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sábado, 5 de junio de 2021

CORPUS CHRISTI, CORPUS DE COVID-19

Ojo. Lo digo por la situación mundial, no por otra circunstancia.

El caso es que leyendo hace días a la apreciada teóloga Dolores Aleixandre[1], pensaba en lo que escribía sobre tragarnos a Jesús por el hecho de comulgar. Como bien dice ella solemos decir que “comulgamos con ruedas de molino” cuando nos vemos obligados a hacer algo. Y el hecho de comulgar bien parece ya que es un acto cultual más que un acto de fe, de unión y de participación con la comunidad eclesial donde están las personas que tragamos y las que NO TRAGAMOS.

Esa es la cuestión.

El hecho es que en cada conversación que tenemos solemos escuchar que del covid saldremos transformados, que nos está cambiando la vida, que los que hemos tenido la enfermedad –yo mismo- salimos de ella apreciando más las cosas… y, -siento generalizar- todo es una pura ambigüedad e incluso falsedad pues el ser humano solo aprende cuando quiere y en este caso como en otros, la humanidad en general no aprenderá.

La comunidad de los que siguen a Jesús pisando sus propias huellas son unos. Pero los cristianos (o católicos) que se consideren así por tradición cultural o por otra condición, quizás no quieren escuchar nada de que comulgar-tragar a Jesús es tragar-comulgar con el prójimo. Y prójimo es el que viene sin papeles a las costas queriendo lo mismo que tu y que yo, una vida digna y mejor, NO SER MANTENIDO.

Prójimo es la pareja de personas del mismo sexo cuyo amor es tan puro como el tuyo –heterosexual- pero que no alcanzan la bendición de una Iglesia que NO es auténticamente fraterna, guiada por un Papa que da al gremio una de cal y otra de arena. Ahora mismo estamos en la arena.

Prójimo es la persona encarcelada a la que hay que conceder la posibilidad de la reinserción. Prójimo es RESPETO con mayúsculas.

Prójimo es facilitar la vida a las mujeres. Sí, a ellas PORQUE LAS MATAN por cuestiones de género un 99% más que a los hombres, siendo nefasta toda violencia.

Prójimo es atención y ternura. Cariño, buenos días y consideración…etc.

Así que llegados a este punto, como cristiano convencido me reafirmo en que lo de menos es comulgar. Lo de menos es tragarte la forma, por muy sagrada que la consideres. Sí. Es así aunque te pueda resultar incómodo.

Dios, que es Padre y Madre no quiere ofrendas ni actos de piedad mientras realices acepción de personas o las clasifiques. Mientras justifiques con papeles la atención al inmigrante, mientras admitas que la mujer asesinada ella se lo habrá buscado, mientras consideres por defecto a los sin techo como delincuentes; o si consideras inmorales o enfermos a los transexuales entre otras identidades sexuales…etc.

Otra opción es ir a misa y comulgar. Y al hacerlo, estar convencido de que te sientes comprometido a servir y a construir el Reino de Dios. Un reino de paz y de justicia, un reino de vida y de verdad.

Ojalá este sea el talante de la persona cristiana hoy, comulgue o no comulgue. Pero si comulgas y no te movilizas y te sientes más cómodo con Jesús solo en el sagrario y no lo reconoces en la patera o en el rostro de la persona necesitada, que sepas que para ti la muerte de Jesús y su resurrección no te ha servido para nada; y no eres apto para la redención.

Me despido con una excelente frase de San Agustín de Hipona: “ama y haz lo que quieras”. Más claro, el agua.

Con todo respeto.

Fraternalmente, Floren.






[1] https://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/12872-tragarse-a-jesus.html?fbclid=IwAR3HQGLaq-GRYN9wKKiL3vVlPLYMqZwcpM_qCMQpEZvApvGfoVLn-H-aaFg

jueves, 5 de octubre de 2017

EN ESPAÑA SE DESPRECIA DEMASIADO A DIOS - José María Castillo, Teólogo

EN ESPAÑA SE DESPRECIA DEMASIADO A DIOS
         José M. Castillo

         En este país, tradicionalmente tan cristiano, en el que nos enorgullecemos (y con razón) de nuestras catedrales, nuestros monumentos religiosos, nuestra enorme riqueza artística, las tradiciones cristianas que han impregnado nuestra historia y nuestra cultura, etc, etc, en este país – digo – no habíamos visto tanto desprecio a Dios, a Jesucristo y a “lo divino” en general, como el que estamos viendo y viviendo en este tiempo convulso que tanto nos desconcierta.
         ¿Por qué digo esto? ¿No estoy escupiendo una exageración demasiado seria, tajante y grave, que ni es verdad, ni viene a cuento, ahora precisamente y cuando tantas cosas desagradables tenemos que oír y soportar? 

