CARTUJO CON LICENCIA PROPIA
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miércoles, 6 de febrero de 2019

PLEGARIA DE UN CRISTIANO LIBRE


Dios y Padre bueno,
que nos amas y nos buscas.

Queremos bendecirte Señor,
con la alegría que brota de nuestros corazones,
al saber que al morir en la cruz,
borraste de nuestro camino
los rígidos cánones de las leyes;
y nos llamaste a vivir en la libertad. ¡Bendito seas!

De los jóvenes cristianos y no tan jóvenes,
quieres que seamos unas personas sin jaula,
un grupo sin más constitución que la del amor,
el respeto y la solidaridad.
Quieres que seamos una especie cuya única norma
sea vivir con intensidad la vida.
En Ti y de Ti, Dios sin fronteras,
amor sin límites, vida oceánica,
aprendemos a caminar sin senda prefijada,
a vivir sin más ley que el amor libremente querido.

Unidos al rumor de los que nos narran su liberación
y esperando llegar al mundo prometido,
te aclamamos como Dios de nuestros corazones,
y solicitamos la asistencia de tu Espíritu
que es nuestro Espíritu,
pues nos alienta y anima a vivir una rebeldía espiritual
basada en la negación de lo preestablecido
y que subyuga las conciencias.

Somos muchas personas, Dios y Padre;
los que estamos hastiados
de ser el objetivo de las reprimendas magisteriales
de los hombres vestidos de negro.
Demasiados siglos lleva nuestra iglesia católica,
haciendo del negro su bandera,
aun cuando en tu resurrección,
nos entregaste un sin fin de colores
fantásticos y llenos de energía,
para que cada cual eligiera el suyo
y así pudiera sentirse
efectivamente miembro de la comunidad cristiana.

Una comunidad con la cual soñamos,
y en la que jamás se vuelva a señalar al pecador con el dedo.
Ni se defienda al potentado,
ni se callen voces en pro de la buena diplomacia,
ni se pese al amor de unos en detrimento del de otros.

Una comunidad en la cual toda familia pueda integrarse,
teniendo el amor por bandera.
Una comunidad eclesial en la cual junto al evangelio,
podamos ser tolerantes y democráticos
en la libre elección de nuestros pastores o representantes.

Una comunidad donde cada mujer
pueda llegar donde puede llegar un hombre;
y aun mas alto.
Una comunidad sin magisterios obsoletos,
ni “monituns” recriminatorios
hacia teólogos de libre pensamiento.

Una comunidad en la que se abrace
al que te adora –Dios de amor-,
con otro nombre u otra forma,
sin hacer acopio de verdades incontestables.
Una comunidad en la cual se tenga más en cuenta
el latido de nuestros corazones,
que la letra de la ley.

Esta es la comunidad que queremos,
Padre bueno y santo.
Y junto a nuestra admiración por Ti,
queremos manifestarte nuestra determinación
por seguir gritando a favor del reconocimiento
de la autentica persona de tu hijo,
Jesús de Nazaret.

Pues entregado hasta la muerte,
dio cumplimiento a la ley y los profetas
y acabó con la esclavitud de los mandamientos.
No antepuso norma alguna, por muy sagrada que fuera,
a los dictados de su fe.
Por lo cual, muchos se escandalizaron de Él,
porque no era esclavo de preceptos,
ni se sujetó a la letra de la ley,
sino que se embarcó en la aventura de ser fiel al Espíritu.

Que este mismo Espíritu
que insufla valor al hombre y a la mujer
desde el comienzo de los tiempos,
nos ayuden a todos a ser
verdaderamente comunidad cristiana,
de los que se reúnen en tu nombre y aman sin reservas.
Así sea.

(Oración realizada utilizándose trazos de algunas plegarias de Jesús Burgaleta)

lunes, 20 de febrero de 2017

RENOVAR LA PRESENCIA DE LA IGLESIA EN LA SOCIEDAD - José María Castillo - Teólogo

¿QUÉ URGE MÁS RESOLVER EN LA IGLESIA?
José M. Castillo

Los problemas, que hoy más preocupan a clérigos y laicos que actualmente se interesan por los asuntos de la Iglesia, ¿son los problemas más graves que tiene le Iglesia en este momento? ¿son esos los problemas que hay que afrontar cuanto antes?

Creo que es urgente afrontar estas preguntas porque no sé si lo más apremiante, en este momento, es aclarar si los divorciados vueltos a casar pueden o no pueden recibir la comunión. Como tampoco sé si no admite espera posible el hecho de que cuatro cardenales (y algunos grupos integristas) estén en desacuerdo con el papa Francisco. Por supuesto, es un asunto muy grave la cantidad abrumadora de abusos de menores, el hecho de que el Vaticano ni ha firmado, ni pone en práctica, los derechos humanos. Ni los puede poner mientras siga en vigor el actual Derecho Canónico. Con las enormes consecuencias que todo esto entraña.
No sé si estoy en lo cierto al plantear estas preguntas y estas dudas. En cualquier caso, a mí me parece que, debajo de estas cuestiones, hay un problema de fondo que nos asusta. Y nos asusta de verdad. Me refiero a la relación que tiene, mantiene y vive esta Iglesia, que tenemos, con el Evangelio de Jesús.
No estoy dudado de si la Iglesia cree o no cree en el Evangelio. Eso, por supuesto, está fuera de duda. Es más, si el Evangelio ha llegado hasta nosotros, eso se lo debemos a la Iglesia, que lo ha creído y lo ha enseñado a lo largo de los siglos. Pero es que el problema no está en si la Iglesia cree o no cree en el Evangelio. El problema está en si la Iglesia vive o no vive el Evangelio. Más en concreto, a mí me parece que el problema está en si la Iglesia, tal como la vemos y la vivimos, “sigue” o “no sigue” a Jesús. Porque no olvidemos esto nunca: el problema más grave, que planteó Jesús (según los evangelios) fue el problema del “seguimiento”. De manera que incluso la fe, en Dios y en Jesús, se hace imposible cuando se divorcia y se desentiende del seguimiento de Jesús. Y lo que yo veo, tanto en la Jerarquía como en los fieles, es que la Iglesia vive preocupada por la fidelidad de los cristianos a la fe. La fidelidad al seguimiento de Jesús no le quita el sueño a nadie. Y conste que, concretamente en los evangelios sinópticos, mientras que la fe se menciona 36 veces, del seguimiento se habla 57 veces.
Y es que la fe, como conjunto de creencias y prácticas religiosas, se puede reducir fácilmente a un asunto privado y a una serie de costumbres que integramos en nuestra vida sin demasiados problemas. Mientras que el seguimiento de Jesús, si nos atenemos a los relatos de los evangelios que lo explican, exige – como punto de partida – fiarse de Jesús hasta tal punto, que se renuncia a lo más fundamental (familia, trabajo, dinero, seguridad, proyectos…) porque asumir la forma de vida de Jesús es más determinante que todo lo demás.

