CARTUJO CON LICENCIA PROPIA
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viernes, 2 de marzo de 2018

EL PARADIGMA DE JESÚS Y NUESTROS PARADIGMAS - José Mª Castillo, Doctor en Teología


La parábola del rico epulón y del pobre Lázaro (Lc 16, 19-31) nos enseña, entre otras cosas, lo inquietante y peligroso que es el “pecado de omisión”. Es el pecado que consiste en dejar las cosas como están. Porque “el mundo es como es”. O también, “las cosas son como son”. Y yo no puedo cambiar ni el mundo ni las cosas. De ahí que el interés, o el proyecto de la vida, lo centra cada cual “en sí mismo”. Cosa que se puede hacer por el egoísmo burdo del que se dedica a pasar la vida lo mejor que puede, como fue el caso del rico epulón, que se dedicaba a banquetear cada día y a vestirse con el lujo más refinado. O también se puede hacer – lo de centrar la vida en sí mismo – por un motivo religioso. Porque el sujeto ya ha encontrado a Dios y se ha relacionado con Dios. Es decir, tiene su conciencia en paz y se siente espiritualmente satisfecho. Es el caso del “sacerdote” y del “levita”, que se mencionan en la parábola del buen samaritano (Lc 10, 31). Los dos “bajaban” (“katébainen”) (F. endrich).
 Si bajaban por aquel camino, es que (sin duda alguna) descendían del monte donde estaba el templo, en Jerusalén, y viajaban hacia Jericó. O sea, lo mismo que el rico epulón se sentía satisfecho por su buena mesa y su buen vestir, el sacerdote y el levita se sentían también satisfechos porque el problema, que a ellos les preocupaba, que no era un vulgar problema “material”, sino un problema “intelectual”, el problema de Dios. Es decir, dónde y cómo encontrar a Dios. El “epulón” lo satisfacía en su casa, en sus banquetes y en su buen vestir. El “sacerdote” y el “levita” resolvían ese problema en el templo. La cuestión era vivir sin preocupaciones. ¿Y qué hacemos con el mendigo del portal o con el apaleado del camino? “El mundo es como es”. Y lo que cada cual tiene que hacer es vivir en paz.
Como dicen los hombres religiosos del Oriente unitario, vivir en el “Dharma” profundo, difícil de comprender, difícil de alcanzar, ya que su iluminación es tranquilidad y silencio; es excelente, trasciende el campo del análisis y las distinciones, es sutil, es una realidad que solo puede ser conocida por la sabiduría”. Es pura mística, en el sentido más radical, pero quizá también el más peligroso. Ya que, entonces, “la naturaleza y yo nos hacemos uno”. ¿Y lo demás? ¿Y los demás? “El mundo es como es”, Y yo no lo voy a cambiar.  
Así las cosas, lo primero que se me ocurre aquí es recordar lo que, hace ya bastantes años (en 1969) escribió John K. Galbraith, uno de los más importantes economistas del siglo pasado. Este hombre fue enviado, por la administración de EE. UU., como embajador de su país a la India. Pues bien, al terminar sus años de estancia, en uno de los países más religiosos del mundo, publicó un libro (Ambassador’s Journal, 1969), en el que recogía sus impresiones de la estancia en India. Y en ese libro afirmaba que la causa más determinante de la pobreza y el hambre en aquel país era precisamente le religión que allí se vivía. Porque era una religión que, desde su profunda espiritualidad unitaria, lo que en realidad fomentaba era la aceptación que la vida le asigna a cada cual para que acepte y viva, en la resignación y mayor paz posibles, la suerte que la ha tocado en este mundo. Y entonces, como es lógico, un país, en el que cada ciudadano vive resignado y aceptando la suerte que le ha tocado en la vida, ¿dónde va a encontrar el poco bienestar que puede tener en la vida? En la paz unitaria de su propia intimidad. Posiblemente, no le queda otra salida.
Por supuesto, yo no soy quién para asegurar que todo esto es así. En todo caso, y a la vista del notable interés que suscita el tema de los diversos paradigmas sobre el tema de Dios y la espiritualidad, me ha parecido que puede tener quizá utilidad indicar algunas cosas, que pueden interesar a algunas personas preocupadas por el tema de Dios y de la religión.
Ante todo, el Homo Sapiens no empezó a practicar la religión para buscar a Dios. Mucha gente no sabe que “Dios es un producto tardío en la historia de la religión“ (cf. la bibliografía es muy abundante sobre este asunto capital. Cf. Walter Burkert, Homo Necans, con amplia documentación). Si el ser humano apareció hace unos cien mil años, el pensamiento simbólico y las expresiones simbólicas, relativas a “lo religioso” (ritos, sacrificios, cultos funerarios, etc.), se practicaron, sin mención alguna de Dios, durante más de ochenta mil años (cf. Ian Tattersall, Richard Leakey, Carl Sagan, etc.). Baste pensar que Ina Wunn ha escrito un volumen de más de 500 pgs. sobre Las religiones en la prehistoria, en el que no se menciona a Dios.
Además, es importante tener muy claro que Dios no es un componente de la religión. Porque Dios es trascendente, es decir, no está al alcance del entendimiento humano. O sea, no sabemos, ni podemos saber, cómo es Dios. La religión es inmanente y, por tanto, es un hecho cultural. En cada cultura, los humanos nos “representamos” a Dios de acuerdo con la propia cultura. Pero una “representación cultural de Dios” no es “Dios”, el Dios Trascendente. No puede serlo. Ya he dicho que la religión es un “hecho cultural”, mientras que Dios no puede ser un “hecho cultural”, ya que (en tal caso) Dios sería un producto nuestro, un producto humano.
Por otra parte, si el tema de Dios se piensa desde el concepto de “lo infinito”, en tal caso nos imaginamos a Dios como “poder sin fin”, “amor sin fin”, etc. Pero, si echamos por ese camino, nos metemos sin remedio en un callejón sin salida. Porque entramos en una contradicción insoluble. ¿Cómo conciliar el poder sin límites y el amor sin límites con el problema del mal en el mundo? Si Dios es tan poderoso y es tan bueno, ¿cómo ha hecho (o permite) este mundo tan espantosamente limitado, perverso y sobrecargado de tanto dolor y de tanto sufrimiento?  
La solución, que el cristianismo le ha dado a este problema, ha sido la “Encarnación de Dios” (“humanización de Dios”) en Jesús. Es decir, en aquel modesto galileo, que fue Jesús de Nazaret, se nos reveló Dios y se nos dio a conocer el mismo Dios. Esto está claramente e insistentemente repetido en el Nuevo Testamento (Jn 1, 18; 10, 38; 14, 9-11; Mt 11, 27; Lc 10, 21-22; Fil 2, 6-7; Col 1, 15; Heb 1, 1-2). Ahora bien, esto nos viene a decir que los humanos no podemos hablar de Dios mediante nuestras ideas, nuestras palabras o nuestros sentimientos, sino mediante nuestra vida, nuestra conducta, nuestro comportamiento. Esto es lo que expresa y lo que explica en quién creemos y en lo que creemos. Nuestra forma de vivir, nuestro proyecto de vida, el paradigma de nuestra conducta, eso es lo que dice cuáles son nuestras verdaderas creencias. Nuestras obras, nuestro proyecto de vida es el que le dice a la gente en qué y en quién creemos de verdad. Jesús mismo lo dijo con toda claridad: “Si no creéis en mí, creed en mis obras” (Jn 10, 38). Las “obras”, en el evangelio de Juan, y los “frutos”, en los sinópticos, es decir, la conducta, el proyecto de vida, eso es lo que revela en qué es en lo que cada cual cree de verdad. Por tanto, la forma de vida y el proyecto de vida de cada cual, eso (y nada más que eso) es que le dice a la gente en qué y en quién cree cada cual. Eso, y sólo eso, es lo que revela o niega a Dios.  
Esto supuesto, lo decisivo es tener muy claro que el paradigma religioso de Jesús fue uno y muy firme: aliviar el sufrimiento de quienes lo pasan mal en la vida. Jesús, por tanto, nos reveló a Dios en el paradigma de la justicia, la rectitud, la honestidad, la bondad, la misericordia, la lucha contra el sufrimiento y, sobre todo, la identificación con quienes lo pasan peor en la vida. Éste es el lenguaje que, según el cristianismo, habla de Dios, nos explica a Dios y nos propone el paradigma que explica a Dios. Es, por decirlo mediante un ejemplo muy sencillo, claro y actual, el paradigma de vida que nos presenta el estilo y la forma de vida del Papa Francisco.  
Como ha escrito acertadamente Juan Antonio Estrada, “ante una cultura inhóspita a la religión, hay un refugio en la interioridad, en la meditación, en la conciencia vivencial de lo divino, dejando sin tocar los condicionamientos externos. La crítica moderna ha denunciado las formas religiosas que tienden a la “fuga mundi”. El peligro está en refugiarse en un gueto espiritualista, ajeno a la realidad de la sociedad en que se vive” (Las muertes de Dios. Ateísmo y espiritualidad, Madrid, Trotta, 2018, 187-188).  

