CARTUJO CON LICENCIA PROPIA
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sábado, 28 de noviembre de 2015

¿CÓMO ES TU ADVIENTO?

-Hoy no es como ayer, aunque el cielo siga nublado.

-Hoy no es como ayer, aunque tenga que levantarme a la misma hora.


-Hoy no es como ayer, aunque tenga que entrar a trabajar a la misma hora.

-Hoy no es como ayer, aunque desayune a la misma hora.

-Hoy es hoy. Y hoy todo vuelve a comenzar.

-Este Adviento 2015 puede parecer el de 2014. Y no lo es. Es nuevo. Y así tendríamos que comenzarlo a vivir.

“Como si fuese el primer Adviento de mi vida”.

“Como si fuese la primera espera de Navidad de mi vida”.

“Como si fuese la primera vez que espero el nacimiento de Jesús”.

“Como si la próxima Navidad para la que nos preparamos, fuese la primera vez que nace Jesús.”

Debemos olvidarnos de los Advientos pasados y atrevernos a vivir este Adviento como “si fuese la primera vez”.                                         


(Cáritas. Adviento-Navidad 2015-2016)

sábado, 8 de agosto de 2015

YO SOY EL PAN DE CADA UNA DE VUESTRAS ESTACIONES (Reflexión sobre el pan compartido)

Pan fresco de nuestras primaveras, ligero y crujiente,
que se come a mordiscos;
pan de las promesas, pan de nuestra juventud,
estallido de los brotes,
estación de las canciones;

pan fresco de nuestras primaveras.

Pan cocido de nuestros veranos,
el de la dura realidad,
hecho en el horno del duro trabajo de cada día;
pan seco de nuestros fracasos,
pan amargo de nuestros desiertos,
estaciones de nuestra madurez,
pan cocido de nuestros veranos.

Pan dorado de nuestros otoños
que masticamos lentamente,
último sabor, último placer;
pan amarillento de nuestros recuerdos,
espera en vano del cartero,
alegría de un ramo de flores,
estación de las horas monótonas,
pan dorado de nuestros otoños.

Pan duro de nuestros inviernos,
el tiempo se acelera de repente;
los visillos levantados en la ventana
para ver pasar la vida y a los seres;
la memoria ya nos traiciona,
nuestros amigos ya se han ido;
estación de las horas crepusculares,
duro pan de nuestros inviernos.

Yo soy el pan de vuestras primaveras,
la realidad de vuestros sueños de antaño;
yo soy el pan de vuestros veranos,
el camino de nuestra humanidad;
yo soy el pan de vuestros otoños,
la vida de cada hora que pasa;
yo soy el pan de vuestros inviernos,
la resurrección de vuestra tierra;
yo hago de cada estación de vuestra vida
una inmensa eucaristía,
una Pascua de libertad, una ruta de eternidad.

(Michel Hubaut)

viernes, 27 de febrero de 2015

ALABADO SEAS SEÑOR, POR CADA DÍA

LA SALADA. LAUDES (Un día cualquiera)

"Alabadlo por sus obras magnificas, alabadlo por su inmensa grandeza"
(Sal 150)

Como bien dice Ionesco, "siempre habrá un lugar para las conciencias aisladas que se hayan alzado a favor de la conciencia universal", así como contra el ánimo de masa. Su lugar es la soledad, no tiene otro. Por eso es en el silencio (en la ciudad, en el desierto, en el pueblo o en la aldea) donde se hace a la humanidad el inestimable favor de recordarle su verdadera capacidad de maduración, de libertad y de paz. 


Por ello, esta mañana al levantarme, decido que el amanecer es demasiado hermoso para quedarme en la ermita. Es tan grande la capacidad de Dios para manifestarse, que en el leve viento, en el pajarito o en el verdor de los olivares y el la tranquilidad que desprende e impregna la montaña, -digo que- allí igualmente esta él. Haciéndome consciente de cada realidad, de cada vida, de cada situación. De lo necesitado que está el mundo de paz y de libertad. De la necesidad que tienen los atribulados de encontrar un remanso en el que sentir su equilibrio; en la fuerza con la que "Su" Espíritu debe de atender a los que se encuentran en el hospital al límite de sus fuerzas. De los que ríen y de todos aquellos que afrontan este viernes con esperanza renovada...etc.