¿No estamos haciendo en la Iglesia una especie de componenda entre fe y seguimiento, que termina no siendo ni lo uno ni lo otro? Me temo que estamos – y vamos a seguir – angustiados por temas marginales, mientras que, al problema capital de la Iglesia, nunca nos atrevemos a hincarle el diente. Y así, nos interesan una serie de asuntos secundarios, al tiempo que la relación de fondo entre la Iglesia y el Evangelio, ahí está. Y seguirá estando hasta que el “ser o no ser” obligue a tomar en serio el problema que de verdad nos urge. Como urge un salvavidas al que se está ahogando.   

martes, 24 de mayo de 2016

LA MISA, UN RITO, UN RECUERDO PELIGROSO - José María Castillo, Teólogo

 RENOVAR LA IGLESIA ES HACER ACTUAL EL “RECUERDO PELIGROSO” DE JESÚS 

José M. Castillo


Si la Iglesia quiere renovarse en serio y a fondo, una de las primeras cosas que tendría que hacer es renovar en serio y a fondo el recuerdo de Jesús. No meramente recordando lo que sucedió cuando Jesús andaba por el mundo. Sino actualizando lo que ocurrió entonces. Es decir, la liturgia tiene que celebrarse de tal manera que se haga presente, en lo que vivimos ahora, lo que Jesús vivió, hizo y decidió cuando estaba en esta vida. Concretamente lo que ocurrió la noche aquella en que cenó, por última vez, con el grupo de personas que le acompañaron y compartieron lo que él vivió y cómo lo vivió. En aquella ocasión, Jesús dijo: “Haced esto en recuerdo mío” (1 Cor 11, 24. 25; Lc 22, 19). Lo cual quería decir: “Haced esto para que me tengáis presente”, como en seguida explicaré.  


Lo que acabo de indicar se basa en un presupuesto previo: la última cena de Jesús con sus discípulos no fue un ritual religioso.  El ritual de la “cena pascual” que celebran los judíos, con motivo del pèsaj, la fiesta del cordero, que marcó el punto de partida de la liberación de los judíos esclavos en Egipto (Ex 12). Por supuesto, sabemos que, según los evangelios sinópticos, la última cena fue la cena de Pascua (Mc 14, 12; Mt  26, 17; Lc 22, 7). Pero el evangelio de Juan, que se escribió después que los sinópticos, puntualiza este dato capital indicando que la cena se celebró antes de la Pascua (Jn 13, 1; 18, 28), de forma que Jesús murió el día de la Preparación de la Pascua (Jn 19, 14; cf. 19, 31. 42). Y san Pablo, que nos ha conservado el recuerdo más antiguo de la cena, ni menciona la Pascua (1 Cor 11, 23). Además, en ninguno de los relatos de la Cena se menciona el cordero pascual, ni se habla de las hierbas amargas, ni hay alusión alguna a los mazzen, ni de la haggadà, ni del primer hallel, ni se mencionan las cuatro copas que eran esenciales en el ritual judío de la Pascua. No hay, pues, traza ni indicio alguno de que allí se estuviera celebrando un ritual sagrado (Ulrich Luz, El evangelio según san Mateo, vol. IV, Salamanca, Sígueme, 2005, 138-139).  

Ahora bien, si aquello no fue un “ritual sagrado”, sino una “cena”, en la que se vivieron una serie de experiencias muy  fuertes, cuando Jesús les dice a sus “amigos” (Jn 15, 14-15): “Haced esto en memoria mía” (1 Cor 11, 25) o sea,”Haced esto para que me tengáis presente”, sin duda alguna, el término “esto” (toûto) engloba la cena entera, no únicamente el pan, sino el conjunto de experiencias vividas allí aquella noche (François Bovon, El evangelio según san Lucas, vol. IV, Salamanca, Sígueme, 2010, 282-283). Hacer lo que allí dijo Jesús no es repetir rutinariamente un ritual, sino actualizar (hacer presente y operante hoy) lo que allí se vivió aquella noche. El “recuerdo”, la “anamnêsis”, según la raíz original zkr, quiere decir “hacer presente el pasado” (H. Patsch, en Diccionario Exegético del Nuevo Testamento, vol. I, Salamanca, Sígueme, 2005, 251-254).  

Pero, ¡atención!, estos datos no son meras matizaciones - por lo demás, muy elementales - de erudición. Nada de eso. Aquí se juega el ser o no ser de la autenticidad o del fracaso de lo que Jesús quiso. Sabemos que Jesús no fue amante, ni practicante de ritos, ceremonias, altares y templos. Jesús centró sus preocupaciones en tres cosas: el “sufrimiento humano” (curaciones), la “alimentación compartida” (comidas y comensalía, sobre todo con pobres y pecadores), las “relaciones humanas” (sermón del monte, en Mt, o de la llanura, en Lc). Al proceder así, Jesús desplazó la religión: la sacó del templo, la disoció de los “rituales” y la puso en el centro y en el conjunto de la “vida”. 

Aquí y en esto está la clave y el secreto de todo lo demás. ¿Por qué? Porque hoy está sobradamente demostrado que los ritos constituyen un factor tan importante en la pervivencia de las sociedades humanas, que, desde hace incontables generaciones, los ritos (religiosos, políticos, sociales...) son decisivos en la integración o exclusión del individuo en la sociedad y, en general, en el sistema establecido (Walter Burkert, La creación de lo sagrado, Barcelona, Acantilado, 2009, 60 ss; ID., Homo necans, Barlona, Acantilado, 2013, 50-61). Pero no se trata de esto solamente. Porque los ritos integran al sujeto en el sistema de tal forma, que, al mismo tiempo que el sujeto hace suyos  los valores del sistema, por otra parte, esos mismos ritos no modifican la conducta del sujeto que los cumple. Concretamente, un piadoso creyente se puede pasar cuarenta años comulgando a diario, y al cabo de ese tiempo sigue teniendo los mismos defectos que tenía  el día que inició su comunión diaria. Y es que el ritual, por sí solo, no solamente no modifica la conducta, sino que además tiene la virtualidad de tranquilizar la conciencia del observante. 
Entonces, ¿qué quiso decir Jesús cuando afirmó en la Cena: “Haced esto en memoria de mí”? No se refería simplemente a repetir lo que llamamos ahora “las palabras de la consagración”.  Porque esta referencia al recuerdo o memoria (anamnêsis) lo introdujo san Pablo (1 Cor 11, 24. 25), del que depende el relato de Lucas (22, 19), para motivar a la comunidad de Corinto, al decirles a aquellos cristianos que lo que ellos hacían - y tal como lo hacían -, en realidad aquello ya no era la Cena del Señor. Literalmente: “eso ya no es comer la Cena del Señor” (“oúk éstin kyriakòn deipnon phagein”) (1 Cor 11, 20) (H. Patsch, o. c., 252-254). O sea, en Corinto, realizando exactamente el rito, realmente no celebraban la eucaristía.  ¿Por qué? Porque la comunidad de Corinto estaba dividida. No por ideas teológicas, sino por la forma de vida que llevaban. Concretamente, porque allí había ricos y pobres. Y cuando se reunían para la eucaristía, los ricos comían hasta emborracharse, mientras que  los pobres se quedaban con hambre (1 Cor 11, 21). Es decir, lo que pasaba en Corinto es que  allí se repetían las palabras del Señor, pero allí no había una comunidad unida en la que quienes tenían dinero y comida lo compartían con los demás. Cada cual iba a lo suyo. Y Pablo afirma: donde hay división entre ricos y pobres, por mucho y muy bien que se repitan las palabras de Jesús, en realidad la memoria de Jesús está ausente. No se recuerda a Jesús. En esas condiciones, se dirá misa, pero allí no está Jesús. (J. D. Crossan, J. L. Reed, En busca de Pablo, Estella, Verbo Divino, 2006, 398-405).