lunes, 26 de febrero de 2018

LA IGLESIA Y EL MALESTAR EN ESPAÑA - José María Castillo, Doctor en Teología


José M. Castillo

Es un secreto a voces que, en España ahora mismo, es demasiada la cantidad de gente que, por un motivo o por otro, se siente descontenta, inquieta, insegura, en una situación de profundo malestar. Como es lógico, la política y la economía tienen mucho que ver con este sentirse mal de tanta gente. Si vivimos en un país en el que los políticos han organizado (o permitido que se organice) la economía de forma que la desigualdad entre los más ricos (unos pocos) y los más pobres (una notable mayoría) es la que más ha aumentado en Europa en pocos años, ¿Cómo no vamos a hablar de un profundo malestar y de una situación que claman al cielo? Por eso también hay que preguntarse, ¿tiene que ver algo en esto la religión? Más en concreto, ¿tiene alguna responsabilidad la Iglesia en que las cosas estén tal como están?
Aquí no vale echar mano del consabido argumento según el cual lo que tiene que hacer la Iglesia es quedarse en sus templos y dedicarse a sus rezos, dejando a políticos y economistas, para que sea ellos - los que saben de las cosas de este mundo y tienen los poderes correspondientes - quienes organicen y gestionen la vida de un país para que funcione lo mejor posible.  
Por supuesto, así tendría que ser, si políticos y economistas fueran ángeles del cielo. Pero de sobra sabemos que no lo son. Como sabemos también que, en demasiados casos, políticos y gobernantes son gente corrupta, que utilizan sus cargos y su poder en provecho propio y a costa de los más débiles. Además, esto se hace de manera que a la gente se le dice lo que va bien y se le oculta lo que va mal. Por eso, sin duda, los gobernantes no paran de repetir que la economía de España es la que más sube en Europa, cuando en realidad España está casi a la cola en la asombrosa desigualdad entre los más ricos y los más pobres. ¿Quién entiende este “galimatías” de mentiras, medias verdades y trampas que se ocultan según conviene al capital y al poder? No le falta razón al novelista Upton Sinclair cuando nos recuerda que “es difícil hacer que un hombre entienda algo cuando su salario depende de que no lo entienda”. Es exactamente lo que ahora mismo le está pasando a mucha gente cuando, por una parte, oye lo que dicen los que mandan y, por otra parte, percibe (cuando lo percibe) un jornal que ni es seguro, ni le da para llegar hasta final de mes.
Y mientras tanto (o que yo sepa), hasta ahora, nuestros obispos cavilando si se puede o no se puede comulgar en la mano, si hay que negarles los sacramentos a los divorciados vueltos a casar, si los homosexuales están o no están empecatados, si la Iglesia tiene que ir por donde pretende llevarla el Papa o si no sería mejor que las cosas funcionen como pretendía Rocuo. Pero, ¿y si el Parlamento se pone a repensar que a la Iglesia hay que quitarle los privilegios económicos que tiene? ¿y si el Gobierno les quita a los curas la “paguita”, por aquello del Concordato y los Acuerdos con la Santa Sede? Sinceramente, a veces, me da por sospechar que nuestra Conferencia Episcopal piensa que “lo más prudente”, en todo lo que roza este asunto del dinero, lo mejor es dejarlo como está. Y que cada cual se apañe como pueda.
Sinceramente, con frecuencia me da por pensar que estamos viendo y viviendo la capitulación de la religión ante la lógica del poder. Es decir, estamos reduciendo la “causa de Jesús” a “mera religión”. Y la religión – ya se sabe – no tiene más salida que entenderse lo mejor posible con el poder, incluso apoyarlo en todo cuanto a la religión le conviene. Lo demás, que salga adelante como pueda. Y sale. Pero casi siempre a base de dejar a los más desamparados tirando de su desamparo. Y que salgan adelante como puedan. Siempre habrá centros de caridad y ayudas de limosna, para que la gente vea que la Iglesia “hace lo que puede”. Y es verdad. La Iglesia, como “religión” hace lo que puede. Pero, ¿y la “causa de Jesús”? ¿dónde la ponemos? ¿cómo la vivimos? El “mandamiento nuevo” del amor (Jn 13, 34-35) y la sentencia del juicio de las naciones: “tuve hambre y me disteis de comer” … (Mt 25, 31-46), eso es un buen material para días de retiro. No pida Vd. más, que no es posible. Así estamos.    

martes, 12 de diciembre de 2017

LA REHABILITACIÓN DE TEILHARD DE CHARDIN - José Mª Castillo, Doctor en Teología

En las últimas semanas, se viene destacando, en la prensa y en las redes, el proyecto de rehabilitar, desde el punto de vista de su ortodoxia doctrinal, las valiosas enseñanzas que nos dejó la enorme, original y excelente producción intelectual del jesuita Pierre Teilhard de Chardin. Sin duda alguna, uno de los más brillantes intelectuales católicos de la primera mitad del siglo pasado. Y uno de los testigos más audaces de la fe cristiana de los últimos tiempos.
No pretendo yo aquí hacer el elogio de quien ha sido tantas veces elogiado por escritores más competentes que yo, tanto en el ámbito de la ciencia, como en cuanto se refiere a la teología y a la espiritualidad. Sólo quiero insistir en un tema, que me parece capital. Y en el que nunca insistiremos lo suficiente y lo debido.

Durante buena parte del siglo pasado y comienzos del actual, especialmente en los pontificados de Pío XII y de Juan Pablo II, hemos sido muchos los teólogos a los que se nos ha desautorizado, se nos ha retirado la “venia docendi”, en no pocos casos sin el juicio legal correspondiente e incluso (hablo desde mi propia experiencia) sin saber por qué se nos castigaba públicamente. Se nos comunicaba oralmente la prohibición, sin posibilidad de defenderse, puesto que ni sabíamos por qué se nos castigaba. En el caso de Teilhard, como en otros casos, se sumaba una circunstancia agravante; el sujeto castigado “teológicamente” era, además, expulsado de su casa y de su patria. Teilhard fue extraditado de Francia y se vio obligado a emigrar a Estados Unidos. Murió en Nueva York el 10 de abril de 1954.
Son duras, muy duras, estas situaciones. Porque incluso cuando puedes demostrar que no has defendido ninguna herejía o doctrina contraía a fa de la Iglesia, el hecho de haber sido castigado por la autoridad religiosa oficial, lleva consigo inevitablemente que, en el resto de tus días, tienes que cargar con el “san Benito” de tanta gente que se dice o sospecha: “si lo han castigado, algo habrá hecho”. Y ese “algo habrá hecho”, nadie te lo quita de encima. A no ser que se produzca una rehabilitación que venga de las más altas instancias de la Iglesia. Lo que hizo, por ejemplo, Juan Pablo II con Galileo. Pero, ¿de qué le ha lucido a Galileo después de varios siglos? Si, dentro de cuatro siglos, un buen Papa rehabilita a Teilhard, ¿de qué le va servir a este sabio eminente que un clérigo del más alto nivel salga diciendo que es verdad lo ya sabrán de memoria hasta los chiquillos de la escuela?

Y ya sabemos lo que pasa: cuando se llega tarde, se pierde el tren. Y no es que se llegue con retraso de cuatro minutos, sino de cuatro siglos. Mucho me temo que, con tanto retraso, no vayamos a ninguna parte.   

miércoles, 13 de septiembre de 2017

LA COBARDÍA PRODUCE DESVERGÜENZA

La cobardía produce desvergüenza
Hasta hoy no he podido darme una vuelta por el blog[1] de mí querido y apreciado amigo y doctor en teología José María Castillo, para dar lectura a sus artículos con los que no dejo de aprender; pero sobre todo interesado por el vapuleo que le han dado al pobre hombre a la sazón de los últimos escritos sobre la cuestión del infierno y el pecado.