Por ello en camino con mi fiel compañeros de camino, Vela, Morgan y Bolitho me dispongo a partir hacia el horizonte donde nace el sol. "Ese sol que nace de lo alto". No es solo un breve paseo que durará lo que dure el oficio de Laudes. Es un ponerse en camino, es un renovar la esperanza, es un voto a Dios durante el día, es un abrir los ojos, es un encontrarse consigo mismo y no permitir dejar de ser lo que uno es, es hacer vida de uno las cuitas de cada persona que puebla en mundo. Y escuchar en la soledad los gritos, alegrías, desdichas y quehaceres de todos los que compartimos en sentido humanitario de la vida, y desde luego no dejar de interceder por los que perdieron este sentido o nunca lo encontraron.

Por ello, este día como tantos otros es un ponerse en camino, es un acto de fe y e movilidad, es…. un partir

Partir es ante todo,
salir de uno mismo,
romper la coraza del egoísmo
que intenta aprisionarnos en nuestro propio yo.

Partir es dejar de dar vueltas
alrededor de uno mismo, como si este fuera
el centro del mundo y de la vida. 
Partir es no dejarse encerrar
en el círculo de los problemas
del pequeño mundo al que pertenecemos
cualquiera que sea su importancia.

La humanidad es más grande.
Es a ella a quien debemos servir.
Partir no es devorar kilómetros,
atravesar los mares
o alcanzar velocidades supersónicas.

Es, ante todo, abrirse a los otros,
descubrirlos, ir a su encuentro,
abrirse a otras ideas,
incluso las que se oponen a las nuestras.
Es tener el aire de un buen caminante.
(Hélder Câmara)

La Salada.
Laudes
Viernes 27 de Septiembre de 2015. I Cuaresma. Laus Deo.

jueves, 19 de febrero de 2015

CUARESMA DESDE LA PIEL DEL OTRO

Cuaresma desde la piel del otro
Una cuaresma más y una cuaresma menos, como dijo aquel. Lo cierto es que a los cristianos se nos ofrece este tiempo litúrgico considerado fuerte, para poder profundizar en el misterio de la vida de Cristo; y desde ese misterio iluminar nuestra propia vida. 
Una vida –la nuestra- que es sendero por el que caminar, por el que descubrir el rostro de Dios y a su vez dejarlo ver a los demás. Apuesto por una cuaresma vivida desde la autenticidad más absoluta, que se fundamente en tu día a día y en mi día a día. 

Tengamos cuidado con prestarnos en este tiempo a cosas que no hacemos durante el año y que solo favorecen el mercadeo con Dios, me explico. 
En cuaresma son muchas las personas que se entregan con especial solicitud a las prácticas restrictivas y sobre todo a la penitencia; quizás para demostrarle a Dios aunque sea por cuarenta días que nos merecemos un sitio a su derecha. 
Que conste que no debemos anular el concepto de culpa si se tiene, pues ese sentimiento desde la conciencia nos eleva a la condición de reparar el daño realizado. Pero solo si somos causantes de algún mal comunitario o propio, eso de considerarnos culpables a los ojos de Dios durante veinticuatro horas al día es algo que ni se fundamente en nada, ni algo que Dios quiere y además es un absurdo. 
Jesús desde la vida nos insiste con la voz de los antiguos profetas en lo que verdaderamente merece la pena: “El ayuno que a mí me agrada consiste en esto: en que rompas las cadenas de la injusticia y desates los nudos que aprietan el yugo; en que dejes libres a los oprimidos y acabes con toda tiranía; en que compartas tu pan con el hambriento y recibas en tu casa al pobre sin techo; en que vistas al que no tiene ropa y no dejes de socorrer a tus semejantes.” (Isaías 58, 6-7ss). 
Es por ello que mientras vivamos a Cristo desde nuestra propia vida, pues en esa vida encontramos “al otro”, estaremos haciendo humanidad y estaremos dando cumplimiento al principal mandamiento del amor, el amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como  a ti mismo. Es por ello, que considero que debemos vivir la cuaresma desde la autenticidad y pasando desapercibidos.
 Cada cual irá a tal o cual celebración religiosa, se pondrá la ceniza o no se la pondrá, o no hará nada de esto; y para el Señor será todo relativo mientras con nuestros semejantes y aquellos que nos interpelan desde la vida, seamos solidarios, respetuosos, fraternos, sencillos y efectivamente humanos. 
En cuaresma no tienes que dejar de comer dulce, ni obligarte dejar de fumar –por muy saludable que sea el dejarlo-. Tampoco tienes que reprimir tu vida sexual pues Dios nos ofrece la vida para que la disfrutemos desde el gozo de toda la dimensión de la persona, mientras el sexo no sea tu esclavitud. 
Tampoco debes infringirte daño alguno pues ofenderás a Dios que te ama y al crearte te otorgó la dignidad de su mismo Espíritu. Tampoco debes creer que llegas a ningún sitio dejando de comer carne, pues muchos son los que no tienen que comer y con los que debemos compartir el alimento. 