Conclusión: la Eucaristía no consiste en “decir misa”, observando exactamente lo que manda la Sagrada Congregación de Ritos (o del Culto divino). Se puede hacer eso y no celebrar la Cena que quiso Jesús. Y tal como la quiso Jesús: haciéndonos  esclavos unos de otros (Jn 13, 12-15), queriéndonos unos a otros, como él nos quiso (Jn 13, 33-35), mojando todos en el mismo plato, como él lo hizo (Jn 13, 20). Celebrar la Eucaristía no es repetir literalmente un “ritual”. Eso es una misa que nos tranquiliza (incluso nos da devoción). Pero eso no es lo que instituyó y quiso Jesús: el “recuerdo peligroso” (J. B. Metz, La Fe en la historia y en la sociedad, Madrid, Cristiandad, 1979,  100-102; 210-211), que hace actual la subversión de esos presuntos  valores que se sostienen repitiendo los ritos. Lo que instituyó Jesús fue un “proyecto de vida”, que se expresa simbólicamente y que hace presente la persona y la vida de Jesús, en nuestras vidas y en nuestra sociedad. El día que resulte más “peligroso” ir a misa que acudir a una manifestación, ese día empezará a ser cierto que celebramos la Cena del Señor, en la que los cristianos vivimos la presencia, en el recuerdo vivo, de aquel Jesús que “aceptó la función más baja que una sociedad puede adjudicar: la de delincuente ejecutado” (G. Theissen, El movimiento de Jesús, Salamanca, Sígueme, 2005. 53). Entonces será cierto y la gente palpará que la misa no es un mero “rito”, sino un “recuerdo peligroso”.    

lunes, 7 de marzo de 2016

FRANCISCO, A LOS TRES AÑOS EN ROMA - José María Castillo

          FRANCISCO, A LOS TRES AÑOS EN ROMA

                                     José M. Castillo


        Hace tres años, cuando faltaban sólo unos días para que Benedicto XVI renunciara al papado, un importante personaje (de los que tienen mando en Roma) me dijo: “La Iglesia no puede caer más abajo de lo que ya está”. Y creo que quien me dijo eso tenía razón. Baste pensar que, desde los últimos años de Pablo VI hasta el día que tomó posesión Francisco, la Iglesia ha estado prácticamente sin gobierno. Más de 30 años. Juan Pablo II gestionó su pontificado con vistas a sus continuos viajes por el mundo entero. Benedicto XVI se dedicó a sus estudios y sus escritos. ¿Quién gobernaba de facto? Los cardenales que presidían las Congregaciones de la Curia. Hombres, con frecuencia, enfrentados entre ellos. De forma que los conflictos intestinos entre curiales ocuparon gran parte del tiempo y de las preocupaciones que se vivieron en el Vaticano, mientras que la Iglesia se veía urgida por asuntos muy graves, muchos de ellos inaplazables. No le faltaba razón al gran historiador de Cambridge, John Cornwell, cuando el año 2000, refiriéndose al pontificado de Juan Pablo II, escribió esto: “La tesis de este libro (un estudio importante sobre Pío XII) es que cuando el papado crece en importancia a costa del pueblo de Dios, la Iglesia católica decae en influencia moral y espiritual, en detrimento de todos nosotros”.  


        Y así fue. De ahí el conclave intenso y rápido que eligió a un jesuita, con talante franciscano, para suceder a Ratzinger. Con el desenlace final de un obispo que vino “del fin del mundo”, y que apareció en el balcón principal de la plaza de San Pedro, para decirle a la gente que él era el obispo de Roma. Y que allí estaba, antes que para bendecir, para ser bendecido por el pueblo. Se acababa de cerrar una larga etapa en la historia de la Iglesia. Y se abría otra, cargada de interrogantes y de ilusiones.

        ¿Qué balance se puede hacer de los tres años transcurridos  en el todavía breve papado de Francisco? Hay un hecho claro. Francisco se comportó, desde el primer momento, de manera que enseguida provocó  atracción y rechazo. Gran atracción, en la opinión pública general. Gran rechazo, en  grupos concretos y localizados. Precisando más: “atracción”, en las masas populares, especialmente entre gentes maltratadas por la vida y por la sociedad opulenta; “rechazo”, sobre todo en sectores importantes de la Curia Vaticana, en buena parte del episcopado mundial, entre los curas y frailes más conservadores y en los grupos cristianos más integristas y fanáticos.

        La explicación de este contraste (“atracción - rechazo”) está en que Francisco es un obispo tan creyente como humano.  Y es ambas cosas, en una cultura y una sociedad, en la que el poder opresor pierde fuerza y está siendo sustituido por el poder seductor. Hoy la religión ya no oprime ni mete miedo. A la religión no le queda ya otro poder que la capacidad de seducir a los nuevos esclavos de la sociedad industrial, opulenta y capitalista. Y resulta que Francisco ha tomado tan en serio el Evangelio, que ejerce una irresistible atracción ante los pobres, los enfermos, los niños, los ancianos, los presos de las cárceles, los refugiados, los que no tienen papeles ni techo, los “nadies”. Mientras que, paradójicamente, este hombre tan “espiritual”, no es clerical y detesta lo ostentoso del poder y la gloria.

        Así las cosas, a nadie le tendría que sorprender el fuerte rechazo que el papa Francisco encuentra en la Curia Vaticana. Porque la Curia, junto a los integristas religiosos, siguen creyendo en el poder de los dogmas y las leyes. Por eso una notable mayoría de curiales son expertos en el poder opresor. Lo  que lleva consigo una importante dificultad para vivir de acuerdo con el Evangelio. Se comprende por qué precisamente en el Vaticano (y en los colectivos integristas religiosos) es donde se encuentra el rechazo más directo, y quizás más fuerte, contra el papa Francisco. 

        Sin duda alguna, el papa Francisco ha inaugurado una nueva etapa en la historia del papado. Una etapa que se caracteriza por un hecho tan sencillo como sorprendente. Un papa que ejerce el papado, no desde el poder de la religión, sino desde la ejemplaridad del Evangelio. En esto se centra y se resume la genialidad del papa Francisco.


