblan el horizonte de las tierras.
Desde el filo de la espada, hasta los modernos explosivos;
desde el mar traicionero de los “sin-patria”,
desde el cañón de los fusiles y las armas atómicas;
desde el estremecimiento de la inyección letal
y la devastadora hambre que también mata en el mundo.

Desde el horror de los hornos crematorios
de los campos de exterminio
hasta el asesinato de los mejores de la tierra,
se alza el alarido salvaje del dolor,
como el de un caballo herido en el pecho.

Es la cara de la humanidad humillada,
que como en un Guernica de Picasso
sostiene a sus hijos sin vida y sin alma.
Masas de pueblos enteros, Padre,
-del primer, segundo y tercer mundo-,
están siendo ametrallados, exterminados,
doblegados con vara de hierro y concertinas.

A todo este horror humano decimos ¡¡NO!!

Como una montaña de bronce se levanta la indignación
y apelamos a tu nombre –nuestro más sagrado compromiso-
para luchar contra toda pasión y todo martirio.
Sabemos que sea cual sea el nombre con el que se te invoque,
Tú no eres el Dios de los asesinos;
eres el Dios de los que viven en fraternidad y se entregan por amor.

Como tu Hijo Jesús de Nazaret,
el cual siguió amando en la Cruz,
concedió el perdón y la reconciliación,
no se retractó ni un ápice de su evangelio.

Su Espíritu sigue vivo, inquieta y mueve,
es la fuerza más revolucionaria de la tierra,
a pesar de que hemos pretendido domesticarlo a nuestro interés.

Unidos a este Espíritu, y uniendo a la Cruz de Jesús
a los injustamente ajusticiados, reconocemos
que la sangre de los justos será semilla de hombres y mujeres nuevos.
Los cuales conquistaremos el mundo y los corazones,
por medio del respeto, la aceptación mutua, la humanidad y la fraternidad.

Que tu Presencia, Padre,
sea bálsamo para los familiares y amigos de los asesinados;
que estos se hallen en Ti la paz,
y a nosotros danos cordura para testimoniar

y poder hacer la vida más fácil en este suelo que pisamos. Amén.

martes, 3 de noviembre de 2015

CARTA ABIERTA AL CONSEJERO DE SALUD DE LA JUNTA DE ANDALUCÍA

Carta abierta al Ilmo. Sr. Consejero de Salud de la Junta de Andalucía, Don Aquilino Alonso Miranda
Señor Consejero, muy buenas tardes desde Estepa (Sevilla)

Quien le escribe es alguien que observa el mundo desde la pequeñez de su vida, desde la cotidianeidad y el quehacer de su pueblo. Y en la sucesión de los días y las horas, tiene uno en ocasiones la oportunidad de palpar con su propia mano las alegrías y sinsabores que la vida proporciona a cada persona, en función de sus circunstancias concretas.


Hoy he sido testigo de la desesperación de una mujer, que desde hace años solicita una ayuda concreta para que su marido “gran dependiente” tenga una vida lo más digna posible y la ayuda no acaba de llegar. La espera –como dice la señora- no es que se pueda llamar larga, sino que es lo siguiente. Ella admite que desde que la solicitó, por Estepa han pasado tres alcaldes, por la Junta han pasado dos presidentes, por España han pasado dos reyes y por Roma han pasado tres Papas.

Puede que suene a broma, pero el caso es serio. No tengo los pormenores del caso de esta señora y su marido dependiente; pero me dirijo a usted para que tenga la bondad de interesarse por el caso y se haga cargo de esta necesidad concreta, porque la realidad indiscutible es que esa ayuda tan necesaria no llega.

Sr. Consejero, le planteo esto no porque estemos en pre-campaña electoral, no. Aunque todos somos conscientes de que para el pueblo nunca llueven los jamones como en campaña. Le escribo porque soy consciente de que esta familia lo está pasando mal. Y por muchas que sean las necesidades en los 87.268 km² que abarca nuestra comunidad autónoma, debemos de hacer todo lo posible para que la vida de los andaluces y andaluzas sea lo más digna posible.

Le pido esto como ciudadano y como socialista, pues nada podemos prometer si dejamos a la gente al borde del camino que supone la prolongación en el tiempo de una resolución o ayuda concreta mientras la gente vive a trancas y barrancas e incluso muere esperando. Espero que usted y nuestro gobierno autónomo tengan la suficiente sensibilidad como para ayudar a una familia concreta; lo cual supondrá un orgullo para los que en ustedes pusimos nuestra confianza.

Un saludo cordial desde Estepa (Sevilla)

Fdo. Florencio Salvador Díaz Fernández.

P.D. La carta ha sido enviada al Consejero a las 18:45h del día de la publicación en este blog.