Como muy bien dice él, hay personas que necesitan de un foro y la complicidad del anonimato para desahogarse, sacar sus miserias y así demostrar en muchos casos la ignorancia sobre muchos temas o cosas. Siempre me ha costado entender que en el mundo haya personas que disfrutan fastidiándoles la vida a otras personas. Personas que manipulan, socaban, crispan y encima pueden tener la desfachatez de considerarse iluminados, personas de Dios o dignos de consideración; aun cuando sus actos hablan por sí solos.
En el caso presente de los duros escritos que le han dedicado al teólogo castillo, llegando casi al insulto; considero que en cada uno de los despropósitos que a este hombre le dedican hay mucho de cobardía y de temor. Temor, sí, temor. Vistos los comentarios me pregunto cómo tiene la gente valor para echarle la culpa del fanatismo solo a los musulmanes. Hace unos días comentaba un escrito en facebook que me dedicaba el amigo Antonio Alcaide, un hombre que profundiza en la fe y la concepción de Dios de una manera formidable. El planteamiento que hacía Antonio sobre el libro que estaba comentando “Vivir en espíritu y en verdad” (Consuelo Martí), se fundamentaba en la simbiosis que representa Dios y el sujeto humano en el mundo, como causa y efecto de la misma realidad de Dios y lo humano; considerando la conciencia como elemento más que fundamental para ordenar la vida y el pensamiento, así como establecer las bases de la fe.
¿A dónde quiero ir? Sencillo. Este tipo de pensamientos como los que presenta J.Mª Castillo, son detestables para muchos creyentes –o que dicen ser creyentes- porque les hace plantearse cuestiones que hacen tambalear el chiringuito de la fe, que en muchos casos se han montado. Chiringuito llamo a la hipocresía de denominarse creyente y ser un calavera con los semejantes sin considerar la máxima evangélica e inmutable de que “lo que hicisteis a uno de estos a mí me lo hicisteis” (Mt 25,35). O vivir la intransigencia ignorando que comunidad cristiana es fraternidad, respeto y acogida, incluso con aquellos que tienen una deriva de pensamiento distinta a la nuestra.

Por eso decía yo a Alcaide en Facebook, que son muchas las personas creyentes que quieren a Jesús, Dios o la Virgen María: en la procesión, en el altar, en el sagrario, en la estampa. Lejanos, hieráticos, inmutables y dispuestos a escucharnos bajo mercadeo sin decir ni mu. Eso sí, sin que nos interpelen, ni pregunten, ni motiven nuestra conciencia, ni sus vidas nos causen interrogantes de ningún tipo, so peligro de que se tambalee esta religión tan romántica y a la carta que entre todos nos afanamos en alimentar y que –considero- tiene los días contados.
Yo me considero una persona muy evolucionada respecto del pensamiento cristiano y la concepción de la fe. Son muchas las cosas que ni escribo ni digo, quizás para no herir sensibilidades de algunas personas, pues soy consciente de que el blog “Cartujo con licencia propia” tiene un eco profundo en un sector concreto de la sociedad. Pero es un alivio más que considerable, el saber que hay persona que siendo jóvenes o viviendo la madurez de su vida no dejan de realizar planteamientos que nos movilizan y nos animan a establecer un criterio personal o conceptual sobre algo, aun a riesgo de replantearnos cosas. Dios no está exento de este constante replanteamiento, pues Él forma parte de la misma evolución humana y mundial. Como he dicho y como creo: Él es Espíritu, Esencia y Materia. Y por eso ES LO QUE ES (Ex 3,14).
Ojalá se abran sendas pacificas de pensamiento y de comunión. Ahí está el papa Francisco dando constantes muestra de apertura fraterna, sin preguntar a nadie el cómo ni el cuándo. Ojalá prevalezca siempre el respeto en las opiniones diversas. Ojalá tod@s entendamos que seguir a Jesús es ser “Camino verdad y vida” (Jn 14,6); y que no hay otra posibilidad que no pase por testimoniar y ser Luz.
¡Ánimo apreciado José María! Continúe su andadura cuyo pensamiento nos aporta luz y alegría.
Fraternalmente, Floren de Estepa



[1] http://blogs.periodistadigital.com/teologia-sin-censura.php

jueves, 22 de junio de 2017

UNA RELIGIÓN PARA ESTE MUNDO - José María Castillo, teólogo

UNA RELIGIÓN PARA ESTE MUNDO
José M. Castillo

         Ocurre con demasiada frecuencia que mucha gente no se da cuenta del peligro, que entrañan las religiones, cuando ponen el centro de interés de los creyentes, no en “este mundo”, sino en el “otro mundo”. Porque esa esperanza ilusionada, con los premios y delicias de la “otra vida”, puede ser el argumento justificante que motiva al terrorista, para quitarle “esta vida” a la víctima que él necesita matar para irse derecho al paraíso, que los funcionarios de la religión le han prometido.  
         La relación entre religión y muerte es tan antigua como la existencia del ser humano en este mundo. Los más documentados estudiosos de la historia de la humanidad han demostrado sobradamente que el “homo sapiens” (el “ser humano”) ha sido siempre, desde sus orígenes más remotos, “homo necans” (el “ser que mata”). No necesariamente por maldad, sino por necesidad. Toda vida vive a costa de otras vidas (W. Burkert; G. Theissen…). Lo que no podemos saber es cómo, cuándo, ni por qué esta necesidad de subsistencia adquirió un valor religioso. Y así se convirtió en “sacrificio”.
         ¿Es esto un disparate o una falta de respeto a la religión y lo que la religión representa? Quien busque esta escapatoria, debería tener siempre presente que la misma base del cristianismo es un asesinato, la muerte inocente del hijo de Dios.
         Pero no es esto lo más importante, ni lo más original, que ofrece el cristianismo. Lo central y determinante, que los cristianos encontramos en el Evangelio, quedó formulado con singular profundidad en una de las cartas que Dietrich Bonhoeffer escribió a un amigo (abril de 1944), desde la cárcel de Tegel, poco antes de ser asesinado por los nazis: “La fe en la resurrección no es la “solución” al problema de la muerte. El “más allá” de Dios no es el más allá de nuestra capacidad de conocimiento. La trascendencia desde el punto de vista de la teoría del conocimiento no tiene nada que ver con la trascendencia de Dios. Dios está más allá, en el centro de nuestra vida. La Iglesia no se halla allí donde fracasa la capacidad humana, en los límites, sino en medio de la aldea”.

         Dicho de forma más sencilla y directa. Tenemos demasiada religiosidad para el otro mundo, si la comparamos con la anticuada y debilitada religiosidad con la que pretendemos afrontar el demasiado sufrimiento que los más desamparados tienen que soportar en este mundo. Esto tiene que cambiar. O ponemos a Dios en el centro de nuestra vida y de nuestra convivencia; o todo lo de Dios, la muerte, la esperanza y la vida eterna, terminará siendo mera palabrería sin contenido. Y entonces, cuando nos quedemos con meras palabras y esperanzas sin contenido, entonces quedaremos en manos de los canallas, posiblemente los más insospechados.   

jueves, 11 de mayo de 2017

LA RELIGIÓN TIENE SU PELIGRO - José Mª Castillo, Teólogo

José M. Castillo

La religión no es Dios. La religión es un conjunto de creencias y prácticas (ritos, observancias, rezos y ceremonias) que, según pensamos los creyentes, nos llevan a Dios. Por eso hay tantas personas convencidas de que, si su relación con la religión es correcta, su relación con Dios también es correcta. Y aquí es donde está el peligro que entraña la religión.
Este peligro consiste en que la religión nos puede engañar. Porque nos puede hacer pensar que estamos bien con Dios, si somos religiosos, si somos observantes de las cosas que manda la religión, defendemos sus intereses y promovemos su esplendor.  

Esto es lo que explica – seguramente y entre otras cosas – por qué hay tantas personas, países y culturas, que son tan religiosas como corruptas. Es más, posiblemente no es ningún disparate afirmar que la tranquilidad de conciencia, que proporciona la religión, es (o puede ser) un factor que ayuda a que los corruptos cometan sus fechorías, pensando que ellos son religiosos y que los buenos servicios que le hacen a la Iglesia, al clero (o a la religión que sea), eso justifica sus conciencias. De forma que su fiel observancia religiosa es lo que explica por qué pueden decir que ellos tienen la “conciencia tranquila” y “las manos limpias”.  
Por todo esto se comprende que los evangelios sean la hiriente y dura historia de aquel hombre de pueblo, un galileo, Jesús de Nazaret, que fue rechazado, condenado y asesinado por la religión. Porque puso al descubierto lo engañados que vivían los hombres más religiosos de su tiempo. No porque aquellos hombres fueran religiosos, sino porque su religiosidad les permitía despreciar a todo el que no pensaba como ellos. Y condenar a todo el que no hacía lo que hacían ellos.  
Exactamente lo mismo que ocurre ahora con no pocos profesionales de la religión. Y con los observantes fanáticos. Los que le dan más importancia a “lo sagrado” que a “lo profano”. Hasta el extremo de pensar que, si “lo sagrado” está bien protegido y bien costeado, “lo profano” es asunto que corresponde a los poderes públicos, con los que hay que mantener buena relación, con tal que nos respeten y nos costeen lo más digno que hay en la vida: la seguridad y la dignidad de “lo sagrado”. De lo demás…, “se hará lo que se pueda”. ¿No acabamos de ver el peligro que entraña todo esto?