        Y sin embargo, todavía hay que preguntarse: ¿Qué le falta a este papa en su nueva forma de ejercer el papado? Le falta modificar, a fondo y por completo, la gestión de la Curia Vaticana. Es evidente que eso no se puede hacer en cuatro días. Ni siquiera en dos o tres años. Como también es cierto que Francisco está trabajando a fondo en este complicado asunto. Por eso, lo que nos atrevemos a pedirle es que - lo antes que pueda - convierta el enorme y solemne tinglado de la Curia en una Comisión Consejera Mundial del Obispo de Roma, “cabeza del Colegio Episcopal” (LG 22), recuperando el gobierno sinodal de la Iglesia, tal como se hizo durante el primer milenio de su historia. ¡Por favor, papa Francisco!, no abandone el papado dejando su obra magistral sin el complemento decisivo que aún le falta.             

martes, 23 de febrero de 2016

LA CÁTEDRA, ELEMENTO A CONTEXTUALIZAR EN LA IGLESIA DEL SIGLO XXI

La cátedra, elemento a contextualizar en la Iglesia del siglo XXI
Como ya se sabe, Cátedra viene del latinazgo cathedra, y este del griego καθέδρα. Significa asiento o sede, desde el cual se imparte una determinada enseñanza o ejemplo; y también lugar del que emana una determinada autoridad y desde el que se gobierna. La más conocida es la celebrada el 22 de Febrero, la cátedra de San Pedro. Fiesta instituida en el S.IV (depositio martyrum) para fortalecer la autoridad del papado, aunque hay que tener en cuenta que “hasta el siglo X la iglesia fue sinodal, o sea que la autoridad no era exclusiva del papa” (J.Mª Castillo). 

Pero si algo caracteriza esta fiesta, es el revestimiento que se hace en el Vaticano de la imagen de San Pedro, ornándolo con unas ricas vestimentas llenas de piedras preciosas. Esto es una tradición y está bien, pues tiene su encanto. Pero no se puede perder de vista, que existiendo en el mundo las desigualdades que hay entre países y sectores de la sociedad y apostando Jesús de Nazaret por la austeridad en la vida;  se deje un poco de lado la dimensión de pastoreo y/o responsabilidad que conlleva el solio pontificio. 
Si hablamos de autoridad, basta decir que en toda dimensión de la vida en la que está el hombre y la mujer de cada tiempo, se ha hecho –en muchos casos- un uso abusivo o irresponsable de la autoridad, y la iglesia puede ser un buen ejemplo de ello y también de su aspecto antagónico; pues también hay verdaderas  personas seguidoras de Jesús que apuestan por la vida, como único soporte vital para anunciar el Reino de Dios. 
Esto pasa desde todos los planos eclesiásticos, desde el papado hasta la última parroquia de pueblo donde se pueden suceder cambios y decisiones pastorales de calado, sin tener en cuenta a nadie y bajo a autoridad episcopal; paraguas ideal para justificar todos los posibles desmanes. En estas formas de autoridad que pasan con indolencia por encima de las personas y cuya última autoridad emana de la cátedra del Pedro –sede pontificia- nada tiene que ver Jesús de Nazaret. 
Y una prueba incontestable de ello la tenemos en el evangelio de hoy, que por cierto nos habla de cátedras. “En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen” (Mateo 23,1-12). 

¿Cuántas personas sin merecerlo, han hablado en nombre de Dios o de su Hijo Jesús? 
No hagamos demagogia gratuita, pues en los escribas y fariseos están representados todas las personas que abusan de su estatus o su responsabilidad; con el gravamen de que estos se atreven a decir a la gente como tienen que actuar. Paradigma de ello son los actuales sacerdotes, pero no son los únicos, pues como digo a ese ejemplo estamos todos supeditados. ¿El camino a seguir? “Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos” (Mt 23,1ss). 
Por medio de estas palabras Jesús de Nazaret diluye la autoridad sea de la forma que sea, y la torna en responsabilidad fraterna desde la colectividad. El servicio es la clave de la praxis cristiana y no el servicio desde las planificaciones a un nivel eclesiástico “cuasi” gubernamental. Un ejemplo de servicio lo veo hoy en día en la persona del Papa Francisco, pues siendo él la propia realidad encarnada de la autoridad de la sede de Pedro –su cátedra-, anatematiza –condena- todo privilegio existente para la iglesias y los prelados y presbíteros. 
Anima a los pastores a tener olor de ovejas, o sea, vivir con la gente enseñando el evangelio desde lo que sean capaces de hacer sus manos. Y sobre todo su aspecto más fascinante, Francisco abraza sin medida, consuela y es todo corazón. Por ello, creo que para contextualizar la fiesta de la cátedra de san Pedro y su último significado hoy en día, tenemos que hacer una interpretación desde el legado que Francisco construye en nuestra Iglesia. 

Un legado que se basa en la persona y su respeto como objetivo primordial del amor de Dios. Un legado que se apoya en la necesidad de cuidar la naturaleza –asignatura pendiente para todos- desde un cristianismo ecológico y sin perder de vista aquello que todo lo impregna, la Palabra de Dios como base, fundamento, objetivo, meta y final de todo. 
Creo que Francisco es la viva encarnación de Pedro, y no precisamente por la autoridad, sino por ser hombres sencillos que todo lo pusieron en las manos del Señor y en él confiaron y tuvieron puesta su complacencia.

Donde hay un árbol que plantar, plántalo tú.
Donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú.
Donde haya un esfuerzo que todos esquiven, acéptalo tú.

Sé el que apartó del camino la piedra,
El odio de los corazones y las dificultades del problema.

Hay la alegría de ser sano y justo,
pero hay sobre todo, la inmensa alegría de servir.

Qué triste sería el mundo si todo en él estuviera hecho.
Si no hubiera un rosal que plantar, una empresa que emprender.

No caigas en el error de que sólo
se hacen méritos con los grandes trabajos.

Hay pequeños servicios: poner una mesa,
ordenar unos libros, peinar una niña.

El servir no es una faena de seres inferiores.
Dios, que es el fruto y la luz, sirve.
Y te pregunta cada día: ¿Serviste hoy?


Gloria Fuertes

domingo, 5 de julio de 2015

SE TRATA MÁS BIEN DE ARRIESGARSE Y ABRAZAR MC 1,1-16

Se trata más bien de arriesgarse y abrazar Mc 1,1-6
Hay ocasiones en las que por mucho que Dios quiera, por mucho que el Espíritu insista y por mucho que Jesús se muestre ante los ojos de las personas; es imposible que puedan actuar en la vida de estos si su corazón está cerrado al Reino de Dios.

