CARTUJO CON LICENCIA PROPIA
Mostrando entradas con la etiqueta Ascensión-Pentecostés. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ascensión-Pentecostés. Mostrar todas las entradas

miércoles, 3 de junio de 2020

EL ESPÍRITU ES NUESTRO


Estamos en la semana pentecostal o en la semana del Espíritu Santo, pues el tiempo pascual llega a su fin con esta fiesta apologética que ensalza lo mejor que tenemos los creyentes, el Espíritu “Santo”.
Es santo porque proviene de Dios. Pero en Jesucristo esta santidad no es relativa a lo antagónico de lo pagano, sino que se fundamenta en la humanidad de la que es participe al cian por cien Jesucristo. 


El espíritu es santo, defensor, paráclito… y toda una suerte de hermosuras con las que le nombramos. Pero fundamentalmente es una fuerza que actúa en la vida de cada persona, sea creyente o no creyente, pues el espíritu es la propia vida en sí misma. Ya nos cuenta el Génesis de esa fuerza, soplo, ráfaga con la que Dios actúa sobre la vida. Indudablemente nadie ha visto al Espíritu Santo ni nadie le ha podido saludar por la calle. Pero eso no es óbice para que le podamos considerar algo vivo que nos hace vivir. ¡Y de qué manera!

Si existe un fallo primordial de la vida del cristiano de hoy es que no se acaba de creer hasta qué punto es hijo e hija de Dios; no digamos lo mucho que desconocemos la manera en que el espíritu reside en nosotros y a través nuestra puede obrar maravillas.

Que nadie piense que cuando el sacerdote pone las manos sobre el pan y el vino en la misa, en ese preciso instante una fuerza o causa sobrenatural atraviesa el techo de la iglesia y desciende de manera incolora y transparente, realizando la transustanciación por sí misma.
No. La transustanciación se realiza en función de la invocación –epíclesis- al Espíritu Santo que los asistentes a la celebración deben hacer –anáfora/anamnesis-, aunque en la deformación que se ha realizado de la eucaristía a través del tiempo, esta invocación ha quedado exclusivamente en boca del sacerdote que la hace en nombre del pueblo.

Es esa fuerza de Dios el Espíritu que es ánimo y determinación, la que nos hace reunirnos y compartir la mesa -o lo que sea- en nombre de Jesús, y así sacramentalizar la vida misma. A ver si nos enteramos de una vez que por muy santificados que puedan estar el pan y el vino, lo más importante es la reunión, la comensalía en nombre de Jesucristo hasta llegarnos a la alteridad de los mismos valores y forma de actuar que el de Nazaret, apostando por el servicio.

Una cosa es un rito, que es cosa exclusivamente del sacerdote, y otra cosa es la vida de cada día. La vida tuya y mía donde compartimos, vivimos y nos peleamos, sí. Santos, ni siquiera muchos de los que están en los altares. No vayamos a ponernos estupendos. Y no cometamos el error de considerarnos indignos de actuar y hacer, conforme a la convicción seria y responsable de que somos Templos de Espíritu Santo.
Somos y podemos ser residencia de esa fuerza sobrenatural que mana de la vida misma, de la tierra y de Dios y que se nos ofrece para animarlo todo.

Ojo, todo es todo. Lo bueno y lo malo, aunque con diferenciación determinante. Me explico brevemente. El Espíritu es inabarcable e indomable. Lo es precisamente porque es una fuerza que proviene de Dios y como tal, hay que saber reconducir.
La fuerza como muchas cosas en la vida puede ser útil para mover cosas, para impulsar proyectos. Pero con la fuerza se puede violentar y hacer daño. Igual pasa con el Espíritu. Sin conciencia de ninguna clase es una fuerza desperdiciada. Y usado con mala conciencia es contrario al designio de Dios que es amor.

Al respecto de esta fuerza, lo que debemos pedir a Dios constantemente es que no nos falte “esa chispa de fuego celeste que es la conciencia” (George Washington), para saber utilizarla en bien de la comunidad y en bien de nosotros mismo. Porque el espíritu es la esencia de la propia vida, y desde una vida espiritual se puede llevar a cabo un bello propósito de ser templos del Espíritu, haciendo en el mundo las obras que Dios quiere, con su propia fuerza que nos ha dado.

El Espíritu, desde nuestra conciencia apoyada en el testimonio de Jesucristo, debe obrar en nuestras vidas y en las vidas de quienes nos rodean, para saber ser en el mundo las manos de Dios y hacer de nuestro cuerpo una obra de Dios en el que se experimente la ternura y la sensibilidad con los humanos y con la tierra, el medio que nos rodea.

Permita Dios y la vida, que pongamos en Jesucristo nuestra mirada para ser en el mundo fermento de ternura y misericordia, y objetos también del amor de Dios.

Ojalá, asumamos nuestro papel en la vida y en la historia como personas sencillas que optaron por vivir según el espíritu de Jesús de Nazaret, que pasó por el mundo simplemente haciendo el bien.

DESBORDAMIENTO
Dios, Amor y Palabra eternamente pronunciada,
canción y sinfonía.
Padre e Hijo se contemplan risueños y se admiran
en el espejo Santo del Espíritu.
Encuentro, vibración y sintonía,
Comunión trinitaria que trasciende
en éxtasis, oh Dios, que se renueva,
que desborda.
Desbordan el Amor y la Palabra,
llegando hasta nosotros los ecos y latidos.
Hay signos de presencia trinitaria
en la profundidad del ser, de toda vida.
Somos eco y latido desbordado
de ese Dios que dialoga y que nos ama,
llenaremos el mundo con la música
que late trinitaria
en las entrañas.
Unamos a los hombres y los pueblos
con lazos entrañables del Espíritu,
con la “lengua común”, que es del Espíritu
y con el “beso santo”, su toque delicado.