Al decir todo esto, no es que yo desprecie a “lo sagrado”. Lo que digo es que tan sagrado es un templo como el dolor de un enfermo, el hambre de un pobre o la vergüenza humillante del que tiene que vivir “de la caridad” de otros. Es más, si el Evangelio dice la verdad, el día del juicio final no nos van a preguntar si fuimos a visitar los templos, sino si estuvimos cerca del que sufre, ya sea por hambre, por estar enfermo, por ser extranjero o estar en la cárcel (Mt 25, 37-40).   

lunes, 24 de abril de 2017

LA FE ENTRA POR LOS SENTIDOS - José Mª Castillo. Teólogo

LA FE ENTRA POR LOS SENTIDOS
            José M. Castillo

            El relato de la incredulidad del apóstol Tomás, que se recuerda a los cristianos en el segundo domingo de Pascua (Jn 20, 19-31), nos viene a decir que la fe entra por los sentidos. Mucho antes que el IV evangelio, el apóstol Pablo había dicho que “la fe entra por el oído” (por lo que se escucha, “akoê”: Rom 10, 17). Pero el Evangelio añade que, no sólo por lo que se escucha, sino también por lo que se ve y se palpa.
Que es lo que le pasó a Tomás. Cuando los otros apóstoles le dijeron que habían “visto al Señor” (Jn 20, 25), Tomás respondió lo que dice tanta gente: “Si no lo veo y lo toco, no lo creo”. Hasta que, a los ocho días, Jesús resucitado se plantó delante de Tomás y le dijo: “ven acá, mira, toca, palpa… y no seas incrédulo” (Jn 20, 27). Y Tomás no tuvo más remedio que decirle a Jesús: “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20, 28).
            La cosa, al menos en principio, está clara: la fe entra, no sólo por lo que oímos, sino además por lo que vemos y palpamos. Pero aquí es donde está el problema. Porque, en realidad, ¿qué es lo que vio y lo que palpó Tomás? Vio y palpó llagas de dolor y muerte. Y entonces creyó. Pero el mismo Jesús añadió: “¿Por qué me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto” (Jn 20, 29).
            El Evangelio se refiere obviamente a quienes vieron a Jesús resucitado. Pero, ¿y los que no lo vemos, ni podemos verlo? Insisto en que Tomas vio a Jesús. Pero no solo eso. Lo que Tomás dijo es que quería ver las llagas de los clavos y la herida del costado de Jesús. Entonces fue cuando Tomás creyó. No simplemente cuando vio a Jesús, sino cuando palpó sus llagas de sufrimiento y muerte.
            Yo me pregunto por qué ahora hay tanta gente a la que no le interesa para nada el asunto de la fe. ¿Porque no vemos a Jesús? Por supuesto, a Jesús no podemos verlo. Pero, ¿y sus llagas de sufrimiento y muerte? ¿dónde las vemos? ¿en quiénes se palpan? Ahí están: en la vergüenza de los que se dejan la vida en las pateras, en las alambradas (con sus concertinas) que les hemos puesto a quienes vienen huyendo de la muerte, en los que se mueren en las hambrunas de África y en las guerras interminables del coltán. Porque nosotros, los “¡creyentes en Cristo!”, los cristianos de los países desarrollados, no soportamos las llagas de los clavos de la muerte de Jesús.
            ¿Y la Iglesia, que no se cansa de predicar la importancia de la fe? Los “hombres de Iglesia” se preocupan mucho por los que llevan en sus carnes las llagas de Cristo. Pero es que la Iglesia no sólo se preocupa por los que llevan las llagas. Además de eso, necesita mucho dinero para conservar sus templos, sus seminarios, sus palacios y sus curias, para mantener intacta su liturgia y su moral. Y si no, que se lo pregunten al papa Francisco. Este hombre se preocupa tanto por los desgraciados de las llagas, que más que un papa, parece – a veces – un “agitador social”. ¿Y nos vamos a quedar con los brazos cruzados ante semejante desvarío?
            Es la pregunta que algunos se hacen. Yo – a lo mejor estoy equivocado – lo que me pregunto es si nos interesa de verdad creer en Jesús. O quizá lo que queremos, a toda costa, es que el solemne montaje religioso que tenemos siga como está. O incluso que, a ser posible, podamos recuperar la solemnidad de antaño.
            Por eso, sólo me queda esta pregunta: ¿no nos estará ocurriendo que, en realidad, estamos más cerca de los sacerdotes del templo que de las llagas que tanto anhelaba tocar el apóstol Tomás? 

lunes, 6 de febrero de 2017

LA REFORMA DE LA LITURGIA - José María Castillo, Teólogo

LA REFORMA DE LA LITURGIA
            José M. Castillo

            La Iglesia se ha organizado de manera que la liturgia, como “culto sagrado”, da la impresión de que, para mucha gente y en la práctica diaria de la vida, es más importante que Dios. Y, por supuesto, es más determinante de sus costumbres y hábitos de vida que el Evangelio. Por eso resulta comprensible que el cardenal Sarah, prefecto de la Congregación del Culto Divino, pretenda detener la reforma litúrgica que puso en marcha el concilio Vaticano II.
            ¿Qué explicación puede tener esta pretensión de inmovilismo y conservadurismo del cardenal Sarah? ¿Por qué hay todavía gente que echa de menos la misa en latín o las ceremonias litúrgicas a la antigua usanza? El problema, que plantean estas preguntas, es más serio de lo que algunos se imaginan. El “hecho religioso” es tan antiguo como el ser humano. O sea, la religión nació hace unos cien mil años.
Pero la religión nació de tal manera que lo primero, lo más original, en el hecho religioso, no fue Dios, sino los ritos. Concretamente, los ritos de sacrificio. Se mataba un animal, según un ceremonial predeterminado, y eso aglutinaba al grupo (de cazadores trashumantes) y, según parece, producía un efecto tranquilizante y pacificador de los naturales sentimientos de culpa, que brotan en todo ser humano. Seguramente el trasfondo de estas conductas se comprende a partir de lo que es el sacrificio en sí. En efecto, la práctica sacrificial expresa simbólicamente que toda vida se mantiene y perdura a costa de matar otras vidas (H. Seiwert, G. Theissen). Esto es duro. Pero es así. Y vale también para los vegetarianos (los vegetales son vidas). Sí, podemos seguir viviendo porque matamos otras vidas.  
Esto supuesto, lo que se puede asegurar (como hecho sobradamente demostrado), es que “Dios es un producto tardío en la historia de la religión” (G. van der Leeuw, K. Lorenz, W. Burkert). ¿Cuándo empezaron los humanos a pensar en Dios? No es posible precisarlo. Se sabe con seguridad que la idea de Dios está indisociablemente unida a la práctica del sacrificio. En todo caso, en las prácticas religiosas, que conocemos hasta el Neolítico (unos 11.000 años a. C.), al menos en Europa, no hay rastro de creencias o relación alguna con Dios. O sea, el ser humano practicó rituales religiosos relacionados con la caza, con la muerte, con el paso a otra posible forma de vida. Y ésa fue su religión durante unos 90.000 años.
Se comprende por eso que, por ejemplo, la profesora Ina Wunn (Universidad de Hannover) haya escrito una historia, de más de 500 páginas, sobre “Las religiones en la Prehistoria”, un gran volumen donde ni se menciona a Dios. Sin duda alguna, el ser humano tiene integrada, en su larga existencia de 100.000 años, la práctica fija y firme de los rituales sagrados. Una experiencia que los humanos tenemos más integrada en nosotros que la idea de Dios o nuestra relación con él.
Esto es lo que explica que haya tanta gente que es más fiel a la exacta observancia de los ritos sagrados, que a su correcta relación con Dios. Y es que los ritos son acciones que, debido al rigor en la observancia de las normas, llegan a constituir un fin en sí mismos. De donde resulta que, en el ámbito de la conducta, ocurre con frecuencia que el “rito” se sobrepone al “ethos” (G. Theissen). Y, entonces, nos encontramos con el hecho, tan frecuente entre los cristianos, de quienes son fieles observantes de normas y ceremonias sagradas, pero al mismo tiempo dejan mucho que desear en su conducta. O son sencillamente gente sin vergüenza.
Pues bien, habida cuenta de lo que acabo de explicar, se comprende que, ya en el Antiguo Testamento, el enfrentamiento de los Profetas con los Sacerdotes fue frecuente y hasta mortal. Pero, sobre todo, esto es lo que explica la originalidad de la vida, la conducta y las enseñanzas de Jesús. La relación de Jesús con los observantes (sacerdotes, levitas, fariseos, maestros de la Ley) fue un constante enfrentamiento. Como fue un conflicto su relación con el Templo. Jesús no instituyó ningún ritual. Ni la cena de despedida fue un ritual, cosa que dejó patente el IV evangelio. Ni la muerte de Jesús fue un sacrificio sagrado. Aquella muerte no podía ser un “sacrificio ritual”. Fue un “sacrificio existencial”, como quedó patente en la carta a los Hebreos (7, 27; 9, 9-14) (A. Vanhoye). De ahí, la exhortación final: “No os olvidéis de la solidaridad y de hacer el bien, que esos sacrificios son los que agradan a Dios” (Heb 13, 16).