En cuaresma si algo debemos es creer apasionadamente en Dios y en Jesucristo, robustecer la fe desde dos planos intrínsecamente inseparables; la humanidad y el cuidado de nuestro interior desde la observancia del silencio la meditación espiritual y la interiorización: “Regresar al Señor con todo el corazón significa emprender el camino de una conversión no superficial y transitoria, sino un itinerario espiritual” (Papa Francisco, ceniza 2015). 
Como he escrito anteriormente tengo claro cuál es el plano humano, el que nos hace vivir la cuaresma colocándonos bajo la piel de esa “OTRA PERSONA” que nos espera en la vida. Puede que necesitada de sustento, de caricias, de escucha, de acompañamiento o de cercanía en la enfermedad. HUMANOS en definitiva como nos advierte Isaías, en el bellísimo capítulo 58. Si así nos comportamos con nuestros prójimos, si construimos humanidad junto a Jesucristo, el Señor nos dice que: “Yo te guiaré continuamente, […] daré fuerza a tu cuerpo y serás como un jardín bien regado, como un manantial al que no le falta el agua.” 
Feliz camino por el desierto cuaresmal.

SALMO DE INTERIORIZACIÓN

Señor, tú me llegas hasta el fondo y me conoces por dentro.
Lo sé: me conoces cuando no paro o cuando no sé que hacer.
Mis ilusiones y mis deseos los entiendes como si fueran tuyos.
En mi camino has puesto tu huella,
en mi descanso te has sentado a mi lado,
todos mis proyectos los has tocado palmo a palmo.
Tú oyes el corazón del hombre sumido en el silencio,
cuando aún no tiene palabras para abrirse a ti.

Es increíble: me tienes agarrado totalmente,
me cubres con tu palma y me siento tuyo.
Como grano de arena en el desierto,
como gota de agua perdida en el mar,
así me encuentro ante ti.
Dios mío, quiero abrir mis brazos y abrazarte,
quiero llegar hasta tu orilla y nunca toco tu tierra.

Cuando escalo mi vida y me supero, allí estás Tú.
Cuando me canso en el camino y me siento barro,
allí, perdido en mi dolor, te encuentro a ti.
Cuando mis alas se hacen libertad sin fronteras
y toco el despertar de algo nuevo;
cuando surco los mares de mis sueños
y pierdo la arena pegadiza de mis playas,
allí está tu mano y tus ojos, y tu boca…
allí, como Amigo fiel, de nuevo estás tú.

Tú eres como manantial de donde brota el río,
como raíz de donde arranca el árbol.
Tu vida se ha hecho vida en mis entrañas,
me has dado el origen y quieres que camine
hacia la meta que no es otra sino tú.
Soy tuyo: sólo tu amor da respuesta a mi pregunta.
Te doy gracias porque me has llamado a ser feliz.

Señor, me conoces hasta el fondo de mi alma,
nada se te esconde de cuanto soy en lo más profundo.
Yo me pregunto si el sentido de mi vida
puede darse si le faltas tú.

Dios mío, sondéame para conocer mi corazón,
ponme a prueba para conocer mis sentimientos,
mira si mi camino se desvía o se vuelve camino muerto.
Guíame por el camino nuevo que has abierto entre los hombres.
Quiero hacer de él un proyecto para mi vida,

y paso a paso, desde lo hondo de mi ser, vivir para Ti.

