CARTUJO CON LICENCIA PROPIA

lunes, 5 de abril de 2010

PASCUA

Homilía Vigilia Pascual 2003

Han aparecido esta noche ante nosotros diversos personajes: Dios Padre que crea el mundo a través de su Palabra, Abraham que es fiel a la Alianza con Dios y está dispuesto a sacrificar a su hijo Isaac, Moisés que libera al Pueblo de la esclavitud en Egipto, Dios que nos promete un corazón nuevo y una alianza nueva, Pablo que nos recuerda que los bautizados hemos muerto con Cristo y hemos resucitado con Él. Finalmente, el evangelio nos habla de la experiencia  estremecedora de tres mujeres, discípulas de Jesús: María Magdalena, María de Santiago y Salomé.

Fijémonos ahora en estas tres mujeres. No había dado tiempo para nada. Hubo que sepultar a Jesús a toda prisa, porque iba a comenzar el sábado.

Lo bajaron de la cruz y lo depositaron en un sepulcro "nuevo". Esto del sepulcro nuevo no fue un gesto de amor hacia Jesús; todo lo contrario. Pensaban los judíos que si el cuerpo de un crucificado era depositado en un sepulcro donde había otras personas sepultadas, el crucificado "contaminaría a todos" y los volvería "impuros". Por eso, no pusieron el cuerpo de Jesús en un sepulcro familiar.

No hubo tiempo para embalsamar el cuerpo de Jesús. Las tres discípulas lo intentaron, cuando todavía era de noche. Quieren darle a Jesús la última despedida y tener con él el último gesto de reconocimiento. Están ciertas de su muerte y de que con la muerte todo ha acabado.

Pero no pudieron ungirlo. Una mujer en Betania lo había ungido ya para su sepultura.

Cuando las tres llegaron, comenzaron a ver cosas. Sí, el término "ver" es muy importante aquí:

-          vieron que la piedra del sepulcro estaba quitada y eso que era muy grande

-          vieron a un joven sentado, dentro del sepulcro a la derecha

-          el ángel les dijo: "mirad" el sitio donde lo pusieron;

-          las mujeres deben decir a los discípulos y a Pedro que "allí en Galilea lo veréis".

Las mujeres ven distintas realidades "inesperadas", pero no ven a Jesús. Ven la piedra de entrada al sepulcro removida, pero dentro no ven a Jesús. Ven a un joven sentado, que no es Jesús. El joven está vestido de blanco, el color divino, el color de los habitantes del cielo, y el vestido de los bautizados: es un mensajero, que les da la noticia; una noticia que las llena de miedo: ¿Buscáis a Jesús? ¡No está aquí. Dios lo ha levantado! Dios Padre ha asumido el protagonismo total. Él se encarga de hacerle justicia a su Hijo: ¡lo ha levantado de la muerte! La pregunta podría ser: ¿qué hará con los que lo mataron? ¿con los que lo despreciaron? El sepulcro está lleno de misterio y de ausencia. ¡Jesús no está allá! ¡Dios lo ha rescatado! ¡Dios, sólo Dios, el Abbá, su Padre!

Las mujeres ven el lugar en el que estuvo el cuerpo, pero no ven el cuerpo.

Ellas deben de convertirse en mensajeras: deberán anunciar a los discípulos y a Pedro que lo verán en Galilea, ¡no en Jerusalén! Lo verán allí donde lo vieron y lo escucharon por primera vez.¡La cosa comenzó en Galilea! Lo verán cuando comiencen a repasar su mensaje, a reactualizar sus obras y milagros, a seguirlo de nuevo.

La liturgia no nos permite hoy leer el texto completo, pues nos dejaría una cierta perplejidad: ¡y las mujeres se fueron, llenas de miedo, y no dijeron nada a nadie! Así acababa el Evangelio de Marcos, con un anuncio de la Resurrección y una llamada a todos para creer, volviendo a las fuentes del Evangelio.

Hermanas, hermanos, este es nuestro desafío hoy: creer que Dios Padre no nos abandona, que no hay mal que por bien no venga, que Dios actuará, que Jesús sigue vivo y nos invita a seguirlo durante todo el año. Vamos a Galilea para ser sus seguidores y llevar adelante sus sueños.

 

¡Feliz Pascua de Resurrección!



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