(Imagen de eljartista, twitter)

domingo, 2 de junio de 2019

CAMINO, VERDAD Y VIDA. No hay otra opción


De las referencias más antiguas que hay de la ascensión de Cristo, una de ellas es una antiquísima confesión bautismal de la Iglesia Armenia. También el presbítero Hipólito de Roma hacia el año 215 escribió su “Traditio apostolica”, que era un credo en el cual se hace referencia a la ascensión. “Et ascendis in caelis et sedit ad dexteram Patrix” (y subió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre) reza este credo de diecisiete siglos de edad que no es cualquier cosa. 
El caso es que no es un dogma la ascensión de Cristo sino que es algo que por hacer una referencia clara las escrituras, siempre se ha contemplado como un formidable episodio de la vida de Jesús de Nazaret.
Ahora bien. La ascensión como tal es una interpretación más, de las muchas que tuvo la primigenia comunidad cristiana junto con la transfiguración y todas las apariciones que se nos cuenta en los evangelios, hechos y cartas. No es casualidad que el tiempo pascual termine con tres fiestas tan grandilocuentes, Ascensión, Pentecostés y Trinidad. Sin duda es un efecto de la liturgia el hecho de concluir tan notable etapa pascual con esta trilogía de fiestas, aunque una de ellas (la Trinidad) se enmarque más como comienzo de la segunda etapa del Tiempo Ordinario (Per anun).
Lo cierto es que estas tres fiestas encierran un sencillo mensaje que es la clave para la vida de la persona cristiana. En la ascensión Jesús nos muestra el CAMINO al lanzar un claro mensaje de que es aquí en la tierra donde tenemos que dar la talla como hijos de Dios. “Id por todo el mundo anunciando la buena nueva”. O sea, ser mis continuadores pero en la tierra. Con las personas con las cuales debemos convivir y relacionarnos y que están esperando nuestra respuesta generosa y fraterna.
Pentecostés nos da de bruces con nuestra propia realidad revelándonos la VERDAD de nosotros mismos. Puede que ante el mundo quieras ser tal o cual cosa, pero ante Dios eres lo que eres. Y NO poseerás el Espíritu mientras “te cierres a tu propia carne”, mientas renuncies a lo que eres ante Dios; ante el cual no puedes mentir. Dios quiere veracidad a su servicio, no servilismo y maledicencia camuflada de abrazos a sueldo y medias sonrisas. Para dar fraternidad a medias te la guardas y así te ahorras de engañarte a ti y pretender engañar a Dios. Pero si eres de la VERDAD, “la verdad te hará libre” –dice la escristura-.
Y la fiesta de la Santísima Trinidad nos ofrece la posibilidad de reconocernos como hijos ante las tres dimensiones que tradicionalmente conocemos de Dios, aunque hay algunas más. Ante Dios Padre, Hijo y Espíritu se nos presenta la propia VIDA del mundo de la cual venimos, a la cual contribuimos y a la cual vamos. Por eso es tan importante que reconociéndonos como hijos e hijas de Dios, obremos según la responsabilidad que tenemos ante Él y ante los hermanos.
CAMINO, VERDAD Y VIDA. Y un mensaje claro de Jesús: “Yo soy el camino la verdad y la vida, nadie va a al Padre sino es por mí”. Y el reflejo de Jesús de Nazaret es la persona que vive en el mundo, juntoa mí y que reclama derechos, libertades, humanidad y dignidad personal. Esto es lo importante, todo lo demás –fiestas incluidas- es accesorio. Puede que importante pero absolutamente accesorio. Como bien dijo el obispo Pedro Casaldáliga –apóstol de latoniamérica-, “todo es relativo menos Dios y el hambre”. Pues eso.
Que tengáis una buena conclusión del tiempo pascual entre ascensiones…etc. CAMINO VERDAD Y VIDA. No hay otra.
Fraternalmente, Floren.

domingo, 13 de mayo de 2018

ASCENSIÓN O LA EVOLUCIÓN DE LA VIVENCIA CRISTIANA


“Y este mar turbado ¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto al fiero viento airado, estando tú encubierto? ¿Qué norte guiará la nave al puerto?
(I Vísperas de la Ascensión)

Ya sabemos que como tal, el acontecimiento de la ascensión del Señor es una interpretación más de la experiencia del resucitado que tuvieron los discípulos de Cristo. La resurrección en sí misma, la transfiguración y la ascensión, hacen un llamamiento concreto sobre otras muchas apariciones de las que tiene Jesús tras su resurrección. Pero dicho esto, no debemos olvidar que el acontecimiento en sí, por el que Jesús subió a los cielos para ir con el Padre suyo y padre de todos; tiene una historia propia y puede que incluso una teología. 
Aun así, todo está sujeto a la progresión de la mente, y por ello me expreso brevemente.