El evangelio de hoy es de los evangelios que pueden ser llevados fácilmente al terreno de aquellas personas que no son aceptadas por la razón que sea, y así lamerse las heridas y complacerse en el papel del agraviado.
No, no. Marcos no nos enseña nada de eso en su evangelio. Marcos nos sorprende con una situación en la que las personas no están receptivas al Reino de Dios, bien porque no quieren influenciarse por el mensaje de Jesús, o bien porque la estructura de vida, sociedad, religiosidad…etc., que viven, les impiden percibir y aceptar a aquellas personas que testimonian en la llamada frontera.

Si, la frontera. La frontera que dirime el estar o no estar. La frontera del riesgo, la frontera de la situación límite. La frontera de arriesgarse a decir la verdad. La verdad se paga con sangre, y de qué manera. Pero son muchas las personas que se enfrentan a la sociedad o las gentes. O no se enfrentan pero se arriesgan pues ponen sus convicciones y dignidad personal por encima de todo, aun a riesgo de perder prestigio, trabajo o posición social. En estos casos también son muchos los amigos que suelen quedar en el camino. Estas actitudes en favor de la verdad y la justicia están muy cerca del Reino de Dios.
¿El problema de fondo? Suele ser la comodidad. Este evangelio está muy ligado al de semanas anteriores (Mc 4,35-40) en el que se nos hablaba del miedo de la fe, del miedo de la vida que paraliza la fe. Desde mi absoluta modestia, creo que Jesús nos enseña hoy en primer lugar a seguir descifrando su rostro entre la gente, pues sus profetas de hoy generalmente no llevan casulla y consagran el pan. Sus profetas están en los sitios menos esperados. Allí donde nadie quiere ir, en ese colectivo despreciado que lucha por sus derechos; junto a las que son golpeadas y cerca de los que son apartados por tal o cual. Esos son profetas en primer lugar porque son personas, y su situación de exclusividad les hacer ser más que portadores de la gracia de Dios y de su dignidad.

Estos están entre nosotros en nuestro pueblo y en nuestra comunidad, pero seguro que no van a la Iglesia porque allí no se les ha perdido nada. Quizás no quieran caridad sino dignidad, respeto comprensión. ¿Nos atrevemos a acogerlos? ¿O seguimos con la acepción de personas?

domingo, 28 de junio de 2015

ORGULLOSOS /AS DE JESÚS

Orgullosos/as de Jesús
“Dios no hizo la muerte ni se alegra con la destrucción de los vivientes, […] porque Dios creó al hombre y lo hizo a imagen de su mismo ser” (Sabiduría 1, 13a. 2,23)


Hoy hace cuarenta y seis años de aquellos disturbios en el barrio Neoyorquino de Stonewall, que arrancaron la lucha por los derechos LGTB en EE.UU., y posteriormente en todo el mundo. Recordando a quienes tanto se dejaron en el camino de la vida por la obtención de estos derechos, y sin dejar de mirar hacia países donde la homosexualidad es penalizada hasta con la muerte; hoy es un buen día para felicitarnos. 
El mejor regalo que se nos pudiera hacer a toda la comunidad, es que la corte suprema de los Estados Unidos reconociera irrevocablemente el derecho del matrimonio homosexual, lo cual es ya una realidad desde hace pocos días. 

Pero hay otros motivos para alegrarnos en este día y hay motivos para no dejar de sentirnos personas libres y seguir luchando para que otros lo sean. 
Desde mi condición cristiana me llama mucho la atención las lecturas de este domingo. Y no solo me llaman la atención, sino que desde la perspectiva de Jesús de Nazaret, creo que es muy posible un mundo mejor donde la libertad sea el punto de partida y la humanidad el punto de encuentro. 
Las religiones desde hace miles de años, ha dificultado la progresión en los derechos y libertades de las personas. El enfermo era despreciable solo por serlo, y así mismo cualquier persona que tuviera o viviera una cualidad excepcional en su vida (Levítico 15,25-30). Todo fuera por una manipulación de Dios al servicio de unos intereses concretos. 
Aunque en la actualidad aun tenemos talibanes en todas las religiones, que nos dicen a todos lo que tenemos que hacer e incluso se atreven a postularse como ejemplos, desde Jesús de Nazaret solo se nos muestra un camino posible, el camino de la vida y el camino del amor. Entendida cada dimensión como uno quiera, siempre y cuando no sea en detrimento de la libertad del otro ni de su dignidad. 
La lectura primera del día de hoy (Sab 1,13-15;2,23-24) bien podemos resumirla con aquella frase de San Ireneo que tanto me gusta: “la gloria de Dios es que el hombre viva”. Por otro lado, el evangelio (Marcos 5,21-43) nos muestra un camino en el cual Jesús de Nazaret una vez más rompe con el sistema establecido dejando de lado la ley escrita, poniendo en práctica la acogida y el amor como premisa de la existencia humana. “Si algo se desprende con claridad de su actuación es que, para él, hombres y mujeres tienen igual dignidad personal. 

Sin embargo, los cristianos no hemos sido todavía capaces de extraer todas las consecuencias que se siguen de la actitud de nuestro maestro. El teólogo francés René Laurenti ha llegado a decir que se trata de una “revolución ignorada” por la iglesia” (J.A. Pagola). 
Revolución que se vislumbra en lontananza desde el talante fraterno del Papa Francisco, pero que bien puede quedar en agua de borrajas por la presión de la gran estructura católico ortodoxa. En cualquier caso, en Jesús, por Jesús y desde Jesús de Nazaret tenemos un motivo para sentir orgullosos y orgullosas de que hace tantos siglos, un hombre desafiara las reglas establecidas y se volviera hacia aquella mujer a quien el sistema excluía por su enfermedad y su femineidad, y hablándole al corazón le restituyera su dignidad otorgándole la suya propia. 
¿Cuántas personas viven su vida en oscuridad simplemente por ser como son? “Personas buenas que se sienten indignas de acercarse a recibir a Cristo en la comunión; cristianos piadosos que han vivido sufriendo de manera insana porque se les enseñó a ver como sucio, humillante y pecaminoso todo lo relacionado con el sexo” (J.A.Pagola). 
¿Cuál es nuestro lugar, Señor? Se me ocurre preguntar hoy en el silencio de mi ermita. Desde luego no merece la pena sufrir por presiones o por la insensibilidad de la estructura católica ni de sus agentes clericales. Jesús, Jesús y Jesús. Su nombre nos lo dice todo, “Dios salva”. 
Y en su mensaje encontramos la receta necesaria para hacer el REINO DE DIOS, para vivir en fraternidad con aquellos que nos aman e intentando siempre poner cara amable a aquellos a los que debiéramos amar más. Jesús es nuestro valedor, nuestra suerte, nuestra liberación. 
¿De qué clase de muerte rescató Jesús a la hija de Jairo? Pues de una muerte en vida como tantos y tantas. De una sepultura causada por la ley, los estigmas y el continuo rechazo incluso de los más cercanos. 
Permita Dios, la vida y la conciencia humana, que se eliminen las barreras de la exclusión sexual, racial y de toda índole. El mundo no es mundo si todos no conformamos una gran fraternidad humana donde la paz, la justicia y la solidaridad sean una realidad. Confiemos en Jesús, en su proyecto del cual somos valedores/as. 
Solo así nos sentiremos cada día más orgullosos/as de Él. 
Feliz día del orgullo.