El integrismo litúrgico del cardenal Sarah es un asunto grave, muy grave. Es un asunto que toca el corazón mismo del Evangelio. El que tranquiliza su conciencia porque va a misa, reza por la mañana y por la noche o cosas por el estilo, si no es honrado, transparente y practica la justicia, por encima de todo, es un farsante que, más que engañar a la sociedad y a la Iglesia, es un indeseable que se engaña a sí mismo. Mientras la Iglesia no resuelva esta gran mentira, no va a ninguna parte. ¿Se comprende por qué hay tantos cristianos que no soportan al papa Francisco?   

sábado, 7 de enero de 2017

IDEOLOGÍA DE GÉNERO, VIOLENCIA CONTRA LA MUJER - José M. Castillo

IDEOLOGÍA DE GÉNERO, VIOLENCIA CONTRA LA MUJER
José M. Castillo     

            La reciente declaración del cardenal Cañizares, contra la “ideología de género”, ha reactivado e intensificado la fuerte confrontación ideológica y mediática, que, desde finales del siglo pasado, se viene manteniendo, y hasta se está acentuando, entre los entendidos en este asunto, entre los no entendidos y hasta entre los más ignorantes en el tema. ¿Dónde está el problema? Y sobre todo, ¿por qué interesa esto tanto a la gente? Y, en definitiva, ¿qué pensar sobre esta cuestión?
            Lo primero que, a mi juicio, se debería tener en cuenta es que hablar de “ideología de género” es hablar de “violencia”. De una de las formas más brutales de violencia, que viene sufriendo más de la mitad de la humanidad desde tiempos inmemoriales. ¿Por qué? ¿en qué? Me explico.
            Como sabe todo el mundo, raro es el día que no nos llegan noticias de mujeres que han sido víctimas de la violencia que sobre ellas ejercen los hombres: malos tratos, torturas, asesinatos… Y de sobra sabemos, digan lo que digan las declaraciones universales de Derechos Humanos, el hecho es que las mujeres no gozan de los mismos derechos que los hombres, Por ejemplo, las mujeres ganan menos dinero que los hombres. Y, por tanto, se tienen que ver sometidas y dependientes de lo que deciden los hombres, en una cantidad de asuntos y situaciones que sería imposible enumerar aquí. Por no hablar de la vergonzosa legislación de la Iglesia: he buscado en el “Código de Derecho Canónico”, y, en el índice de materias, ni aparece la palabra “mujer”. Evidentemente, todo esto es “violencia”. Y es una violencia brutal. Por no hablar de otros países, de otras culturas, de otras religiones, donde la violencia contra las mujeres se ensaña hasta el asesinato y la tortura legalizados.
            Así no podemos seguir. Por eso me parece acertado recordar que, con frecuencia, aparecen ideologías cuyo motor es el odio. Un odio del que no suelen ser conscientes quienes lo viven y lo difunden. A lo largo del siglo pasado, surgió, en primer lugar, la ideología basada en el “odio de clases” sociales. Lo que desembocó en el marxismo. Luego vino la ideología que se sustentaba en el “odio de entre razas”. Lo que provocó el nacimiento del nazismo. Y ahora tenemos otra manifestación del odio. El “odio entre sexos”. Lo que ha dado pie a otra ideología. La ideología de género. Para nadie es un secreto la violencia y el sufrimiento que estas tres ideologías han provocado y, en buena medida, siguen causando.
            Esto supuesto, lo que básicamente defiende la ideología de género es suprimir de la sociedad todo lo que pueda significar y causar opresión de la mujer. Lo que se tendría que traducir en una sociedad enteramente igualitaria, sobre todo en cuanto se refiere a las desigualdades entre hombres y mujeres.
            Ahora bien, para aclarar este asunto tan complejo, lo primero que debemos tener en cuenta es que no es lo mismo hablar de “diferencia” que hablar de “igualdad”. La diferencia es un “hecho”. Mientras que la igualdad es un “derecho” (Luigi Ferrajoli). El hombre y la mujer son “diferentes” biológicamente, somáticamente, etc. Pero el hombre y la mujer son “iguales” en dignidad y derechos. Teniendo en cuenta que las “desigualdades”, entre hombres y mujeres, son producto, no sólo del derecho, sino además son el resultado inevitable de tradiciones culturales cuyos orígenes se nos pierden en las lejanías de la pre-historia. Y no olvidemos que cuando un hecho es producto de la cultura, ese hecho se incorpora a cada ser humano “como constitutivo de su identidad”. Por eso, un hecho cultural no se cambia mediante leyes, amenazas o castigos, sino solamente mediante la educación. Una educación bien pensada y paciente, que sea capaz de modificar ciertas pautas culturales que son condicionantes de nuestra identidad.
            Esto supuesto, tengo mis razones para pensar que es una simpleza (además de un asunto muy discutible, por otras razones) decir que el enorme problema de la ideología de género se resuelve – entre otras cosas – mediante la promoción de métodos anticonceptivos o promoviendo campañas a favor del aborto. Hay que precisar muy bien lo que se dice cuando se habla de estos asuntos. Porque, entre otras cosas, lo que se consigue, con este tipo de afirmaciones genéricas, es poner nerviosos a obispos y cardenales, que, ante las autoridades que van a legislar sobre estos temas, tienen más poder de lo que seguramente imaginamos.
            A lo dicho hay que añadir que “los orígenes del puritanismo” son determinantes en esta cuestión. Pero tales orígenes son tan antiguos, y están tan enraizados en la cultura de Occidente, que, como ya demostró el profesor de Oxford, E. R. Dodds, este puritanismo fue asimilado ya por Jenofonte o Píndaro, que tomaron estas convicciones de conducta de los chamanes que existen todavía en Siberia. Y que, en el s. V (a. C), fueron convicciones popularizadas por Pitágoras y especialmente Empédocles, que, en su obsesión por la “pureza”, llegó a estigmatizar el matrimonio. Un estigma que las religiones siguen considerando como necesario para el acceso a ”lo sagrado”. El intocable celibato de los curas es buena prueba de esto.
            Por mi condición de teólogo, quiero acabar indicando dos cosas: 1) Jesús no se interesó nunca por los temas relacionados con la sexualidad. Es un asunto del que no hablan los evangelios. Cuando Jesús se refirió a esta cuestión, lo hizo porque hablaba de mujeres casadas. Y, en la cultura judía de entonces, la mujer casada era propiedad del marido. Lo que impedía la igualdad de hombres y mujeres (Mt 19, 1-9 par; cf. Dt 24, 1)). O era una situación en la que desear a una mujer casada, era “desear lo ajeno”, que prohíbe el décimo mandamiento (Ex 20, 17: Mt 5, 31-32). 2) El único colectivo humano, con el que Jesús nunca tuvo el más mínimo enfrentamiento, fueron precisamente las mujeres, por más que se tratase de infieles, de prostitutas, de adúlteras…. Jesús las defendió siempre. Y ellas siempre estuvieron de su parte. Hasta que agonizó en la cruz.

            Y termino diciendo que “los hombres de Iglesia” (curas, obispos, cardenales) harían un bien inmenso a esta Iglesia, si dejaran ya de hablar tanto de asuntos de los que entienden poco, como es el caso de los temas relacionados con el sexo, y se preocuparan más por la justicia, el sufrimiento humano, la igualdad de todos en dignidad y derechos. No lo olvidemos nunca, nuestro extravío, como seguidores de Jesús, está en que “la pureza, más bien que la justicia, se ha convertido en el medio cardinal de la salvación” (E. R. Dodds). Aunque parezca mentira, esto ha sido, y sigue siendo, la ruina de la Iglesia y de la cultura de Occidente.   

jueves, 24 de noviembre de 2016

EL PREOCUPANTE SILENCIO DE LOS OBISPOS - JOSÉ MARÍA CASTILLO, TEÓLOGO

José M. Castillo, Doctor en teología.

Es un hecho que hay asuntos importantes, que afectan a la vida nacional o a grandes sectores de la población, en los que los obispos no se callan. Baste pensar en asuntos que afectan a la moral pública, como puede ser el tema del aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo o los privilegios legales y fiscales que afectan a la Iglesia. Y no hay que insistir en el empeño responsable de nuestros Prelados por difundir la religiosidad y las creencias cristianas, cosas que tanto bien hacen a no pocos sectores de la sociedad.  Sabemos de sobra que, en estos casos (y otros que se podrían señalar), hay obispos – o incluso la Conferencia Episcopal en pleno – que se pronuncian con decisión y, en algunos casos, con una energía que llama la atención.
Por supuesto, los obispos – como los demás ciudadanos – tienen perfecto derecho a manifestar en público sus ideas, sus convicciones y, en general, aquellas cosas con las que están o no están de acuerdo. Lo que resulta aún más comprensible, si tenemos en cuenta que los obispos, como  dirigentes y además responsables en el gobierno de la Iglesia Católica, tienen por eso mismo el derecho y el deber de orientar a la sociedad en aquellas cuestiones que, desde las creencias cristianas, inciden en la vida de los individuos y de la sociedad en asuntos muy determinantes para la ciudadanía, como tales ciudadanos y, además, como personas que tienen el derecho y el deber de cumplir con sus obligaciones religiosas.
Pero ocurre que, en la situación tan amplia y tan   problemática, que acabo de plantear, tienen una importancia decisiva, no sólo las cosas que se dicen, sino también las que no se dicen. Como bien sabemos, a veces sucede que un silencio resulta más elocuente que mil palabras. En este sentido – y desde este punto de vista – hablo aquí del preocupante silencio de los obispos.
No me refiero, ni puedo referirme, a todos los obispos. El episcopado español es lo bastante numeroso como para que en él haya hombres de las más diversas mentalidades y formas de vida, dentro de lo que permite la condición de “obispo de la Iglesia Católica”. Como también es verdad que, a veces, los medios de comunicación conceden más o menos importancia a una determinada noticia según la mentalidad o las conveniencias de quien difunde los hechos y las ideas ante la opinión pública.