Partimos de la base de que la existencia de Cristo es ontológica. ¿Qué quiere decir esto? Pues que Cristo coexistía con el Padre en la “otra dimensión”, llamada por nosotros de manera romántica como “los cielos”; algo que arrastramos como reminiscencia del judaísmo. “Porque no he venido del cielo para hacer mi propia voluntad, sino para hacer la voluntad de mi Padre, que me ha enviado” (Juan 6,38). O sea, podemos entender a grandes rasgos que Jesús es un favor enorme que nos hace Dios a los hombres y mujeres del mundo. 
Un ser excepcional que se encarna en el ser humano como revelación de Dios, y que una vez realizada la tarea vuelve al lugar desde el que vino.
En cierto modo, si a esto le concedemos verosimilitud si admitimos la bajada de Jesús, evidentemente debemos considerar la subida; en cuanto a que el proceso es el mismo aunque en distinto sentido. Señalo que salvo Jesús, nadie (sujeto) ha coexistido con el Padre para luego volver a Él o quedarse con nosotros. Al contrario, la Sagrada Biblia si nos enseña que solo dos personas mortales tuvieron la dicha de ser arrebatadas de este mundo para subir al Padre a los cielos, Henoc (Génesis 5,24) y Elías (2Reyes 2,11) en el portentoso carro de fuego. Y desde luego fueron merecedores de tal dicha, por sus méritos ante los ojos de Dios.
Indudablemente todo esto está sujeto a la interpretación bíblica con todo lo que conlleva, pero desde le perspectiva del Reino de Dios, cuyo camino nos muestra Jesús; creo que todo puede dilucidarse desde un plano muy distinto, pero absolutamente sencillo. Me explico. Estoy convencido de que la persona cristiana como tal, está -o puede estar- sujeta a la propia evolución de su vivencia cristiana. No diré solo de la fe, sino de la propia vivencia que implica el imbuir de todo lo que uno es o cree, a su propia existencia y en su totalidad.
Hay cristianos solo de nomenclatura pura y dura. Hay cristianos que se quedaron estancados y viven una fe cómoda habituada solo a ciertas prácticas con las que reducen su creencia en Dios. Hay quienes viven y hacen en la vida mucho más que los propios cristianos, y hay quienes están en plena evolución o evolucionaron en su momento por determinadas circunstancias. Un caso claro de esta evolución, entiendo yo que es el episodio de los discípulos de Emaús (Lucas 24,13-25). Dos personas que han sido iniciadas en la fe, que han vivido con el maestro el desarrollo de la enseñanza, la puesta en práctica, han comido y bebido con Él. Pero no superan el drama de la cruz, no saben cómo hacerlo bien por el estado de shock o por el miedo. Cuando caminan hacia Emaús solos, su situación es de estancamiento. Pero por si mismos consiguen rememorar al maestro, su cara, su enseñanza y recuerdan todo lo que el les comentó de vida más allá de la muerte, de esperanza, de mesianismo, de un Reino de Dios cuya base es el compartir el alimento en nombre de Jesucristo. Y esta ultima situación a la cual llegan por causa de sus propias conclusiones, es la que les lleva a la evolución de su fe, a la progresión de sus ideales; a que les merezca la pena darlo todo por aquel que por amor se nos dio.
Entiendo que cuando se llega a esa plenitud de llenado total de Dios, a esa vivencia tan tremenda de la “experiencia del resucitado”; quizás la manera más oportuna sea la de glorificar, la de ensalzar y enaltecer. Desde mi punto de vista, este es el origen un poco desvirtuado de la Ascensión del Señor. No debemos entender a Cristo como un ser antinatural que traspasa con su cuerpo físico las barreras del tiempo. Él, ante todo es esencia y hálito de vida, que nos revitaliza anima y enciende para que podamos ser sus testigos.
Ojalá progresemos en la fe, sí, el mundo lo necesita. ¿Cómo que no es posible un cambio? Ahí está el papa haciendo del pontificado algo con lo que muchos ni siquiera se nos ocurrió soñar, una institución que él ha llevado a la gente sencilla y corriente con un magisterio desmenuzado a golpe de misa diaria en Santa Marta y hablando de Jesús como se habla a los amigos, DANDO TESTIMONIO.
El cristianismo y el catolicismo por ende, necesita progresar y evolucionar. Es cierto que Jesús de Nazaret no dio respuestas explicitas a problemas del siglo XXI, pero nos mostró el camino del abrazo, el servicio, la acogida fraterna y la aceptación de todos y por todo. Nuevos modelos de familia, el reto de la mujer, muerte asistida, sexo, juventud, sacerdocio femenino, laicos ministros de la palabra, divorciados…etc. Son cosas que no deben dirimirse con un NO de entrada. Porque si lo hacemos, haremos gala de cristianismo estancado, y Jesús nos coge de la mano y nos ayuda a subir continuamente a su barca, aun a pesar de los posibles naufragios.
Acabo. Me encanta el pensar en la Ascensión gloriosa de Jesús, sí. Pero aun me gusta más el saberlo glorificado y ensalzado por las obras de mis manos. De tus manos, si es que crees en él. Y si no crees pues también tienes un abanico enorme de posibilidades de construir un mundo más justo, humano y fraterno. Un mundo en que la persona sea de vital importancia, cada una de ella sin importar el número de sus dividendos. Dios nos hizo por amor, y a cada cual si amamos, EL AMOR NOS GLORIFICARÁ JUNTO A DIOS.
Fraternalmente, Floren.

jueves, 12 de mayo de 2016

EL INDOMABLE ESPÍRITU




Estamos en la semana llama pre-pentecostal o en la semana del Espíritu Santo, pues el tiempo pascual llega a su final con esta fiesta apologética que ensalza lo mejor que tenemos los creyentes, el Espíritu “Santo”. Es santo porque proviene de Dios, pero en Jesucristo, esta santidad no es relativa a lo antagónico de lo pagano; sino que se fundamenta en la humanidad de la que es participe al 100%, Jesucristo.



“¡Ven, Espíritu de Dios, báñanos con tu luz y reanima nuestra vida!”
(Dios cada día. SalTerrae)

El espíritu es santo, defensor, paráclito… y toda una suerte de hermosuras con las que le nombramos. Pero fundamentalmente es una fuerza que actúa en la vida de cada persona, sea creyente o no creyente, pues el espíritu es la propia vida en sí misma. Ya nos cuenta el génesis esa fuerza, ese soplo, esa ráfaga con la que Dios actúa sobre la vida. Indudablemente nadie ha visto al Espíritu Santo, nadie le ha podido saludar por la calle. Pero eso no es óbice, para que le podamos considerar algo vivo que nos hace vivir. ¡Y de qué manera! 


Si un fallo primordial de la vida del cristiano de hoy, es que no se acaba de creer hasta qué punto es hijo e hija de Dios; no digamos lo mucho que desconocemos la manera en que el espíritu reside en nosotros, y a través nuestra puede obrar maravillas.

Que nadie piense que cuando el sacerdote pone las manos sobre el pan y el vino en la misa, en ese preciso instante una fuerza o causa sobrenatural atraviesa el techo de la iglesia y desciende de manera incolora y transparente, realizando la transustanciación por sí misma. La transustanciación se realiza (epíclesis) en función de la invocación al Espíritu Santo, que los asistentes a la celebración deben hacer (anáfora-“anamnesis”); aunque en la deformación que se ha realizado de la eucaristía a través de los siglos, esta invocación ha quedado exclusivamente en boca del sacerdote que la hace en nombre del pueblo.

Es esa fuerza de Dios, el Espíritu, que es ánimo y determinación, la que nos hace reunirnos y compartir la mesa -o lo que sea- en nombre de Jesús, y así sacramentalizar la vida misma. A ver si nos enteramos de una vez que por muy santificados que puedan estar el pan y el vino, lo más importante es la reunión, la comensalía en nombre de Jesucristo hasta llegarnos a la alteridad de los mismos valores y forma de actuar que el de Nazaret.

Una cosa es un rito, que es cosa exclusivamente del sacerdote, y otra cosa es la vida de cada día. La vida tuya y mía donde compartimos, vivimos y nos peleamos, sí. Santos, ni siquiera muchos de los que están en los altares. No vayamos a ponernos estupendos. Y no cometamos el error de considerarnos indignos de actuar y hacer conforme a la convicción sería y responsable de que somos Templos de Espíritu Santo, somos y podemos ser residencia de esa fuerza sobrenatural que mana de la vida misma, de la tierra y de Dios; y que se nos ofrece para animarlo todo.

Ojo, todo es todo. Lo bueno y lo malo, aunque con diferenciación determinante. Me explico brevemente. El Espíritu es inabarcable e indomable. Lo es, precisamente porque es una fuerza que proviene de Dios y como tal, hay que saber reconducir. La fuerza –como muchas cosas en la vida puede ser útil para mover cosas, para impulsar proyectos. Pero con la fuerza se puede violentar y hacer daño. Igual pasa con el Espíritu. Sin conciencia de ninguna clase es una fuerza desperdiciada. Y usado con mala conciencia es contrario al designio de Dios que es amor.