Floren Salvador Díaz Fernández. 

miércoles, 27 de mayo de 2015

SAN OSCAR ROMERO DE AMÉRICA, MÁRTIR POR AMOR, LA LIBERTAD Y LOS DERECHOS DE LAS PERSONAS

“La pobreza es una espiritualidad, es una actitud del cristiano, es una disponibilidad del alma abierta a Dios. Por eso decía Puebla que los pobres son una esperanza en América Latina, porque son los más disponibles para recibir los dones de Dios. Por eso Cristo dice con tanta emoción: ¡Dichosos ustedes los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios!”
(San Oscar Romero Homilía 17 de febrero de 1980)

Me marcó su vida porque tuve la oportunidad de ver la película de Romero, por casualidad. Desde entonces soy seguidor de este Obispo olvidado por la Iglesia Vaticana, pero que vive desde los años 1977 en el corazón de los salvadoreños y de muchas personas.


Es muy notable el sesgo que dio Oscar Romero, no solo a su pensamiento sino a su vida, hasta el punto de pasar de ser un ratón de biblioteca a dar su vida y su testimonio por amor al pueblo y por los derechos y dignidad de la persona pobre o desfavorecida. En este punto, comparo a Romero con el actual papa Francisco, impulsor de su definitivo reconocimiento como beato aunque para muchos lleva años santificado por clamor popular de todos los que ven en cada desfavorecido la causa de Cristo.

Abandonado por sus propios hermanos del sacerdocio –aunque no en todos los casos-, Oscar se enfrentó al oprobio de la jerarquía católica de entonces y al desprecio de la autoridad política que llegó a verlo como una amenaza para el estado. Él, junto a aquellos Jesuitas y aquella mujer, muertos por la libertad es reconocido hoy de manera abierta por toda la Iglesia mundial y su nombre el proclamado a todas voces como uno de los grandes mártires por la libertad del siglo XX.
San Oscar Romero de América mártir por amor, ruega por nosotros.

Oración a San Oscar Romero de América, Martír por amor.
¡Oh! Dios Padre Misericordioso,
que por mediación de Jesucristo
y la intercesión de la Virgen
María, Reina de Paz; y la acción
del Espíritu Santo, concediste al mundo
la gracia del testimonio de
San Óscar Romero de América
Mártir por amor y pastor ejemplar
Al servicio de la Iglesia.
Tú quisiste que su predilección fueran
los pobres y desestimados del mundo
en los cuales Tu te complaces
y en los que vemos el rostro prefigurado de Jesucristo.
Permítemos Padre de bondad,
que observando el testimonio de Romero
nos adhiramos cada vez más a Cristo,
pues solo amando a las personas,
luchando por su dignidad,
haciendo vida tu evangelio y siendo humanos;
podremos colaborar en la construcción de tu Reino.
Te lo pedimos por intercesión de San Oscar Romero,
al cual encomendamos todas las necesidades
de los pueblos más necesitados de la tierra. Amén.

(Oración compuesta y/o modificada de la original y oficial por Floren Salvador Díaz Fernández)

Un minuto en la vida de Monseñor Romero: http://fundacionmonsenorromero.org.sv/tipo/un-minuto-por-dia


Video de la Beatificación: 

viernes, 7 de noviembre de 2014

¿RENUNCIAR A LA ESTRUCTURA?

“Destruid este templo y en tres días lo edificaré” (Jn 2,19b)


Reconozco la sorpresa que supuso para mí, el saber hace unas semanas que Tenzin Gyatso, el XIV Dalai Lama, manifestaba “que a su muerte podría no reencarnarse y no tener un sucesor, lo que pondría fin a una tradición de casi cinco siglos” (elpais.com). Sin lugar a dudas me causo impresión no solo la afirmación en sí, que liquida por sí misma una institución histórica como tal, sino que admiré el profundo sentido del desprendimiento que atesora este líder espiritual. 

Desde mi condición cristiana he reflexionado mucho sobre la trasposición que supondría esta misma noticia en el catolicismo. Y considero que es totalmente posible –y no tiene porque ser contraproducente-, la disolución de la institución papal y el organigrama eclesial. No lo planteo como un anhelo a alcanzar, pero si lo planteo desde el plano personal, que me lleva a ser consciente de que son muchas las ocasiones en la vida de un creyente, en que vivimos de espaldas a la institución religiosa. 
No defenderé aquí algo que tengo muy claro, y es que Jesús de Nazaret el Hijo de Dios no fundó la Iglesia Católica. Jesús como judío que era, impulso una nueva manera de relacionarse con Dios, desde el amor y la misericordia entrañable, desde la fraternidad. Disolviendo por sí mismo todos organigramas posibles que puedan interponerse entre Dios y la persona, para crear una relación limpia, personal y sin interferencias. Con una sola palabra “ABBÁ” –Padre- (Rm 8,15), Jesús nos enseña la plenitud de un Dios humanizado. 
Y a lo largo de los siglos la interpretación que la iglesia ha venido haciendo, es la de dificultar el acceso de la persona a Dios. En muchos casos por causa de una pastoral errónea de la obligatoriedad, y un ordenamiento sacramental de la vida de la persona que más bien deja claro el interés por manipular a las personas. 
Esto nos ha llevado a configurar a lo largo de los siglos una institución que aunque podamos admitir que vive una primavera en la actualidad, dista mucho de estar con los pies en el suelo si aun hay discusiones sobre la posibilidad de que comulguen los divorciados, y otras cuestiones que son aceptadas por la generalidad social y cuyo desarrollo no afecta para nada el proyecto del Reino de Dios anunciado por Jesucristo. 