Todo esto es así. Pero precisamente porque es así, por eso mismo resulta tan preocupante el hecho de que los obispos españoles no se pronuncien, como tendrían que hacerlo, en asuntos muy graves, que afectan a grandes sectores de la población, y en los que una palabra autorizada, como lo sigue siendo (para esos asuntos) la palabra del episcopado o el pronunciamiento de un determinado obispo en ciertos casos.
Basta poner algunos ejemplos, para hacerse una idea más concreta de la gravedad del asunto. Ahora mismo están en juego, en España, problemas tan graves como el futuro de las pensiones de ancianos, viudas y huérfanos. ¿Y no tienen nada que decir nuestros obispos, al menos en las rayas rojas de mínimos que los legisladores nunca deberían traspasar? ¿Tampoco tienen nada que decir cuando se trata de gestionar la economía de manera que la consecuencia es que cada año la distancia entre los más ricos y los más pobres resulta más asombrosa? ¿Ni se les ocurre nada para quejarse – al menos “quejarse” – de la cantidad de familias que tienen que vivir de la limosna, buscar algo de comida en los contenedores de basura o sencillamente acostarse sin cenar? ¿Ni existe un pronunciamiento religioso a favor de los refugiados que aquí no encuentran refugio, ni de los jóvenes que aquí no encuentran trabajo, ni futuro, ni esperanza de una vida digna? Por no hablar de la cantidad de años que los jerarcas de la Iglesia se han callado los abusos que no pocos clérigos han cometido contra menores. Y en esto – también hay que decirlo – lo más doloroso es que la imposición del silencio venía de Roma (eran otros tiempos). Porque lo que más importaba no eran los derechos de las víctimas, sino la “respetabilidad” de los clérigos.
Y a estas alturas, no faltan obispos que ponen el grito en el cielo cuando alguien se pone a defender los derechos de personas homosexuales, feministas, transexuales…. ¿No se les cae la cara de vergüenza a los sedicentes “hombres de Dios”, cuando desde tales posturas nos quieren hablar precisamente de Dios? ¿De qué Dios nos están hablando? ¿Del Dios de los palacios episcopales, las vestimentas doradas, los títulos y las reverencias que pretenden promover entre la gente una “mentalidad sumisa” para que no haya “desorden” y todo siga tal como está?

No sigo. Con lo dicho, basta para ponerse a pensar a fondo en el problema que tenemos que afrontar quienes, a pesar de todo, queremos seguir creyendo en el Evangelio. He sufrido “de la Iglesia y por la Iglesia” más de lo que algunos se imaginan. Porque quiero a esta Iglesia, que, a pesar de todo, me ha conservado la “memoria peligrosa” del Evangelio. Y por eso – precisamente por eso – no me callo. El día que perdamos el miedo a la libertad, sin duda alguna, empezaremos a trazar un camino con menos sufrimiento y más esperanza.     

sábado, 20 de agosto de 2016

EL EVANGELIO Y LA FAMILIA - José María Castillo, Teólogo

EL EVANGELIO Y LA FAMILIA
                José M. Castillo

                Una de las cosas que más llaman la atención, cuando se leen detenidamente los evangelios, es la actitud personal de Jesús y las enseñanzas que transmitió respecto a la familia. No es posible, en el limitado espacio de este artículo, analizar al detalle la abundante documentación que ofrecen sobre todo los sinópticos sobre este asunto. Aquí me limito a señalar dónde y en qué está el problema. Más adelante (y con tiempo) espero poder explicar la hondura que entraña todo esto y las consecuencias que tiene.

                Lo primero, que hizo Jesús al iniciar su ministerio público, fue abandonar su trabajo, su casa y su familia. A partir de aquella decisión, las relaciones de Jesús con sus parientes fueron tensas, complicadas y hasta difíciles. Su familia más cercana pensaba de él que había perdido la cabeza (Mc 3, 21). Y cuando fue a su pueblo, sin duda para explicar su mensaje, ni los vecinos de Nazaret creyeron en él, se escandalizaron de lo que enseñaba y el propio Jesús se sintió despreciado por los de su casa (Mc 6, 1-6; Mt 13, 53-58; Lc 4, 16-30). En el relato, que hace Lucas de esta visita, la cosa llegó hasta el extremo de que los vecinos del pueblo intentaron matarlo (Lc 4, 28-29). Y es que Jesús revolucionó el tema de la familia hasta el extremo de que, para él, su madre y sus hermanos son, ante todo, los que hacen la voluntad del Padre del cielo (Mc 3, 31-35; Mt 12, 46-50; Lc 8, 19-21). Aquí y en esto es donde se ve más claro hasta qué punto Jesús puso las cosas en su sitio. Y hasta qué extremo reordenó todas nuestras relaciones personales, económicas y sociales.
                Por otra parte, cuando Jesús llamaba a los discípulos, que se agregaban al grupo, lo primero que les exigía, para “seguirle”, era abandonar la familia y los bienes (el dinero) (Mc 10, 17-31; Mt 19, 16-22; Lc 18, 18-30) sin poner condición alguna (Mc 1, 16-21; Mt 4, 18-22; Lc 5, 1-14). Jesús fue tan radical, en este orden de cosas, que no admitió, como justificante para retrasar la decisión de “seguirle”, ni el entierro del propio padre, ni siquiera despedirse de la familia (Mt 8, 18-22; Lc 9, 57-62).
                Ahora bien, a partir de este radicalismo evangélico, lo más duro y lo más fuerte, que planteó Jesús, fue el conflicto radical en la institución familiar: “No he venido a sembrar paz, sino espadas”, destrozando las relaciones de parentesco. Las palabras de Jesús son elocuentes y sobrecogedoras por sí solas y por sí mismas (Mt 10, 34-42; Lc 12, 51-53; 14, 26-27).
                Así las cosas, el problema de fondo, que aquí se plantea, solamente se puede comprender si se tiene en cuenta lo que han analizado pacientemente los historiadores y juristas, a saber: la casa – y consiguientemente la familia – era (y sigue siendo) “la estructura básica de la sociedad en que el cristianismo nació y se desarrolló, como en realidad lo es de toda sociedad sedentaria preindustrial” (R. Aguirre). Esto es lo que explica que, en el Nuevo Testamento, como indica el mismo profesor Aguirre, se nos habla de la conversión de casas enteras (Jn 4, 53; Hech 11, 14; 16, 15. 31-34; 1 Cor 1, 16; Hech 18, 8) e incluso parece que la casa era la forma básica de organización de la Iglesia en sus inicios (cf. Rom 16, 5; 1 Cor 16, 19; Col 4, 15; Flm 1-2).
                Pero esto tuvo consecuencias dramáticas. Porque sabemos que las sociedades mediterráneas del siglo primero estaban estructuradas sobre la base de la organización familiar. Ahora bien, en la familia de aquel tiempo todo estaba organizado y legislado en torno a la figura del “pater-familias”, que era el cabeza, jefe y dueño de la casa y sus componentes. De ahí que lo determinante, en la familia, no eran las relaciones personales, sino el sometimiento al poder. Y, por consiguiente, el sometimiento también a la estructura y al sistema de la sociedad romana. Lo que llevaba consigo una consecuencia que impresiona: “mujeres, esclavos y niños” eran los sujetos que carecían de derechos y tenían que vivir callados y sumisos, es decir, eran seres humanos que tenían siempre sobre ellos a un hombre como dueño (J.Jeremias, J. Leipold). Se comprende, por esto, el enfrentamiento revolucionario de Jesús y su Evangelio a este sistema de familia y, en definitiva, de sociedad.
                El problema, que se nos plantea a partir de los orígenes más remotos de la Iglesia, está en que las primeras “iglesias” (o asambleas cristianas) fueron fundadas por Pablo, según el modelo de las “comunidades domésticas” de las que nos habla el mismo Pablo en sus cartas y en las “deuteropaulinas” (Col y Ef), que reproducen el modelo de la sociedad romana: la mujer “callada y sumisa” (Col 3, 18-4, 1; Ef 5, 22-6, 9). Es el modelo que encontramos en las comunidades organizadas por Pablo desde los años 40 a los 60. Pero en aquellos años aún no se conocían los evangelios, en su redacción definitiva (la que ha llegado a nosotros), la que la Iglesia ha aceptado y propuesto como el texto oficial para los creyentes en Jesús.
                En todo caso, me parece acertada la reflexión final que propone el profesor Rafel Aguirre: “el hecho de que la Iglesia haya puesto en primer lugar los evangelios y los haya rodeado de una estima muy particular indica que, en medio de las ambigüedades inevitables de sus opciones históricas, (la Iglesia) reconoce los principios carismáticos de Jesús como su norma fundamental… Por eso, el creyente que lee los códigos domésticos del Nuevo Testamento debe ser consciente de las opciones y repercusiones históricas y sociológicas que implican”. A lo que este modesto teólogo añade que, como he dicho recientemente y recordando un texto genial de san Juan de la Cruz, la Palabra definitiva de Dios a la humanidad es Jesús, su vida y su enseñanza.