Al respecto de esta fuerza, lo que debemos pedir a Dios constantemente es que no nos falte “esa chispa de fuego celeste que es la conciencia” (George Washington), para saber utilizarla en bien de la comunidad y en bien de nosotros mismo. Porque el espíritu es la esencia de la propia vida, y desde una vida espiritual se puede llevar a cabo un bello propósito de ser templos del Espíritu, haciendo en el mundo las obras que Dios quiere, con su propia fuerza que nos ha dado.

El Espíritu, desde nuestra conciencia apoyada en el testimonio de Jesucristo, debe obrar en nuestras vidas y en las vidas de quienes nos rodean; para saber ser en el mundo las manos de Dios y hacer de nuestro cuerpo una obra de Dios en el que se experimente la ternura y la sensibilidad con los humanos y con la tierra, el medio que nos rodea.

Permita Dios y la vida, que pongamos en Jesucristo nuestra mirada, para ser en el mundo fermento de ternura y misericordia, y objetos también del amor de Dios.

Ojalá, asumamos nuestro papel en la vida y en la historia como personas sencillas que optaron por vivir según el espíritu de Jesús de Nazaret, que paso por el mundo simplemente haciendo el bien. ¡Feliz fiesta de Pentecostés!

Desbordamiento

Dios, Amor y Palabra eternamente pronunciada,
canción y sinfonía.
Padre e Hijo se contemplan risueños y se admiran
en el espejo Santo del Espíritu.
Encuentro, vibración y sintonía,
Comunión trinitaria que trasciende
en éxtasis, oh Dios, que se renueva,
que desborda.
Desbordan el Amor y la Palabra,
llegando hasta nosotros los ecos y latidos.
Hay signos de presencia trinitaria
en la profundidad del ser, de toda vida.
Somos eco y latido desbordado
de ese Dios que dialoga y que nos ama,
llenaremos el mundo con la música
que late trinitaria
en las entrañas.
Unamos a los hombres y los pueblos
con lazos entrañables del Espíritu,
con la “lengua común”, que es del Espíritu

y con el “beso santo”, su toque delicado.

sábado, 7 de mayo de 2016

NO ES CUESTIÓN DE ASCENDER. ASCENSIÓN DE JESUCRISTO

Jesucristo. No es cuestión de ascender
Es solo por expresarme en voz alta, como siempre hago. No hay intencionalidad de quitar a Jesucristo ni un ápice de merito respecto de los acontecimientos en su etapa de resucitado, pues en él tengo puesta mi fe y mi esperanza. La cuestión va más allá del la mera circunstancia o pregunta, de si Jesús ascendió o no ascendió al cielo. Eso es lo de menos absolutamente, pues si ascendió o no lo hizo, para nada enturbia el mensaje de su evangelio y su testimonio de vida, que dio y culmino en la cruz. 

La Ascensión es un capítulo más de las “hierofanías” de Jesucristo en su dimensión resucitadora. Sin embargo, para el cristiano de hoy lo bonito y sobre todo lo sencillo, es colocar a Jesús en una ascensión prefigurada con ángeles, trompetas y cosas muy bonitas y (quizás) muy barrocas. Ascenderlo, subirlo, y así mismo lo apartamos hacia el cielo hasta que sencillamente nos haga falta, o tengamos en consideración invocarle; visto lo cual nos debe de atender enseguida, pues tenemos más derecho que nadie a que nos escuche. 
Tener esta idea de Jesucristo, de su vida y de sus manifestaciones es lo más irresponsable que hay. En primer lugar porque si Jesús verdaderamente se encarno en el género humano, desde una dimensión resucitadora nunca podría establecer su residencia en el cielo, estableciendo una verticalidad en las relaciones -suyas y de Dios- con los hombres y mujeres del mundo. 
La colocación que hacemos de Dios en las alturas, en las cumbres…etc, es algo que le debemos al judaísmo, pero es algo que no tiene fundamento de ninguna clase excepto cultual. Dios, Jesucristo y su Santo Espíritu no tienen más residencia que allí donde palpita la vida y allí donde hay un corazón que late y cree en Jesucristo, o donde hay una persona necesitada de compasión y entrañas de misericordia. 
Al respecto de donde vive Dios os puede ayudar simplemente dos citas bíblicas para no aburriros. Rom 10,8b “[…] está cerca de ti, en tu boca y en tu corazón”. Dt 30,14 “el mandamiento está muy cerca de vosotros; está en vuestros labios y en vuestro pensamiento, para que podáis cumplirlo”. ¿Has pensado alguna vez, que sería de nuestra vida religiosa si no tuviéramos la estructura eclesiástica y por ende, jerárquica? Hay quien necesita esto último y es respetable, pero no pasaría nada si nos faltara todo lo estructural que tiene el cristianismo –ritos incluidos-, excepto la vida y unas manos para hacer el bien. 
Eso no nos puede faltar, pues corazón y manos es aquello de lo que más necesitado está el mundo. Entiendo la ascensión solo desde un plano religioso como una exaltación de Jesús y sus contemporáneos (“hierofanías”). 
Desde un plano histórico no se puede defender pues el Jesús corpóreo no existe en aquellos entonces, vive la dimensión resucitadora. Y desde este plano resucitador y trascendental, si entiendo yo la ascensión como la significación del culmen de la vida de Jesús; pues no solo nos dejó un testimonio que es memorial a actualizar para día en la vida del cristiano, sino que además nos deja su Espíritu para que siendo iluminado con la luz de nuestra conciencia compasiva y misericordiosa; realicemos en el mundo acciones oportunas que nos lleven a acercarnos cada día más, a la perfección de ese Jesús ya resucitado que fue exactamente humano como nosotros, con sus pros y sus contras. 

“Entonces, subir al cielo es lo mismo que alcanzar el objetivo supremo de la vida humana, objetivo que puede variar según las diversas religiones o filosofías, pero que siempre, de una o de otra manera, se refiere a eso que hoy se llama trascendencia” (Santos Benetti). Por lo tanto, considero que no debemos pasarnos con las adulaciones al Señor. Me decía un eminente hombre de Dios que “tanto tanto hemos dorado al Santísimo, que le hemos hecho el favor de dejarlo encerrado en la custodia”. Así que exaltaciones las precisas. 
La liturgia nos ofrece esta hermosa fiesta que es la misma antesala a la semana pentecostal, donde debemos prepararnos para asumir la realeza y eficacia del Espíritu Santo en la vida de cada ser humano. El Señor no necesita exaltaciones. Jesús necesita personas que vivan por Él en el mundo y junto a la gente. Todo lo demás es relativo por mucho que guste o beneficie, pues de buena voluntad nos podemos morir pero hay que “pringarse” por el Reino de Dios desde un plano humano y absolutamente igualitario. Ciertamente nos dijo el Señor: “No todos los que me dicen ‘Señor, Señor’ entrarán en el reino de los cielos, sino solo los que hacen la voluntad de mi Padre celestial” (Mateo 7, 21). 
Pues eso, no es cuestión de ascender.