"renunciar a la estructura no lleva consigo ni la renuncia de la esencia ni a la vivencia ni al Espíritu. Hay renuncias que nos pueden ayudar a renacer"

Considero que a la deriva que la Iglesia católica ha hecho del evangelio de Jesús, no ha ayudado nada la cultura que siempre ha estado al servicio de la religión mayoritaria, ni la constitución de la iglesia en un estado soberano con un jefe a la cabeza con plenos poderes sobre sus súbditos, paradójicamente todos los bautizados. 
Digamos que hemos convertido la iglesia en una institución en la cual el papa delega su autoridad por todo el mundo en la persona de sus obispos, que gobiernan sus diócesis como gobernadores civiles. “El papado, tal como ha venido a quedar organizado en la Iglesia actual, no se puede justificar o argumentar desde el Evangelio y menos aún desde el N.T. en general, en el que Pedro tiene un papel destacado como discípulo de Jesús, pero nunca como poder supremo y único en la Iglesia. A nadie debe llamarse “papa” (padre), ya que eso está prohibido en el Evangelio (Mt 23,9)” (José María Castillo-Teólogo).
Podemos estar de acuerdo en que haya personas que necesiten esta estructura, que les de seguridad y se sometan gustosamente a esta autoridad deslegitimada por Jesús de Nazaret (Mt 20,25-28); pero igualmente debe reconocerse siempre que de la misma manera que es posible la salvación sin estar bautizado, es posible ser cristiano, ser comunidad y ser seguidor de Jesús, planteándose exclusivamente la observancia y puesta en práctica del evangelio dentro de la comunidad humana y cercana en la cual cada persona vive. 
Planteo esta cuestión no por un sentido apologético sino practico, ya que considero que la mayoría de los católicos se consideran a sí mismos personas que solo acuden a la iglesia para cuestiones cultuales (religión-cultura). Son muchas las personas que viven, el que yo denomino Evangelio de la vida. 
Ese evangelio anunciado y vivido por Jesús de Nazaret, en el cual la acción tiene mucha más significancia que la estructura. Observemos por un momento a Jesús con la Samaritana. “Jesús le contestó: -créeme mujer, llegará el día en que no adoraréis al Padre ni en este monte ni en Jerusalén. […] Llegará la hora, es más ha llegado, en que adoraréis al Padre en Espíritu y en verdad” (Jn 4, 21-24). 
Y por medio de la verdad y “su” mismo Espíritu, Jesús nos emplaza en la vida de cada uno. Deslegitimando como morada del Padre no solo aquel templo destruido en la cumbre del monte Garizín en Samaría, sino al mismo templo de Jerusalén con toda su riqueza y su poder material y político. Pues son edificios que aunque alberguen la Torá, las Escrituras, la misma Eucaristía y la autoridad jerárquica; no tienen sentido, son inoperantes y están vacíos si todos estos elementos sagrados y organizativos no mueven al sujeto y a la comunidad a una determinada forma de vivir. 
Estas palabras son aun hoy de actualidad. Siempre he dicho que tener fe no es sinónimo de buena persona, porque puedes ser un fanático. De la misma manera el ir a la Iglesia no siempre significa un encuentro con Dios ni siquiera con la comunidad. Puede que vayas a misa el sábado porque así haces tiempo para luego pasear con las amigas, o puedes ir a un acto religioso al que te prestas con carácter protocolario. O puedes asistir a misa y vivirla en plenitud.
Todo es posible. Pero también es posible seguir y celebrar y vivir a Jesús sin la tutela eclesiástica, porque esta misma institución no puede garantizar por sí misma la acción de Dios sobre nadie, si el sujeto no está en disposición de actuar. ¿Qué mejor templo queremos para el Señor que nosotros mismos? “En el momento de su último suspiro, el desgarrón del velo del templo muestra que el santuario pierde su carácter sagrado perdiendo su función de presencia divina” (Mt 27,51) (León-Dufour). 
No así en el caso de las personas que crean en Jesús. ¿Qué nos hace falta para amar, salvo un corazón entregado? ¿Qué necesitaremos para ser las manos de Jesús en el mundo, sino unas manos dispuestas a reconocer la dignidad del otro? ¿Dónde acudiremos para estar con Jesús, sino es con aquellos que necesitan de aliento y esperanza? ¿Dónde reconoceremos al Espíritu, sino es en la fuerza esperanzadora que nos anima cada día a vivir y seguir las huellas del resucitado? Nada necesitamos si Dios está con nosotros (Rm 8,31), pues solo una cosa merece la pena. 
No nos calentemos la cabeza con lo que ha dicho tal o cual personaje sobre mi vida o mis circunstancias. ¿Qué quiere Jesús de Nazaret para mi? En primer lugar que resucite junto a él a esta misma vida, renovado y rejuvenecido; para ser en el mundo y entre los míos fermento y luz. Así se construye comunidad, así se hace la “Koinonía” (comunión). 
Ojalá construyamos una Iglesia de cimientos humanos y no pétreos. Ojalá hagamos Iglesia circular donde brillemos todos y no el presbítero por encima de todos. Ojalá tengamos una Iglesia de la alegría, la espontaneidad y la apertura, y no una Iglesia oscura de densos ritos y programaciones pastorales sin efectos prácticos. ¡¡Ojalá!! Pues renunciar a la estructura no lleva consigo ni la renuncia de la esencia ni a la vivencia. Hay renuncias que nos pueden ayudar a renacer. Paz y bien.     

Floren Salvador. Diplomado superior en Teología.

domingo, 4 de mayo de 2014

JESÚS EN CONSERVA, COMO EL ATÚN

Jesús en conserva, como el atún
Desde la pequeñez de mi cristianismo, admito que el papa Francisco no deja de sorprenderme. Hoy leo un titular suyo en el que le dice a los miembros de acción católica y a todos los cristianos del mundo: “Hay que dejar las puertas abiertas de las parroquias, al menos para que salga Jesús". 

La frase como todo lo que dice o hace Francisco, tiene su aquel. Es determinante y desde luego aunque puedan ser variadas las interpretaciones, esta afirmación del papa da por hecho que Jesús hay que llevarlo y hay que dejarlo llevar; y que guardarlo para sí y como si lo tuviéramos en conserva, no tiene sentido o tiene poco sentido, si se reduce la pastoral al perímetro del inmueble parroquial y sus aledaños. 
Todo esto me lleva a pensar en la tan necesaria descentralización de las parroquias. Aviso para navegantes. Esta afirmación –en negrita- suele suscitar incomodidad respecto de aquellos que ven en este planteamiento un atentado contra la autoridad presbiteral. La autoridad determinante de la que hacen uso los curas en las parroquias es algo más que contraproducente para la iglesia, pero ese es otro tema. Volviendo a la descentralización de las parroquias, recuerdo hace años que opiné al respecto de este planteamiento tan poco compartido por la mayoría de los párrocos, y sobre todo por los jóvenes curas recién salidos de los seminarios. 
Estas personas, salen de sus centros de formación con una deformación religiosa instala en su intelecto; la inamovible determinación de que la relación de cada persona individual con Dios pasa necesariamente por ellos. Nada más lejos de la realidad. Recuerdo al anterior papa cuando escribió que: “No hay prioridad más grande que ésta: abrir de nuevo al hombre –y a la mujer- de hoy el acceso a Dios, al Dios que habla y nos comunica su amor para que tengamos vida abundante”  (Benedicto XVI, VD 2); es más que oportuna para denotar la innata vocación a la que es llamada la Iglesia de Jesucristo, desde su colectividad. 
Lo que me inquieta es si precisamente nuestra iglesia, está descifrando correctamente los signos de los tiempos y se deja imbuir del mismo Espíritu qua anima a Francisco, para alcanzar esa iluminación que le predisponga a indicar a otros cual es el camino oportuno o determinado para acceder a Dios y lo que entendemos por voluntad de Este. Con motivo de la semana santa he leído atentamente muchas cosas relativas a la pastoral, algunas de ellas escritas por laicos comprometidos. Bien por ellos y por su compromiso. 
Pero tengamos en cuenta que Pastoral no es algo estático en la iglesia, ni es algo relativo al estrato eclesiástico y jerárquico, pues el peor pastor es el que confunde la evangelización con la gobernabilidad. La pastoral es “eclesial”, relativa a la comunidad y por ello no solo está en movimiento, sino que está viva pues reside por sí misma en cada una de las personas que pueden sentir la necesidad de anunciar a Cristo desde su vida, privada o comunitaria. Lo que he leído de pastoral en publicaciones locales me inquieta un poco porque define ampliamente un “concepto de pastoreo –rebaño-“ que sinuosamente conduce en la mayoría de los casos a que el trabajo duro se les da a los laicos, mientras que la programación, evaluación…etc, es cosa de uno o se les da a las personas listo para ser degustado. 
Lamentablemente estas deficiencias que yo aprecio son insalvables en muchos casos, mientras la labor misionera de la Iglesia este erradicada en la pastoral de la obligatoriedad sacramental y burocrática. La iglesia es su gente, la gente de los pueblos y de las comunidades –no solo los que siempre están o cumplen y comulgan-, y en muchos casos considero que Jesús de Nazaret nos invita a poner pies en polvorosa y caminar al fin y al cabo. 
Quizás alejarnos de lo siempre conocido y aventurarnos a brujulear por los caminos de la fe y la vida. Caminar como aquellos de Emaús, que se alejaban de Jerusalén. No está puesta Jerusalén en el evangelio por casualidad, no. 