Floren Salvador.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

SILENCIO FASCINADO POR DIOS

Buen día a todos y a todas. Hoy me tomo una libertad.
Publico aquí una reflexión esplendida sobre el silencio, con la cual estoy plenamente de acuerdo.
Además, os regalo una imagen del Monte "Hacho", al abrigo del cual está mi pequeña aldea donde tengo mi retiro. La Quietud de esa montaña, la Serenidad de su silueta, la Armonia de su naturaleza a la cual pertenecemos.
Creo que de intentar o ser mas silenciosos, obtendríamos frutos de más consideración.
Abrazos y buen día.
p.d. Espero no te moleste Hno. Abdón.
 
 
El silencio monástico no es sólo silencio exterior. No es “insonorización de un espacio”, control de ruidos molestos; no es tampoco técnica terapéutica, vida tranquila, contacto sereno con la naturaleza. Es antes que nada silencio a solas ante Dios. Es ponernos en contacto con lo profundo de nuestro ser, callarnos ante la inmensidad de Dios, adentrarnos confiadamente en su Amor insondable, quedar sumergidos en ese Misterio que no puede ser explicado ni hablado, sólo venerado y adorado. Silencio es entonces acallar los ruidos y solicitaciones que nos llegan desde fuera, acallar sobre todo el ruido de nuestro propio yo con su cortejo de ambiciones, miedos, orgullos y autocomplacencias, para no perdernos la presencia oscura y a la vez luminosa, tremenda y fascinante, pero siempre inconfundible, amorosa y tierna de quien existe sosteniendo y envolviendo nuestro ser.

El silencio monástico no es un silencio ateo. Es silencio lleno de Dios. Es acallar mi ser ante él para reconocer humildemente mi propia finitud : “Yo no soy todo, no lo puedo todo, no soy la fuente ni el dueño de mi ser”. Callarse ante Dios es entonces aceptar ser desde esa realidad misteriosa; acoger con confianza ese misterio que fundamenta mi ser; descubrir con gozo que hay “algo más”, más allá de todo, algo que me transciende pero que está ahí, fundando y sosteniendo la realidad; saber que puedo vivir de esa “Presencia fundante”. Este enraizamiento en Dios, ¿no debería ser el rasgo nuclear del silencio monástico en medio de una sociedad superficial que va separando a tantas personas de esa Realidad suprema que fundamenta su ser?

Pero el silencio monástico ha de ser además hoy “fascinación” por Dios. El silencio de quien se siente fascinado, seducido, atraído por el misterio de Dios. El silencio de quien ha descubierto que en Dios se encierra lo que de verdad anhela el corazón humano. El es el único que puede curar ese vacío último del hombre, que nada ni nadie puede llenar. El monje lo sabe. Ha encontrado aquello de lo que se puede vivir. Ya no lo abandonará por nada ni nadie. Permanecerá en el que es fuente de toda vida. Esta fascinación por Dios es decisiva en esta época de hipersolicitación y seducción de los sentidos.

De ahí se derivan otros rasgos que, a mi juicio, han de configurar hoy el silencio monástico. En esta sociedad de consumo de cosas y profusión de ofertas, el monje no busca “algo” en su silencio, busca la presencia del amado. No quiere nada de él. No quiere cosas. Le quiere a él. Estar junto a él. Vivir con él. Por decirlo de alguna manera y en términos tal vez más seductores en nuestros días, se trata de tocarle a él, sentir su vida caliente en nosotros, disfrutar y padecer su presencia amada, sentirlo latiendo en lo más hondo de nuestro ser. En esta época de “moda plena” y de cambio permanente, parece que al monje se le ha de hacer duro y costoso salir de ese silencio. Es cierto que también el monje sentirá su fragilidad y su impotencia para permanecer en silencio ante Dios. Pero aún entonces la fascinación se convertirá en añoranza, deseo y anhelo de Dios, sin diluirse en una vida de dispersión en lo efímero.