Señor:
“Tú que exaltas a los hijos del pueblo;
a los que a pesar del trabajo humillante,
de la represión, el despojo y la incultura
hacen un esfuerzo sobrehumano para amar
y para cambiar este mundo con la fuerza del amor airado.

Tú magnificas, padre, a los esclavos rebeldes,
a los trabajadores revolucionarios,
a los creyentes contestatarios,
a los sacerdotes sin altar
–sólo apoyados en el testimonio de su vida-.

Miles de voces,
las de todas las manifestaciones del orbe,
te aclaman: y sus gritos, unidos a tu nombre,
son el canto de la libertad y de la exaltación del pueblo,
que te lo agradece diciendo: PADRE NUESTRO…

A Jesucristo, el humano por excelencia,
lo proclamamos hoy símbolo de la humanidad
y primogénito de todas las conciencias despiertas;
y nos alegramos con Jesús
afirmando nuestra solidaridad con su mismo estilo de vida. Amén.

(Jesús Burgaleta. Adaptación plegaria 41,Victoria) 

miércoles, 20 de mayo de 2015

AL ESPÍRITU SANTO - ECLESALIA

Empújanos con tu fuerza,
dinamízanos con tu viento,
danos tu sabiduría,
despiértanos con tu música,
muévenos con tu energía,
fraternízanos con tu amor,
tu puedes hacernos bailar con tu melodía,


Viene de: https://eclesalia.wordpress.com/2015/05/20/al-espiritu-santo/

domingo, 17 de mayo de 2015

ASCENSIÓN O LA PLENITUD DE LA EXPERIENCIA RELIGIOSA

Mi reflexión sobre la ASCENSIÓN.
La Ascensión tiene desde antiguo un lugar destacado en la creencia cristiana, pues es la máxima exaltación del Señor junto al episodio de la transfiguración.
"Ascender es llegar a la plenitud del cumplimiento, habiendo dejado un reguero de vida testimonial al servicio de la Palabra, al servicio de aquellos a los que Jesús amaba con más consideración, los desfavorecidos y desestimados, los embaucados por las falsas teorías religiosas que oprimen y los traicionados por ideales que destruyen la realidad concreta de todo hombre y mujer en este mundo"
Hoy por hoy, nos puede valer la máxima incuestionable de nuestra fe de que “Dios es nuestro Padre, y Jesús resucitado es su hijo”. Pero tenemos un ordenamiento psicológico y una educada costumbre cultural heredada del pueblo judío, que establece claramente un orden respecto de los espacios terrenales o celestiales en los que viven las personas y Dios respetivamente. 

Infierno, tierra, cielo –gloria-. Allí en la gloria esta Cristo el Señor, sentado a la diestra de Dios a su derecha, en el lugar más digno. “Subió al cielo y está a la derecha de Dios, y a quien han quedado sujetos los ángeles y demás seres espirituales que tienen autoridad y poder” (1Pe 3,22).
Sin lugar a dudas los evangelios sinópticos están completamente influenciados por la escatología antigua, que enseña fundamentalmente el pueblo judío y en esto el evangelio de Mateo es un buen exponente.
Desde siempre se ha creído en la posibilidad de una interconexión entre el cielo y la tierra. “Y tuvo un sueño, en el que veía una escalera que estaba apoyada en la tierra y llegaba hasta el cielo, y por ella subían y bajaban los ángeles de Dios” (Gn 28,12). En el A.T.
Dios desciende en numerosas ocasiones en su camino a la tierra (Ex19,11.Miq1,3.Sal144,5), y establece las nubes como su vehículo de transporte (Núm 11,25). Desciende el Espíritu Santo (Is32,15.1Pe1,12), y desciende y asciende la Palabra de Dios como exponente máximo de lo que para un cristiano de hoy significa, o puede significar la ascensión del Señor. “Como la lluvia y la nieve bajan del cielo, y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, y producen la semilla para sembrar y el pan para comer; así también la palabra que sale de mis labios no vuelve a mí sin producir efecto, y sin hacer aquello para lo que la envié” (Is 55,10-11).
No perdamos de vista que se exalta aquello que merece un reconocimiento especial, aquello que ha sido autentico y quizás fructífero. Ya la más antigua tradición coloca a Jesús ascendiendo al cielo, como máximo exponente de lo que supone ser un cumplidor fiel y solicito de la misma Palabra de Dios, de su voluntad por incomprensible que nos resulte en ocasiones.
Ascender es llegar a la plenitud del cumplimiento, habiendo dejado un reguero de vida testimonial al servicio de la Palabra, al servicio de aquellos a los que Jesús amaba con más consideración, los desfavorecidos y desestimados, los embaucados por las falsas teorías religiosas y los traicionados por ideales que destruyen la realidad concreta de todo hombre y mujer en este mundo.
Creo que la ascensión nos llama precisamente a ser ese nexo de unión entre cielo y tierra. Y este llamamiento interpela a cristianos y no cristianos cuya causa de vida es la humanidad, la gente.
De nosotros depende que no exista barrera alguna entre cielo y tierra. Como aquella barrera simbólica de acceso al Señor situada en el templo, que estableció Ex 26,31 en forma de velo y que nadie podía traspasar. Una barrera que Cristo mismo rompió con su muerte Mt 27,51 rasgando de arriba abajo y liberando la relación entre Dios y la persona sin intermediarios de ningún tipo o clase.
Pues sigamos colaborando con Jesús para eliminar infierno y abismo, considerando estos últimos como la causa de la desatención a las personas, la exclusión de las mismas y la aborrecible acepción de personas que se hace en muchos sitios tanto por sexo, raza o condición social. Sinceramente, no me importa si el Señor ascendió o se quedó donde fuera.
Yo lo considero digno de lo más grande y de la gloria más plena. Pero quiero creer y creo, que precisamente esa gloria es la que él mismo nos ofrece a todos, sin barreras de ningún tipo. Asumiendo que somos sus manos y sus pies, y por ello debemos dar vida y gloria aquí en la tierra, a todos aquellos que viven en su vida un puro infierno. Para estos no habrá ascensión, ni reconocimiento personal ni mundial.
Pero nos tendrán a nosotros y verán en nuestro abrazo el abrazo del padre que les quiere sin medida, y sin preguntarle de donde vienen, a donde van, o a quien aman y de qué manera. Jesús ascendiendo al cielo es un llamamiento hoy día, para devolver a la humanidad su pleno sentido y realización.
En la persona, en su vida y en el reconocimiento de su dignidad. ¿Ascendemos?
Floren Salvador Díaz Fernández

viernes, 30 de mayo de 2014

ASCENSIÓN Y LA ELIMINACIÓN DE BARRERAS ENTRE CIELO Y TIERRA

“Los cielos son mi trono y la tierra la alfombra de mis pies. Pues ¿Qué casa me vais a edificar o qué lugar de reposo […]?” Is 66,1