El evangelista nos anima a marchar, a dejar de lado lo institucional si este ámbito ahoga nuestras posibilidades expansivas de evangelizar. Emaús nos anima en primer lugar a caminar y conocernos a nosotros mismos, aceptándonos de corazón como obra de Dios, pues “somos lo que somos ante Dios”. Por ese sendero encontraremos personas sencillas, corrientes. 
Personas que no se dedican a la adulación mediática que tanto lastra la sinceridad, sino que viven y se relacionan con normalidad con sus luces y sus sombras. Hay que resucitar ahí precisamente, sea cual sea el medio que nos rodea. Con cada uno de ellos y ellas. Junto a sus vidas y sus costumbres, sus ídolos, sus temores y alegrías, sus grandezas y miserias. 
Esa es la humanidad y ahí esta el Señor. 
Una humanidad que tras vivirla nos anima a comer, y ahí también está el maestro, en ese alimento vivido y compartido. Serán naranjas, pan de molde o de hogaza, un vino tinto, un sorbo de agua compartido entre ciclistas, unas cañas, un abrazo “apretao”. Caminemos pues, y sobre todo dejemos la puerta abierta. Quién sabe, quizás algún día dejamos de tener guardadito y en conserva al Señor.  Feliz tarde.

Atte, y desde la ya calurosa Andalucía. Floren.

jueves, 24 de abril de 2014

EL QUE NO ESTÁ CONTRA NOSOTROS, ESTÁ A FAVOR NUESTRO. Sobre las hermandades civiles.

El que no está contra nosotros, está a favor nuestro (Mc 9,40) 


Como dice el titular del un periódico digital, proliferan las hermandades y cofradías civiles, tanto en los barrios de las ciudades como en los pueblos. El ejemplo más cercano lo tenemos en Lora de Estepa, donde aun sale a la calle una imagen de Jesús Cautivo popularmente llamado “el Zoilo”. Parece ser que en Sevilla hay varias en circulación, y que incluso entre sus fines se encuentran el de la ayuda al necesitado. Son imágenes que procesionan de la manera más digna, en cuanto que salen a la calle en sus pasos, adornados con flores, banda de música, cortejo de hombre y mujeres de chaqueta y mantilla respectivamente…etc. Y lo más significativo es que son imágenes que veneran los cristianos, pues representan como otra cualquiera a nuestro Señor y su Madre. Lo que ocurre es que estas agrupaciones o “hermandades civiles”, como suelen ser llamadas, no tienen encaje jurídico en la Iglesia Católica ni están respaldadas, y ni siquiera animadas por el obispo del lugar. Son hermandades ácratas, en cuanto que no están incardinadas canónicamente en ningún territorio eclesiástico. Las personas que mueven estas agrupaciones religioso-civiles, son gente creyente y personas corrientes que en muchos casos se encuentran de frente con la dureza de la burocracia episcopal, para llevar a buen puerto la constitución de su hermandad en la Iglesia Católica. Y esto les desanima, pues el camino burocrático es parecido al desierto en el cual cunde la desesperanza y no se dejan de sortear dificultades. Y van caminando como pueden con sus luces y sus sombras, sin dejar de tener en ciernes el continuo anatema de la oficialidad cofrade diocesana. Déjeme que le muestra un pasaje del Evangelio al uso del tema: “Juan le dijo: –Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre; pero se lo hemos prohibido, porque no es de los nuestros. Jesús contestó: –No se lo prohibáis, porque nadie que haga un milagro en mi nombre podrá luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros, está a nuestro favor. El que os dé aunque solo sea un vaso de agua por ser vosotros de Cristo, os aseguro que tendrá su recompensa.” (Marcos 9, 38-40) Respecto del texto de Marcos, la cosa está clara. Los que creemos en Cristo, tenemos la premisa de sumar y hacer comunidad sin tener en cuenta los orígenes de tal y cual. En demasiadas ocasiones respecto de la separación con otras iglesias, se ha dicho que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. Y sin embargo continuamos demonizando al distinto, o al que cogió un camino alternativo para llegar al mismo lugar que nosotros, LA SALVACIÓN. Por ello, con toda la serenidad del mundo me pregunto. Este asunto de las hermandades religioso-civiles y la negación absoluta a su integración en la Iglesia Católica facilitándoles el camino, ¿es una cuestión religiosa o es una cuestión de poder? Creo que es más bien lo segundo, y lo lamento. Lo lamento mucho porque me duele la iglesia, en cuanto que me duelen las personas, la gente. Y “nuestra amada e imperfecta iglesia”, como decía San Francisco, no deja de ponernos la ley antes que la vida y la norma jurídica antes que las personas. Lo diré una vez más aunque nadie me escucha, ESTE NO ES EL CAMINO. Por un lado el obispo de Málaga echa a la calle a un hermano mayor divorciado, y por otro lado el Papa Francisco dice a una divorciada qye al comulgar no hace daño a nadie. ¿Qué es lo que está fallando? ¿Acaso tenemos desvirtuado el evangelio de Jesús? Respecto del tema tratado aquí, no hay atajos posibles; El que no está contra nosotros, está a nuestro favor. Hagamos por tanto la vida lo más fácil posible a las personas, pues de no ser así de poco nos servirá la “otra caridad oficializada y bendecida”. Laus Deo.