En el centro de este silencio y como impregnándolo todo está el amor. Se le ha llamado de diversas formas: “llama de amor viva”, “excitación ciega del amor”, “desnudo impulso del deseo”, descubrimiento de “la música callada”[14]. Cuanto más fuerte es el amor más profundo es el silencio y más honda la fascinación. Con este silencio, vivido muchas veces de manera pobre y vacilante, la vida monástica introduce en la cultura actual una “ruptura de nivel”, que permite vivir una experiencia diferente que está más allá de otras vivencias centradas en la utilidad, el pragmatismo, la seducción, la modas, o el consumismo[15]. Viviendo en silencio ante Dios, las comunidades monásticas apuntan hacia lo eterno en un mundo que vive en el cambio y la moda permanente; son signo de lo profundo en medio de una sociedad sumergida en lo efímero y superficial; son testigos de lo único absoluto en una cultura volcada sobre lo múltiple e intranscendente. Estas comunidades calladas, vueltas hacia Dios, cuestionan, interrogan, inquietan y evangelizan el mundo contemporáneo.


Hno. Abdón. Monasterio de Sta. María de las Escalonias. Hornachuelos.

lunes, 17 de septiembre de 2012

NO PERDAMOS DE VISTA LA ESPIRITUALIDAD


No perdamos de vista la espiritualidad

Desde la tarde del sábado en que acabé de trabajar, hasta esta noche de domingo en que escribo estas letras, estoy sumergido en un retiro absolutamente contemplativo. Ello no me lleva a la ignorancia de las circunstancias. Basta acceder a cualquier medio de comunicación posible, para encontramos de pleno la realidad de la cruenta crisis y sus consecuencias. Recortes o ajustes por doquier.
Estrecheces y pánico ante el crecimiento de las necesidades básicas entre la ciudadanía. Desesperación por la incertidumbre que el futuro –aun por escribir- nos augura...etc. Puede que a estas circunstancias, a los creyentes se nos pueda sumar la desazón por causas personales o que afectan a la credibilidad de nuestra Iglesia, y que minan el sentido de comunión y la necesidad de revelarse igualmente.
Esto es humano, nos entristecemos, nos abrumamos, sentimos miedo en muchos casos, y siempre acaban soportando las consecuencias, aquello que nada o poco tiene que ver con el asunto. ¿Cuántos creyentes se han alejado de Dios y del evangelio de Jesucristo? De la iglesia se han alejado miríadas, pero ¿tiene culpa Dios del ritmo del timón y de los desatinos de la Iglesia? No tiene culpa, pero paga la culpa; pues hay aun en la sociedad una conciencia equivocada de anexionar Dios e Iglesia de una manera indisoluble.
Cuando es una realidad probada, el que en muchos casos, son decisiones puramente humanas las que marcan la pastoral de la Iglesia y lo que no es pastoral. No ahondo más en el tema, pues no pretendo juzgar. Lo que abordo aquí, es la necesidad de no dejar de seguir las huellas de Jesús de Nazaret y continuar desplegando una vida espiritual, que nos haga estar en sintonía con el mundo, desde nuestro papel de creyentes convencidos.
“Sería muy sospechosa una mística que pretendiera ir directamente a Dios y que no pasara por el culto de la humanidad de Cristo […]”, dice el moralista Häring. Porque si bien Dios se hizo carne en Jesús, revelándose al mundo como hombre e Hijo de Dios; fue por el único deseo de que los hombres y mujeres de este mundo que deseamos –o están abiertos a- seguir a Jesús, encontremos en Él un espejo en el que mirarnos y cerciorarnos de que es posible, ser semejantes a Él ante los ojos de Dios.
Y reconociendo esta realidad, solo nos queda buscarle en los signos y realidades sacramentales por medio de los cuales se hace presente, como presente se hace en cada ser humano que de manera directa o indirecta, se relaciona con nosotros. Ahora bien, la contextualización del cristianismo no puede reducirse al cumplimiento de lo anteriormente desarrollado, explícitamente con personas concretas y solo en determinados momentos. No es esta práctica –la de la vida cristiana-, solamente un mero mecanismo que nuestro aparato locomotor pone en marcha ante una urgencia determinada.