Con el evangelio de Mt 28,16-20, la liturgia celebra el domingo de la Ascensión del Señor. Por cierto un texto que precisamente no cuenta la ascensión en sí misma, sino unas palabras de despedida del Señor a sus once discípulos en las cuales les manifiesta el sentido de la misión universal. De todas formas la Ascensión tiene desde antiguo un lugar destacado en la creencia cristiana, pues es la máxima exaltación del Señor junto al episodio de la transfiguración. 

"Ascender es llegar a la plenitud del cumplimiento, habiendo dejado un reguero de vida testimonial al servicio de la Palabra, al servicio de aquellos a los que Jesús amaba con más consideración, los desfavorecidos y desestimados, los embaucados por las falsas teorías religiosas que oprimen y los traicionados por ideales que destruyen la realidad concreta de todo hombre y mujer en este mundo"


Hoy por hoy, nos puede valer la máxima incuestionable de nuestra fe de que “Dios es nuestro Padre, y Jesús resucitado es su hijo”. Pero tenemos un ordenamiento psicológico y una educada costumbre cultural heredada del pueblo judío, que establece claramente un orden respecto de los espacios terrenales o celestiales en los que viven las personas y Dios respetivamente. 
Infierno, tierra, cielo –gloria-. Allí en la gloria esta Cristo el Señor, sentado a la diestra de Dios a su derecha, en el lugar más digno.  “Subió al cielo y está a la derecha de Dios, y a quien han quedado sujetos los ángeles y demás seres espirituales que tienen autoridad y poder” (1Pe 3,22). 
Sin lugar a dudas los evangelios sinópticos están completamente influenciados por la escatología antigua, que enseña fundamentalmente el pueblo judío y en esto el evangelio de Mateo es un buen exponente. Desde siempre se ha creído en la posibilidad de una interconexión entre el cielo y la tierra. “Y tuvo un sueño, en el que veía una escalera que estaba apoyada en la tierra y llegaba hasta el cielo, y por ella subían y bajaban los ángeles de Dios” (Gn 28,12). En el A.T. 
Dios desciende en numerosas ocasiones en su camino a la tierra (Ex19,11.Miq1,3.Sal144,5), y establece las nubes como su vehículo de transporte (Núm 11,25). Desciende el Espíritu Santo (Is32,15.1Pe1,12), y desciende y asciende la Palabra de Dios como exponente máximo de lo que para un cristiano de hoy significa, o puede significar la ascensión del Señor. “Como la lluvia y la nieve bajan del cielo, y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, y producen la semilla para sembrar y el pan para comer; así también la palabra que sale de mis labios no vuelve a mí sin producir efecto, y sin hacer aquello para lo que la envié” (Is 55,10-11). 
No perdamos de vista que se exalta aquello que merece un reconocimiento especial, aquello que ha sido autentico y quizás fructífero. Ya la más antigua tradición coloca a Jesús ascendiendo al cielo, como máximo exponente de lo que supone ser un cumplidor fiel y solicito de la misma Palabra de Dios, de su voluntad por incomprensible que nos resulte en ocasiones. 
Ascender es llegar a la plenitud del cumplimiento, habiendo dejado un reguero de vida testimonial al servicio de la Palabra, al servicio de aquellos a los que Jesús amaba con más consideración, los desfavorecidos y desestimados, los embaucados por las falsas teorías religiosas y los traicionados por ideales que destruyen la realidad concreta de todo hombre y mujer en este mundo. 
Creo que la ascensión nos llama precisamente a ser ese nexo de unión entre cielo y tierra. Y este llamamiento interpela a cristianos y no cristianos cuya causa de vida es la humanidad, la gente. 
De nosotros depende que no exista barrera alguna entre cielo y tierra. Como aquella barrera simbólica de acceso al Señor situada en el templo, que estableció Ex 26,31 en forma de velo y que nadie podía traspasar. Una barrera que Cristo mismo rompió con su muerte Mt 27,51 rasgando de arriba abajo y liberando la relación entre Dios y la persona sin intermediarios de ningún tipo o clase. 
Pues sigamos colaborando con Jesús para eliminar infierno y abismo, considerando estos últimos como la causa de la desatención a las personas, la exclusión de las mismas y la aborrecible acepción de personas que se hace en muchos sitios tanto por sexo, raza o condición social. Sinceramente, no me importa si el Señor ascendió o se quedó donde fuera. 
Yo lo considero digno de lo más grande y de la gloria más plena. Pero quiero creer y creo, que precisamente esa gloria es la que él mismo nos ofrece a todos, sin barreras de ningún tipo. Asumiendo que somos sus manos y sus pies, y por ello debemos dar vida y gloria aquí en la tierra, a todos aquellos que viven en su vida un puro infierno. Para estos no habrá ascensión, ni reconocimiento personal ni mundial. 
Pero nos tendrán a nosotros y verán en nuestro abrazo el abrazo del padre que les quiere sin medida, y sin preguntarle de donde vienen, a donde van, o a quien aman y de qué manera. Jesús ascendiendo al cielo es un llamamiento hoy día, para devolver a la humanidad su pleno sentido y realización. 
En la persona, en su vida y en el reconocimiento de su dignidad. ¿Ascendemos?

Floren Salvador Díaz Fernández

jueves, 9 de mayo de 2013

PERLAS DE PAGOLA PARA EL FINDE - LA BENDICIÓN DE JESÚS


Ascensión del Señor (C) Lucas 24, 46-53
LA BENDICIÓN DE JESÚS
JOSÉ ANTONIO PAGOLA, SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).
ECLESALIASon los últimos momentos de Jesús con los suyos. Enseguida los dejará para entrar definitivamente en el misterio del Padre. Ya no los podrá acompañar por los caminos del mundo como lo ha hecho en Galilea. Su presencia no podrá ser sustituida por nadie.
Jesús solo piensa en que llegue a todos los pueblos el anuncio del perdón y la misericordia de Dios. Que todos escuchen su llamada a la conversión. Nadie ha de sentirse perdido. Nadie ha de vivir sin esperanza. Todos han de saber que Dios comprende y ama a sus hijos e hijas sin fin. ¿Quién podrá anunciar esta Buena Noticia?