                Esto supuesto, lo que no cabe en mi cabeza es que, a estas alturas y en el momento que vivimos, siga habiendo tantos hombres de Iglesia, profundamente religiosos, que anteponen sus ideas y conveniencias a la Palabra definitiva de Dios en el Evangelio, que nos trasmitió Jesús.     

viernes, 12 de agosto de 2016

LA RESPUESTA A NUESTRAS PREGUNTAS - José María Castillo, Teológo

LA RESPUESTA A NUESTRAS PREGUNTAS
                José M. Castillo

                Mucha gente no se da cuenta de que lo más importante, que estamos viviendo ahora mismo, no es el cambio de gobierno, ni el deseado cambio en la economía, ni el anhelado (o temido) cambio de no pocas leyes y costumbres, ni los cambios en la religión y sus gobernantes. Todo eso, por supuesto, es importante. Pero no es lo fundamental.

La raíz de todos los cambios está, en este momento, en la radical transformación que estamos viviendo en nuestra cultura. Por eso anda todo revuelto. Y por eso también, en esta inquietante situación, son muchas (muchísimas) las personas que se hacen (o nos hacemos) incontables preguntas para las que no encontramos respuesta.


En muchos ámbitos de la vida, de los que no entiendo nada (o casi nada), ignoro incluso las preguntas más urgentes que ahora mismo hay que hacerse. En el terreno que trabajo, desde hace tantos años, es decir, en el ancho campo de la religión y sus muchas implicaciones en la vida, hay una respuesta a nuestras preguntas, que es sin duda alguna la respuesta más firme, fuerte y clara, que podemos afrontar. Y la respuesta también que – desde las creencias cristianas – tenemos que aceptar.

Voy derechamente al centro mismo de este asunto capital. Esta mañana, leyendo a san Juan de la Cruz, encontré este texto genial, que el santo pone en boca de Dios: “Si te tengo ya dichas todas las cosas en mi Palabras, que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora responder o revelar que sea más que eso? Pon los ojos sólo en él, porque en él lo tengo todo dicho y revelado, y hallarás en él aún más de lo que pides y deseas. Porque tú pides locuciones y revelaciones en parte, y si pones en él los ojos, lo hallarás en todo; porque él es toda mi locución y respuesta y es toda mi visión y toda mi revelación. Lo cual os he ya hablado, respondido, manifestado y revelado, dándoosle por hermano, compañero y maestro, precio y premio” (“Subida del Monte Carmelo”, libro 2 – cap. 22, nº 5).

“Pon los ojos sólo en él, porque en él lo tengo todo dicho”. Efectivamente, todo lo que Dios nos puede responder o decir, sea cual sea la pregunta que le hagamos, y sea cual sea la situación en que nos encontremos, la respuesta que Dios nos puede dar está en Jesús. La respuesta está siempre en lo que fue la vida de Jesús. Su proyecto de vida. Su forma de entender la vida. Lo que fue importante para aquella vida.

Que todos tenemos problemas, ¿quién lo duda? Que muchas personas tienen preguntas graves, quizá muy graves, para las que no encuentran respuesta, es evidente. Y que tan evidente como lo es todo esto, lo es igualmente que, en las situaciones complicadas que nos presenta la vida, raro es el caso en el que personas, nacidas y educadas en la cultura cristiana, buscan la solución y la respuesta en la “Palabra” última, definitiva y total, la respuesta a los problemas y preguntas más serias de la vida, que es Jesús, la vida que llevó Jesús, la solución que siempre tendríamos que buscar y encontrar en Jesús.

Y, por favor, que nadie me diga que estoy sacando las cosas de quicio. Los problemas y las preguntas, que nos presenta la vida, ¿no son problemas y preguntas relacionadas con la salud, el dinero, el éxito y el fracaso, el poder y sus privilegios, las relaciones humanas, el sentido o el sin-sentido de la vida, el amor y el odio, la felicidad o la desgracia, la paz o la violencia, la libertad o el sometimiento, la buena o la mala conciencia, la culpa, el perdón o la venganza, la bondad o los malos sentimientos, el triunfo o el fracaso en la vida, la fama o el olvido general?


Pues bien, de todo esto es de lo que nos habla la vida de Jesús, el proyecto de Jesús, la Palabra que es Jesús. Por esto, yo me pregunto, tantas veces, ¿qué hemos hecho los cristianos con el Evangelio? ¿Por qué y para qué le llamamos “Palabra del Señor”? Sobre todo, cuando sabemos que nuestro verdadero “señor” es el dinero, es el poder, es la seguridad para el futuro, es el buen vivir, es el éxito, es el disfrute de la vida. 
Seamos sinceros y honestos. ¿Es el Evangelio el factor determinante de la vida de la Iglesia? ¿Está el Evangelio en el armazón fundamental de nuestra cultura? ¿Es el criterio rector de nuestras vidas? El día que todo esto quede resuelto y patente, ese día tendremos resuelta y patente la respuesta a nuestras preguntas, las grandes preguntas de la vida.  

martes, 2 de agosto de 2016

LA DEMOCRACIA Y SUS ESCLAVOS - JOSÉ MARÍA CASTILLO, TEÓLOGO

                
LA DEMOCRACIA Y SUS ESCLAVOS
                José M. Castillo

                Nuestra democracia está poniendo en evidencia, ahora quizá más que nuca, sus contradicciones y su debilidad. No hay manera de poner de acuerdo a los líderes políticos para la formación de un nuevo gobierno. Y en estos casos – ya se sabe – se suele echar mano de la ambición de unos, de la incompetencia de otros o del fanatismo de muchos, para llegar a donde hemos llegado: a esta especie de callejón sin salida, que nos enfrenta a un futuro cada día más inseguro y más incierto.    

                Sería una ingenuidad ponerse aquí a ofrecer soluciones, en un asunto tan complicado y al que los muy expertos no le encuentran fácil solución. Por lo demás, de sobra sabemos que el “voluntarismo” o la “moralina” no sirven para mucho en estos casos. Resolver, “por puños” o por decisiones (casi heroicas) de “generosidad”, situaciones en las que cada uno de los actores ve que el problema está causado por la ambición de poder o de protagonismo que tienen otros, es un asunto seguramente más difícil de resolver que todo cuanto podamos imaginar.
                Por esto yo me pregunto, ¿No sería necesario ir más al fondo del problema, a las raíces de esta situación que estamos viviendo? Estamos soportando una de las dificultades típicas que provoca el sistema democrático. La democracia de la que nos sentimos satisfechos y orgullosos, como el sistema político más perfecto que, hasta ahora, han inventado los ciudadanos de este mundo. Y es verdad que la democracia es el sistema que, en principio al menos, mejor garantiza los derechos y libertades de los ciudadanos que pueden gozar de los beneficios que tal sistema suministra.
                Pero lo que mucha gente no advierte es que los derechos y libertades de la democracia no llegan a todos los ciudadanos por igual. Y en esto – me parece a mí – está el nudo del problema. La democracia, como es sabido, la inventaron los griegos. Pero también sabemos que no todos los atenienses de la Antigua Grecia eran considerados ciudadanos de pleno derecho. O sea, ciudadanos demócratas. Ciudadanos, por tanto, con los mismos derechos y las mismas libertades. Ni las mujeres, ni los esclavos podían participar en la toma de decisiones. Y lo más terrible de este doloroso hecho es que, en su base fundamental y en su poder destructivo, es un hecho que sigue en pie. Con todos los cambios legales y camuflajes que sabemos y que hacen posible su pervivencia. Pero la durísima realidad es que, en España, en Europa, en el Mundo, las desigualdades en derechos y libertades siguen adelante, haciendo así posible que sigan adelante también las democracias, con sus “Estados de Derecho” y de bienestar, que disfrutan satisfechos los que tienen la suerte (o la astucia) de ser los beneficiarios del sistema democrático. No nos engañemos. Por más que a muchos les duela, el análisis marxista dio en el clavo al explicarnos que las democracias han existido porque han existido esclavos que las han hecho posibles. Una democracia sin productividad no se mantiene. Pero de sobra sabemos que la productividad se mantiene en la medida en que hay mano de obra barata. O sea, en la medida en que hay esclavitud. Por eso, para que haya productividad, tiene que haber “recortes”, es decir, “esclavos” que se nos imponen desde Bruselas y de acuerdo con lo que interesa a quienes mandan “de facto” en la UE. Así, tenemos democracia, Estado de derecho, sociedad del bienestar. Todo eso, por supuesto, a base de tener y soportar una buena dosis de esclavos.
                Al decir esto, no pretendo ni insinuar que tenemos que acabar con la democracia. Lo que tenemos que hacer es gestionar la democracia de menara que no sean necesarios los esclavos para mantenerla. Aquí y en esto es donde está la clave del problema. Y, por lo tanto, la clave también de la solución.

