CARTUJO CON LICENCIA PROPIA

sábado, 7 de mayo de 2016

NO ES CUESTIÓN DE ASCENDER. ASCENSIÓN DE JESUCRISTO

Jesucristo. No es cuestión de ascender
Es solo por expresarme en voz alta, como siempre hago. No hay intencionalidad de quitar a Jesucristo ni un ápice de merito respecto de los acontecimientos en su etapa de resucitado, pues en él tengo puesta mi fe y mi esperanza. La cuestión va más allá del la mera circunstancia o pregunta, de si Jesús ascendió o no ascendió al cielo. Eso es lo de menos absolutamente, pues si ascendió o no lo hizo, para nada enturbia el mensaje de su evangelio y su testimonio de vida, que dio y culmino en la cruz. 

La Ascensión es un capítulo más de las “hierofanías” de Jesucristo en su dimensión resucitadora. Sin embargo, para el cristiano de hoy lo bonito y sobre todo lo sencillo, es colocar a Jesús en una ascensión prefigurada con ángeles, trompetas y cosas muy bonitas y (quizás) muy barrocas. Ascenderlo, subirlo, y así mismo lo apartamos hacia el cielo hasta que sencillamente nos haga falta, o tengamos en consideración invocarle; visto lo cual nos debe de atender enseguida, pues tenemos más derecho que nadie a que nos escuche. 
Tener esta idea de Jesucristo, de su vida y de sus manifestaciones es lo más irresponsable que hay. En primer lugar porque si Jesús verdaderamente se encarno en el género humano, desde una dimensión resucitadora nunca podría establecer su residencia en el cielo, estableciendo una verticalidad en las relaciones -suyas y de Dios- con los hombres y mujeres del mundo. 
La colocación que hacemos de Dios en las alturas, en las cumbres…etc, es algo que le debemos al judaísmo, pero es algo que no tiene fundamento de ninguna clase excepto cultual. Dios, Jesucristo y su Santo Espíritu no tienen más residencia que allí donde palpita la vida y allí donde hay un corazón que late y cree en Jesucristo, o donde hay una persona necesitada de compasión y entrañas de misericordia. 
Al respecto de donde vive Dios os puede ayudar simplemente dos citas bíblicas para no aburriros. Rom 10,8b “[…] está cerca de ti, en tu boca y en tu corazón”. Dt 30,14 “el mandamiento está muy cerca de vosotros; está en vuestros labios y en vuestro pensamiento, para que podáis cumplirlo”. ¿Has pensado alguna vez, que sería de nuestra vida religiosa si no tuviéramos la estructura eclesiástica y por ende, jerárquica? Hay quien necesita esto último y es respetable, pero no pasaría nada si nos faltara todo lo estructural que tiene el cristianismo –ritos incluidos-, excepto la vida y unas manos para hacer el bien. 
Eso no nos puede faltar, pues corazón y manos es aquello de lo que más necesitado está el mundo. Entiendo la ascensión solo desde un plano religioso como una exaltación de Jesús y sus contemporáneos (“hierofanías”). 
Desde un plano histórico no se puede defender pues el Jesús corpóreo no existe en aquellos entonces, vive la dimensión resucitadora. Y desde este plano resucitador y trascendental, si entiendo yo la ascensión como la significación del culmen de la vida de Jesús; pues no solo nos dejó un testimonio que es memorial a actualizar para día en la vida del cristiano, sino que además nos deja su Espíritu para que siendo iluminado con la luz de nuestra conciencia compasiva y misericordiosa; realicemos en el mundo acciones oportunas que nos lleven a acercarnos cada día más, a la perfección de ese Jesús ya resucitado que fue exactamente humano como nosotros, con sus pros y sus contras. 

“Entonces, subir al cielo es lo mismo que alcanzar el objetivo supremo de la vida humana, objetivo que puede variar según las diversas religiones o filosofías, pero que siempre, de una o de otra manera, se refiere a eso que hoy se llama trascendencia” (Santos Benetti). Por lo tanto, considero que no debemos pasarnos con las adulaciones al Señor. Me decía un eminente hombre de Dios que “tanto tanto hemos dorado al Santísimo, que le hemos hecho el favor de dejarlo encerrado en la custodia”. Así que exaltaciones las precisas. 
La liturgia nos ofrece esta hermosa fiesta que es la misma antesala a la semana pentecostal, donde debemos prepararnos para asumir la realeza y eficacia del Espíritu Santo en la vida de cada ser humano. El Señor no necesita exaltaciones. Jesús necesita personas que vivan por Él en el mundo y junto a la gente. Todo lo demás es relativo por mucho que guste o beneficie, pues de buena voluntad nos podemos morir pero hay que “pringarse” por el Reino de Dios desde un plano humano y absolutamente igualitario. Ciertamente nos dijo el Señor: “No todos los que me dicen ‘Señor, Señor’ entrarán en el reino de los cielos, sino solo los que hacen la voluntad de mi Padre celestial” (Mateo 7, 21). 
Pues eso, no es cuestión de ascender.

Señor:
“Tú que exaltas a los hijos del pueblo;
a los que a pesar del trabajo humillante,
de la represión, el despojo y la incultura
hacen un esfuerzo sobrehumano para amar
y para cambiar este mundo con la fuerza del amor airado.

Tú magnificas, padre, a los esclavos rebeldes,
a los trabajadores revolucionarios,
a los creyentes contestatarios,
a los sacerdotes sin altar
–sólo apoyados en el testimonio de su vida-.

Miles de voces,
las de todas las manifestaciones del orbe,
te aclaman: y sus gritos, unidos a tu nombre,
son el canto de la libertad y de la exaltación del pueblo,
que te lo agradece diciendo: PADRE NUESTRO…

A Jesucristo, el humano por excelencia,
lo proclamamos hoy símbolo de la humanidad
y primogénito de todas las conciencias despiertas;
y nos alegramos con Jesús
afirmando nuestra solidaridad con su mismo estilo de vida. Amén.

(Jesús Burgaleta. Adaptación plegaria 41,Victoria)