         Vamos a ver: si es que lo de Dios y lo de Cristo nos importa, porque somos cristianos, empezaremos – digo yo – por aceptar y creer lo que dicen los Santos Evangelios. Pues bien, en los cuatro Evangelios, se insiste en que Jesús pronunció repetidas veces esta sentencia: “Quien os escucha a vosotros, me escucha a mí; quien os rechaza a vosotros, me rechaza a mí; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado” (Lc 10, 16; Mt 10, 40; Mc 9, 37; Mt 18, 5; Lc 9, 48; Jn 13, 20).
         Lo decisivo aquí es caer en la cuenta de que, en última instancia, lo que se viene a decir en estos relatos evangélicos, es que Dios se ha identificado con cada ser humano. Aquí y en esto radica la originalidad del cristianismo. De tal manera que, cuando el Evangelio relata lo del juicio final, la sentencia definitiva (de premio o castigo) no se dictará por lo que le hicimos o dejamos de hacerle a Dios, sino por nuestro comportamiento precisamente con los más desgraciados o despreciables de este mundo: “Era extranjero y no me acogiste…, estaba en la cárcel y no fuiste a visitarme” (Mt 25, 43).

         ¿Será posible que un día tengamos que oír: “Fui catalán, gallego o andaluz, y me insultaste?”. Me da pena y vergüenza tener que sacar aquí esto ahora. Pero es que, si me lo callo, me siento cómplice del desprecio a Dios, que se respira, con frecuencia, en cada conversación, en cada grupo que se reúne, en la intimidad de muchos corazones (me sospecho). Y si no tomamos esto en serio, ¿de qué nos sirve el cristianismo? ¿para qué queremos la Iglesia? ¿para ver si los obispos nos ayudan a salir del lío de odios, insultos y desprecios en que nos hemos metido? ¡Ya está bien, por favor! ¿es que va a tener más importancia lo que ha dicho Piqué o lo que acaba de afirmar Alfonso Guerra, que lo que dijo Jesús, el Señor? 

jueves, 19 de enero de 2017

ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS


Dios y Padre bueno que nos amas y nos buscas.
¡Es tanto los que nos une a tu Hijo Jesús y tanto lo que nos separa como hermanos y hermanas a los que decimos creer en Él!
Abre nuestras conciencias, por medio de la asistencia de tu Santo Espíritu; para que atendamos que la fraternidad es esencial para los que siguen las huellas del Nazareno; el Hombre que pasó por el mundo haciendo el bien.
Que nos afanemos en trazar puentes y en disolver fronteras, donde hijos e hijas tuyos piden asilo y comida y vida digna; en nombre de un Dios que todos nos hemos repartido para nuestra conveniencia.
Que nunca dejemos de reconocer el amor allí donde se dé, sin tapujos. Que no dejemos de abrazar a los que creen en ti de otra manera o tradición distinta. Que aprendamos que la maravillosa esencia de la Eucaristía, traspasa el límite de las iglesias y es capaz de llegar a la hondura de nuestros corazones católicos o no católicos; por medio de la reunión fraternal de los que se reúnen en tu nombre.
Haznos personas de paz, amor y sensibilidad; y ayúdanos para que como el Papa Francisco, no nos alejemos de la esencia del Evangelio.
Amén.