Según el relato de Lucas, Jesús no piensa en sacerdotes ni obispos. Tampoco en doctores o teólogos. Quiere dejar en la tierra “testigos”. Esto es lo primero: “vosotros sois testigos de estas cosas”. Serán los testigos de Jesús los que comunicarán su experiencia de un Dios bueno y contagiarán su estilo de vida trabajando por un mundo más humano.
Pero Jesús conoce bien a sus discípulos. Son débiles y cobardes. ¿Dónde encontrarán la audacia para ser testigos de alguien que ha sido crucificado por el representante del Imperio y los dirigentes del Templo? Jesús los tranquiliza: “Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido”. No les va a faltar la “fuerza de lo alto”. El Espíritu de Dios los defenderá.
Para expresar gráficamente el deseo de Jesús, el evangelista Lucas describe su partida de este mundo de manera sorprendente: Jesús vuelve al Padre levantando sus manos y bendiciendo a sus discípulos. Es su último gesto. Jesús entra en el misterio insondable de Dios y sobre el mundo desciende su bendición.
A los cristianos se nos ha olvidado que somos portadores de la bendición de Jesús. Nuestra primera tarea es ser testigos de la Bondad de Dios. Mantener viva la esperanza. No rendirnos ante el mal. Este mundo que parece un “infierno maldito” no está perdido. Dios lo mira con ternura y compasión.
También hoy es posible buscar el bien, hacer el bien, difundir el bien. Es posible trabajar por un mundo más humano y un estilo de vida más sano. Podemos ser más solidarios y menos egoístas. Más austeros y menos esclavos del dinero. La misma crisis económica nos puede empujar a buscar una sociedad menos corrupta.
En la Iglesia de Jesús hemos olvidado que lo primero es promover una “pastoral de la bondad”. Nos hemos de sentir testigos y profetas de ese Jesús que pasó su vida sembrando gestos y palabras de bondad. Así despertó en las gentes de Galilea la esperanza en un Dios Salvador. Jesús es una bendición y la gente lo tiene que conocer. 
(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

jueves, 24 de mayo de 2012

PERLAS DE PAGOLA PARA EL FINDE - RECIBID EL ESPÍRITU

RECIBID EL ESPÍRITU
Pentecostés (B) Juan, 20, 19-23
JOSÉ ANTONIO PAGOLA, 

SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).


Poco a poco, vamos aprendiendo a vivir sin interioridad. Ya no necesitamos estar en contacto con lo mejor que hay dentro de nosotros. Nos basta con vivir entretenidos. Nos contentamos con funcionar sin alma y alimentarnos solo de pan. No queremos exponernos a buscar la verdad. Ven Espíritu Santo y libéranos del vacío interior.
Ya sabemos vivir sin raíces y sin metas. Nos basta con dejarnos programar desde fuera. Nos movemos y agitamos sin cesar, pero no sabemos qué queremos ni hacia dónde vamos. Estamos cada vez mejor informados, pero nos sentimos más perdidos que nunca. Ven Espíritu Santo y libéranos de la desorientación.
Apenas nos interesan ya las grandes cuestiones de la existencia. No nos preocupa quedarnos sin luz para enfrentarnos a la vida. Nos hemos hecho más escépticos pero también más frágiles e inseguros. Queremos ser inteligentes y lúcidos. ¿Por qué no encontramos sosiego y paz? ¿Por qué nos visita tanto la tristeza? Ven Espíritu Santo y libéranos de la oscuridad interior.
Queremos vivir más, vivir mejor, vivir más tiempo, pero ¿vivir qué? Queremos sentirnos bien, sentirnos mejor, pero ¿sentir qué? Buscamos disfrutar intensamente de la vida, sacarle el máximo jugo, pero no nos contentamos solo con pasarlo bien. Hacemos lo que nos apetece. Apenas hay prohibiciones ni terrenos vedados. ¿Por qué queremos algo diferente? Ven Espíritu Santo y enséñanos a vivir.
Queremos ser libres e independientes, y nos encontramos cada vez más solos. Necesitamos vivir y nos encerramos en nuestro pequeño mundo, a veces tan aburrido. Necesitamos sentirnos queridos y no sabemos crear contactos vivos y amistosos. Al sexo le llamamos "amor" y al placer "felicidad", pero ¿quién saciará nuestra sed? Ven Espíritu Santo y enséñanos a amar.
En nuestra vida ya no hay sitio para Dios. Su presencia ha quedado reprimida o atrofiada dentro de nosotros. Llenos de ruidos por dentro, ya no podemos escuchar su voz. Volcados en mil deseos y sensaciones, no acertamos a percibir su cercanía. Sabemos hablar con todos menos con él. Hemos aprendido a vivir de espaldas al Misterio. Ven Espíritu Santo y enséñanos a creer.
Creyentes y no creyentes, poco creyentes y malos creyentes, así peregrinamos todos muchas veces por la vida. En la fiesta cristiana del Espíritu Santo a todos nos dice Jesús lo que un día dijo a sus discípulos exhalando sobre ellos su aliento: "Recibid el Espíritu Santo". Ese Espíritu que sostiene nuestras pobres vidas y alienta nuestra débil fe puede penetrar en nosotros por caminos que solo él conoce. 

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

martes, 22 de mayo de 2012

VIGILIA DE PENTECOSTES - LA LUZ DE LA VERDAD


LA LUZ DE LA VERDAD - Pentecostés

Guión de la oración



MONICIÓN INICIAL 
Celebramos en la Fiesta de Pentecostés la confirmación de la Iglesia con el derroche que hizo Dios de luz y de fuego en la primera comunidad. El Espíritu del Señor es iluminación de los creyentes que quieren respirar verdad, libertad y justicia. Es Espíritu de opción por los pobres en un mundo dividido entre el Norte rico y el Sur pobre; Espíritu de paz en un mundo que se mueve bajo los huracanes de la querra; Espíritu de transformación de la Iglesia institucional en Iglesia de los creyentes, del pueblo y de las comunidades. Por estar necesitados de verdad, frente a un mundo lleno de mentiras, nos reunimos en esta fierta de Pentecostés para orar con nuestro Padre Dios.

 * * *  Breve silencio * * *

SALUDO Y BIENVENIDA:
“Dios es quien nos confirma en Cristo a nosotros junto con vosotros, dice san Pablo. Él nos ha ungido, él nos ha sellado y ha puesto en nuestros corazones, como prenda suya, el Espíritu”(2Cor 1,21-22). Queridos hermanos y hermanas, bienvenidos seais a...
...y comenzamos todos la invocación al Espíritu con la lectura del himno...