                El papa Francisco ha dicho, en Polonia, que el caos de guerras, violencias e injusticias, que estamos viviendo y soportando, sólo tiene una solución: “la fraternidad”. No sólo como criterio religioso o como proyecto moral. Esto, por supuesto. Pero, sobre todo, la fraternidad en su sentido y en su alcance total: la fraternidad como igualdad para todos y como libertad de todos. El día que la fraternidad, entendida y gestionada así, se imponga – y en la medida en que se imponga así -, ese día empezaremos a ser verdaderamente demócratas. Y no nos veremos de nuevo metidos en  callejones sin salida. Como lo que tenemos ahora mismo. En España, en la UE y en el Mundo.  

lunes, 4 de julio de 2016

“CORRUPCIÓN”: RELACIÓN ENTRE EL PODER Y EL LUCRO - José María Castillo, Teólogo

“CORRUPCIÓN”: RELACIÓN ENTRE EL PODER Y EL LUCRO
                José M. Castillo

                Ya he dicho, en este blog, que el espinoso asunto de la “corrupción” es un problema no solamente político, sino además religioso. Ahora doy un paso más. Y digo que la “corrupción” es el ataque más directo y más grave que podemos hacer al sistema político, económico, social, cultural y religioso en que vivimos. Quiero decir, por lo tanto, que si no se controla y se suprime el virus de la “corrupción”, ese virus acabará liquidando el sistema de sociedad, de convivencia y de creencias en el que vivimos. O sea, si este problema no se ataja de raíz, lo más probable es que la sociedad en que vivimos no tendrá futuro. Y conste que no sería la primera vez que esto ocurre. Ya tendríamos que haber aprendido, de los antiguos imperios, que se hundieron precisamente cuando menos lo esperaban sus tranquilos ciudadanos, los “corruptos” de entonces.
             
   Me explico. El conocido historiador irlandés (profesor en Oxford) Peter Heather, en su voluminoso estudio sobre “La caída del Imperio Romano”, nos informa de que, en el siglo IV, no se percibía ningún signo de que aquel imperio estaba “a punto de derrumbarse”. Y, sin embargo, el derrumbe, cuando nadie lo esperaba, no tardó en producirse. Por supuesto, y como es sabido, los ejecutores del derrumbe fueron los “bárbaros”, que vinieron de fuera del imperio. Pero la verdadera causa de aquel derrumbe estuvo dentro, en el imperio mismo, cuando en aquel imperio de siglos se traspasaron con creces “los límites de la gobernanza”.
                Sencillamente, se produjo lo que se ha denominado “la corrupción del sistema romano”. Que no fue otra cosa que el destrozo de la relación normal (y honesta) entre el poder y el lucro. Quienes eran designados para ocupar cargos de poder, utilizaban aquel poder, no para servir al imperio y sus ciudadanos, sino para robar a la gente indefensa. Esto ocurrió cuando el nepotismo resultó ser un componente del sistema. La cosa era tan simple como destructiva. Por lo general “el nombramiento para un cargo se aceptaba como una oportunidad para hacer el agosto, y se daba poco menos que por descontado que se produciría un moderado grado de malversación” (P. Heather). Lo cual, dicho de forma más clara y contundente, significa que, si para algo se inventó el Derecho romano fue para defender y asegurar la propiedad, al tiempo que, si para algo se ejercía el poder y los cargos públicos, era para robar esa propiedad a quienes les correspondía.
                Como es lógico, en un imperio en el que se había instalado semejante contradicción, tal imperio se veía minado en sus cimientos y en sus raíces. Y así fue. Es verdad que hubo emperadores, como fue el caso de Valentiniano (364-375), que tomaron enérgicas medidas contra la “corrupción”, pero ni siquiera Valentiniano trató de cambiar el sistema. Porque lo decisivo no era castigar determinados casos de corrupción, sino atajar la raíz de tales comportamientos en todo cuanto se movía utilizando el poder y sus privilegios, no para servir a los ciudadanos, sino para robar a tales ciudadanos. Pero eso no se podía evitar desde el momento en que los cargos públicos en aquella sociedad no eran ocupados por las personas más competentes y honestas, sino por quienes gozaban de la desmedida preferencia que el emperador (y sus más allegados) daban a sus parientes, amigos o personas del propio partido, que eso – ni más ni menos - viene a ser el nepotismo. Pero, es claro, un sistema que funciona así, termina por destrozar sus propios cimientos. En el caso del antiguo Imperio, porque allí ya no mandaban los más competentes, sino los más ladrones. Allí, ya no funcionaba la correcta relación “poder – derecho”, sino la incorrecta relación “poder – lucro”. Y de sobra sabemos que, tal como funciona la condición humana, cuando el poder se emplea a fondo, no para defender el derecho de todos, sino el lucro de algunos, no ya los defraudados, sino el sistema entero se destroza a sí mismo.
                ¿Es esto lo que tenemos ahora entre nosotros y con nosotros? Mucho me temo que efectivamente es así. No ya sólo por lo que ha ocurrido en los últimos años y en las últimas elecciones generales. La cosa viene desde mucho antes. No sabría fijar desde cuándo. En cualquier caso, es evidente que llevamos ya varias décadas en las que hemos ido viendo y viviendo cómo hemos pasado del hambre a la opulencia. Pero este cambio, tan deslumbrante (a primera vista), se ha hecho y se mantiene a base de ocultar y camuflar una realidad de la que nos tienen que dar cuenta y explicación todos los que, desde el poder, han gestionado con más eficacia el “lucro” de ellos mismos que la “igualdad y la dignidad” de todos. Y si esto ha sucedido así, es porque los cargos públicos han sido ocupados, no por los más honestos y competentes, los que se habían currado el cargo en unas pruebas exigentes y en unas oposiciones, sino por los más allegados y amiguetes de quien ha gestionado el poder mayor, sea cual sea su nombre o su color. En una sociedad gestionada así, se hace trizas la relación “poder – lucro”.  Con esto quiero decir que el problema capital, que tenemos que afrontar en nuestro país en este momento, no está en acertar si debe mandar la derecha, el centro o la izquierda, si lo mejor es que nos gobierne este partido político o el otro. Eso es importante, por supuesto. Pero hay algo previo, que es lo que más urge resolver. Reducir al máximo posible la designación “a dedo” de cargos públicos. Solamente así podremos estar seguros de que quienes nos gobiernan ejercerán el poder, no para enriquecerse, sino para gestionar una sociedad más igualitaria, más humana y más justa.

                Y todavía – si se me permite -, una observación. Cuando escribo algo, no puedo olvidar que he dedicado, y sigo dedicando, mi vida a la religión, a la Iglesia, a la teología. Por eso, no puedo dejar de preguntarme: ¿qué papel ha desempeñado en todo este asunto la Iglesia? No quiero despachar esta pregunta tan grave lanzando las diatribas de siempre contra el clero y sus representantes. El problema es mucho más complicado. Si la Iglesia tiene alguna razón de ser, es porque prolonga en el tiempo y hace presente en cada lugar el Evangelio, la forma de vivir y las convicciones que nos dejó aquel modesto galileo, que fue Jesús de Nazaret.  Pues bien, si la Iglesia es eso y para eso, la pregunta que hay que hacerse (me parece a mí) es ésta: ¿Qué presencia ha tenido y tiene en España el Evangelio de Jesús? Si lo de Jesús significa algo para nosotros, es evidente que el Evangelio fue sumamente crítico con el uso que se hace del poder y del dinero. Pero de sobra sabemos que la Iglesia, en España, ha dado muestras, en demasiadas situaciones, de vivir más interesada en asegurar su dinero y su poder, que en identificar sus intereses con los intereses de los que carecen de poder y de dinero. La consecuencia ha sido que muchos ciudadanos de este país ven en la Iglesia religión y poder. Pero, ¿ven Evangelio? ¿sienten a Jesús presente entre nosotros? El día que esta pregunta tenga respuesta, ese día empezaremos seguramente a ver muchas cosas de otra manera.