miércoles, 25 de enero de 2012

¿REZAR POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS? - JOSÉ ARREGUI

Un interesante artículo publicado en Redes Cristianas y que  seguro generará diversidad de opiniones:
Del 18 al 25 de enero, desde hace varias décadas, muchos cristianos -católicos más que nada- celebran la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Fue una iniciativa privada que Roma hizo suya y promovió poco después del Concilio Vaticano II, en el año 1968. Primero se rezaba por los cismáticos, luego por los “hermanos separados”. Muchos rezan hoy simplemente para que todos los cristianos recuperen la unidad perdida.
Conozco de cerca el espíritu de tolerancia y la bondad de corazón con que muchas católicas y católicos rezan por la unidad. Admiro su actitud, pero no comparto su perspectiva. Rezan a Dios como se pide un favor a un amigo o a un jefe, pero en ese dios no se puede creer. Y rezan por la unidad de los cristianos, como otros (ilustres obispos inclusive) rezan por la unidad de la Patria, pero en esa unidad tampoco se puede creer.
¿Qué queda entonces? Quedan la buena voluntad y el fervor de la oración, y no es poco. Pero la buena voluntad no basta, y el fervor puede servir también para lo peor, y entonces se llama fanatismo. Debe desaparecer esa imagen de un dios soberano a quien nuestra oración tal vez logrará cambiar o conmover. Debe desaparecer esa dejación de la propia responsabilidad en manos de una voluntad divina voluble y arbitraria.
Y debe desaparecer, en la cuestión que nos ocupa, esa idea de unidad de los cristianos concebida como unidad de la patria o del partido. Habría que sustituir esta semana por otra: por ejemplo, por una Semana del pluralismo cristiano y de todas las iglesias. Por una semana dedicada a conocer, respetar y estimar mejor a las otras iglesias y a tantas y tantos cristianos, cada vez más numerosos, que siguen a Jesús fuera de todo aparato de toda iglesia.
¿O piensa alguien que a Jesús se le pasó por la cabeza alguna vez que debía haber “un solo rebaño y un solo pastor”, por mucho que el evangelista Juan ponga esas palabras en su boca? Jesús nunca se propuso formar ni una ni muchas iglesias. Simplemente quiso anunciar y adelantar un tiempo nuevo, que trastocaba el mundo en todos los órdenes: que los últimos sea los primeros, que los ricos compartan sus bienes, que los pobres dejen de serlo, que todos los afligidos sean consolados. Jesús no quiso más iglesia ni religión que ésa. Todas las creencias y normas, todas las iglesias, vinieron luego, y solo podrán curar y liberar si son tolerantes y plurales.
¿Piensa alguien que entre los primeros cristianos -que al principio ni siquiera se llamaban así- había menos diferencias que las que pueda haber hoy entre las diferentes iglesias o, dentro de la propia iglesia católica, entre el Opus y las comunidades de base?Consta que, en las primeras décadas después de la muerte de Jesús, entendían esta muerte de maneras muy distintas; muchos no la entendían como muerte expiatoria, y nadie les condenaba por ello, aunque es seguro que hoy serían condenados.
Y consta que hubo fuertes tensiones entre quienes hacían vida de carismáticos itinerante, al estilo de Jesús, y las comunidades establecidas, más o menos organizadas. Comparad el Evangelio de Juan con el Evangelio de Marcos: si suprimís de esos evangelios los nombres propios “Jesús de Nazaret” o “María de Magdala”, y se los dais a leer a alguien que no los conoce, lo más probable es que no piense que narran la misma historia. Pero no, no suprimáis, por favor, los nombres “Jesús de Nazaret” y “María de Magdala”. Dejadlos como están, con todas sus diferencias.
¿Piensa alguien que había menos diferencias teológicas y disciplinares entre Santiago y Pablo, o entre Pablo y Pedro, o entre Juan y Pedro, o entre Pedro y María de Magdala y sus respectivas iglesias (sí, también hubo iglesias de María de Magdala, aunque no las dejaron seguir) que, por ejemplo, entre una iglesia bautista y la Iglesia católica romana de hoy?
Algunos cristianos se sentirían confundidos y muchos aliviados, si conocieran cuán distintas y divergentes maneras coexistieron, en los orígenes del cristianismo, de mirar a Jesús, de comprender su “divinidad”, de organizar la comunidad, de celebrar la “eucaristía”, de acoger el perdón. O si supieran que al principio no había sacerdotes, ni sacramentos administrados únicamente por el clero, aunque no por eso dejaban de celebrar la vida.
Todo eso es hoy muy conocido, y debieran saberlo todos aquellos que añoran y predican la unidad de un estrecho redil rodeado de muros.
Esa unidad no es posible, y además es indeseable. El Misterio Viviente de la Vida nos ha hecho diferentes. No hay dos pájaros, ni dos árboles, ni dos hojas iguales. Ni dos nubes, ni dos gotas de agua. Ni dos estrellas en el cielo, ni dos granitos de arena en la tierra. Y pienso que ni dos átomos de oxígeno son exactamente idénticos.
¿Cómo quieren encerrar en una forma única el Espíritu que sopla donde quiere y da respiro a todos los vivientes? ¿Acaso no conocen ni admiran la inagotable profusión de la vida siempre nueva, siempre distinta, siempre otra? Cuidemos la santa ecología de la Vida.
El libro del Génesis nos relata de forma genial el mito de Babel. Los hombres quisieron construir una torre tan alta que llegara hasta el cielo, para conquistar a Dios. Y la lengua única era su fuerza de conquista. Pero se equivocaban de Dios, pues Dios no mora en lo alto, sino en lo más bajo, y se derrama como agua, y no necesita ser conquistado. Y acabaron confundidos por su lengua única, por su voluntad de conquista.
En los Hechos de los Apóstoles, por el contrario, se nos cuenta el mito del anti-Babel. Todos hablaban lenguas distintas, pero todos se entendían porque nadie quería imponer su lengua a los demás. Eso es Pentecostés.
Todas las religiones, iglesias y corrientes son como lenguas distintas. El Espíritu habla en todas, pero ninguna lo puede atrapar. Y todas se entienden solamente cuando ninguna quiere excluir a las demás. Todas las lenguas quieren decir lo mismo: el mundo, la vida, el misterio. Pero ninguna en particular ni todas juntas lo dicen del todo.
Cuantas más lenguas digan el Misterio, mejor lo conoceremos como Indecible. Y, llenos de respeto, nos reconoceremos los unos a los otros como testigos y sacramentos del Inefable. Cuanto más nos empeñemos en sustituir las diversas lenguas por un esperanto o en imponer a todos la lengua del imperio, tanto más confundidos y perdidos acabaremos, como en Babel, como en un salón cerrado de espejos, sin misterio ni amistad.
Cuidemos la ecología del Espíritu, la ecología de las lenguas, de las religiones y de las iglesias en su santa diversidad. No estaremos más unidos cuanto más iguales seamos, sino cuanto más nos respetemos y dialoguemos siendo diferentes. Para estar unidos, los cristianos no necesitamos ser más iguales de lo que ya somos, sino que nos toleremos los unos a los otros y nos preguntemos: ¿cómo podremos practicar mejor hoy, con todas nuestras diferencias, la única religión de Jesús?