Valga el ejemplo de ayudar a esa persona que ha caído al suelo. La vida cristiana, implica un proceso de crecimiento continuo y determinarte, que nos lleve constantemente tanto a desvelar el rostro de Jesús entre nosotros, como al aprendizaje continuo de su Palabra revelada y otras enseñanzas que nos puedan acercar a Él, para edificación de nuestra construcción personal y espiritual. Hoy leo esta cita reveladora: “Antes de ser Cristo, Jesús es la verdad. Si nos desviamos de él para ir hacia la verdad, no andaremos un gran trecho sin caer en sus brazos” (Simone Weil, filósofa francesa)
Y, ¿qué es la verdad? Lo que tu corazón cree verdadero. Antes que nada, por un sentido inherente a nuestra condición nos aferramos a lo tangible, a lo seguro, a nuestra realidad. Y es precisamente en ese campo de la dimensión personal de cada ser, donde debemos de comenzar y no dejar de seguir a Jesús. Apreciándole en lo sencillo, en lo cotidiano. Dejándonos interpelar por Él, a través del silencio el viento o la quietud de un ambiente determinado. Contemplativos, ¿por qué no? ¿Te dejas interpelar por “esa chispa de fuego celeste que es la conciencia” (George Washington),  a través de la cual Dios te habla?
Creo sinceramente, que merece la pena no renunciar a una vida espiritual, por medio de un camino en el cual podamos con asiduidad o esporádicamente, pararnos y centrarnos en nuestra intima relación DIOS=YO=MI REALIDAD. Quizás para modificar esa última dimensión de “MI REALIDAD”, demasiado centrada en sobre protegernos de los demás y de agentes externos que nos desestabilicen. Como cristianos debemos superar ese posible retraimiento y abrirnos a la fraternidad, aun a costa de nuestra seguridad (Isaías 50, 5-9ª).
De mano de un amigo trapense rescato esta suculenta frase de Thomas Merton. “Huyamos de nuestro aislamiento para darnos cuenta de que Alguien habita en el centro de nuestro ser, quiere escuchar con amor, todo lo que ocupa y preocupa a nuestras mentes”. Hablo de contemplación. ¡Sí, de vida contemplativa! Como laicos, dejemos de lado el concepto clausura pues tiene connotaciones específicas para la vida monástica. Pero el aspecto místico y contemplativo, es algo de lo que no debiera faltar en la vida de quien dice seguir las huellas de Jesús.
Contemplación eucarística ante ese alimento sagrado que nos llama a compartir y servir, contemplación en la naturaleza que nos mima, ante la Palabra que desea hablarnos, con la comunidad o el grupo de amigos y amigas. Cultivando el espíritu, entiendo que podemos llegar a la plena realización de la simbiosis alma –espíritu/conciencia- y cuerpo. “Y por lo mismo su armonioso desarrollo, queda asegurado por el seguimiento de Cristo. Cristo se nos presenta como un hombre enteramente espiritual y entregado al Padre, y también humanamente sensible y abierto a todos los sufrimientos del mundo; absorto en la adoración al Padre y en la admiración por los lirios del campo” (Bernhard Häring. Ley de Cristo I).
Recalco, “humanamente sensible”. Para quienes no entiendan el sentido o los frutos de la vida u oración contemplativa, baste decir que esta será necesaria y precisa en el mundo y en la Iglesia, mientras la sensibilidad sea un valor en alza entre los humanos. Sensibilidad de sentirte parte. De sentirte interpelado y actuar en el momento preciso. Sensibilidad con el medio que te rodea respetando la naturaleza y optando por el desarrollo sostenible, ante un planeta que está casi agotado.
Sensibilidad ante toda causa personal o general, que de cerca o de lejos, nos hace alegrarnos de corazón o adolecernos hasta nuestras mismas entrañas. ¡Que nos importen los demás en definitiva! El de Nazaret, continuamente nos invita a que vayamos a él con todas nuestras energías. “El se dirige a todo hombre y mujer: inteligencia y voluntad, afectos y corazón”. (Häring, Ley de Cristo I) Para que no cejemos en el empeño de pertenecerle. De dejarnos influir y actuar según su Espíritu, para ser cristianos que además de trabajar por sus afanes, son capaces de desplegar la sensibilidad activa, solidaria y amorosa de la vida espiritual. El Espíritu es vida y la vida está en ti.

Saludos fraternos.
atte. Florencio Salvador Díaz fernandez, estudiante de teología cristiana.