HIMNO
                        Ven Espíritu divino,

                        de Jesús vida y alimento.

                        Ven, soplo eterno del Padre,

                        que recreas al hombre nuevo.

                        Ven, energía divina,

                        que quitas todos los miedos.

                        Ven, fuerza liberadora,

                       que rompes todos los cepos.

                        Ven, hoguera trinitaria,

                        bautízanos en tu fuego.

                        Ven, encendido en amores,

                        conviértenos en luceros.

                        Ven, fuente vivificante,

                        y sacia nuestros anhelos.

                        Ven, agua fecunda y viva

                        y riega nuestros desiertos.

                        Ven, consejero y amigo,

                        gran defensor y maestro.

                        Ven, tesoro inagotable,

                        que de dones estás lleno.

                        Ven, que te necesitamos,

                        y eres lo que más queremos.



ORACIÓN

Dios, y Padre bondadoso que nos amas y nos buscas. Derrama tu Espíritu, Señor, sobre nuestros cuerpos y nuestras almas y renueva el prodigio de Pentecostés sobre los fieles aquí reunidos, para que nos cubras siempre con tu sombra, comunicadora de verdad y de vida. Por Jesucristo nuestro Señor.



LITURGIA DE LA PALABRA
 

Rom 13,11-14: ...es hora de despertar del sueño...

Salmo 90: Salmo de cercanía. (orar a pie descalzo pag,50)

Jn 15,26-27;16,12-15: Vosotros cuando tengáis al defensor, también daréis testimonio de mí.



REFLEXIÓN DE LOS TEXTOS

Como nos dice san Pablo, estamos mas cerca de Dios que cuando abrazamos la fe, allá en nuestro bautismo. Y porque se produce esta cercanía, Dios nos ha enviado un defensor que es fuerza salvadora y bien para nosotros y para la comunidad. Sólo queda confiar en que cada uno de nosotros se encuentre en disposición de dejarse llevar no por los instintos humanos; si no por la gracia de Dios que se nos ofrece por medio del Espíritu Santo. Vamos pues a pensar, vamos pues a encontrarnos con nosotros mismos y a sentirnos cerca de nuestro Padre Dios como se nos ha invitado en el salmo.



PARA COMPARTIR

Las siete luces

El Espíritu de Dios es soplo creador,

                aliento de vida humana,

                viento profético de Pentecostés.

                Se manifiesta en sus siete dones,

                representados por siete luces,

                que significan siete quehaceres.



(al final de cada estrofa se dice: “Bendito sea el Espíritu de Dios” y se enciende una luz)



                La primera luz del santo Espíritu es la LIBERTAD y la LIBERACIÓN de toda dictadura, cautiverio y tiranía. Hoy nos reconocemos hijos e hijas de Dios frente a todo poder de dominación, de las naciones ricas sobre los pueblos pobres, del centro sobre las periferias, de las oligarquías sobre el pueblo llano, del varón sobre la mujer, de la raza blanca sobre las razas de color.



                La segunda luz del santo Espíritu es la PAZ, obra de la justicia, no consecuencia de las armas. Nos sentimos hoy cercanos a todo exiliado, próximos a los que padecen violencia, lejos de todo poderío bélico y en contra de los oscuros negocios de las armas y de las drogas.



                La tercera luz del santo Espíritu es el TRABAJO humanizado, repartido, remunerado y creador, que nos hace semejantes al Dios de las obras, al Espíritu que lo rehace todo, al Cristo trabajador. Nos identificamos hoy con los parados y marginados, víctimas de un capital concentrado en pocas manos, que sólo se preocupa de su posesión.

               

                La cuarta luz del santo Espíritu es el PAN de los pobres del Tercer Mundo, que viven en cobertizos inhumanos y en barriadas miserables, como seres abandonados a su suerte. Nos reconocemos hoy hermanos de los que nada tienen, porque ladrones de la tierra y especuladores del suelo se han hecho propietarios de lo que es de todos.

               

                La quinta luz del santo Espíritu es la CULTURA y la CIENCIA, patrimonio del pueblo, pero privilegio de los letrados, escritores, músicos y catedráticos, cuyos saberes deben ser transmitidos a raudales en las escuelas, talleres y casas de cultura. Queremos estar hoy cerca de la sabiduría popular para que se entrelace con las letras de la cultura cultivada.



                La sexta luz del santo espíritu es la FE en la esperanza del reino, llamada para vivir en comunidad, sabiduría de creyentes que comparten, entendimiento de las verdades de la vida, consejo en las decisiones, fortaleza en los compromisos, piedad con los hermanos y temor fascinante y tembloroso de los hijos e hijas de Dios.


                La séptima luz del santo Espíritu es el EVANGELIO, noticia nueva de esperanza, aliento de compromiso, comunión de penas y alegrías, opción de vida por los pobres, vigor en las decisiones y tareas, caridad y misericordia con los desvalidos, impulso para edificar el Reino de Dios.

(Casiano Floristán)



GOLPEANDO MI BALCÓN

            Me has llevado hasta tu encuentro para hablarme al corazón

                y me persigue tu ALIENTO suave y fuerte como el VIENTO,

                GOLPEANDO MI BALCÓN.

Tú que habitas el silencio de mi castillo interior,

me dices que abra las puertas... y mire a mi alrededor.

                Si no estuvieran abiertas

¡que las derribe tu FUERZA tu impulso LIBERADOR!,

para que entre todo hermano que necesita mi mano,

mi mesa y mi corazón.

Tú que eres PADRE del POBRE de consuelo y paz DADOR,

me quieres anunciador de alegría y esperanza

para los pasos que avanzan débiles y con temor.

                Pero si mi voz no fuera Gozosa y fiel mensajera,

                ¡ven con tus lenguas de FUEGO, tócame y hazme de nuevo

                enviado del AMOR!

Tú que eres LLAMA escondida, enciende para que alumbre

la luz de mi misma vida.

                ¿Qué hago con ella si existen tantas sombras todavía?

                ¡Con tu SOPLO que renueva manténla siempre encendida!.

ESPÍRITU que conduces a la unidad y al amor

y sigues como un susurro golpeando mi balcón...

dame primero los DONES que quieres que entregue yo.

                ¡Haz brotar en mi desierto ramas de almendros en flor!

DESPEDIDA FINAL



Guión elaborado por la Parroquia de San Sebastián, Delegación Liturgia el Domingo 8 de Junio de 2003. PENTECOSTES.